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COMISIÓN PONTIFICIA PARA LOS BIENES
CULTURALES DE LA IGLESIA
CARTA CIRCULAR SOBRE LA FUNCIÓN
PASTORAL
DE LOS MUSEOS ECLESIÁSTICOS
Ciudad del Vaticano, 15 de agosto de 2001
Presentación
Eminencia (Excelencia) Reverendísima:
La Comisión pontificia para los bienes culturales de la Iglesia, después de
haber tratado sobre las bibliotecas y los archivos(1), y de haber insistido en la
necesidad y la urgencia del inventario y de la catalogación del patrimonio
histórico-artístico (mueble e inmueble) (2), dirige ahora su atención hacia los
museos eclesiásticos, con el fin de conservar materialmente, tutelar jurídicamente
y valorar pastoralmente el importante patrimonio histórico-artístico que ya
no se encuentra en uso habitual.
Con este nuevo documento, la Comisión pontificia para los bienes culturales
de la Iglesia intenta ofrecer una contribución más para reforzar la acción
de la Iglesia a través de los bienes culturales, con el fin de favorecer un
nuevo humanismo de cara a la nueva evangelización. La Comisión pontificia,
de suyo, tiene como encargo principal trabajar para que todo el pueblo de
Dios, y sobre todo los agentes (laicos y eclesiásticos), valoren en el ámbito
pastoral el ingente patrimonio histórico-artístico de la Iglesia.
El cristianismo se caracteriza por el anuncio del Evangelio en el hic et
nunc de cada generación y por la fidelidad a la Tradición. La
Iglesia, a lo largo de toda su historia, "se ha servido de las diferentes
culturas para difundir y explicar el mensaje cristiano"(3). Como
consecuencia, "la fe tiende por su propia naturaleza a expresarse en
formas artísticas y en testimonios históricos que entrañan gran fuerza
evangelizadora y valor cultural, a los cuales la Iglesia debe prestar la máxima
atención" (4). Por este motivo, especialmente en los países de antigua,
e incluso ya en los de reciente evangelización, se ha ido acumulando un
abundante patrimonio de bienes culturales caracterizados por un valor
particular en el ámbito de su finalidad eclesial.
En este sentido, también un museo eclesiástico, con todas las
manifestaciones que en él se contienen, está íntimamente unido a la
vivencia eclesial, ya que documenta visiblemente el camino recorrido por la
Iglesia a lo largo de los siglos en el culto, en la catequesis, en la cultura
y en la caridad. Un museo eclesiástico es, por tanto, el lugar que documenta
no sólo el desarrollo de la vida cultural y religiosa, sino, además, el
ingenio del hombre, con el fin de garantizar el presente. Como
consecuencia, no puede comprenderse en un sentido "absoluto", es
decir, disociado del conjunto de las actividades pastorales, sino que debe
comprenderse en relación con la totalidad de la vida eclesial y con
referencia al patrimonio histórico-artístico de cada nación y cultura. El
museo eclesiástico necesariamente debe integrarse en el ámbito de las
actividades pastorales, con el cometido de reflejar la vida eclesial por medio
de un acercamiento global al patrimonio histórico-artístico.
En la mens cristiana, los museos eclesiásticos entran con pleno
derecho entre las estructuras dirigidas a la valoración de los bienes
culturales "puestos al servicio de la misión de la Iglesia"(5), por lo
que tienen que ser organizados de modo que puedan comunicar lo sagrado, lo
bello, lo antiguo y lo nuevo. Son una parte integrante de las manifestaciones
culturales y de la acción pastoral de la Iglesia.
El patrimonio histórico-artístico que ya no está en uso habitual, y que está
anticuado o que no es posible custodiar, puede encontrar en los museos eclesiásticos
una tutela y un uso oportuno. Es necesario actuar para que tanto los bienes en
uso como los que se encuentran en desuso, interaccionen entre ellos con el fin
de garantizar una visión retrospectiva, una funcionalidad actual y ulteriores
perspectivas en beneficio del territorio, de modo que se puedan coordinar los
museos, los monumentos, las ornamentaciones, las representaciones sagradas,
las devociones populares, los archivos, las bibliotecas, las colecciones y
cualquier otra costumbre local. En una cultura a veces disgregada estamos
llamados a realizar iniciativas encaminadas a hacer redescubrir lo que
cultural y espiritualmente pertenece a la colectividad, no en el sentido
estrictamente turístico, sino en el propiamente humanístico. De este modo es
posible redescubrir las finalidades del patrimonio histórico-artístico, para
poder gozarlo como un bien cultural.
Según este planteamiento, el museo eclesiástico puede convertirse en el
principal punto de referencia, en torno al cual se anima el proyecto de revisión
del pasado y de descubrimiento del presente en sus mejores aspectos, muchas
veces desconocidos. Además, se configura como la sede para la coordinación
de la actividad conservadora, de la formación humana y de la evangelización
cristiana en un territorio determinado. Por ello, en su organización se deben
acoger las dinámicas sociales, las políticas culturales y los planes
pastorales concertados para el territorio del que forma parte.
A pesar de la importancia que puedan tener las instituciones de los museos en
el seno de la Iglesia, la salvaguarda de los bienes culturales es, sobre todo,
competencia de la comunidad cristiana. Esta debe comprender la importancia de
su propio pasado, debe madurar el sentido de pertenencia al territorio en el
que vive, y debe, por último, percibir la peculiaridad pastoral del
patrimonio artístico. Se trata, por tanto, de crear una conciencia crítica
con el fin de valorar el patrimonio histórico-artístico generado por las
diversas civilizaciones que se han establecido allí a lo largo del tiempo,
gracias, también, a la presencia de la Iglesia, ya sea como mecenas
iluminada, ya como atenta guardiana de los restos antiguos.
Es, pues, evidente que la organización de los museos eclesiásticos necesita
un fundamento eclesiológico, una perspectiva teológica y una dimensión
espiritual, ya que sólo así estas instituciones pueden integrarse en un
proyecto pastoral. La presente carta circular, a pesar de no profundizar en
estas consideraciones, ha nacido como un fruto de las mismas, y quiere ofrecer
una reflexión de carácter general y eminentemente práctico sobre la
importancia y el papel de los museos eclesiásticos en el contexto de la vida
social y eclesial. La originalidad y la eficacia de los museos eclesiásticos
provienen del contexto del que son parte integrante.
I La conservación
del patrimonio histórico-artístico de la Iglesia
1. 1. Importancia del patrimonio histórico-artístico
Los bienes culturales eclesiales son un patrimonio específico de la
comunidad cristiana. Al mismo tiempo, a causa de la dimensión universal del
anuncio cristiano, pertenecen, de alguna manera, a toda la humanidad. Su fin
está dirigido a la misión eclesial en el doble y coincidente dinamismo de la
promoción humana y de la evangelización cristiana. Su valor pone de relieve
la obra de inculturación de la fe.
Los bienes culturales, en cuanto expresión de la memoria histórica, permiten
redescubrir el camino de la fe a través de las obras de las diversas
generaciones. Por su valor artístico, manifiestan la capacidad creativa de
los artistas, los artesanos y los obreros que han sabido imprimir en las cosas
sensibles el propio sentido religioso y la devoción de la comunidad
cristiana. Por su contenido cultural, transmiten a la sociedad actual la
historia individual y comunitaria de la sabiduría humana y cristiana, en el
ámbito de un territorio concreto y de un período histórico determinado. Por
su significado litúrgico, están destinados especialmente al culto divino.
Por su destino universal, permiten que cada uno pueda disfrutarlos sin
convertirse en el propietario exclusivo.
