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XIV JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
SOLEMNE CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
EN LA
CATEDRAL DE ADELAIDA, AUSTRALIA
HOMILÍA DEL CARDENAL JAVIER LOZANO BARRAGÁN
ENVIADO ESPECIAL DEL SANTO PADRE
Memoria de Nuestra Señora de Lourdes
Sábado 11 de febrero 2006
Tengo el honor de transmitir a los señores cardenales, a los arzobispos y
obispos, y de modo especial al arzobispo de la archidiócesis de Adelaida, mons.
Philip Williams, el saludo afectuoso del Santo Padre Benedicto XVI. El Pontífice
envía su saludo también a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas
que nos acompañan en esta memorable celebración litúrgica, a todos los agentes
sanitarios aquí presentes, procedentes de toda Oceanía, a todos los fieles de
Dios que llenan esta hermosa catedral, y a los fieles de este grandioso
continente de Oceanía: Australia, Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea e islas del
Pacífico.
Dedicamos esta celebración de la Jornada mundial del enfermo a los enfermos
mentales, a los cuales queremos poner en el centro de nuestra solicitud. Como
hemos escuchado en la lectura de la carta del Santo Padre, con la que me nombró
su enviado especial, los enfermos mentales ocupan un lugar muy particular en el
corazón del Pontífice, hasta el punto de que se ha dignado conceder, con ocasión
de este acontecimiento, una indulgencia plenaria que pueden lucrar los enfermos
de todo el mundo que participan en ella, los agentes sanitarios que nos
acompañan en las diversas celebraciones, los sacerdotes y, en general, todo el
pueblo de Dios. De este modo especial el Papa quiere decir a los enfermos
mentales que no está lejos de ellos, sino que los acompaña con su amistad, con
su cercanía y con su eficaz ayuda espiritual.
Por desgracia, la enfermedad mental está avanzando a pasos agigantados en todo
el mundo, y ya se habla de cerca de quinientos millones de personas con algún
trastorno mental.
Son muchas y muy diversas las causas que la originan: entre las más importantes
se encuentran la negación de Dios y el relativismo ético religioso, la crisis de
los valores de referencia, el hedonismo y el materialismo, la cultura
tecnológica encerrada en sí misma, la exasperación de los desafíos que produce y
la búsqueda de lo imposible, los conflictos religiosos y culturales, así como el
ritualismo mágico de algunas sectas religiosas.
Las situaciones de mayor riesgo que se señalan son las siguientes: la
precariedad de los medios de subsistencia, de trabajo, de formación y educación,
la falta de redes de ayuda, la violación de los derechos humanos, la exclusión y
la marginación, las guerras y el terrorismo, la falta de educación en la vida
sentimental, los procesos de alejamiento de la realidad, los condicionamientos
del ambiente, la falta de seguridad social, la corrupción, el desequilibrio
entre la función femenina y la masculina, la ausencia de los padres, la
separación y el divorcio, la pérdida del valor de la institución matrimonial, la
falta de comunicación y de tiempo para la vida familiar, la inmadurez de la
figura paterna y materna, la delegación indebida de las responsabilidades
propias a terceras personas o a instituciones, la falta de un proyecto de vida,
la inadecuada preparación para la vida matrimonial, los conflictos entre padres
e hijos, y los comportamientos agresivos y violentos.
Siguiendo las directrices del Santo Padre, indicadas tanto en la carta a la que
nos hemos referido como en el Mensaje para esta Jornada mundial del enfermo,
tenemos la misión de reafirmar la dignidad inviolable del enfermo mental y de
esforzarnos por salvaguardarla a toda costa, tanto desde el punto de vista
cultural como desde el institucional, familiar e individual.
Salvaguardar la dignidad inviolable del enfermo mental desde el punto de vista
cultural quiere decir ir a la raíz misma de la atención que debemos prestarle.
Se trata de hacer referencia al sistema de valores. Todo desequilibrio en el
sistema de valores que sostiene a una persona —y la enfermedad mental es uno de
ellos— engendra a su vez desequilibrio. En un puro paradigma de referencia
tomado de una ética global forjada por el mero consenso de la mayoría no
lograremos el equilibrio deseado, pues ese paradigma cambia necesariamente
al cambiar la opinión de la mayoría, que fácilmente puede ser manipulada por
los medios de comunicación.
Así pues, necesitamos un sistema de valores estable y equilibrado, fundado en
una ética objetiva que muestre los recursos auténticos para satisfacer las
necesidades verdaderas de la persona y no esté determinado solamente por la
veleidad de sus deseos. Esta ética verdadera se encuentra presente en el corazón
de toda persona y la lleva a insertarse en un orden vital y creativo que la
mejora día tras día.
Muchas veces este orden queda ofuscado en el centro de la presentación
desordenada de las pulsiones fundamentales. Por tanto, es necesaria una
iluminación ulterior que ayude a equilibrar la personalidad hacia la verdadera
satisfacción de sus necesidades. Para los cristianos esta iluminación es la
Revelación divina, que hemos recibido gratuitamente de Dios. El Santo Padre me
recomienda exhortar a los líderes de las religiones del mundo a proteger a los
enfermos mentales. Un modo eficaz de hacerlo es reforzar el sistema de valores
ante una creciente secularización que, como hemos indicado, considera válido
sólo un paradigma que cambia según la opinión, a menudo manipulada, de la
mayoría.
Los profesionales de la salud mental desempeñan aquí una función muy importante.
