La familia en el pontificado de Juan Pablo II
Introducción
La proclamación entusiasta del evangelio de la familia y de la vida, como
"estupenda noticia" y la profundización en la identidad y misión de la Iglesia
doméstica, santuario de la vida, como verdad que humaniza plenamente a
los esposos, a los hijos y a la humanidad, ocupan sin duda un puesto
privilegiado en el corazón del Pastor universal.
Como Maestro de la fe, su magisterio ha asegurado y garantizado la identidad y
la dinámica evangelizadora de la familia, única institución en el designio
creador de Dios, capaz de formar integralmente al hombre. Ha consagrado sus
energías no sólo para anunciar, sino también para liberar la verdad,
rescatándola de la tormenta de una crisis en una sociedad enferma, que
deshumaniza. Como expresa san Pablo, la verdad es aprisionada y sofocada por la
impiedad y la mentira (cf. Rm 1, 18. 25).
Un avanzado proceso de secularismo, que ha pretendido desterrar a Dios de la
sociedad, vacía al hombre y lo precipita a su degradación, arrancando los
valores centrales de la familia y de la vida. Es la enfermedad del espíritu,
privado de la verdad que le roba su humanidad, como ya intuía Romano Guardini.
El anuncio de la verdad y su liberación se tornan vigorosa defensa de la
familia y de la vida, hoy tan amenazadas.
Ha sido el centro unificador de su enseñanza la verdad del hombre, su
misterio, que sólo se manifiesta en plenitud a la luz del misterio del Verbo
encarnado (cf.
Gaudium et spes, 22). Por "aquel que ha penetrado, de modo
único e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su corazón" (Redemptor
hominis, 8). El Papa clama para que la humanidad se abra a Cristo, que
manifiesta al hombre plenamente su misterio. "El hombre no puede escaparse a los
ojos de Dios. Buscando esconderse de él, se esconde a sí mismo" (Martin Buber,
Il cammino dell'uomo, Ed. Qiqajon, Bose 1990).
Con su experiencia de pastor en Cracovia, con un bagaje académico que ha
permitido un diálogo con las culturas fiel a la verdad del hombre y abierto a la
esperanza, no sólo con la abundancia y profundidad de sus escritos, sino también
con su testimonio y solicitud pastoral, ha impreso un dinamismo renovado a la
Iglesia en este campo vital y decisivo para el porvenir.
Quisiera tan solo esbozar, a grandes rasgos, algunos importantes aspectos de lo
que ha representado en esta causa, que es la del Señor, el fecundo y
providencial pontificado de Juan Pablo II, durante los cinco lustros que con
gozo y reconocimiento celebramos.
Haré referencia primero al servicio del Santo Padre, en el interior de la
Iglesia, y luego a lo que ha representado su labor respecto a toda la sociedad,
a la humanidad entera.
El servicio a la familia y a la vida en la Iglesia
La familia corazón de la evangelización
En una definida perspectiva evangelizadora, porque el anuncio del Evangelio es
el respirar de la comunidad cristiana, sus esfuerzos se han puesto en
convergencia con la identidad de la familia según el designio de Dios. La buena
nueva suscita admiración y es acogida en su originalidad con entusiasmo. El
Santo Padre fue el Relator general del Sínodo sobre la
evangelización que se plasmó en la exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi,
de Pablo VI, que tan decidida y singular influencia de renovación ha tenido.
La comunidad de los creyentes se ha visto notablemente enriquecida doctrinal y
pastoralmente con la enseñanza de Juan Pablo II. Sobre todo con ese tríptico,
centro de referencia indispensable, constituido por la exhortación apostólica
Familiaris consortio, fruto del Sínodo sobre la familia de 1980, el primero
de su pontificado; la Carta a
las familias,
Gratissimam sane, con ocasión
del Año internacional de la familia, en que retoma, profundizándolos, temas
centrales para la identidad de la familia y su misión; y la encíclica
Evangelium vitae, el más vigoroso anuncio y defensa del evangelio de la
vida.
Sería necesario emplear mucho tiempo para poder referirme a tantos otros
significativos escritos como la
Mulieris dignitatem -en que subraya la
misión irreemplazable de la mujer como esposa, madre, hermana, y el beneficio
que aporta a la sociedad en su progresiva inserción, sin discriminación-; la
Carta a los niños -en que aboga por un diálogo lleno de ternura por la
dignidad del niño, tantas veces conculcada-; las "Catequesis del amor humano",
recogidas con el título de "Varón y Mujer los creó". Ocupan varios
volúmenes las homilías, particularmente de los viajes pastorales, así como los
mensajes y discursos, que constituyen una rica mina de enseñanzas. Ha sido un
período de aportes densos y múltiples que han dado un dinámico impulso doctrinal
y pastoral.
