EL REGRESO HACIA LA CASA DEL PADRE
Intervención del Cardenal Angelo Sodano Secretario de Estado de Su Santidad Legado Pontificio en la Celebración Penitencial y Vigilia de Oración de los Jóvenes
(Santiago de Compostela, 7 de agosto de 1999)
Os saludo con el corazón lleno de gozo, queridos jóvenes
europeos que en estos días habéis sembrado de esperanza los
caminos que conducen a Santiago. En vosotros la Iglesia contempla el
pasado enriquecido con la fe de tantos peregrinos que han venido hasta aquí,
pero también el futuro de una Iglesia europea joven y entusiasta
que se dispone a salir en misión desde la tumba del Apóstol,
llevando así la fuerza del Evangelio a vuestros pueblos de origen.
A vosotros os digo: ¡Al atardecer del segundo milenio estáis
llamados a llevar en vuestros corazones el alba de un tiempo nuevo para la
Iglesia y para el mundo! ¡Al atardecer de este milenio, Jesús
quiere examinar vuestro amor, pues quiere seguir amando en vosotros y por
vosotros!
¡Al atardecer del milenio el Padre os extiende sus brazos
misericordiosos para que, a su vez, extendáis los vuestros en bien
de todos los jóvenes europeos, que buscan y en ocasiones no
encuentran un sentido que llene sus vidas de amor y de esperanza!
1. Una mirada sobre el Camino
En esta gloriosa Catedral en esta noche nos hemos reunido para hacer
lo que el Papa Juan Pablo II en la Carta sobre el Tercer Milenio ha
propuesto a todos los hijos e hijas de la Iglesia al invitarlos a
reconocer los pecados propios y a pedir perdón también por
los ajenos, pero cometidos por nuestros hermanos y hermanas en la fe, cuya
reparación ciertamente nos incumbe: «Así es justo
que, mientras el segundo Milenio del cristianismo llega a su fin,-
escribe el Papa- la Iglesia asuma con conciencia más viva el
pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en que a lo largo
de la historia, se han alejado del Espíritu de Cristo y de su
Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida
inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de
pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo
(...). Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía
que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y
dispuestos para afrontar las tentaciones y dificultades de hoy» (Tertio
Millennio Adveniente, 33).
Europa tiene en su historia un manantial de gracia. Es como una gran
cantera de la que se puede sacar la piedra más preciosa para seguir
construyendo la Iglesia y el Continente del mañana. Tiene un espléndida
historia de santidad, tanto en los países del Este como del
Occidente, que ha marcado de manera indeleble la vida de la Iglesia en el
mundo.
Europa cuenta con gestas heroicas que han sido portadoras del Evangelio
hacia lejanas tierras, gracias al celo admirable de pastores, religiosos y
laicos convencidos de que la fe eclesial en Jesucristo era un tesoro
demasiado grande como para dejar de compartirlo. Esa misma fe ha sido
fuente de inspiración para filósofos y teólogos, músicos
y escritores, arquitectos y constructores, pintores y escultores, poetas y
científicos que por toda Europa han dejado impresa la belleza y
sabiduría de su testimonio y creatividad.
Si, queridos jóvenes. ¡Europa ha recibido muchas muestras de
predilección de Dios, nuestro Padre! ¡Europa está
marcada por la cruz del Salvador que destaca en lo alto de sus Catedrales
y templos y preside los cruces de camino de sus pueblos y aldeas! Por eso,
al fin de este milenio, Europa toda tiene una deuda de gratitud que, si se
expresa con sinceridad, debe transformarse en una renovada y responsable
adhesión a Jesucristo y a su Evangelio salvador.
2. Las desviaciones en el recorrido
Sin embargo, queridos jóvenes, también es menester que en
el seno de la comunidad creyente reconozcamos, como el hijo menor de la
parábola, que tantas veces se ha abandonado la referencia a la Casa
paterna. Lamentablemente, a veces, Europa no ha sido fiel a su vocación
cristiana. Se ha dejado engañar, como el hijo pródigo, por
las ilusiones del egoísmo, del hedonismo y de la soberbia. Europa
ha sido vencida por nacionalismos estrechos que han costado la vida a
millones de jóvenes y no tan jóvenes en este milenio. Y ha
sido también cuna de rupturas eclesiales, de guerras y
persecuciones, intolerancias y limpiezas étnicas, cuyos ecos mortíferos
aún no se terminan de apagar. Fiel reflejo del fluctuante corazón
humano, Europa ha demostrado que es capaz de lo mejor y de lo peor. Ha
sabido multiplicar los talentos recibidos, pero también malgastar
muchos de ellos. Así, los mismos pueblos que han dado ejemplo de
valentía y esfuerzo en la reconstrucción emprendida después
de la última conflagración mundial, en los últimos años
han confundido el desarrollo con la acumulación de riqueza, y han
postergado los valores humanos y cristianos por dar prioridad a la
comodidad, al hedonismo y a las ganancias materiales.