El valor que la Iglesia reconoce a sus propios bienes culturales explica
"la voluntad por parte de la comunidad de los creyentes, y en particular
de las instituciones eclesiásticas, de conservar desde la edad apostólica
los testimonios de la fe y de cultivar su memoria, expresa la unidad y
continuidad de la Iglesia que vive los actuales tiempos de la historia"(6).
En este contexto la Iglesia considera importante la transmisión del propio
patrimonio de bienes culturales. Estos representan un eslabón esencial de la
cadena de la Tradición; son la memoria sensible de la evangelización; se
convierten en un instrumento pastoral. De aquí "el compromiso de
restaurarlos, conservarlos, catalogarlos y defenderlos"(7), con el fin de
llegar a una "valorización que favorezca su mejor conocimiento y su
utilización adecuada, tanto en la catequesis como en la liturgia"(8).
Entre los bienes culturales de la Iglesia se incluye el ingente patrimonio
histórico y artístico diseminado, en diversa medida, por todo el mundo. Este
patrimonio debe su identidad al uso eclesial, por lo que no se debe sacar de
tal contexto. Por tanto, se deben elaborar estrategias de valoración global y
contextual del patrimonio histórico y artístico, de modo que se pueda
disfrutar en su totalidad. Incluso lo que ya no está en uso, por ejemplo, a
causa de las reformas litúrgicas, o ya no se puede usar por su antigüedad,
se debe poner en relación con los bienes en uso, con el fin de dejar claro el
interés de la Iglesia por expresar, con múltiples formas culturales y con
diversos estilos, la catequesis, el culto, la cultura y la caridad.
La Iglesia debe evitar el peligro del abandono, de la dispersión y de la
entrega a otros museos (estatales, civiles o privados) de las piezas,
instituyendo, cuando sea necesario, sus propios "depósitos museísticos"
que puedan garantizar la custodia y el disfrute en el ámbito eclesial. Las
piezas de menor importancia artística testimonian también en el tiempo el
empeño de la comunidad que las ha producido y pueden cualificar la identidad
de las comunidades actuales. Por este motivo, es necesario prever una forma
adecuada de "depósito museístico". De todos modos, es
indispensable que las obras conservadas en los museos y en los depósitos de
propiedad eclesiástica, permanezcan en contacto directo con las obras todavía
en uso en las diversas instituciones de la Iglesia.
1. 2. Aproximación a la conservación del patrimonio histórico-artístico
Han sido diferentes los modos con que las diversas culturas han procedido a la
conservación de su patrimonio cultural. Por ejemplo, en Occidente y en las
culturas a él asimiladas se cultiva la memoria del pasado conservando las
piezas que se han convertido en obsoletas por la importancia histórico-artística,
o simplemente como recuerdo. En otras, por el contrario, el cultivo de la
memoria se circunscribe prevalentemente a la narración oral de las gestas del
pasado, y esto debido a que, por razones climáticas, resulta difícil la
conservación de los restos. En otras, por último, la conservación se lleva
a cabo mediante la recreación de las piezas respetando los materiales y los
modelos estilísticos. No obstante, en todos los pueblos subsiste el sentido
vivo de la memoria como un valor básico que se debe cultivar con gran esmero.
En los países de antigua tradición cristiana, el patrimonio histórico-artístico
que a lo largo de los siglos se ha ido enriqueciendo continuamente con nuevas
formas interpretativas y ha sido un instrumento privilegiado de catequesis y
de culto para generaciones enteras, en tiempos más recientes ha adquirido,
algunas veces, a causa de la secularización, un significado casi
exclusivamente estético. Por ello, es oportuno que las Iglesias confirmen,
por medio de convenientes estrategias, la importancia contextual de los
bienes histórico-artísticos, de modo que la pieza considerada desde su valor
estético no sea totalmente separada de su función pastoral, así como del
contexto histórico, social, ambiental y devocional, de los que constituye una
peculiar expresión y un testimonio.
Un museo eclesiástico tiene sus raíces en el territorio, está directamente
conectado con la acción de la Iglesia y es el resumen visible de su memoria
histórica. No se reduce a la simple "colección de antigüedades y
curiosidades", como pretendían en el renacimiento Pablo Giovio y Alberto
Lollio, sino que conserva, porque las valora, obras de arte y objetos de carácter
religioso. Un museo eclesiástico no es tampoco el Mousêion, es decir,
el "templo de las Musas", en el sentido etimológico del término,
en recuerdo de cuanto fundó Tolomeo Sóter en Alejandría de Egipto, sino que
es siempre el edificio en el que se custodia el patrimonio histórico-artístico
de la Iglesia. A pesar de que numerosas piezas hayan perdido su específica
función eclesial, continúan, no obstante, transmitiendo un mensaje que las
comunidades cristianas de épocas pretéritas han querido entregar a las
generaciones sucesivas.
A la luz de estas consideraciones es importante desarrollar programas específicos
para llevar a cabo una adecuada valorización y conservación, con sentido
eclesial, del patrimonio histórico-artístico. Tales programas deberán
fundamentarse sobre los siguientes compromisos: la salvaguarda promovida
por los organismos específicos instituidos en el ámbito diocesano y
nacional; el conocimiento de su peculiar finalidad e historia, además de su
consistencia a través de la elaboración de inventarios y catálogos(9); la
contextualización de las obras en la vivencia social, eclesial, devocional;
la consideración de las obras del pasado con referencia a la actual
experiencia eclesial y cultural; la conservación y la eventual utilización
de estas obras del pasado en una dimensión pastoral(10).
Para realizar tales compromisos puede ser oportuno instituir museos eclesiásticos
que, haciendo referencia al patrimonio histórico y artístico de un
determinado territorio, asuman, también, el papel de centros de animación
cultural. Será igualmente importante la racionalización de los diversos
departamentos encargados del sector de los bienes culturales dentro de la
Iglesia. Donde sea posible, se deberá trabajar para crear formas de
colaboración entre los correspondientes departamentos eclesiásticos y sus análogos
civiles, con el fin de concertar proyectos comunes.
1. 3. Indicaciones históricas sobre la conservación del
patrimonio histórico-artístico
De todos es conocido el interés de la Iglesia, a lo largo de su historia, por
su propio patrimonio histórico y artístico, como se constata en las
deliberaciones de los Sumos Pontífices, de los Concilios ecuménicos, de los
Sínodos locales y de cada uno de los obispos. Este cuidado se ha manifestado
sea con el mecenazgo de obras de arte destinadas principalmente al culto y a
la ornamentación de los lugares sagrados, sea en su tutela y conservación(11).
Para la conservación de los objetos valiosos -entre los que sobresalen los
adornos litúrgicos y las reliquias con los relativos relicarios- fueron
instituidos desde finales de la Edad Antigua los llamados "tesoros"
anejos a las catedrales o a otros importantes lugares de culto (por ejemplo
los santuarios), muy frecuentemente en un local contiguo a la sacristía y en
adecuadas arcas o cofres. Esta colección tenía la función principal de depósito
de objetos cultuales de particular valor para ser utilizados en las ceremonias
más solemnes, y que poseían, además, un valor representativo, especialmente
por la presencia de reliquias insignes y, en último término, podían tener
la función de reserva áurea para los casos de necesidad. Luminoso ejemplo es
la "Sacristía Papal" en el Vaticano.
Por todo ello es lícito considerar los "tesoros" medievales como
verdaderas colecciones compuestas de objetos retirados (temporal o
definitivamente) del circuito de las actividades utilitarias y sometidas a un
particular control institucional. Las piezas que los componían eran expuestas
también a la admiración del público en lugares y circunstancias oportunos.
