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INTERVENCIÓN DE MONS. GIOVANNI LAJOLO EN LA PRIMERA SESIÓN DEL
CONSEJO PARA LOS DERECHOS HUMANOS
Ginebra, martes 20 de junio de 2006
Estado de los derechos humanos
Señor presidente:
Deseo ante todo felicitarle por su elección para la dirección de esta sesión del
Consejo de derechos humanos, en un momento particularmente significativo para la
vida de la Organización de las Naciones Unidas, cuya finalidad está directamente
relacionada con el respeto y la salvaguardia de los derechos humanos.
El nuevo Consejo de derechos humanos constituye una etapa del importante combate
librado para poner al hombre en el centro de toda la actividad política,
nacional e internacional. Hemos llegado a un momento clave: las normas
internacionales de los derechos humanos, que ya reconocen los elementos
esenciales de la dignidad del hombre, así como cada uno de los derechos
fundamentales que derivan de ella, se orientan ahora a la creación de
procedimientos que lleven a garantizar el goce efectivo de esos derechos.
La Santa Sede desea contribuir al debate actual, según su naturaleza y sus
perspectivas específicas, siempre con vistas a ofrecer una reflexión
esencialmente ética, que ayude a las decisiones de orden político que se han de
tomar aquí.
En el derecho y en la conciencia moral de la comunidad internacional actual, la
dignidad del hombre se manifiesta como la semilla de donde nacen todos los
derechos, y sustituye la voluntad soberana y autónoma de los Estados como
fundamento último de todo sistema jurídico, incluido el sistema jurídico
internacional. Se trata de un desarrollo irreversible, pero, al mismo tiempo, es
fácil constatar que en numerosos países la realización de este principio supremo
no ha ido acompañado de un respeto efectivo de los derechos humanos.
Al contrario, una visión panorámica del mundo nos muestra que la situación de
los derechos humanos es preocupante. Si se considera el conjunto de los derechos
enunciados en la Declaración universal de derechos humanos y en los Tratados
internacionales concernientes a los derechos económicos, sociales y culturales,
y los derechos civiles y políticos, así como otros instrumentos, no existe
ninguno que no se viole gravemente en numerosos países, por desgracia
también en algunos miembros del nuevo Consejo.
Además, existen gobiernos que siguen pensando que es el poder el que determina,
en última instancia, el contenido de los derechos humanos y, en consecuencia, se
creen autorizados a recurrir a prácticas aberrantes. Imponer el control de los
nacimientos, negar en ciertas circunstancias el derecho a la vida, pretender
controlar la conciencia de los ciudadanos y el acceso a la información, negar el
acceso a un proceso judicial público y al derecho de garantizar su defensa,
reprimir a los disidentes políticos, limitar indistintamente la inmigración,
permitir trabajar en condiciones degradantes, aceptar la discriminación de la
mujer, limitar el derecho de asociación; estos son solamente algunos ejemplos de
los derechos menos respetados.
Importancia del nuevo Consejo
El nuevo Consejo de derechos humanos está llamado a colmar la brecha entre el
conjunto de enunciados del sistema de convenciones de derechos humanos y la
realidad de su aplicación en las diferentes partes del mundo. Todos los Estados
miembros de este Consejo deberían asumir individual y colectivamente la
responsabilidad de su defensa y de su promoción.
Al mismo tiempo, la articulación jerárquica entre los organismos más importantes
de las Naciones Unidas manifiesta claramente el deseo de la Organización de
renovar su credibilidad a los ojos de la opinión pública mundial. En efecto, el
Consejo puede y debe ser el instrumento que oriente todas las políticas
internacionales y nacionales hacia lo que, según el deseo de un Papa que apoyó
siempre la gran causa de las Naciones Unidas, es su razón de ser: "el servicio
al hombre, la asunción, llena de solicitud y responsabilidad, de los problemas y
tareas esenciales de su existencia terrena, en su dimensión y alcance social, de
la cual depende a la vez el bien de cada persona" (cf. Juan Pablo II,
Discurso a la Asamblea general de las Naciones Unidas, 2 de octubre de 1979,
n. 6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de octubre de
1979, p. 2).