Mención especial merecen los mensajes y las homilías en los Encuentros mundiales
con las familias, del Año de la familia en Roma (1994), en Río de Janeiro
(1997), en el Jubileo de la familia (2000) y el mensaje televisivo de Manila (en
enero de 2003). Estos Encuentros mundiales convocados por el Papa han sido
hechos de Iglesia en que las familias han experimentado la cercanía amorosa del
Sucesor de Pedro y constituyen una oportunidad singular de asumir compromisos
con especial ardor y de ahondar en la riqueza doctrinal, para dar con renovado
vigor "razón de nuestra esperanza" (cf. 1 P 3, 15). El Santo Padre
ha convocado el V Encuentro mundial para el año 2006 en Valencia, España.
El magisterio del Papa hace presente que la Iglesia doméstica es evangelizada;
transformada al calor del Evangelio, ofrece al mundo la verdad recibida. Ella
misma se torna modelo, estilo de vida. Los rasgos distintos de fidelidad y
defensa de la vida son fuertemente reafirmados. "Se casan como todos y engendran
hijos, pero no abandonan a los nacidos. Tienen la mesa en común, pero no el
lecho" (Carta a Diogneto, V. 7; Funk 1, 318). Sirve así de modo original
y especial a la comunidad de los creyentes en la viva transmisión de la fe,
sobre todo en la participación litúrgica y la oración. En la plegaria familiar
se transmiten los rudimentos de la fe y se abre el corazón a la paternidad de
Dios.
Quisiera subrayar ahora tan sólo algunos aspectos de la enseñanza del Papa que
pueden, entre otros, ser registrados como una constante que ha vigorizado de
singular manera la reflexión teológica y el compromiso pastoral. Ante los graves
y crecientes desafíos presentes, lejos de suscitar desconcierto y una actitud
resignada o pesimista, con el ardor de su enseñanza, la Iglesia ha mantenido
fresco el entusiasmo responsable fundado en las formidables energías que el
Señor derrama sobre las familias.
La plena vigencia de la familia, fundada sobre el matrimonio, y la fidelidad de
la gran mayoría, como vivo testimonio, son la mejor respuesta a quienes
aseguraban la extinción de esta institución natural que, vuelta añicos por
nuevos proyectos culturales y políticos, sería sustituida por otros modelos y
alternativas que alteran el tejido sano de la comunión conyugal. Hay signos
esperanzadores que suscitan una renovada confianza en el futuro.
Una enseñanza de espesor antropológico iluminante
Es la verdad del hombre la que se quiere poner en tela de juicio, su "misterio",
su vocación. Es lo "humano" lo que se encuentra en peligro. ¿El
hombre ha de asistir impotente al drama de su deshumanización, vaciado de los
valores que lo realizan como imagen de Dios? ¿Debe rendirse ante una cultura
que, mientras parece exaltarlo, le roba su dignidad humana y lo trata como un
instrumento y un objeto? Asistimos a la "conspiración" de tantos Parlamentos y a
las presiones y ambigüedades de toda índole, que llegan a proclamar otros
derechos humanos sustitutivos de los que son fundamentales.
La familia sería la negación de la libertad, el lugar de la esclavitud para la
mujer; su vocación maternal, un obstáculo, culturalmente impuesto a su
realización; los hijos, una carga pesada; la estabilidad y la fidelidad del amor
conyugal, una quimera, y no un bien fundamental para el hombre y la sociedad. Se
le niega su espesor social, su capacidad de hacer felices a los esposos y a los
hijos, haciéndolos verdaderamente humanos.
Se viola la sacralidad e inviolabilidad de la vida humana, que corrobora el
artículo tercero de la Declaración universal de derechos humanos, pero
que, con el recurso a incontables y crueles excepciones, somete a la ejecución
capital al ser más inocente, el "nascituro". Es una masacre mundial que pone de
manifiesto a qué degradación conduce la cultura de la muerte.
El embrión es reducido a objeto, a cosa, a material manipulable,
víctima de toda clase de experimentos, que atentan contra su incolumidad, como
en las técnicas de fecundación asistida y con el grave riesgo para la humanidad
de la clonación reproductiva y terapéutica. Se repite el mito de la Medusa:
todo lo que cae bajo su mirada se convierte en cosa.