Una diferencia de estas colecciones con respecto a las colecciones privadas de
la antigüedad consistía en el hecho de que los "tesoros" no eran
obra de un solo individuo, sino de instituciones, de modo que se mantenía el
uso público. Entre los "tesoros" más antiguos de Europa podemos
recordar el de la abadía de Saint-Denis en Francia y el tesoro de la catedral
de Monza en Italia, ambos constituidos en el siglo VI. Entre los más famosos
tesoros medievales se pueden mencionar el del Sancta Sanctorum de Roma,
el de la basílica de San Marcos en Venecia y el de San Ambrosio en Milán
(Italia); los del santuario de Sainte Foy de Conques y de la catedral de
Verdun-Metz (Francia); los de las catedrales de Colonia, Aquisgrán y
Ratisbona (Alemania); el tesoro de la Cámara Santa de Oviedo (España); y el
de la catedral de Clonmacnoise (Irlanda). Muchos de los "tesoros"
mencionados cuentan con un inventario o catálogo, redactado de distintas
formas a lo largo de los siglos.
El coleccionismo privado de objetos antiguos, preciosos o simplemente
curiosos, documentado a partir del siglo XIV, fue también practicado de forma
privada por eclesiásticos. Entre las mayores colecciones de obras clásicas
que se reunieron a partir del nuevo interés humanístico por la antigüedad,
desde el siglo XV, debemos colocar las colecciones promovidas por Papas y
cardenales. En este contexto, un acontecimiento fundamental para la historia
de la museología es la colocación en el Capitolio de Roma en 1471, por
voluntad del Papa Sixto IV, de algunas antiguas estatuas de bronce con la
intención de restituir al pueblo romano los restos que le pertenecían. Se
trata del primer destino público de obras de arte por iniciativa de un
soberano, concepto que se impondría universalmente a partir de finales del
siglo XVIII y que produciría la apertura del Museo Capitolino y de los Museos
Vaticanos en Roma, además de los grandes museos nacionales en las mayores
capitales de Europa.
En el período postridentino, en el que el papel de la Iglesia en el ámbito
cultural fue relevante, el cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán
-por citar un ejemplo- concibió su colección de pintura como un lugar para
la conservación y, al mismo tiempo, como un polo didáctico abierto a un público
seleccionado. Por este motivo, le colocó al lado la Biblioteca Ambrosiana en
1609 y en 1618 la Academia de pintura, escultura y arquitectura, y
publicó un catálogo de esta colección en 1625, el Musaeon, con
una intención estrictamente descriptiva. En tales iniciativas, que retoman
los modelos del mecenazgo típicos de la aristocracia del momento, es evidente
la integración de la Biblioteca-Museo-Escuela, para realizar un proyecto
formativo y cultural unitario.
Entre los siglos XVI y XVII aparecieron progresivamente nuevas tipologías de
museos, con una finalidad prevalentemente pedagógica y didáctica, que están
representados ampliamente en el ámbito eclesiástico, como los museos científicos,
de los que están dotados los seminarios, los colegios y otras instituciones
de formación vinculados, sobre todo, a la Compañía de Jesús.
En tiempos más recientes, al lado de los "tesoros", han surgido los
museos de las catedrales y los museos de la fábrica, con el fin de custodiar
y exhibir obras de arte y objetos cultuales (o de otra naturaleza), que
generalmente ya no están en uso, provenientes de las mismas catedrales o de
sus sacristías. A finales del siglo XIX y comienzos del XX aparecieron los
museos diocesanos, análogos a los precedentes, pero con piezas provenientes,
también, de otras Iglesias de la ciudad y de la diócesis, concentrados en
una única sede, para salvaguardarlas del abandono y de la dispersión. Con la
misma finalidad, han surgido también los museos de las familias religiosas.
1. 4. Intervenciones legislativas de la Iglesia en el tema de
los museos eclesiásticos
La legislación del Estado Pontificio de comienzos del siglo XIX sobre el tema
de la tutela y conservación de las antigüedades y de las obras de arte
confirma las disposiciones precedentemente pronunciadas por los diversos Pontífices
a partir del siglo XV, encaminadas a limitar la destrucción de los monumentos
de la época romana y la dispersión de las obras clásicas. Esta legislación,
además, contiene ideas modernas e innovadoras con respecto a los museos. El célebre
Quirógrafo de Pío VII del 1 de octubre de 1802 afirma que las
instituciones estatales competentes al respecto deben "procurar que los
monumentos, y las bellas obras de la antigüedad (...), se conserven como los
verdaderos prototipos, y ejemplares de la belleza, religiosamente y para
instrucción pública, y se aumenten aún con el descubrimiento de otras
rarezas"(12). Incluso podemos encontrar, en la base de los principios de
inalienabilidad e inamovilidad de los confines del Estado, de los restos
arqueológicos y de gran parte de las demás obras de arte, el concepto de su
utilidad pública con el fin de la instrucción. Como consecuencia, surge la
decisión de utilizar fondos públicos -a pesar de las restricciones de
aquellas épocas- para "la adquisición de las cosas interesantes en
aumento en nuestros museos; seguros de que el gasto dirigido a la
promoción de las bellas artes viene compensado largamente por las inmensas
ventajas que de ellos extraen los súbditos y el Estado".
Las prescripciones del siglo XX de la Santa Sede en materia de museos van
dirigidas a los obispos de Italia, pero por analogía pueden ser consideradas
válidas para la Iglesia universal. Generalmente estas prescripciones no se
refieren exclusivamente a las instituciones museísticas, sino que se insertan
en un contexto más amplio, que comprende también los archivos, las
bibliotecas y la totalidad del arte sacro, según una perspectiva que
considera el bien cultural también bajo el aspecto pastoral. Al respecto, es
oportuno recordar la carta circular de la Secretaría de Estado, del 15 de
abril de 1923, que sugiere "fundar (...), donde no exista ya, y organizar
bien un museo diocesano en el obispado o en la catedral"(14). También se
debe hacer referencia a la segunda carta enviada por el cardenal Pietro
Gasparri del 1 de septiembre de 1924. En ella, al notificar a los obispos
italianos la constitución de la Pontificia Comisión Central para el Arte
Sacro en Italia, dispone la constitución en cada diócesis de comisiones
diocesanas (o regionales) para el arte sacro, cuya función será, entre
otras, "la formación y la ordenación de los museos diocesanos"(15). Análogas
disposiciones fueron emanadas por la Congregación del Concilio en las Disposiciones
del 24 de mayo de 1939 (16), donde se indica como finalidad de estas
instituciones la conservación de las obras que de otro modo estarían
destinadas a la dispersión. La misma Pontificia Comisión Central antes
mencionada redactó en aquellos años, en colaboración con las instituciones
estatales, una serie de directrices destinadas a las diócesis italianas para
la creación y la gestión de los museos diocesanos(17).
La que sí tiene valor universal es la carta circular de la Congregación para
el clero a los presidentes de las Conferencias episcopales, del 11 de abril de
1971, que dispone la conservación en un museo diocesano o interdiocesano de
aquellas "obras de arte y tesoros" que ya no se utilicen como
consecuencia de la reforma litúrgica(18).
Por el contrario, ni el Código de derecho canónico de 1917, ni el de 1983,
así como el Código de cánones de las Iglesias orientales mencionan los
museos, aunque son muy claras las llamadas a la tutela y conservación del
patrimonio artístico e histórico (19).
