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INTERVENCIÓN DEL
SECRETARIO DEL CONSEJO PARA LOS ASUNTOS PÚBLICOS DE LA IGLESIA, MONS.
ACHILLE SILVESTRINI, EN LA REUNIÓN DE LA CONFERENCIA SOBRE LA SEGURIDAD
Y COOPERACIÓN EN EUROPA (CSCE)
Viena, 4 de noviembre de 1986
Señor Presidente:
Quiero antes que nada expresar los sentimientos de gratitud de
la Delegación de la Santa Sede por la acogida generosa y cordial que nos depara
el Gobierno austriaco, así como por las facilidades, de primer orden puestas a
nuestra disposición. Esta delicada hospitalidad no hace más que confirmar el
gran interés que Austria ha manifestado siempre respecto a la Conferencia sobre
la Seguridad y Cooperación en Europa.
Quiero asimismo saludar al Secretario ejecutivo de nuestra
reunión, el Señor Embajador Helmut Liedermann, cuya competencia e interés nos
son conocidos desde 1972 y contribuirán, con la ayuda de sus colaboradores, al
pleno éxito de nuestros trabajos.
Hablar de seguridad y de cooperación en Viena reviste sin duda
un significado totalmente particular. Austria, situada en el corazón de Europa,
ha compartido constantemente su destino influenciando su atormentada historia.
La neutralidad que le ha sido reconocida desde 1955 le permite hoy ofrecer sus
servicios apreciados en favor de la paz y de la solidaridad de todos los pueblos
de este continente.
Al encontrarnos reunidos en esta famosa capital, el recuerdo del
célebre Congreso de Viena de 1815 viene espontáneamente a la memoria. Es cierto
que en 1986 la época y el contexto político son muy distintos: mientras que en
el siglo pasado los Plenipotenciarios estuvieron preocupados por restaurar la
solidaridad entre los Príncipes, nuestra reunión tiene como objetivo las
aspiraciones de los pueblos que desean ardientemente la paz, en sus dimensiones
internacional, social y espiritual.
1. Para hacer esto tenemos la suerte de disponer de “dos
instrumentos” de calidad: el Acta Final de Helsinki y el Documento de clausura
de Madrid.
Desde hace once años, en las diversas reuniones que han sido la
continuación de la Conferencia de Helsinki, los 35 países signatarios del Acta
Final han manifestado por la seriedad y la constancia de sus esfuerzos la propia
fe en la posibilidad de construir una Europa más solidaria. Estas reuniones han
permitido la emergencia de un consenso sobre valores comunes a nuestro
continente. Nuestros contactos en el seno de la Conferencia sobre la Seguridad y
Cooperación en Europa han reforzado el mutuo conocimiento y han favorecido, de
hecho, la colaboración. Finalmente —y no es un resultado mínimo— me parece que
lo que se ha tenido en cuenta siempre con mayor vigor en nuestros debates, más
que visiones políticas o estratégicas, ha sido el hombre, en su dignidad, con
sus aspiraciones. El hombre europeo de este final del siglo XX, orgulloso de sus
notables realizaciones, de sus conquistas científicas, portador de ideales de
igualdad y de solidaridad. Un hombre consciente al mismo tiempo de la fragilidad
de ciertos resultados económicos y sociales y de muchas contradicciones
históricas. Un hombre, en fin, triste e inquieto por tener que constatar aún hoy
que, desde 1945, a pesar de tantos esfuerzos para conciliar y hacer que se
vuelvan a encontrar naciones y culturas ciertamente diversas pero
fundamentalmente emparentadas, Europa permanece dividida. Y esta herida abierta
en el costado del continente no ha hecho más que alimentar la angustia que
sienten tanto nuestros contemporáneos, acosados por el espectro de la guerra y
del holocausto nuclear.
Frente a esta situación, el “proceso de Helsinki”, aun no
pudiendo ofrecerle un remedio apropiado a esta trágica división, ha permitido de
todos modos afrontar problemas tan importantes como la seguridad, el desarme, la
cooperación científica y económica, la información, los derechos del hombre, la
libertad de conciencia y de religión y las cuestiones humanitarias. Tantos temas
que han podido inscribirse en el orden del día de nuestros trabajos y ser objeto
de discusiones profundas, en un clima de respeto.
