DISCURSO DE MONS. JAVIER
LOZANO BARRAGÁN EN LA 52ª
SESIÓN
DE LA ASAMBLEA MUNDIAL DE LA SALUD
Señora Directora General de la Organización, Doctora Gro
Harlem Bruntland, Señor Presidente de la quincuagèsima
segunda Asamblea Mundial de la Salud,
La Delegación de la Santa Sede quiere, en primer lugar, manifestar su
aprecio por los esfuerzos que esta organización, junto con tantos
otros agentes sanitarios públicos y privados, lleva a cabo para
que la atención sanitaria básica llegue a todos los
habitantes de la tierra, aún en las condiciones extremas de
guerras, catástrofes humanitarias o desastres naturales.
El abismo que separa las poblaciones ricas de las pobres resulta
particularmente profundo y dramático en materia de salud. La
asistencia a los enfermos de HIV-SIDA por parte de los operadores
sanitarios católicos, que según una estadística
reciente cubre el 24, 5 % del total de los actividades del sector,
alcanza a las regiones más inaccesibles y a los núcleos
sociales más marginados. Esta presencia capilar permite comprobar
diariamente las tremendas carencias que acompañan a esta
enfermedad, sobre todo entre los económicamente más
desaventajados. Una vez más se debe repetir el llamado a los
operadores políticos y sanitarios para que se empeñen en
hacer plenamente accesibles los medicamentos y las terapias más
avanzadas a todos los enfermos de SIDA, no sólo a los más
pudientes o a los ciudadanos de los países más
desarrollados. En similar sentido, toda la humanidad se debe sentir
fuertemente golpeada por el hecho que, a pesar de los tremendos
progresos de la industria biotecnológica y de las técnicas
curativas, se asista a la re-emergencia de la tuberculosis y de otras
enfermedades infecciosas, y no se consiga debelar el flagelo del
paludismo.
Esa precaria situación sanitaria de la mayor parte del mundo,
en el umbral del tercer milenio, ofrece una marcada contraposición
con la abundancia de medios científicos y técnicos, nunca
alcanzada en otros momentos de la historia. Ese contraste debe llevar,
entre otras cosas, a repensar los medios de estímulo a la
investigación y a la producción farmacéutica, para
que éstas consigan cubrir rápida y adecuadamente aquellas
necesidades de salud que no ofrecen esperanzas inmediatas de lucro.
Parece necesario encontrar medios de desarrollo y difusión de los
medicamentos que sean complementarios del sistema de patentes y de
inversiones privadas. En el mismo sentido, los países más
ricos deben asumir plenamente y con espíritu amplio los diversos
compromisos internacionales en materia de transferencia de tecnología,
como los enunciados en la Cumbre de Copenhague sobre el Desarrollo social
de 1995, en el Acuerdo de Marrakech de la Organización Mundial
del Comercio, y en tantos otros instrumentos internacionales. La
coparticipación generosa de los propios conocimientos técnicos
y científicos es un elemento esencial de la ayuda al desarrollo,
y puede resultar determinante en materia médica y sanitaria.
La presente situación de globalización, generada también
por la revolución tecnológica de los últimos
decenios, es una gran oportunidad si sirve para promover una verdadera
integración económica y social entre las naciones y entre
los diversos estratos sociales. Para que el ideal de la salud para
todos, e inclusive, para que la misma asistencia sanitaria mínima
universal, no queden como una utopía irrealizable, es necesario
incorporar al pensamiento y a la acción económica mundial
conceptos inspiradores y criterios operativos prácticos de
solidaridad, que consigan efectivamente que las ganancias y el simple
juego de los mercados no sean el parámetro absoluto. Solo así
la salud, especialmente de los más pobres y desprotegidos,
encontrará su lugar privilegiado.
Además del ingente trabajo realizado por los
innumerables
agentes de salud vinculados a la Santa Sede, ésta se esfuerza
para que todos los miembros de la Iglesia Católica y todas las
personas de buena voluntad tomen conciencia de su responsabilidad social
universal. Como gesto práctico y símbolo de un compromiso
solidario, recientemente ha promovido la iniciativa 'Un día sin
humo', con la intención de que los fumadores, a la vez que
reflexionaban sobre el daño propio y ajeno del tabaco, destinaran
el ahorro personal fruto de la abstención, a ayudar a los
enfermos del HIV-SIDA y a sus familias. Tal gesto además, se
inscribe en la promoción general de los valores espirituales y
familiares, que es condición indispensable para lograr estilos de
comportamiento solidarios, en favor del bienestar y salud de todos.
También de este modo, la Santa Sede desea acompañar a la
OMS en sus esfuerzos por erradicar las principales enfermedades
infecciosas, conseguir modos de vida que disminuyan las incidencias de
otras dolencias, y por aumentar la responsabilidad frente a otras causas
de muerte o invalidez, como los accidentes viales.
La Santa Sede quiere aprovechar esta ocasión para reiterar su
constante apelo a la comunidad internacional, a fin de que no se deje
pasar la oportunidad del cierre del segundo milenio sin resolver el
grave problema de la deuda externa de los países más
pobres. La constatación de que la pobreza y el deficiente estado
de salud de las poblaciones constituyen una única realidad, exige
que cuanto antes esos países se vean liberados de un servicio de
la deuda externa que ocupa los recursos que serían necesarios
para una adecuada asistencia sanitaria nacional. Esta urgencia no puede
dejar de interpelar a todos los responsables de la política y la
economía mundial. Las naciones más industrializadas han
anunciado en los últimos meses nuevos planes para hacer eficaz,
reforzar y ampliar el programa HIPC (Heavily Indebted Poor Countries),
dando un corte definitivo al grave problema financiero de los países
menos desarrollados. En pro de una verdadera cultura de la vida y de la
salud, la Santa Sede hace votos para que estos planes y propósitos
se lleven a cabo de modo eficaz, generoso, e inmediato.
Ginebra, 21 de mayo de 1999
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