Que la Iglesia haya llegado a considerar el museo como una institución
cultural y pastoral a todos los efectos, del mismo modo que los más
consolidados archivos y bibliotecas, es algo ya consabido y que emerge
claramente en la constitución apostólica de 1988. Con ella se instituyó
esta Comisión Pontificia, disponiendo que cooperase con las Iglesias
particulares y con los organismos episcopales para la constitución de museos,
archivos y bibliotecas, de modo que "se lleve a cabo adecuadamente la
recogida y la custodia de todo el patrimonio artístico e histórico en todo
el territorio, de forma que esté a disposición de todos los que tengan interés
en ello"(20).
II Naturaleza, finalidad y tipología del museo eclesiástico
2. 1. Naturaleza
2. 1. 1. La conservación en el contexto eclesial
Para comprender la naturaleza del museo eclesiástico debemos insistir en que
el disfrute de los bienes culturales de la Iglesia se produce primaria y
fundamentalmente en el contexto cultural cristiano. Está claro que el
patrimonio histórico-artístico eclesial no ha sido constituido en función
de los museos, sino para expresar el culto, la catequesis, la cultura, la
caridad. Pero al ir cambiando a lo largo de los siglos las exigencias
pastorales y los gustos de las gentes, muchas piezas han pasado a estar
obsoletas, imponiéndose así el problema de su conservación para
garantizarles la permanencia en el tiempo por su valor histórico y artístico.
La conservación material y salvaguarda de intervenciones ilícitas impone a
veces soluciones drásticas, ya que aumentan los peligros de dispersión,
incluso por vía indirecta. En casos similares es evidente la urgencia de
instituir museos eclesiásticos para recoger en sedes adecuadas los
testimonios de la historia cristiana y de sus expresiones artístico-culturales,
donde poderlas exhibir al público, después de haberlas ordenado según unos
criterios específicos.
De este modo, los museos eclesiásticos están estrechamente relacionados con
las Iglesias particulares y, dentro de estas, con las comunidades que los
animan. Estos "no son depósitos de obras inanimadas, sino viveros
perennes, en los que se transmiten en el tiempo el genio y la espiritualidad
de la comunidad de los creyentes"(21). Como consecuencia, el museo eclesiástico
no es una simple colección de objetos que ya no están en uso, sino que se
encuentra con pleno derecho entre las instituciones pastorales, ya que
custodia y valora los bienes culturales que un tiempo estaban "puestos al
servicio de la misión de la Iglesia" y ahora son significativos desde un
punto de vista histórico-artístico(22). Se presenta como un instrumento de
evangelización cristiana, de elevación espiritual, de diálogo con los
alejados, de formación cultural, de goce artístico y de conocimiento histórico.
Es, por tanto, un lugar de conocimiento, disfrute, catequesis, espiritualidad.
Por ello "se ha de reafirmar la importancia de los museos eclesiásticos,
parroquiales, diocesanos y regionales, y de las obras literarias,
musicales, teatrales o culturales en general, de inspiración religiosa, para
dar un rostro concreto y positivo a la memoria histórica del
cristianismo"(23) haciendo visible la acción pastoral de la Iglesia en un
territorio determinado.
El museo eclesiástico se debe considerar como una parte integrada e
interactiva con las demás instituciones existentes en cada Iglesia
particular. En su organización no es una institución en sí misma, sino que
está en conexión y se difunde en el territorio, de modo que hace visible la
unidad e inseparabilidad del conjunto del patrimonio histórico-artístico, su
continuidad y su desarrollo en el tiempo, su actual uso en el ámbito
eclesial. Al estar íntimamente conectado con la misión de la Iglesia, todo
lo que en él se contiene no pierde su intrínseca finalidad y uso.
El museo eclesiástico, por lo tanto, no es una estructura estática, sino dinámica,
que se materializa a través de la coordinación entre los bienes que se
encuentran en el mismo y los que aún permanecen in loco. Es necesario,
en consecuencia, garantizar jurídica y prácticamente la eventual reutilización
temporal de los bienes que se hallan en los museos, ya sea por motivos
estrictamente pastorales y litúrgicos, ya por motivos culturales y sociales.
Se deben estimular iniciativas de promoción y animación cultural para el
estudio, el disfrute y el uso de los bienes que se encuentran en los museos. A
través de los museos, las exposiciones, los congresos, las representaciones
sagradas, los espectáculos y otros acontecimientos, debe poder releerse orgánicamente
y revivir espiritualmente la historia de la Iglesia de una comunidad
particular que todavía vive en el presente.
2. 1. 2. La valoración en el contexto eclesial
En torno al museo eclesiástico, que reúne sobre todo el patrimonio en
peligro de dispersión, se anima un proyecto de conocimiento del pasado y de
descubrimiento de la vivencia de la Iglesia. Desde esta óptica, el museo
eclesiástico se convierte, en su ámbito territorial, en un punto de agregación
eclesial, cultural y social.
El museo eclesiástico ha de ser concebido en estrecha conexión con el
territorio del que forma parte, en cuanto que "completa" y
"sintetiza" otros lugares eclesiales. Se caracteriza haciendo
referencia al territorio, de modo que pone de manifiesto el tejido histórico,
cultural, social y religioso. Por tanto, la tutela y la valorización de todo
el patrimonio histórico-artístico local va conectado al museo con el fin de
desarrollar en cada uno de los miembros y en la comunidad entera la conciencia
del valor de la historia humana y cristiana.
"La voluntad por parte de la comunidad de los creyentes, y en particular
de las instituciones eclesiásticas, de conservar desde la edad apostólica
los testimonios de la fe y de cultivar su memoria, expresa la unidad y
continuidad de la Iglesia que vive estos últimos tiempos de la historia. El
recuerdo, recibido con veneración, de todo lo que dijo e hizo Jesús, de la
primera comunidad cristiana de la Iglesia, de los mártires y de los santos
Padres, de la expansión del cristianismo en el mundo, es un motivo eficaz
para alabar al Señor y darle gracias por las "cosas grandes" que ha
inspirado a su pueblo. En la mens de la Iglesia, por tanto, la memoria
cronológica lleva a una nueva lectura espiritual de los sucesos en el
contexto del eventum salutis, al mismo tiempo que urge a la conversión
para poder llegar al ut unum sint"(24).
Esta memoria se concreta en las obras humanas que han modelado el ambiente según
las exigencias espirituales, llegando a trazar el cursus de la vivencia
eclesial. Por esto se conservan con cuidado, tanto por su valor histórico
como por el artístico. En último término, afirmar que cuanto se conserva en
los museos eclesiásticos es un "bien de la memoria" significa
introducir este sector entre los instrumentos de la pastoral, ya que lo que es
un bien para la Iglesia contribuye a la salus animarum.
Con todo ello, los museos se introducen en el campo específico de la
pastoral siendo la memoria para la actualidad de la vivencia cultural,
caritativa y educativa de las comunidades cristianas, que han precedido a las
actuales bajo el signo de la única fe. Son, por lo tanto, "lugares
eclesiales" en cuanto: son parte integrante de la misión de la
Iglesia en el pasado y en el presente; dan testimonio de la actividad de la
Iglesia a través del descubrimiento de las obras de arte dirigidas a la
catequesis, al culto y a la caridad; son un signo del devenir histórico y de
la continuidad de la fe; representan un resto de las múltiples situaciones
sociales y de la vivencia eclesial; están destinadas al desarrollo actual de
la obra de inculturación de la fe; manifiestan la belleza de los procesos
creativos humanos dirigidos a expresar la "gloria de Dios".
En esta óptica, el acceso al museo eclesiástico exige una particular
predisposición interior, ya que allí no sólo se ven cosas bellas, sino que
en la belleza se nos llama e invita a percibir lo sacro.