Se trata de un progreso notable que hay que preservar y hacer
fructificar.
2. Por eso, Señor Presidente, quiero también expresar
nuevamente, en la apertura de la presente reunión, la confianza que la Santa
Sede continúa teniendo en el proceso inaugurado en Helsinki. La Iglesia católica
es muy consciente, efectivamente, del lugar que le corresponde en la historia de
Europa y en su renovación humana y espiritual, como para no querer ofrecer
también hoy su colaboración, dentro de los límites que le fija su misión
específica.
La paz, la seguridad, la cooperación y tantos otros temas
conexos que han estado en el centro de nuestras preocupaciones y de nuestros
trabajos son objetivos que corresponden plenamente a la solicitud espiritual
animando a todas las comunidades cristianas. Así los creyentes, de modo general,
pueden constituir una fuerza decisiva en la realización de objetivos destinados
a procurar a las naciones un auténtico bienestar que no sea solamente material,
sino también cultural y espiritual. Las intervenciones de la Delegación de la
Santa Sede en la Conferencia de Helsinki, y sobre todo en las reuniones de
Belgrado, Madrid, Estocolmo, Ottawa, Budapest y Berna demuestran, si fuera
necesario, la importancia de que la Iglesia católica favorezca la paz, el
equilibrio internacional, una cultura humanista abierta a la trascendencia y a
todos los valores del espíritu, así como a los medios concretos susceptibles de
asegurar la instauración y progreso de la paz.
No le sorprenderá, pues, Señor Presidente, que mencione aquí las
repetidas llamadas del Papa Juan Pablo II en favor de Europa. Quiero recordar,
por ejemplo, el mensaje que dirigió a los europeos, a los jóvenes especialmente,
desde la antigua basílica de San Apolinar de Ravena, en Italia, el mes de mayo
pasado. Al recordar a los Santos Cirilo y Metodio, apóstoles de la unidad de
Europa, el Papa evocaba las raíces cristianas que han forjado su identidad y
deberían darle las energías necesarias para construir la civilización del
mañana, Y proponía el programa siguiente: “Será necesario reflexionar sobre las
significativas fuerzas morales que constituyeron la originaria conciencia de
Europa: el sentido del derecho, la unidad en la multiplicidad de las naciones,
la voluntad de participación responsable, la creatividad en el arte y en el
pensamiento. Será preciso, además, buscar los caminos de un renovado diálogo
entre fe y cultura, reflexionando sobre la situación contemporánea y recogiendo
las prometedoras perspectivas que parecen abrirse a una más atenta valorización
del pasado, gracias a la cual se podrá comprender mejor el presente y, sobre
todo, se podrá apoyar sobre bases más sólidas la preparación del futuro” (L'Osservatore
Romano, Edición en Lengua Española, 18 de mayo de 1986, pág. 2). Aún más
recientemente, desde el Monte Chotif, muy cerca del Mont Blanc, el Papa, como
abrazando simbólicamente con la mirada todo el continente —desde el Atlántico a
los Urales, desde el Báltico el Mediterráneo, más allá de todas las fronteras—
quiso hacer arma llamada a su unidad “que tiene sus raíces en el patrimonio
común de valores del que vive cada una de las culturas nacionales”.
3. Con la riqueza de esta herencia, teniendo en nuestras manos
el Acta Final de Helsinki, el Documento de clausura de Madrid y el fruto del
trabajo de estos once años pasados, henos aquí reunidos a la hora de hacer un
balance y un nuevo programa de trabajo.
Primero un balance. Por desgracia, hay que reconocer que desde
1975 Europa aparece siempre como un continente en crisis. La militarización,
lejos de haber disminuido, se ha acrecentado; las divergencias ideológicas y las
tensiones políticas se han ido acentuando; los episodios de terrorismo se han
multiplicado, la tensión política continúa estando polarizada por los dos
“bloques”, algunas violaciones de los derechos fundamentales del hombre se
repiten de modo obstinado, los pueblos no han conseguido beneficiarse plenamente
de las posibilidades que existen para encontrarse en un lima de amistad, como lo
había hecho esperar el Acta Final; la calidad del medio ambiente está a menudo
amenazada, la información y la cultura están lejos de brillar por lo que es su
título de nobleza: la verdad y la calidad.