La enseñanza del Papa levanta los espíritus, para buscar y encontrar la verdad
que redime y libera. En la
Gratissimam sane hace resonar el Papa su voz
de alarma, al expresar: "En semejante perspectiva antropológica (...) el hombre
deja de vivir como persona y sujeto. No obstante las intenciones y
declaraciones contrarias, se convierte exclusivamente en objeto". Y más adelante
advierte: "El racionalismo moderno no soporta el misterio. No acepta el
misterio del hombre, varón y mujer, ni quiere reconocer que la verdad plena
sobre el hombre ha sido revelada en Jesucristo. Concretamente, no tolera el
"gran misterio", anunciado en la carta a los Efesios, y lo combate de modo
radical" (n. 19).
Frente a los intentos de desmontar la estructura familiar pieza por pieza,
la enseñanza del Santo Padre es una barrera moral de autoridad reconocida,
incluso por quienes no comparten nuestra fe.
El Santo Padre ha tomado un texto clave del concilio Vaticano II, al cual muchas
veces hace referencia (cf.
Gratissimam sane, 14): "Como afirma el
Concilio, el hombre "es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado
por sí misma"" (n. 9;
Gaudium et spes, 24).
Dios "ama" al hombre como un ser semejante a él, como persona.
"Persona significat quod est perfectissimum in tota natura" (Santo Tomás de
Aquino, Summa Theologiae I, q. 29, a. 3). La encíclica
Veritatis splendor enseña: "Es a la luz de la dignidad de
la persona humana -que debe afirmarse por sí misma- como la razón descubre el
valor moral específico de algunos bienes a los que la persona se siente
naturalmente inclinada. Y desde el momento en que la persona humana no puede
reducirse a una libertad que se autoproyecta, sino que comporta una determinada
estructura espiritual y corpórea, la exigencia moral originaria de amar y
respetar a la persona como un fin y nunca como un simple medio, implica también,
intrínsecamente, el respeto de algunos bienes fundamentales" (n. 48). Este
hombre, todo hombre, es creado por Dios "por sí mismo" (Gratissimam sane, 9). "Aperta manu clave amoris, creaturae prodierunt" (Santo Tomás de
Aquino, Liber II Sent., dist. 2, prol.). "El nuevo ser está destinado a
expresar plenamente su humanidad, a "encontrarse plenamente" como persona" (Gratissimam sane, 9). "En efecto, la familia es -más que cualquier otra realidad social-
el ambiente en que el hombre puede vivir "por sí mismo"" (ib., 11). Esto
es fundamental para mostrar cómo el hombre "imagen" no puede ser tomado y usado
como objeto, como instrumento, como "producto", desde el momento de la
concepción hasta la muerte natural, grave tentación de una cultura
científico-tecnológica que se quiere reservar su dominio como un absoluto: "El
utilitarismo es una civilización basada en producir y disfrutar; una
civilización de las "cosas" y no de las "personas"; una civilización en la que
las personas se usan como si fueran cosas (...). La mujer puede llegar a ser un
objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una
institución que dificulta la libertad de sus miembros (...). Es evidente que en
semejante situación cultural, la familia no puede dejar de sentirse amenazada,
porque está acechada en sus mismos fundamentos" (ib., 13).
Si "la familia ha sido considerada siempre como la expresión primera y
fundamental de la naturaleza social del hombre (...), la más pequeña y
primordial comunidad humana" (ib., 7), "singular comunión de personas" (ib.,
10) en la sociedad, de un "nosotros", "la familia, comunidad de personas, es
por consiguiente la primera "sociedad" humana" (ib., 7). Esto debe
traducirse, a la luz del primado de la persona.
El hombre debe ser "el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones
sociales" (Gaudium et spes, 25) y el orden social por tanto y su progreso
deben siempre dejar prevalecer el bien de las personas, porque el orden de las
cosas debe estar subordinado al orden de las personas (cf. ib., 26).
Esto ha de traducirse en realidad enfrentando los programas de ingeniería
social que manipulan a las personas como piezas de ajedrez, en el
utilitarismo a que se ha hecho mención, y en una concepción individualista
que niega a la familia su dignidad de sujeto social. Ella integra a sus
miembros, padres e hijos, no tomados separadamente, en un individualismo tal que
no responde al conjunto de relaciones personales, que es la familia. En ella
tienen significativa y "justa aplicación los derechos de las personas que la
componen" (Gratissimam sane, 17).
