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LA APERURA DE LA
ALIANZA A TODOS
El primer gesto de Pablo en la capital del Imperio y
también sus últimas palabras, anotadas en los Hechos,
fue hacer –una vez más – un llamamiento a los judíos.
Tal y como había escrito a los romanos: “El
Evangelio es una fuerza de Dios para la salvación de
todo el que cree: del judío primeramente y también
del griego” (Rm 1,16). De modo que, al final de su
misión, aquel que el Señor quiso como Apóstol de los
gentiles no quiso olvidarse ni siquiera del “más
pequeño de mis hermanos” (Mt 25,40). “A causa de la
esperanza de Israel llevo estas cadenas”. Lanza un
último y vibrante llamamiento a la “conversión” de
su pueblo, a la zozobra que ha conocido. En Cristo,
la Alianza de Dios está de ahora en adelante abierta
a todos.
La palabra del final no es la muerte de Pablo,
puesto que se trata por el contrario del desarrollo
del cristianismo y de la Buena Nueva llevados a los
largo y ancho por el gran testigo del Resucitado,
convertido a su imagen en “luz de los gentiles” (Is
49,6; Hch 13,47).
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