Es obligado, pues, constatar que el modo como se aplican el Acta
Final y el Documento de clausura de Madrid, deja mucho que desear. Su contenido
es uno. Los principios y los compromisos que están enunciados allí revisten un
valor igual. La seguridad y el desarme son importantes, pero también es verdad
que los derechos humanos, los problemas relativos a la economía, a la ciencia, a
la técnica, al medio ambiente, a la cultura, a la información o a las relaciones
humanas, piden ser tratados con una solicitud igual y con el mismo interés.
Todas las disposiciones tomadas en el seno de la Conferencia han sido adoptadas
según la regla del “consenso” por los 35 países participantes; de hecho, los
principios son los mismos para todos y su aplicación imperativa en todas partes.
Luego, un programa de trabajo. La reunión de Viena tiene el
deber de proceder a un examen de conciencia, lúcido y sincero, para considerar
concretamente cómo promover una aplicación más conciente y equilibrada de las
decisiones tomadas anteriormente. Ya el Documento de clausura de Madrid evocaba
“deficiencias serias” en la aplicación del Acta Final y sería profundamente
lamentable que aún haya que deplorar por mucho tiempo esas carencias. Por eso la
Delegación de la Santa Sede —que desde ahora ya ofrece su completa colaboración—
desea que la reunión de Viena constituya la ocasión para un nuevo impulso del
“espíritu de Helsinki”; así respondería plenamente a la expectativa de los
pueblos.
Ciertas opciones contribuirían a facilitar esa empresa:
a) Consagrarse con sinceridad y tenacidad al diálogo y a la
negociación. La solución de importantes problemas que ocuparán esta reunión no
podrá ser, pues, más que progresiva. En consecuencia, comprensión, paciencia y
renuncia serán necesarias. Las negociaciones recientemente llevadas con éxito, a
lo largo de la Conferencia sobre el Desarme en Estocolmo, han probado que era
posible, con la buena voluntad y la perseverancia, conciliar puntos de vista
divergentes e incluso obtener resultados significativos y nuevos. Pienso muy
especialmente en el derecho de inspección de las maniobras militares que
representa un salto cualitativo en relación al Acta Final de Helsinki. ¿Por qué
no sería posible que progresos semejantes se registren en otros sectores?
b) La experiencia de las Reuniones de Expertos se ha manifestado
positiva. Aunque por desgracia no han podido concluirse con la publicación de un
documento final, estas reuniones sin embargo han permitido la elaboración de
numerosas reflexiones y resoluciones, constituyendo una rica materia que pide
ser utilizada para dar fruto. La reunión de Viena se preocupará de prestar a
ello toda la atención deseada. De suerte que, medidas y mecanismos podrían ser
adaptados, permitiendo la aplicación concreta de tal o cual capítulo del Acta
Final o del Documento de Madrid, todavía demasiado poco explotado; pienso
particularmente en los derechos del hombre y en los problemas humanitarios
(matrimonios, encuentros, visitas, reunión de familias...).
c) Finalmente, a los ojos de los pueblos el proceso de Helsinki
se ha presentado como una realidad dinámica, llena de vitalidad y de
posibilidades. Antes que reconocer un “statu quo” de Europa, ha consolidado las
oportunidades para un camino en común, marcado por el respeto, la mutua
comprensión y una mayor seguridad. La opinión pública ve en ello el instrumento
de un acercamiento más intenso y más verdadero entre pueblos que pertenecen a un
mismo patrimonio de valores y desean encontrarse para cambiar y confrontar sus
opiniones. El “espíritu de Helsinki” está totalmente en este diálogo de
personas. Es, en fin de cuentas, la única esperanza que ha sido posible ofrecer
a este continente dividido en dos. Se dirige a pueblos en camino, que aspiran a
vivir juntos para intentar resolver pacíficamente los problemas aún en suspenso,
según la justicia y en armonía con sus legítimas aspiraciones.