Derecho a la vida a la libertad de conciencia y de religión
Señor presidente, si el principio del valor inalienable de la persona humana es,
como creemos, la fuente de todos los derechos humanos y de todo orden social,
permítame señalar dos corolarios esenciales:
El primero es la afirmación del derecho a la vida desde el primer momento
de la existencia humana, es decir, desde la concepción hasta su fin natural: el
hombre y la mujer son personas por el mero hecho de que existen, y no por su
mayor o menor capacidad de expresarse, de entrar en relación o de hacer valer
sus derechos. Ningún gobierno, ningún grupo o ninguna persona pueden arrogarse
jamás el derecho de decidir sobre la vida de un ser humano como si no fuera una
persona, a no ser que se la rebaje a la condición de objeto para servir a otros
fines, aunque sean grandes y nobles.
El segundo corolario concierne a los derechos a la libertad de conciencia y a
la libertad religiosa, puesto que el ser humano tiene una dimensión interior
y trascendente, que es parte integrante de su mismo ser. Negar esta dimensión
significa atentar gravemente contra la dignidad humana; esto equivale a negar la
libertad del espíritu; más aún, significa atentar contra la misma existencia
humana, puesto que transforma al hombre en un simple engranaje de un proyecto de
organización social.
Solamente gracias a la libertad de conciencia el hombre es capaz de reconocerse
a sí mismo y de reconocer a su prójimo en su dimensión trascendente,
transformándose así en un elemento vivo de la vida social. Por otra parte, la
libertad religiosa, en sus dimensiones personal y comunitaria, privada y
pública, permite al hombre vivir la relación más importante de su vida, la
relación con Dios, de manera pura y sin falsas apariencias, que son indignas de
él y más aún indignas de Dios. Este es el espacio íntimo y fundamental de la
libertad que las autoridades del Estado deben salvaguardar y no despreciar,
respetar y no violar. En este campo, toda violación mediante la fuerza es una
violación del ámbito reservado a Dios.
La libertad religiosa, bien entendida, como cualquier otra libertad debe
insertarse armoniosamente en el contexto de todas las libertades humanas. No
puede transformarse en arbitraria: también ella debe desarrollarse de manera
armoniosa, especialmente respetando con esmero la libertad religiosa de los
demás, en el marco de las leyes que valen para todos. En este clima general de
libertad responsable el Estado debe ser al mismo tiempo promotor y garante.
La actitud que se espera del Consejo de derechos humanos
Ningún país, cualesquiera que sean las circunstancias y su grado de desarrollo
económico, puede sustraerse a la obligación estricta de respetar todos los
derechos humanos. Estos últimos no pueden ser más amplios en algunas culturas
que en otras, puesto que no existe un país en el que los hombres y las mujeres
tengan un grado de dignidad humana inferior al de los hombres y las mujeres de
otro país.
La Santa Sede hace un llamamiento a todos los países llamados a formar parte por
primera vez del Consejo de derechos humanos. En primer lugar, espera de ellos
una actitud ejemplar, que se concrete en un examen sincero y profundo de los
límites injustamente impuestos a los derechos humanos —ante todo dentro de su
propio territorio—; también espera que se esfuercen por restablecer esos
derechos en su integridad, siguiendo las orientaciones imparciales de la
comunidad internacional.
Los países ricos deben comprender que el goce de los derechos humanos por parte
de todos los habitantes de un país, incluidos los inmigrantes, no se opone a la
conservación y al aumento del bienestar general ni a la preservación de los
valores culturales. Los países en vías de desarrollo deben comprender que los
procesos de desarrollo económico y la promoción de la justicia y la igualdad
social serían mucho más eficaces y rápidos si se reconocieran plenamente los
derechos humanos en lugar de no respetarlos por motivos utilitaristas. La Santa
Sede cree en el hombre. La fe y la confianza en cada hombre, en cada mujer,
jamás defraudará.
Conclusión
Señor presidente, de la respuesta que el Consejo de derechos humanos dé a los
desafíos de libertad en numerosos países del mundo, comenzando por los mismos
miembros del Consejo, depende la credibilidad de las Naciones Unidas y de todo
el sistema jurídico internacional. La Santa Sede seguirá con atención y aprecio
su trabajo. Desde su posición de Observadora en las Naciones Unidas, la Santa
Sede está dispuesta a ofrecer su total colaboración para que la acción del
Consejo de derechos humanos permita que se respete efectivamente la dignidad de
todo hombre y de toda mujer.
Gracias por su atención.
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