Ha recomendado vivamente el Papa la Carta de los derechos de la familia,
valioso instrumento de diálogo, plenamente vigente, que, partiendo de los
principios morales afirmados, consolida la existencia de la institución familiar
en el orden social y jurídico de la "gran" sociedad (cf. ib.).
Un aspecto digno de tener en cuenta es la defensa del Papa de la "soberanía"
de la familia. "La familia, como comunidad de amor y de vida, es una
realidad social sólidamente arraigada y, a su manera, una sociedad soberana,
aunque condicionada en varios aspectos" (ib.) y "al participar del
patrimonio cultural de la nación, contribuye a la soberanía específica
que deriva de la propia cultura y lengua" (ib.). La intervención del
Estado con relación a la familia debe enmarcarse en aquello en lo que no es
autosuficiente, en el principio de subsidiariedad, en el respeto de los
derechos de la familia.
En el texto clave que el Papa comenta según el cual el hombre es la única
criatura sobre la tierra amada por Dios por sí misma, prosigue
profundizando en lo que el Concilio dice a continuación, a saber, que el hombre
"no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí
mismo" (Gaudium et spes, 24).
A esto consagra no solamente el número 11 de la
Gratissimam sane, sino
preciosas consideraciones en distintos lugares.
Este don sincero de sí, que realiza al hombre en plenitud, hace que "en este
entregarse recíproco se manifieste el carácter esponsal del amor" (Gratissimam sane, 11). Obliga más fuertemente que cualquier bien comprado e imprime "la
lógica de la entrega sincera" (ib.) que entra en la vida del hombre y de
la mujer. La conclusión del Papa es contundente: "Sin aquella, el matrimonio
sería vacío" (ib.).
En la promesa de los esposos -"Prometo serte fiel... todos los días de mi vida"-
se enfatiza una fidelidad plena, una entrega de la persona que por su
naturaleza es "duradera e irrevocable" (ib.), abierta a la vida.
En el don sincero de sí se fundan, pues, las conocidas notas de fidelidad,
exclusividad, permanencia hasta la muerte y apertura a la vida, que la
Humanae vitae iluminaba con vigor profético (cf. n. 9) y que Juan
Pablo II ha ahondado notablemente desde la lógica de la entrega. "La fecundidad
es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena
y recíproca de los esposos" (Familiaris consortio, 28). Un amor
condicionado, ad tempus, que se cierra a la vida nueva por temor,
desconfianza o hedonismo, es una traición a la sinceridad y totalidad de la
entrega. "El anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio,
es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo
positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la
verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud
personal" (ib., 32).
Es la lógica del bien, que por su naturaleza es "difusivo", en un amor exigente,
que en el misterio de Cristo que se entrega hasta el fin encuentra la fuente de
la cual emanan admirables energías. Por la presencia del Resucitado en la
Iglesia doméstica, ella, que se encuentra en el centro de este gran combate
entre el bien y el mal, recibe el mandato de "liberar las fuerzas del bien, cuya
fuente se encuentra en Cristo, redentor del hombre" (Gratissimam sane, 23).
A la luz del misterio de Cristo
Todo está referido a Cristo, "aquel que ha penetrado, de modo único e
irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su corazón" (Redemptor
hominis, 8). Por eso, "los esposos tienen en Cristo un punto de referencia
para su amor esponsal" (Gratissimam sane, 19).
Uno de los textos del Concilio más estudiados por el Papa (cf.
Gaudium et spes, 22) es también hilo conductor de la Redemptor hominis: "El
hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (...) debe, con su
inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida
y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en él con
todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y
de la Redención para encontrarse a sí mismo" (n. 10).
Por eso, la familia debe vivir su vocación en un clima de oración, de diálogo
con el Señor, que siempre manifiesta su amor y lleva a una mejor comprensión de
su naturaleza y misión.
En Cristo, que sale al encuentro de los esposos, la verdad de la familia "puede
llegar a ser verdaderamente la gran "revelación", el primer descubrimiento
del otro: el descubrimiento recíproco de los esposos y, después, de cada
hijo o hija que nace de ellos" (Gratissimam sane, 20). El gran
misterio de la carta a los Efesios (cf. 5, 32), se torna también un valor
de gran importancia eclesial: "No se puede, pues, comprender a la Iglesia como
cuerpo místico de Cristo, como signo de la alianza del hombre con Dios en
Cristo, como sacramento universal de salvación, sin hacer referencia al "gran
misterio", unido a la creación del hombre varón y mujer, y a su vocación para el
amor conyugal" (Gratissimam sane, 19). Esta consideración ha
enriquecido los Sínodos continentales, particularmente el de África.