4. En este contexto, es normal que la Delegación de la Santa
Sede evoque el séptimo principio del Acta Final de Helsinki y su aplicación
concreta.
Se refiere, lo recordaréis, al “respeto de los derechos del
hombre y de las libertades fundamentales, incluida la libertad de pensamiento,
de conciencia, de religión o de convicción”.
Como lo recalcaba el año pasado con ocasión del décimo
aniversario de la firma del Acta Final, muchos progresos han de realizarse aún
para que las disposiciones y los compromisos, enunciados en este texto
fundamental, así como en el Documento de clausura de Madrid encuentren una
aplicación satisfactoria y concreta en cada uno de los países participantes.
Ciertamente, la vida religiosa puede ser puesta en dificultad e incluso
rechazada —y lo es efectivamente— en sociedades donde predominan el hedonismo,
una importancia excesiva dada al rendimiento económico y un egoísmo
desenfrenado. De ello se sigue una degradación de los valores morales que hace
difícil a las personas —sobre todo a las más frágiles, a los jóvenes en
particular— el poder construir su libertad interior. Se trata sin duda de una
situación profundamente lamentable.
Pero hay también países donde los creyentes están aún sometidos,
a pesar de sus crisis de angustia, de los hechos denunciados y de las protestas
de buena voluntad hechas en el seno de la Conferencia a trabas y prohibiciones
de tipo administrativo por razón de sus convicciones religiosas. Las
Constituciones de los países de Europa, casi en su totalidad, aseguran en
principio a los ciudadanos la libertad de conciencia y de religión. Pero hay que
afirmar claramente que la Iglesia católica, como también otras Confesiones
religiosas, necesitan para su propia vida que se satisfagan exigencias bien
precisas y concretas: que las manifestaciones comunes de la vida religiosa sean
siempre posibles; que declararse cristiano no entrañe discriminación alguna en
la vida profesional o social; que la educación religiosa de los jóvenes, cuando
éstos la desean o los padres la piden para sus hijos, no encuentre obstáculos;
que los aspirantes a la vida sacerdotal o religiosa sean autorizados a acudir a
los institutos apropiados para recibir allí la formación a la que tienen
derecho; que la acción pastoral de los obispos y de los sacerdotes no sufra
restricciones; que la Santa Sede pueda proveer las sedes episcopales y entablar
relaciones continuadas y libres con los Episcopados; que se faciliten los
intercambios entre cristianos y creyentes de diversos países, en particular las
peregrinaciones o los viajes de carácter religioso, que el acceso de los
organismos religioso; a los medios informativos, escritos o hablados, sea
efectivamente posible.
No se puede callar ya una situación dolorosa que dura desde hace
cuarenta años sin atenuarse: se trata de comunidades religiosas privadas de toda
existencia legal. ¿Es posible que sea efectivamente aplicado el compromiso
tomado en Madrid y que estipula que los Estados “examinarán favorablemente las
peticiones formuladas por comunidades religiosas de creyentes que practican o
están dispuestos a practicar su fe en el marco constitucional de sus Estados,
con miras a la concesión del estatuto previsto en su país relativo a los cultos
y a las instituciones y organizaciones religiosas”?
Se dan ahí situaciones de peligro a las que no sabríamos
resignarnos, tanto más cuanto que los países aquí representados se han
comprometido solemnemente también en Madrid, no sólo a reconocer y a respetar,
sino “a tomar las medidas necesarias para garantizar la libertad que tiene el
individuo de profesar y practicar, sólo o en común, una religión o una
convicción, obrando según los imperativos de su propia conciencia”.
Es pues urgente que se haga todo lo necesario —y la reunión de
Viena debería contribuir a ello eficazmente— para que los creyentes allí donde
se encuentren y en cualquier sistema político puedan satisfacer plenamente sus
reivindicaciones y necesidades religiosas. Es una exigencia moral, un deber de
justicia. Pero es también una manera práctica de cooperar a la consolidación de
la paz. Porque un hombre que tiene conciencia de ser privado de sus aspiraciones
fundamentales nutre un profundo resentimiento y la situación en la que se
encuentra es ocasión de otras tensiones y conflictos. Un estado de cosas así no
contribuye ciertamente a la confianza mutua y a la paz, Ahora bien, esta paz, en
la que deseamos trabajar, se construye a todos los niveles de la vida social,
pero comienza siempre y en primer lugar en el corazón del hombre, en lo más
íntimo de la conciencia, una conciencia libre y responsable.
