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PALABRAS DE SALUDO DEL CARDENAL
ANGELO SODANO AL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
CON OCASIÓN DE LA CEREMONIA DE DESPEDIDA
DEL CARGO DE SECRETARIO DE ESTADO
Santísimo Padre:
El 1 de diciembre de 1990, el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, convocó
al personal de la Secretaría de Estado en la sala del Consistorio del palacio
apostólico vaticano para dar gracias al cardenal Agostino Casaroli por su largo
y generoso servicio y, sucesivamente, para presentarme a mí como nuevo
secretario de Estado.
Hoy, Su Santidad ha querido renovar ese gesto paternal, invitando a los
colaboradores y colaboradoras de la Secretaría de Estado para despedirme a mí,
en el momento en que dejo en nuevas manos la dirección de esa oficina, y para
dar la bienvenida oficial al cardenal Tarcisio Bertone.
Agradezco vivamente a Su Santidad, también en nombre de mi sucesor, este
encuentro fraterno, asegurándole la veneración y el afecto de todos los
presentes.
En realidad, se trata de sacerdotes, laicos, religiosos y religiosas que dedican
con alegría su trabajo diario al servicio del Sucesor de Pedro. Animados por un
profundo espíritu de fe, forman una comunidad de trabajo que anhela prestar al
Papa una obra silenciosa y discreta.
En varias salas del Vaticano se pueden admirar las famosas abejas que
caracterizan el escudo del Papa Urbano VIII. Pues bien, me parece que esas
humildes abejas que el Papa Barberini puso en su escudo simbolizan muy bien a
las personas aquí presentes.
Padre Santo, creo que hoy el agradecimiento no se ha de dirigir tanto a mí,
cuanto a los que me han ayudado a lo largo de estos años. Me ha sido
especialmente valiosa la colaboración de los sucesivos sustitutos para los
Asuntos generales, los arzobispos Re y Sandri, así como la de los secretarios
para las Relaciones con los Estados, los arzobispos Tauran y Lajolo.
Todos juntos hemos podido realizar un trabajo de equipo, con gran sentido
eclesial, que nos ha unido en el servicio primero en torno al venerado Juan
Pablo II y ahora al lado de usted, llamado por el Espíritu Santo a recoger su
herencia y a guiar la barca de la Iglesia hacia nuevos puertos.
En estos últimos años he concedido, en nombre del Papa, muchas medallas "Pro Ecclesia et Pontifice" a personas beneméritas presentadas por obispos de
todo el mundo. Sin embargo, creo que todos y cada uno de los colaboradores de la
Secretaría de Estado han merecido durante estos años el reconocimiento de haber
trabajado "Pro Ecclesia et Pontifice".
Ahora seguirán prestándole generosamente su colaboración, bajo la atenta
dirección del nuevo secretario de Estado, contentos de proseguir la noble
tradición de servicio que siempre los ha caracterizado, un servicio hecho de
discreción y gran confianza en el Señor, recordando las palabras del profeta
Isaías: "In silentio et spe erit fortitudo vestra" (Is 30, 15).
Por lo demás, los santos nos recuerdan que "el bien no hace ruido y el ruido no
hace bien".
Hoy también están presentes espiritualmente entre nosotros los miembros de las
representaciones pontificias esparcidas por el mundo entero. Realizan una labor
muy valiosa ante los obispos y las autoridades civiles de los países donde
actúan. Lo mismo hacen los representantes pontificios ante las Organizaciones
internacionales: es una labor importante para llevar la levadura del Evangelio
a la vida de los pueblos.
Yo personalmente he dejado como recuerdo a cada uno de los colaboradores un
libro mío que lleva por título: "La levadura del Evangelio: la presencia de la
Santa Sede en la vida de los pueblos".
Santo Padre, me permito pedirle para todos los presentes unas palabras de
aliento, a fin de que, bajo la guía solícita del nuevo secretario de Estado,
sigan ayudándole en la elevada misión que el Espíritu Santo le ha encomendado.
Si la Iglesia es una barca que debe afrontar siempre nuevos desafíos para la
evangelización del mundo, sabemos bien que el Papa es su timonel y que la Santa
Sede en general, con toda su estructura bien compacta, es como la proa de esta
barca.
Todos los miembros de la Secretaría de Estado, unidos por este compromiso
apostólico común, le presentan, por mi medio, su saludo más devoto y la
seguridad de su colaboración y de su oración.
Bendíganos, Padre Santo.
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