Aspectos pastorales
Dice el Santo Padre a los obispos: "El primer responsable de la pastoral
familiar en la diócesis es el obispo. Como padre y pastor, debe prestar
particular solicitud a este sector, sin duda prioritario, de la pastoral. A él
debe dedicar interés, atención, tiempo, personas, recursos; y sobre todo apoyo
personal a las familias y a cuantos, en las diversas estructuras diocesanas, le
ayudan en la pastoral de la familia" (Familiaris consortio, 73).
Esto que, como Pastor recomienda, primero lo ha hecho realidad en su ministerio.
Se refiere a un sector sin duda prioritario de la pastoral. La
evangelización y el futuro de la humanidad pasan por la familia (cf. ib.,
86), lo mismo que el porvenir de la Iglesia, que el Señor acompaña hasta el fin
de los tiempos. No la abandonará, sino que derramará sobre ella la abundancia de
sus gracias.
Deber principal de los maestros de la fe es el de repartir el pan de la verdad.
Para ello recomienda a los sacerdotes que su enseñanza y sus consejos estén
siempre en consonancia con el magisterio auténtico de la Iglesia, cuidando con
todo empeño la unidad de sus juicios, para evitar a los fieles ansiedades de
conciencia (cf. ib., 73).
Especial importancia concede el Papa a la preparación de los agentes de pastoral
ante unos desafíos tan complejos y exigentes, en instituciones adecuadas
académica y pastoralmente para tal cometido.
Hoy las Conferencias episcopales reconocen e impulsan la dimensión prioritaria
de la pastoral familiar, y sus estructuras cuentan con comisiones episcopales
para la familia y la vida.
Recomienda que en las diócesis y en las Conferencias episcopales haya órganos de
la pastoral familiar que coordinen y dinamicen esta labor a partir de las
mismas familias, las parroquias y los movimientos, lo cual redundará en el
robustecimiento de la pastoral orgánica en sus diversas manifestaciones (cf.
Alocución del Santo Padre a la X asamblea plenaria del Pontificio Consejo para
la familia, 30 de enero de 1993).
Siguiendo las pautas renovadoras del Sínodo de la familia, erigió, con honda
intuición, el Pontificio Consejo para la familia, el Pontificio Instituto para
estudios sobre el matrimonio y la familia, que lleva su nombre, en la
Universidad Lateranense, y posteriormente la Academia pontificia para la vida.
Cometidos sociales y políticos
El Santo Padre ha puesto especial atención a que la familia no se encierre en sí
misma, sino que se abra plenamente a la sociedad, con la cual "posee vínculos
vitales y orgánicos", porque es su principio y fundamento, y, como recuerda la
Familiaris consortio citando al concilio Vaticano II, su "célula primera
y vital" (n. 42; cf.
Apostolicam actuositatem, 11).
El Sínodo de la familia recordó que "la familia constituye el lugar natural y el
instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la
sociedad: colabora de manera original y profunda en la construcción del mundo,
haciendo posible una vida propiamente humana" (Familiaris consortio, 43).
Pone en guardia contra una sociedad cada vez más masificada y despersonalizada,
que se vuelve inhumana y deshumanizadora (cf. ib.).
La familia es una forma insustituible de expresión social y ofrece una
contribución original. Por eso, el bien de la familia constituye un bien
indispensable e irrenunciable. Las familias deben esforzarse para que "las leyes
y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y
defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia" (ib.,
44). Numerosas familias sufren el desconocimiento de estos derechos por parte de
instituciones y leyes (cf. ib., 46).
El Santo Padre ha sido el abogado universal de los derechos fundamentales de la
familia en los grandes foros mundiales, ante los jefes de Estado, en los
Parlamentos, en el diálogo con los políticos. Ha sido decidido defensor de los
derechos sobre todo de las familias pobres, de los pueblos pobres sometidos a
políticas arbitrarias de los poderosos, que, sin respetar su soberanía, los
invaden con presiones y exigencias indebidas, reñidas con su cultura y dignidad.
Así ha resonado su palabra llena de autoridad ante el mito de la sobrepoblación,
que sirve de recurso para un control natal irrespetuoso e inhumano, con
políticas que son instrumento de nuevas ideologías contra los más débiles.
