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CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PASTORAL DE LA SALUD
SIMPOSIO SOBRE "EL VIÁTICO, PLENITUD DE LA SALUD"
CONFERENCIA DEL CARDENAL JAVIER LOZANO BARRAGÁN
Sábado 21 de mayo de 2005
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El Papa Benedicto XVI, en una de sus primeras orientaciones, nos ha recomendado
no olvidar el concilio Vaticano II, ya que su riqueza es tan grande que de
ninguna manera podemos considerarla agotada.
Este simposio sobre el Viático brota de una necesidad de reflexionar más a
fondo, en el Consejo pontificio para la pastoral de la salud, sobre lo que le
imprime su forma específica, porque nos ofrece el princeps analogatum de
la salud, y la meta hacia la que se dirige todo nuestro esfuerzo pastoral.
Constituye un magnífico marco para reflexionar en lo que se nos ofrece en este
Año de la Eucaristía que estamos celebrando, y para el cual presentamos este
modesto estudio, como una pequeña contribución.
Refiriéndome a la recomendación de nuestro Sumo Pontífice, deseo partir de
tres párrafos tomados de dos constituciones del concilio Vaticano II: la
Lumen gentium y la
Sacrosanctum Concilium.
Sobre el sacramento de la unción de los enfermos, la constitución dogmática
sobre la Iglesia nos dice: "Con la sagrada unción de los enfermos y la oración
de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente
y glorificado para que los alivie y los salve (cf. St 5, 14-16). Incluso
los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo (cf. Rm 8,
17; Col 1, 24; 2 Tm 2, 11-12; 1 P 4, 13) y a contribuir,
así, al bien del pueblo de Dios" (n. 11).
Más adelante, en el mismo número, la constitución afirma: "Al participar en el
sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios
la Víctima divina y a sí mismos con ella. (...) Muestran de manera concreta la
unidad del pueblo de Dios, que este santísimo Sacramento (...) realiza tan
maravillosamente" (ib.).
La constitución sobre la sagrada liturgia dice: "Y el mismo Apóstol nos enseña
a llevar siempre la mortificación de Jesús en nuestro cuerpo para que también la
vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal (cf. 2 Co 4, 10-11).
Por eso, pedimos al Señor en el sacrificio de la misa que, "recibida la ofrenda
de la víctima espiritual", haga de nosotros mismos "una ofrenda eterna para sí"
(Misal Romano, Secreta del lunes de la octava de Pentecostés)" (Sacrosanctum Concilium, 12).
En las siguientes reflexiones partimos de la contemporaneidad que el mandato del
Señor: "Haced esto en conmemoración mía" conlleva en el Viático precisamente
con la hora de nuestra muerte. En cada Eucaristía nuestro tiempo concreto y el
de todos los siglos se insertan en el acontecimiento cumbre de la historia, en
el que todo culmina: la Cena pascual, la muerte y resurrección del Señor, o,
para ser más completos, el significado pleno del misterio de la Encarnación en
su totalidad, desde el designio eterno del Padre, oculto antes de todos los
siglos, hasta la presencia eterna actual de Cristo a la diestra del Padre.
Siguiendo este hilo conductor, expondré brevemente algunas ideas sobre la vida,
la comunión y la eternidad, y sobre lo que significa la recepción del Viático.
Vida
El Viático es la culminación de la vida. La Eucaristía es la fuente total de la
vida, ya que es la presencia simultánea de todo el misterio de Cristo. Se trata
de la nueva creación, de la nueva criatura. En la Eucaristía siempre se
participa en la medicina de la inmortalidad; sin embargo, en el Viático, al
borde de la muerte, se da la contemporaneidad de la muerte con la plenitud de la
vida, se recibe la medicina para vencer la muerte con la irrupción máxima de la
vida.
Nuestra muerte es el término último, pero, al contacto con el Viático, deja de
ser la meta final para convertirse de túmulo en cuna, en un auténtico
nacimiento.
Cristo en la cruz se abandona en manos del Padre y le entrega su Espíritu; y
esta entrega de Amor, el Espíritu, es la fuerza con la que el Padre convierte la
muerte de Cristo en fuente de vida, y lo resucita.
Nuestro abandono en manos del Padre en el momento final es como un abrazo total,
amoroso, en el Espíritu; es un abrazo con los brazos de Cristo clavados en la
cruz; y con Cristo, en el Viático, nuestro abrazo mortal se convierte en la
especial inmortalidad de la resurrección. Cristo habló de su hora como la hora
de su glorificación. Así, en el Viático, Cristo hace que nuestra hora final sea
también la hora de nuestra glorificación.