Ante ello, esta es la hora de construir una nueva Europa que, fiel a sus
tradiciones, a su rico patrimonio espiritual, sea "faro de civilización
y estímulo de progreso para el mundo", como nos decía
el Santo Padre en el mensaje que momentos antes hemos escuchado.
3. Una parábola siempre actual
En esta celebración estamos meditando el texto de la parábola
del hijo pródigo, o como la llaman algunos, del padre
misericordioso. El texto de San Lucas empieza diciendo que "se
acercaban a Jesús los publicanos y pecadores para escucharle
(15,1), indicando de esta manera a los que buscaban una cercanía
profunda con Él, esperanza para su condición de desorientación
o extravío. A ellos, como a nosotros en esta vigilia, Jesús
quiere mostrar, una vez más, la misericordia ilimitada de Dios, que
proviene de un amor infinito porque es eterno e inconmensurable, así
como presentarnos la posibilidad real para todo hombre de rehacer el
camino, de desandar lo malandado y experimentar de nuevo el abrazo amoroso
del Padre.
En el texto evangélico se habla de un padre que tenía dos
hijos, su verdadera riqueza, del mismo modo que para los hijos su padre
era el mayor bien. Uno de ellos quiso tomar del padre lo que éste
tenía y el padre, respetando su libertad se lo da, aún a
sabiendas de que de ese modo se alejaba de él. Triste destino el de
este hijo al que la tragedia de la vida, lejos de la casa paterna, enseñó
que la lejanía ni satisfizo sus deseos ni realizó sus sueños.
Se encontró solo y la soledad lo degradó y lo hundió.
Pero incluso entonces se dijo "Me pondré en camino a donde está
mi padre y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti'"
(Lc 15,18). Este paso del hijo arranca el perdón al padre,
el cual hace fiesta para recibirle de nuevo en su casa.
Esta parábola es el paradigma del amor de Dios, rico en
misericordia porque es rico de amor, de un amor que aún siendo
justo, va más allá para salvar a la persona humana. Los dos
hijos, con sus características personales representan las dos
categorías de oyentes de Jesús en aquel tiempo y definen
bien dos clases de personas en que desde siempre se divide la humanidad:
los que se saben pecadores y los que piensan ser justos. Ambos necesitan
de la misericordia de Dios, pero mientras los primeros son conscientes y
saben que la necesitan, los segundos no la esperan porque no creen tener
necesidad de ella.
Este pasaje evangélico que guía nuestra reflexión
en esta noche nos muestra a Jesús revelando al Padre que ama a sus
hijos, y por ello está dominado por el amor que nunca es debilidad,
por la fuerza que se convierte en ternura, por la paciencia que sabe
esperar el momento oportuno, por la iniciativa divina que ofrece los
medios para provocar la conversión.
4. Una hora de gracia
Bienvenidos, pues, aquí en esta iglesia santa de Santiago, a recibir el perdón
necesario para continuar vuestra peregrinación en este Continente
tan amado.
¡Bienvenido, tú, hijo menor, que seguro de la
misericordia del Padre, no temes abrir de par en par tus puertas a Cristo!
No importa cuán grave haya sido el pecado cometido si, honestamente
arrepentido, movido por la gracia divina, regresas a la Casa paterna. El
vestido, el anillo y la fiesta del retorno, será fuente de gozo
para muchos, comenzando por vosotros mismos.
¡Qué entre también en la fiesta el hermano mayor,
ese que permaneció obligadamente fiel y todos aquellos que se
resisten a la gracia del perdón. El Padre tiene en su Casa un lugar
preparado para todos (cfr. Jn 14, 2-4): no podemos dejarlo
esperando, despreciando su abrazo acogedor y el ósculo de paz.