Como consecuencia, la visita al museo eclesiástico no se puede entender
exclusivamente como una propuesta turístico-cultural, porque muchas de las
obras expuestas son expresiones de fe de los autores y remiten al sensus
fidei de la comunidad. Estas obras deben, por ello, ser interpretadas,
comprendidas, gozadas en su totalidad y globalidad, comprendiéndose así su
significado auténtico, originario y último.
2. 2. Finalidad
2. 2. 1. La salvaguarda de la memoria
La finalidad del museo eclesiástico está relacionada con el sensus
ecclesiae, que ve en la historia de la Iglesia la progresiva realización
del pueblo de Dios. Por este motivo el museo eclesiástico asume una finalidad
específica en el ámbito de la pastoral de la Iglesia local.
En particular, el museo eclesiástico desempeña diversas funciones entre las
que podemos señalar:
- la conservación de las piezas, ya que reúne todas aquellas obras que,
por dificultad de custodia, procedencia desconocida, alienación o destrucción
de las estructuras a las que pertenecían, deterioro de las estructuras de
procedencia o peligros diversos, no pueden permanecer en su lugar originario;
- la investigación sobre la historia de la comunidad cristiana, ya que
la ordenación museológica, la elección de las "piezas" y su
colocación tienen que reconstruir y describir la evolución temporal y
territorial de la comunidad cristiana;
- evidenciar la continuidad histórica, dado que el museo eclesiástico
debe representar, junto con las demás huellas del pasado, la "memoria
estable" de la comunidad cristiana y, al mismo tiempo, su "presencia
activa y actual";
- el encuentro con las expresiones culturales del territorio, ya que la
conservación de los bienes culturales tiene que tener una dimensión
"católica", es decir, tomar en consideración todas las presencias
y las manifestaciones de un territorio, en la renovación de su contexto.
2. 2. 2. La pastoral a través de la memoria
El museo eclesiástico entra en el ámbito de la compleja relación entre los christifideles
y los bienes culturales, con una particular referencia a los objetos de
culto, que se convierten en "signo de la gracia" asumiendo un papel
"sacramental"(25).
"La Iglesia, maestra de vida, no puede menos de asumir también el
ministerio de ayudar al hombre contemporáneo a recuperar el asombro religioso
ante la fascinación de la belleza y de la sabiduría que emana de cuanto nos
ha entregado la historia. Esta tarea exige un trabajo prolongado y asiduo de
orientación, de aliento y de intercambio"(26). El museo eclesiástico tiene
como prerrogativa propia la de ser un instrumento de crecimiento en la fe. Está,
por ello, en conexión con la acción pastoral desarrollada por la Iglesia a
lo largo de los siglos, con el fin de retomar las semillas de verdad sembradas
por cada generación, dejarse iluminar por los resplandores de la verdad
encarnada en las obras sensibles y reconocer las huellas del transitus
Domini en la historia de los hombres(27).
Tal primado pastoral viene confirmado por la tipología de los bienes
culturales habitualmente conservados en las instituciones museísticas eclesiásticas.
Todas estas obras, a pesar de su diversidad, hacen referencia a un único
"sistema cultural" y ayudan a reconstruir el sentido teológico, litúrgico
y devocional de la comunidad. Por tanto, los objetos usados para el culto
divino, la formación de los fieles y las obras de caridad no se transforman simpliciter
en "una cosa muerta", cuando están obsoletos.
"Sobreviven" en ellos otros componentes, como los aspectos
culturales, teológicos, litúrgicos, históricos y, sobre todo, las formas
artísticas, de modo que continúan realizando una función pastoral.
En este contexto, el museo eclesiástico testimonia la actuación de la
Iglesia en el tiempo, por lo que ejerce el magisterio pastoral de la memoria y
de la belleza. Es un signo del devenir histórico, de los cambios culturales,
de la contingente caducidad. En coherencia con la lógica de la encarnación,
representa una "reliquia" del pasado reciente de la vivencia
eclesial, encaminada al desarrollo actual de la obra de inculturación de la
fe. Narra la historia de la comunidad cristiana a través de lo que testifican
las diversas ritualizaciones, las múltiples formas de piedad, las variadas
coyunturas sociales, las situaciones ambientales específicas. Manifiesta la
belleza de cuanto ha sido creado para el culto, con el fin de evocar la
inexpresable "gloria" divina; para la catequesis, para infundir
maravilla en la narración evangélica; para la cultura, con el fin de
magnificar la grandeza de la creación; para la caridad, para poner de relieve
la esencia del Evangelio. Pertenece al complejo conjunto de la actuación de
la Iglesia a lo largo del tiempo, por lo que es una "realidad viva".
El museo eclesiástico, en cuanto instrumento pastoral, sirve para descubrir y
revivir los testimonios de fe de las generaciones pasadas a través de los
restos sensibles. Nos lleva, además, a la percepción de la belleza impresa
de modos diversos en las obras antiguas y modernas, estando destinado a
orientar los corazones, las mentes y las voluntades hacia Dios. La fragilidad
de los materiales, las calamidades naturales, las condiciones históricas
adversas o favorables, el cambio de la sensibilidad cultural, las reformas litúrgicas,
todo ello está en los museos eclesiásticos. Estos recuerdan, a través de
restos descarnados u obras insignes, que en épocas pasadas se puso de
relieve, gracias a la belleza de cuanto se ha conservado, la fuerza creativa
del hombre junto con la fe de los creyentes. Las instituciones museísticas
contribuyen, por tanto, a una función magisterial y catequética, ofreciendo
una perspectiva histórica y un disfrute estético.
2. 3. Tipología
2. 3. 1. Tipología de las instituciones museísticas
El museo eclesiástico puede ser constituido según diversas tipologías.
Tales formas museísticas han visto la luz en distintas épocas, a menudo
gracias al impulso de personalidades eclesiásticas con un singular espíritu
de iniciativa. Todavía no existe una catalogación tipológica que agote la
variedad de los museos eclesiásticos. Para realizar una tentativa de
enumeración sumaria, se puede hacer referencia al ente eclesiástico que es
su propietario o que le ha dado origen, o bien se puede hacer referencia al
patrimonio del propio museo.
En la introducción histórica ya hicimos referencia(28) a los "tesoros de
las catedrales" así como a las más antiguas instituciones museísticas
propiamente eclesiásticas. Estas instituciones, en muchísimos casos,
subsisten en nuestros días conservando su naturaleza de custodia de objetos
litúrgicos preciosos, algunos de los cuales, en determinadas circunstancias,
pueden todavía ser utilizados para el culto. En el curso de los siglos, a los
"tesoros" se han ido uniendo los "museos de las
catedrales" y, en algunas zonas, "los museos de la obra de la
catedral", con una relación menos marcada con el culto, y con la
finalidad de conservar y exhibir obras de arte y otros restos provenientes de
la catedral y de sus dependencias.
En la misma introducción histórica se hacía referencia a diversos tipos de
posibles "colecciones", normalmente de carácter monográfico
(colecciones artísticas, arqueológicas, científicas), algunas de notable
antigüedad, otras surgidas en tiempos recientes. Todas estas colecciones, que
por diversas circunstancias fortuitas han pasado a ser de propiedad eclesiástica,
son de procedencias diversas: ciudadanos particulares, entidades eclesiásticas,
entidades civiles, otras instituciones.