Las energías pacíficas y constructivas que desencadenará el cese
de toda restricción en el ejercicio de la libertad religiosa será un poderoso
factor de mutua confianza entre los hombres y consiguientemente de pacificación
y de cooperación de la que se beneficiará cada país, Europa y el mundo entero.
El 27 de octubre pasado, en la ciudad italiana de Asís, el Papa
Juan Pablo II acogió a los responsables de las grandes Religiones del mundo,
para una Jornada de meditación y de plegaria sobre el tema de la paz. Esta
iniciativa, completada por una llamada a un día de tregua en el mundo, suscitó
el interés y recogió la adhesión de la opinión pública, al mismo tiempo que
mostró claramente cómo la fe religiosa y las familias espirituales poseen un
dinamismo y un entusiasmo del que no pueden más que beneficiarse los esfuerzos
de todos aquellos —y son tan numerosos quizá que ninguna evaluación lo puede
prever— que intentan promover en su vida cotidiana un acercamiento humano y
espiritual y, viviendo según las exigencias de su conciencia y de su propia fe,
participan resueltamente en el bienestar integral del hombre y de todos los
hombres, por encima de las divisiones, de las fronteras y de las contingencias
de la historia.
5. Ciertamente son los individuos, pero también “las naciones,
afirmaba el Papa en Asís, quienes se honran de basar su acción por la paz sobre
la convicción de que la dignidad humana es sagrada y sobre el reconocimiento de
la indiscutible igualdad de los hombres entre sí”.
Efectivamente, todos los pueblos se encuentran en una situación
de interdependencia, tanto para el bien como para el mal. Cada país tiene o
tendrá necesidad de los demás. El creyente, en cuanto tal, está profundamente
convencido de ello porque sabe que Dios es Padre de todos los hombres, los
cuales por eso son hermanos e iguales y llamados a trabajar juntos la tierra que
les ha sido confiada por su único Creador.
He aquí por qué la Santa Sede —que no es sólo una realidad
europea— mira más allá de este continente y engloba en su solicitud a todas las
naciones del mundo. En efecto, ella está convencida de que, igual que ayer,
Europa tiene una misión planetaria en cuanto que desde hace más de 2000 años los
pueblos que la forman han contribuido ampliamente al desarrollo de la
civilización en el mundo, tanto en el dominio de las ciencias y de las ideas,
como en el del trabajo y de las artes. Un gran servicio que la Conferencia
podría hacer a toda la humanidad sería acelerar la llegada de una Europa donde
todos vivan bien, ejemplo de diálogo, de cooperación y de paz.
También en Asís, el Papa Juan Pablo II, hablando en nombre de
las personalidades religiosas reunidas dijo: “lnvitamos encarecidamente a los
responsables de las naciones y de las organizaciones internacionales para que
susciten incansablemente estructuras de diálogo en todas partes donde la paz
está amenazada o comprometida”.
La Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa, Señor
Presidente, es una de esas “Estructuras de diálogo”, y no poco importante.
Inaugura hoy su tercera reunión después de Helsinki, mientras que, a pesar de
las dificultades encontradas en Reykiavik, se reconoce que las posibilidades
efectivas de las negociaciones sobre el desarme se presentan más favorables. Una
coyuntura así no puede dejar de reforzar la confianza que muchos ponen en
nuestra reunión.
Antes de dejar Roma, el Santo Padre me ha encargado expresamente
que transmita a esta asamblea sus sentimientos de estima y sus votos, rezando
por el buen desarrollo y el éxito de su trabajo. Estoy feliz de ser su
intérprete ante cada uno y de hacer llegar a todos este mensaje que constituye
un estímulo a proseguir nuestra tarea al servicio de los pueblos de Europa y del
mundo.
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