¡Que se conviertan los que se han dejado arrastrar por sus pasiones
ilusorias, los que se han olvidado de su identidad de cristianos, los que
aún creen en las guerras y la violencia fratricida y entren así
a la fiesta del perdón! ¡Que se llenen de alegría los
pueblos que aún siguen llorando las víctimas del horror! ¡Que
se den el beso de la paz las naciones antagónicas y las facciones
en pugna! Así renacerá la Europa cristiana, la Europa auténtica,
la Europa solidaria y amiga de todos.
En el año del Retorno a la Casa del Padre, la Iglesia da gracias
a Dios por vosotros, queridos jóvenes: por esta juventud que cree,
que ama y que espera. Vosotros sois los herederos de la fe de vuestros
mayores y seréis los progenitores de un futuro de esperanza.
Vosotros representáis lo mejor de esta Europa tan amada que, después
de malgastar la herencia, sabe que no hay mejor vida que aquella que se
recibe de manos del Padre. Por eso, habéis acudido a esta fiesta de
reconciliación.
El Gran Jubileo de la Encarnación, que está ya a las
puertas, es el acontecimiento propicio para ablandar el corazón
endurecido; para sanar las heridas aún abiertas; para consolar a
los tristes y volver a encender en ellos la luz de la esperanza. En torno
a la Encarnación del Hijo de Dios en la humildad y fragilidad de
nuestra humanidad, nadie tiene nada que temer y todos mucho que ganar. El
es el punto de convergencia de la humanidad «soy el alfa y la
omega» dice Jesús- y junto a El cada persona y cada pueblo
pueden deponer sus fatigas y sus luchas y recibir el «yugo suave»
de su amor (Mt 11, 27).
5. Los frutos del Encuentro
Jóvenes peregrinos del Continente europeo: Si estos días
de Encuentro Europeo os han renovado, permitid que muchos otros vayan
recibiendo la luz nueva que lleváis en vuestras manos. Esa luz que
habéis encendido en el día de la caridad y afianzado en el día
de la fraternidad. Esa que ha brillado incandescentemente en el día
de la Santa Transfiguración y que resplandece aqui en esta noche.
Al regresar a vuestros pueblos, llevad el saludo de paz del Santo Padre
a cada persona que encontréis por el camino, así como a cada
uno de vuestros hogares, de vuestras Parroquias, de vuestros pueblos.
Tened especial consideración hacia los pobres, los desplazados o
los emigrantes: que en vosotros encuentren al Buen Samaritano, dispuesto a
dejar seguridades y comodidades egoístas, y haced lugar en la
posada para ellos. Testimoniad con vuestra fe y con vuestras obras que no
hay mayor alegría que la de vivir unidos a Cristo ni mayor
privilegio que el de servir a los demás. Que otros puedan descubrir
en la pureza y alegría de vuestros rostros juveniles la belleza del
seguimiento de Cristo. Hacedlo con la renovada conciencia de que pertenecéis
a una gran familia eclesial, sin particularismos, sin divisiones.
6. Al servicio de Cristo
Sé que aquí hay muchos jóvenes seminaristas, jóvenes
novicios y novicias y religiosos y religiosas, así como muchos que
disciernen en este período su vocación. A vosotros os digo
que no pongáis resistencia a la llamada a entregar vuestra vida por
entero al Señor y a la Iglesia, si os lo solicitan. La Iglesia os
lo pide por vuestro bien, por la plenitud de vuestras vidas, por el gozo
indescriptible que significa una vida dedicada al servicio del Señor.
Pero también la Iglesia os lo pide por el bien de los demás.
Hay muchos, demasiados también en Europa que están
privados del Pan de la Palabra y del Pan de la Eucaristía, que no
reciben el Ungüento del Consuelo y el Aliento del Perdón, que
anhelan el Agua que purifica y el Agua que da Vida...
Queridos Jóvenes europeos: Sed «peregrinos de la Vida»:
¡de la Vida del Resucitado, de la Vida Eterna! Y recordad siempre,
que no estáis solos en vuestra peregrinación. Os fortalece
el Espíritu de Dios y os protege la intercesión de María
Santísima. Y también os bendice el Papa, a quien vosotros
tanto amáis.
Que la intrepidez del Apóstol Santiago, celoso del Señor y
ardoroso servidor de los pobres, os inspire y acompañe, ahora y
siempre. Así sea.
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