En el periodo posconciliar se ha incrementado el nacimiento de los
"museos diocesanos", surgidos en varios casos para hacer frente al
peligro de la dispersión del patrimonio artístico diocesano. Pero estas
instituciones han sido muchas veces inspiradas por una vocación meramente
cultural. En analogía con los "museos diocesanos", hoy ampliamente
difundidos, han surgido los "museos parroquiales", los "museos
monásticos", los "museos conventuales", los "museos de
institutos religiosos" (por ejemplo los "museos misioneros"),
los "museos de las cofradías" y de otras instituciones eclesiásticas.
Estos museos se refieren a un único monumento religioso, a una particular
circunscripción eclesiástica o a un determinado instituto religioso. Su
naturaleza es diversa, así como las finalidades que se proponen. Por ejemplo,
los museos de los religiosos intentan ofrecer el marco histórico y geográfico
de la presencia y del desarrollo de un instituto de vida consagrada o de una
sociedad de vida apostólica en un territorio determinado o en el ámbito
general de la obra desarrollada en diversas partes del mundo. Otros museos,
como los diocesanos y los interparroquiales, reflejan realidades territoriales
específicas con ámbitos y jurisdicciones eclesiásticas bien definidas. Por
el contrario, los misioneros dan testimonio de la cultura con la que se ha
confrontado la obra de evangelización, adquiriendo una notable importancia en
los estudios de antropología cultural.
2. 3. 2. Tipología de los objetos recogidos
Los museos eclesiásticos conservan todo lo que se refiere a la historia y a
la vida de la Iglesia y de la comunidad, incluso lo considerado de menor
importancia. Estos evitan la eliminación, el abandono, la alienación, la
dispersión de los objetos que actualmente ya no son utilizados para el
servicio litúrgico-pastoral. Consienten así que estos materiales sean
tutelados, conservados y gozados como una documentación histórico-artística
de la vivencia eclesial en sus diversas manifestaciones.
Debiendo describir a grandes rasgos algunas tipologías de las piezas
presentes en los museos eclesiásticos, se puede, ante todo, discernir las de
uso litúrgico y paralitúrgico, que pueden agruparse en las siguientes
grandes categorías: obras de arte (pinturas, esculturas, decoraciones,
grabados, impresos, trabajos de ebanistería y otros materiales considerados
menores); vasos sagrados; adornos; relicarios y ex votos; paramentos litúrgicos,
tejidos, encajes, bordados, vestiduras eclesiásticas; instrumentos musicales;
manuscritos y libros litúrgicos, libros corales, partituras musicales, etc.
A estas categorías de obras, que normalmente constituyen el patrimonio de los
museos eclesiásticos, se añaden frecuentemente otros materiales, que
pertenecen a los archivos y bibliotecas, como: proyectos arquitectónicos
y artísticos (dibujos, modelos, bocetos, planos, etc.); material documental
relacionado con las piezas (legados, testamentos, pedidos, actos jurídicos,
etc.); libros de memorias sobre las obras, documentaciones sobre las
colecciones, documentaciones sobre manifestaciones inherentes al patrimonio
histórico-artístico, etc.; otros materiales vinculados de algún modo al
patrimonio histórico-artístico (reglas, estatutos, registros, etc.)
referidos a las diócesis y parroquias, a los institutos de vida consagrada y
a las sociedades de vida apostólica, y a las cofradías y Obras pías.
Sería de desear que el museo eclesiástico considerase también la conservación
de la memoria de los usos, las tradiciones y las costumbres propias de la
comunidad eclesial y de la sociedad civil, especialmente en aquellas naciones
en las que la conservación de las obras y de los documentos no ocupa todavía
un puesto relevante.
Pero más allá de las subdivisiones tipológicas, el museo eclesiástico se
caracteriza por el esfuerzo en poner de relieve el "espíritu" de
cada una de las obras que conserva y expone. A estas no sólo les atribuye un
valor artístico, histórico, antropológico, cultural, sino que sobre todo
pone de relieve su dimensión espiritual y religiosa. Estas últimas connotan
de un modo específico la identidad de las piezas de carácter devocional,
cultual y caritativo, convirtiéndose así en la óptica para comprender la
voluntad del donante, la sensibilidad del mecenas, la capacidad interpretativa
del artista y los complejos significados de la obra misma.
2. 4. Institución
La responsabilidad de coordinar, disciplinar y promover todo lo referente a
los bienes culturales eclesiásticos(29) en las respectivas diócesis o Iglesias
particulares a ellas asimiladas(30), y, por lo tanto, también de instituir el
museo diocesano y otros museos eclesiásticos dependientes de la diócesis,
corresponde al obispo diocesano(31), oportunamente asistido por la comisión
diocesana y por el departamento para el arte sacro y los bienes culturales. En
el espíritu de la presente circular, los museos eclesiásticos forman parte
de los instrumentos "puestos al servicio de la misión de la
Iglesia"(32), por lo que es necesario introducirlos en el proyecto pastoral
diocesano(33).
La constitución de estructuras museísticas se hace necesaria para la
conservación, tutela y valoración del patrimonio histórico y artístico.
"Cuando tales obras no sean ya consideradas idóneas para el culto, no
deben nunca destinarse a un uso profano, sino que se deben colocar en un lugar
idóneo, es decir, en un museo diocesano o interdiocesano, de libre acceso
para todos"(34).
El museo debe erigirse con un decreto episcopal que, si es posible, debe ir
dotado de un estatuto y de un reglamento(35), que indicarán respectivamente la
naturaleza y finalidad del mismo, el primero; la estructura y las modalidades
prácticas, el segundo. Ningún nuevo museo eclesiástico podrá ser
constituido por organismos eclesiásticos, públicos o privados, aunque sean
total o parcialmente financiados por los mismos, sin el consentimiento del
obispo diocesano competente.
En la organización de un museo, donde sea posible, es oportuno que se
constituya un comité apropiado, compuesto por algunos expertos y guiado por
un director nombrado por el obispo. Este director deberá ocuparse, de acuerdo
con las autoridades eclesiásticas competentes, de la organización de los
ambientes, la elección de los materiales, las estrategias expositivas, la
relación con el personal, la animación de los visitantes y de todo lo que se
refiere al buen funcionamiento de tales instituciones. Se deberá prestar
particular atención a la búsqueda de los recursos, solicitando incluso
ayudas públicas.
Los superiores mayores de los institutos religiosos(36) y de las sociedades de
vida apostólica(37) son los responsables de los bienes culturales que pertenecen
a la respectiva institución, conforme al derecho propio. Estos ejecutan sus
competencias por medio del superior local en cuya casa ha sido fundado y
subsiste el museo. Las normas indicadas para la coordinación, la organización
y la gestión de los museos en general se deberán aplicar también a los
museos pertenecientes a los institutos religiosos y a las sociedades de vida
apostólica, debiendo asegurarse la observancia de las leyes civiles al
respecto y cuanto toca a la vida interna de los miembros de la respectiva
institución encargada del museo.
Conforme a las indicaciones de la carta circular sobre Los bienes
culturales de los institutos religiosos dirigida por nuestra Comisión
pontificia a los superiores y superioras generales(38), es de desear, siempre que
sea posible, que se realice entre la diócesis y las comunidades una
colaboración y una orientación común en el ámbito de los bienes culturales
en general y de los museos eclesiásticos en particular(39). Si más adelante la
institución museística asume connotaciones públicas, será necesario
remitirse a las disposiciones y a las orientaciones del Ordinario diocesano.
Por último, en el caso en que el museo diocesano sea encomendado a la gestión
de un instituto religioso, se deben observar las disposiciones previstas en el
canon 681(40).