En el Viático nuestra muerte se une a la muerte de Cristo y así completa lo que
falta a la pasión de Cristo para la salvación de todo el mundo. El
acontecimiento máximo de nuestra existencia llega a esta cumbre cuando nos
encontramos en sintonía con Cristo, y con Cristo ofrecemos nuestra vida por la
salvación del mundo. Así llegamos a dar un sentido pleno al sufrimiento, a la
enfermedad y al dolor, que se aceptan para completar en nuestro cuerpo lo que
falta a la pasión de Cristo, para darles su sentido pleno, propio de nuestra
muerte. Se trata de una paradoja por la cual el sufrimiento, la enfermedad y el
dolor dejan de ser el cortejo fúnebre que nos acompaña toda la vida, y se
convierten en una procesión triunfal de los méritos que por el único verdadero
mérito, el de Cristo, nos obtiene la nueva vida imperecedera.
Esta unión entre los precedentes dolorosos que preludian la muerte y la muerte
misma con todos los sufrimientos, pero juntamente con la poderosísima muerte de
Cristo, constituye la que llamamos Eucaristía como Viático. En definitiva, el
Viático nos ofrece la contemporaneidad del conjunto de toda nuestra vida con el
conjunto de la vida de Cristo, y nos hace herederos de la verdadera vida eterna.
Comunión
Se habla de la tremenda soledad de la muerte, ya que nadie puede sustituir a
nadie y todos debemos morir individualmente. Es verdad, pero para un cristiano,
gracias al Viático, esta soledad no es tan terrible como parecería a primera
vista.
En la Eucaristía recibida como Viático nos encontramos en plena e íntima unión
con Cristo que muere en nuestra muerte, no en las tinieblas del aniquilamiento,
sino en la luminosidad de la resurrección. Esta luminosidad significa la
compañía de la Verdad personal de toda la existencia que, vivida en Cristo,
lleva consigo el juicio misericordioso y benigno de nuestro Salvador; significa
el amor misericordioso del Padre eterno, que vive en el que muere, en virtud de
la Eucaristía, y que es el Amor todopoderoso del Espíritu Santo. En el Viático
entramos en la comunión trinitaria como en el último peldaño de la subida a la
perfección de nuestra existencia terrena, para abrirnos a la perfección máxima
del cielo.
En Cristo, cabeza del Cristo total, entramos en la comunión de los santos con la
santísima Virgen María, con san José, con todos los santos, con todos los que se
encuentran en el estado purgatorio y con todos los cristianos con los que
estamos en comunión. Todos nos acompañan en el momento definitivo de la muerte
y nos ayudan a realizar el paso fundamental a la felicidad absoluta.
En Cristo, alfa y omega, primogénito del universo, se encuentra virtualmente la
creación entera. Y en el momento de la muerte, con la Eucaristía recibida en el
Viático, toda la creación espera su redención a través del moribundo. Este es el
momento de entrar en la herencia de todo el universo, uniéndose cada uno a
Cristo, centro del universo, primogénito de toda la creación. Especialmente en
este instante, cada uno participa en este carácter central de Cristo y también
él se convierte, en Cristo, en centro del universo y primogénito de toda la
creación (cf. Col 1, 15-20).
Así, con el Viático, para todo cristiano llega el momento culminante del que
habla san Pablo en la carta a los Efesios: el Señor nos ha llamado "dándonos a
conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se
propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que
todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la
tierra. A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el
previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para
ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo" (Ef
1, 9-12).
Sólo experimentan la soledad de la muerte los que no tienen fe. En el Viático la
fe nos sostiene por la presencia definitiva de Cristo. El Viático es la
coronación del triunfo individual, solidario, de comunión, de fraternidad, de
amistad, de amor total, de entrega, que consistirá en la felicidad futura. La
proporción entre la soledad y la fe en el momento de la muerte es inversa, es
decir, cuanto mayor es la fe tanto menor es la soledad, y cuanto mayor es la
soledad tanto menor es la fe.
Eternidad
La presencia definitiva de Cristo en las especies eucarísticas nos brinda ya una
anticipación de la eternidad. Cristo se presenta como independiente de las
condiciones de espacio y tiempo. Su dimensión trasciende cualquier imaginación,
siempre condicionada por las medidas materiales. Esta realidad, que se da en
todos los actos eucarísticos, se verifica de una manera muy especial al cruzar
el umbral de la eternidad con el Viático.