Ha rebatido la concepción neo-malthusiana que excluye del banquete de la vida a
los menos favorecidos y privilegia el dominio y la opulencia de los prepotentes.
Asume plenamente el desafío del discurso de Pablo VI a la Asamblea general de
las Naciones Unidas (4 de octubre de 1965): "Vuestra tarea es hacer que abunde
el pan en la mesa de la humanidad y no auspiciar un control artificial de los
nacimientos, que sería irracional, con miras a disminuir el número de convidados
al banquete de la vida".
El Santo Padre Juan Pablo II ha interpelado a los jefes de Estado ante los
falsos estilos de vida que se pretendía imponer en la Conferencia de El Cairo, y
ha invitado a los legisladores a que no den curso a leyes inicuas sino a un
cuerpo de leyes que apoyen y permitan el cumplimiento de la misión de la
familia.
Denuncia el Papa los riesgos de una cultura de la muerte que ha llegado hasta el
colmo -en una extendida confusión conceptual, propia de una sociedad enferma- de
convertir el "delito" en "derecho" (cf.
Evangelium vitae, 11).
Frente a los problemas enormes y dramáticos de la justicia en el mundo, de la
libertad y de la paz, la familia cristiana "constituye una energía interior que
origina, difunde y desarrolla la justicia, la reconciliación, la fraternidad y
la paz entre los hombres" (Familiaris consortio, 48). Ha apelado a un
nuevo orden internacional, ante las dimensiones mundiales que caracterizan
los problemas sociales.
La familia consciente de su papel social y político, que constituye un bien
para la humanidad, está llamada a ser corazón de la civilización del amor.
Fue este el tema del primer Encuentro mundial con las familias, en Roma, en el
año 1994.
Es impresionante la insistencia del Papa para que se entienda cómo la
sistemática y programada hostilidad contra la familia y la vida destruye el
tejido social y cercena las esperanzas de los pueblos que no pueden prometerse
así un porvenir digno del hombre. Ante los fenómenos de progresivo deterioro de
la familia, por legislaciones inicuas, la enseñanza de Juan Pablo II se levanta
como una conciencia crítica, forjada en el Evangelio, que a la vez invita a
propugnar por todo lo que realmente humaniza al hombre. Es esta una grave
responsabilidad de los políticos.
La democracia no debe convertirse en una dictadura de las mayorías en los
Parlamentos, de espaldas al verdadero bien de la sociedad. Es una forma de
"verdad política" que se impone arbitrariamente. Recomienda el Papa el respeto
al espíritu de la ley. "Esto significa que las leyes, sean cuales fueren los
campos en que interviene o se ve obligado a intervenir el legislador, tienen que
respetar y promover siempre a las personas humanas en sus diversas exigencias
espirituales y materiales, individuales, familiares y sociales. Por tanto, una
ley que no respete el derecho a la vida del ser humano -desde la concepción a la
muerte natural, sea cual fuere la condición en que se encuentra, sano o enfermo,
todavía en estado embrionario, anciano o en estadio terminal- no es una ley
conforme al designio divino" (Juan Pablo II,
Discurso durante el Jubileo de
los gobernantes, los parlamentarios y los políticos, 4 de noviembre de
2000).
En la Carta a Diogneto leemos: "Lo que es el alma en el cuerpo, esto son
los cristianos en el mundo" (VI. 1, Funk 322). El evangelio de la familia ha de
resonar en el mundo y debe suscitar "aquel asombro originario que, en la
mañana de la creación, movió a Adán a exclamar ante Eva: "Es hueso de mis
huesos y carne de mi carne" (Gn 2, 23)" (Gratissimam sane, 19). Es
la realidad del matrimonio, patrimonio de la humanidad, que el Señor elevó a la
altísima dignidad de sacramento, en la abundancia de su amor. Al Evangelio que
reanima y humaniza el mundo, Juan Pablo II ha consagrado lo mejor de sus
preciosas energías.
Santo Padre, por toda esta solicitud ministerial y magisterial y, en particular,
por cuanto habéis hecho y seguís haciendo durante estos veinticinco años,
incansablemente, para la promoción de la familia y de la vida, deseo renovar,
Santidad, en nombre también de quienes, en distintos campos, hemos sido
asociados generosamente a vuestra histórica batalla por la verdad, la expresión
de mi reconocimiento y gratitud.
El Señor Jesucristo, Señor de la familia y de la vida, proteja siempre a Vuestra
Santidad y lo asista en su generosa entrega de Vicario suyo en la tierra.