III Organización del museo eclesiástico
3. 1. La sede
3. 1. 1. Estructura
El museo eclesiástico debe contar, en primer lugar, con una sede propia
en un edificio, en la medida de lo posible, de propiedad eclesiástica. En
muchos casos se trata de un edificio de gran valor histórico-arquitectónico,
que por él mismo ya individualiza y caracteriza el museo eclesiástico.
La organización de los espacios debe seguir unos criterios bien definidos. El
montaje del museo debe corresponder a un proyecto global elaborado por un
arquitecto competente en la materia, con quien es oportuno que trabajen otros
especialistas. Estos tienen que ser competentes tanto en el campo técnico
(instalaciones y montajes), como en el humanístico (disciplinas teológicas e
histórico-artísticas).
El proyecto del museo eclesiástico se debe realizar teniendo en cuenta la
sede, la tipología de las piezas y el carácter "eclesial" del
mismo. La sede del museo eclesiástico no puede entenderse como un ambiente
indiferenciado; las obras no pueden ser descontextualizadas tanto en relación
de su uso originario como de la sede arquitectónica que las acoge. Por
consiguiente, antiguos monasterios, conventos, seminarios, palacios
episcopales, ambientes curiales, que en muchos casos se utilizan como sedes de
museos eclesiásticos, tienen que poder mantener su identidad y al mismo
tiempo ponerse al servicio del nuevo destino de uso, de modo que los usuarios
sean capaces de apreciar conjuntamente el significado de la arquitectura y el
valor propio de las obras expuestas.
La sede del museo eclesiástico debe articularse de modo que permita realizar
una cómoda visita, sin provocar interferencias tanto al público como a los
empleados del museo. Igualmente, será preciso la aplicación de las medidas
necesarias para el acceso y la visita de los minusválidos, en conformidad con
las indicaciones legislativas internacionales o nacionales.
A modo de ejemplo, se ilustra a continuación un posible esquema de distribución
de un museo eclesiástico.
3. 1. 2. Entrada
La entrada del museo tiene una gran importancia como primer lugar de
encuentro entre los visitantes y el museo. Ante todo debe poner de relieve la mens
que ha generado el museo y que caracteriza su existencia. Se situará en
una posición fácilmente accesible y reconocible. Deberá estructurarse de
modo que permita una clara identificación del museo. Sus líneas pueden ser
sobrias, simples, evidentes, de acuerdo con los actuales criterios museográficos.
En particular, aunque deberá ser rica en informaciones estimulantes, evitará
la acumulación de materiales informativos. El atrio expresará un significado
propio debiendo ser dotado de una específica connotación arquitectónica.
Por medio del atrio el visitante tiene que poder encuadrar los criterios que
conducen a la lectura global del museo. Por lo tanto, se debe inspirar en
aquel espacio sacro al que indirectamente se refiere. Durante la elaboración
de su proyecto se deben cuidar, en la medida de lo posible, la acogida de las
personas, la información sobre la organización y el planteamiento didáctico.
El atrio es el lugar que prepara al visitante a pasar del clima de distracción
del ambiente externo a la concentración personal y, para el creyente, al
recogimiento espiritual, exigidos por todo lo que se quiere admirar. Se impone
un "clima" sugestivo, casi sagrado, muy discreto, con el fin de
favorecer la sintonía entre los visitantes y la realidad museística. El
visitante no debería iniciar el recorrido del museo movido sólo por la
curiosidad, sino, más bien, porque se siente estimulado por las indicaciones
visuales, por los instrumentos audiovisuales, por la competencia del guía,
que ambientan la visita. Por ello, es oportuno que en el atrio se pongan a
disposición algunos elementos de apoyo (impresos y audiovisuales) para
disponer adecuadamente a las visitas, teniendo en cuenta las diversas tipologías
de visitantes. No se debe olvidar la oportunidad de organizar visitas guiadas.
3. 1. 3. Salas
La toma de contacto que ofrece el ingreso se desarrolla en las salas de
exposición. A través de la trama histórico-artística-social-religiosa
ofrecida por las piezas originales, las copias, la cartografía, los
materiales de apoyo impresos y por los medios informáticos, las salas
presentan al visitante la historia multiforme de una Iglesia particular, de un
instituto religioso específico, de un santuario o de otro lugar eclesiástico.
Particular atención debe darse a la disposición de cada una de ellas. Su
definición será mejor, cuanto más fácilmente el visitante pueda seguir el
hilo lógico de la historia y pueda asimilar los temas propuestos por la
estructura museística.
La disposición de los objetos y su presentación al público se ha de pensar
según un criterio global, de modo que el espacio arquitectónico esté
coordinado con la trama expositiva de las obras(41). La estructura de las salas,
el recorrido a través de las mismas y cuanto en ellas se expone debe formar
parte de una sola y orgánica propuesta, cuyos criterios generales se adaptan
a las situaciones y a las intenciones particulares. Por último, es oportuno
dotar a las salas de apropiados puntos de descanso para facilitar la
contemplación de las obras expuestas, especialmente las más significativas.
3. 1. 4. Vitrinas
La vitrina, además de conservar de modo adecuado los objetos que
contiene, debe resaltarlos y hacerlos plenamente visibles. Es de desear, por
ello, que esté adecuadamente iluminada, de modo que no deteriore los colores
de las piezas y no distorsione su visión.
La misma forma de las vitrinas se transforma en un elemento de servicio, no sólo
en sentido restringido, la buena conservación de las piezas, sino también en
un sentido amplio, el disfrute feliz del objeto mismo. A este propósito se
debe prestar gran atención a las leyendas que desarrollan un papel
fundamental en el tejido museográfico. Se deben proponer, si es posible, en
dos o tres lenguas, escritas con caracteres fácilmente legibles y colocadas
en una posición accesible.
Junto a la breve ficha técnica de identificación, que comprende el título
de la obra, el autor, la datación, la materia, la procedencia, sería de
desear que se colocasen dos tipos diversos de materiales de información, en
un medio informático o de papel. El primero comprende las fichas que ponen en
relación cada una de las obras con el resto de las presentes dentro del museo
y fuera de él, en el territorio. El segundo comprende las fichas que
profundizan en el conocimiento de cada obra, indicando el destino litúrgico o
paralitúrgico, el significado del nombre, el contexto espacio-temporal
originario, las simbologías y, eventualmente, añadiendo referencias a
objetos más famosos, explicaciones iconográficas, notas hagiográficas y
breves referencias bibliográficas. Todo ello para favorecer y orientar el
estudio, contextualizando globalmente el conocimiento de las piezas expuestas.
3. 1. 5. Salas para exposiciones temporales
Dado que el museo eclesiástico está pensado como una institución cultural,
que interacciona con las demás instituciones existentes en el territorio
dirigidas a la animación cultural, es oportuno que esté dotado, al menos, de
una sala para exposiciones y acontecimientos culturales temporales.
Manifestaciones de este tipo pueden organizarse para subrayar ocasiones
particulares (por ejemplo: los tiempos litúrgicos fuertes, las fiestas
titulares y patronales, las circunstancias civiles, las jornadas de estudio,
las investigaciones académicas).
Tales actividades podrán favorecer la acción evangelizadora en el ámbito de
las iniciativas culturales tanto de la Iglesia como de los entes públicos o
privados. Su particular ocasionalidad refuerza la relación entre el museo
eclesiástico y el territorio; puede hacer utilizables las obras en depósito
por medio de un sistema de rotación expositiva; habitualmente facilita la
esponsorización de los montajes y de las restauraciones.
3. 1. 6. Sala "didáctica"
Junto a las salas expositivas, permanentes o temporales, es oportuno que el
museo eclesiástico cuente, también, con una sala didáctica, destinada
en particular a los estudiantes, a los agentes pastorales y a los
catequistas(42).