Para la realización de su profesión es prioritario y fundamental que ellos
mismos tengan un gran equilibrio psíquico y, por tanto, que estén firmemente
arraigados en un sólido sistema objetivo de valores. La enfermedad mental
implica, de una manera muy especial, a toda la persona y, en gran medida, su
curación, que no sólo depende de las medicinas, sino también de la relación
personal entre el enfermo y el que lo cura. El enfermo mental depende muchísimo
del agente sanitario. Eso significa que cualquier desequilibrio del agente
sanitario lo degrada en su profesión, que por el contrario está orientada a
obtener el equilibrio del paciente.
El Papa me recomienda también que exhorte a los líderes de las naciones a
proteger la dignidad de los enfermos mentales. Esperamos que ya se hayan
abandonado ciertas prácticas deshumanizadoras que se empleaban tanto en la
curación de estos enfermos como en la evaluación de su estado. Deseamos que
hayan desaparecido los métodos crueles que desconocían completamente la dignidad
del enfermo mental, el cual no era tratado como un ser humano, o que catalogaban
y consideraban como tal al disidente político.
Para proteger institucionalmente la dignidad del enfermo mental, sobre la base
del desarrollo y del progreso logrado por la medicina psiquiátrica, es preciso
promover normativas específicas en beneficio de estos enfermos donde no estén
previstas, o su aplicación y revisión donde ya existen, especialmente por lo que
atañe a la hospitalización de estos enfermos.
Dado que el desequilibrio familiar es una de las principales causas de
desestabilización, la protección de la dignidad del enfermo mental debe comenzar
en la familia misma. Con todo, en muchas partes del mundo se está produciendo
una disgregación de la familia. Por tanto, es necesario un gran programa de
estabilidad de la institución matrimonial, que provenga de una seria, adecuada y
profunda preparación para el matrimonio, hasta la madurez en la vida fecunda de
la familia.
Una comprensión serena, realista, gozosa y amorosa entre los esposos, los hijos,
los hermanos, la familia completa, la comunidad en donde se vive, una
estabilidad total y la indisolubilidad del matrimonio darán el equilibrio, que
constituirá la mejor prevención y la mejor curación de la enfermedad mental de
un miembro de la familia.
Para los cristianos es obvio que el sentido de la vida es sólo Cristo muerto y
resucitado, y que el centro de la vida de nuestro Señor Jesucristo se encuentra
en el Espíritu Santo, el Espíritu de Amor que, a través de la muerte redentora,
lleva a Cristo y nos guía a todos en la Iglesia hacia nuestro Padre celestial.
En esta Jornada mundial del enfermo tenemos la ocasión de proclamar que en el
centro de la prevención y de la curación del enfermo mental está el amor. Sólo
con la comprensión amorosa del Espíritu Santo, que "sana lo que está enfermo"
podemos prevenir cualquier desequilibrio mental y curarlo cuando se presenta. Es
verdad que se trata de un amor crucificado, porque hace que nos identifiquemos
con el desequilibrio para equilibrarlo. Es el equilibrio de la cruz de Cristo,
pero es el único camino hacia la resurrección, hacia la salida del túnel oscuro
de la enfermedad mental.
A este propósito el Santo Padre Benedicto XVI, en su primera encíclica,
Deus
caritas est, dice: "En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que
armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos
como él los amó cuando se puso a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn
13, 1-13) y, sobre todo, cuando entregó su vida por todos (cf. Jn 13, 1;
15, 13). El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la
comunidad eclesial para que sea, en el mundo, testigo del amor del Padre, que
quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia" (n. 19).
En efecto, "por lo que se refiere al servicio que se ofrece a los que sufren, es
preciso que sean competentes profesionalmente: hay que formar a quienes prestan
ayuda, de manera que sepan hacer lo más apropiado y de la manera más adecuada,
asumiendo el compromiso de que se continúen después las atenciones necesarias.
Un primer requisito fundamental es la competencia profesional, pero por sí sola
no basta. En efecto, se trata de seres humanos, y los seres humanos necesitan
siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan
humanidad. Necesitan atención cordial. Cuantos trabajan en las instituciones
caritativas de la Iglesia deben distinguirse por el hecho de que no se limitan a
realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación
al otro con atenciones que brotan del corazón, para que el otro experimente su
riqueza de humanidad. Por eso, dichos agentes, además de la preparación
profesional, necesitan también y sobre todo una "formación del corazón": se les
ha de guiar hacia el encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y
abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea
un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se
desprende de su fe, la cual actúa por la caridad (cf. Ga 5, 6)" (n. 31).
Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, Salus infirmorum.
Cuando el enfermo mental siente la afectuosa mano maternal de la santísima
Virgen que lo sostiene y lo protege, el mundo deja de ser hostil para él, se
siente seguro y rico interiormente. Imploremos a nuestra Madre María, Salus
infirmorum, para que acoja bajo su maternal protección a todos los enfermos
mentales del mundo, los consuele, los anime, les dé seguridad y confianza,
fuerza y alegría, y nos confirme a todos en una grande y especial solidaridad
fraterna con respecto a estos hermanos nuestros que acompañan a Cristo paciente
en lo más íntimo de su alma.
Termino asegurando la bendición y la presencia entre nosotros del Papa
Benedicto XVI, que, desde Roma, se hace presente espiritualmente en esta
hermosa catedral de San Francisco Javier en la archidiócesis de Adelaida para
todo el mundo y, de modo especial, para este hermosísimo continente que es
Oceanía. |