Es clásica la definición de eternidad que dio Boecio: "Interminabilis vitae
tota simul atque perfecta possessio": interminable, simultánea y perfecta
posesión de la vida. En esta definición podemos vislumbrar una huella que nos
permite desvelar, balbuciendo, la participación en la vida divina. En efecto,
por decirlo así, la frontera entre la divinidad y la creaturalidad es el
movimiento. Dios es inmutable; la criatura, mudable. Ciertamente, no se trata
sólo de un movimiento cuantitativo, mensurable con las coordenadas de espacio y
tiempo, sino de un movimiento esencial que se perfecciona progresivamente.
La inmutabilidad divina no es un estado estático de quietud, carente de
dinamismo, sino una plenitud de actividad que significa la omniperfección. Esta
omniperfección no es sólo el concepto de "motor inmóvil", sino la plenitud de
entrega en la infinita donación de amor que es la santísima Trinidad.
Es un dinamismo que no busca poseer, porque en sí mismo es todo, ya que es
donación amorosa sin disminución, recepción amorosa sin incremento: Dios es
Amor. No sólo es infinitamente amable, sino también infinitamente amante. Esta
inmutabilidad de la alegría perfecta en la entrega amorosa es la auténtica
inmutabilidad divina, la misma naturaleza de Dios.
Participar de la naturaleza divina es entrar en esta comunidad llena de amor; es
entrar en el círculo trinitario, venciendo la mutabilidad del deseo y del
crecimiento progresivo, en la plena satisfacción de la criatura, colmando todas
sus capacidades. Esta es la verdadera vida, y así, esta comunión máxima de amor
constituye la verdadera salud, que ordinariamente se llama salud eterna.
La Eucaristía realiza esta maravilla. Por eso, Cristo dice: "El que come de
este pan, vivirá para siempre. (...) El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. (...) El que come mi carne
y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive,
me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn
6, 51. 54-57). Como sabemos, se trata del pan eucarístico que se nos entrega y
de la sangre que se derrama en la cruz (cf. Lc 22, 14-20).
El Viático consiste en participar en el Cuerpo de Cristo, que se entrega a la
muerte, y en su Sangre, que se derrama en la cruz, para entrar así en la
eternidad. La frontera de la mutabilidad de la criatura se supera en la muerte
con el Viático. Porque la frontera entre la divinidad y la creaturalidad se
cruza a través del puente que es la cruz.
El Viático es Cristo muerto y resucitado, como plenitud de los tiempos de la
vida de cada uno de nosotros. Así, la muerte ya no es la oscuridad temida y
rechazada, sino el abrazo amoroso que nos identifica con el Señor Jesús. En el
Viático nuestra muerte se transforma en plena donación al Padre, a través del
amor total del Espíritu, en el Señor Jesús. Esta donación es la suma de todas
las donaciones diarias con las que queremos demostrar al Señor Dios nuestra
entrega en la vida, porque en esta donación no entregamos algo al Señor, lo
entregamos todo; ponemos en las manos de Dios la vida en sí misma, en su
totalidad. Entonces comenzaremos a vivir verdaderamente y se resolverá la
paradoja de la muerte en la vida.
Conclusión
Enunciamos la paradoja: la plenitud de la salud es la muerte; pero no cualquier
muerte, sino sólo la muerte en Cristo y con Cristo, es decir, la muerte vivida
íntimamente unida a la muerte de Cristo y, por consiguiente, a su resurrección.
La realización de esa muerte es el Viático.
Por eso decíamos, al inicio, que el Viático es lo que especifica plenamente la
pastoral de la salud, ya que es el único horizonte válido hacia el cual puede
avanzar verdaderamente la salud de la humanidad.
Con el Papa Juan Pablo II se definió la salud como "la tensión hacia la armonía
física, psíquica, social y espiritual". El Viático ya no es la tensión hacia la
armonía, sino la consecución de la armonía, donde la disonancia de la muerte se
transforma en la armonía de la resurrección.
En el Viático el desorden de la muerte se convierte en el máximo orden, la
angustia en la máxima serenidad; finalmente, se llega a la anhelada paz al
morir, ya que la paz consiste precisamente en esto: "La tranquilidad en el
orden".
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