En ella el visitante podrá detenerse para tener una información más amplia
referente a la historia de la comunidad o del organismo, además de la
contextualización de los materiales expuestos y la correlación entre el
pasado y el presente. La profundización podrá ayudarse de gráficos,
audiovisuales, ilustraciones, experimentaciones. No se deben excluir las
actividades didácticas de laboratorio y de investigación para favorecer el
interés y estimular la creatividad de los jóvenes en el sector de los bienes
culturales de la Iglesia.
3. 1. 7. Aula de formación cultural
Cuando los espacios y las circunstancias lo permitan, sería bueno disponer de
un aula para la formación y la actualización cultural de los
empleados, voluntarios, investigadores, estudiantes, que esté debidamente
equipada, optándose en caso contrario por soluciones alternativas. Esta aula
da vitalidad al museo y demuestra que en la mens de la Iglesia esta
institución no es un mero depósito de los vestigios del pasado, sino un
ambiente de reflexión, diálogo, encuentro e investigación.
Teniendo a disposición espacios de este tipo es posible promover también
iniciativas para la formación básica y permanente de los agentes implicados
en el sector de estos bienes, incluidos los voluntarios.
3. 1. 8. Biblioteca
En el conjunto de los servicios del museo no se puede olvidar la presencia de
una biblioteca especializada. Por ello, es oportuno constituir dentro
del museo una biblioteca actualizada y debidamente dotada, en la que exista
también, en la medida de lo posible, un sector específico de videoteca o de
otros medios informáticos.
En esta biblioteca especializada deberán figurar las publicaciones y los
materiales referentes al patrimonio histórico-artístico del organismo
propietario o promotor del museo.
La biblioteca cumple la función de reunir y permitir la consulta, al menos,
de las publicaciones referentes a la historia y a la cultura local, con
frecuencia promovidas y financiadas por instituciones eclesiásticas, por
organismos locales o por ciudadanos particulares.
3. 1. 9. Archivo corriente y archivo histórico
Es necesario que la organización del museo prevea un archivo corriente en
el que se coloquen los registros de las compras y préstamos, los inventarios
y catálogos periódicamente actualizados, los actos jurídicos y
administrativos, los repertorios fotográficos y gráficos, etc.
Sería oportuno instituir también un archivo histórico específico.
Este archivo es algo diferente de un archivo histórico convencional de la
Iglesia local, del instituto religioso, o de otro ente eclesiástico. En él
se deben conservar, al menos en copia, todos aquellos materiales útiles para
documentar la historia de cada una de las obras existentes en el museo.
Demasiadas veces, por desgracia, los documentos oficiales de depósito o de préstamo
temporal se dispersan y así desaparece un material útil para la tutela jurídica
y para el conocimiento contextual del patrimonio histórico-artístico.
La normativa sobre el uso para los empleados y de consulta para los
estudiosos, tanto del archivo corriente, como del histórico, se debe fijar
oportunamente en un reglamento particular.
3. 1. 10. Salida
La salida, al final de la visita, como la entrada, no se debe
subestimar. En la medida de lo posible es útil que la entrada y la salida
sean distintas, y esto no sólo con el fin de evitar desórdenes en el flujo
de los visitantes (al menos en los museos de gran importancia donde tales
flujos efectivamente existen), sino sobre todo para permitir el completo
disfrute del itinerario propuesto.
El final de la visita constituye una ocasión para ofrecer al visitante un
mensaje preciso a través de los materiales (libros, catálogos, vídeos,
postales, objetos, etc.) que se venden en las tiendas correspondientes,
o de simples trípticos distribuidos gratuitamente. Este material
ayuda, sin duda, a recordar cuanto se ha visto, proponiendo una lectura
cristiana del itinerario recorrido y dejando un claro recuerdo de la
experiencia vivida.
3. 1. 11. Zonas de descanso
En particulares sedes museísticas de gran importancia y extensión se podría
también prever la apertura de zonas de descanso para favorecer la
permanencia prolongada en el museo, tanto de los visitantes como de los
estudiosos.
3. 1. 12. Oficinas del personal
Junto a la zona pública, el museo eclesiástico debe contar con espacios idóneos
para los empleados. Es importante encontrar la manera de que el personal pueda
disponer de los espacios necesarios para desarrollar sus funciones, siendo
oportuno adaptarse a las disposiciones civiles. Para la eficiencia del museo
se debe pensar en una adecuada organización de los trabajadores.
En concreto, se debe pensar al menos en la dirección y en la secretaría.
También la imagen externa de estas oficinas tiene que estar en sintonía
con lo expuesto hasta ahora. Es necesario subrayar la necesidad de la
presencia de un directivo que, si es posible, debe ser duradera.
3. 1. 13. Salas de depósito
La vida del museo también necesita habitualmente otros ambientes de servicio,
entre los que se encuentran las salas de depósito. En estos espacios
se encuentran las obras que no están expuestas. Este concepto no puede ser
mal entendido. El depósito de un museo no es, por su naturaleza, ni el lugar
de las cosas olvidadas, ni un lugar de desorden. En estas salas se recogen
obras igualmente importantes y significativas en el contexto eclesial, que,
por diversos motivos, están allí depositadas para una mejor tutela y
conservación.
Si por el momento tales obras no figuran en el itinerario predispuesto, se
pueden convertir con el tiempo en una parte integrante del mismo. Además, se
pueden usar para exposiciones, ya sea en el ámbito del museo, ya sea fuera de
él. Es necesario reiterar la importancia de la "circulación de las
obras", con las debidas cautelas, tanto dentro como fuera del museo, por
lo que es necesario reglamentar cuidadosamente los préstamos y adquisiciones.
Las obras en depósito tienen que estar bien dispuestas y tienen que poderse
encontrar con facilidad. Por ello deben estar adecuadamente documentadas y
registradas en el inventario general del museo e, incluso, en un catálogo
aparte, documentación que se actualizará periódicamente. Además, sería
conveniente ponerlas a disposición de los estudiosos y de los responsables
institucionales.
Algunas obras se colocan en el depósito porque se encuentran en condiciones
precarias y, por tanto, necesitan ser restauradas. Es necesario proceder con
empeño a su salvaguarda, ya que se encuentran en una fase delicada de su
"existencia".
3. 1. 14. Laboratorio de restauración
Donde las condiciones lo permitan, es oportuno disponer, junto al depósito
del museo, de un pequeño laboratorio de restauración. Ordinariamente
se debe ocupar de la manutención y conservación. Tiene también la función
de realizar intervenciones de primera necesidad sobre las piezas que estén en
un estado particular de deterioro.
Si no existe un laboratorio interno, es necesario recurrir a restauradores de
confianza para realizar controles periódicos de los materiales existentes en
el museo. Cuando sea posible, y si se solicita, esta intervención se realiza
en colaboración con las autoridades civiles.
3. 2. Seguridad
3. 2. 1. Instalaciones
Un aspecto que se debe afrontar con atención es el de las instalaciones
necesarias para el funcionamiento del museo. A este respecto será necesario
atenerse -cuando existan- a las leyes civiles vigentes en relación con las
instalaciones eléctricas, contra incendio, de alarma, de climatización y de
acondicionamiento.
Por lo que se refiere a la seguridad de las personas, deben evitarse las
barreras arquitectónicas, señalizar bien los recorridos con las salidas de
emergencia, realizar controles periódicos de estas instalaciones y de las
estructuras.
En lo referente a la seguridad de las obras, es necesario garantizar ya sea la
conservación del bien como tal, ya sea su preservación contra delitos y
robos(43). En favor de la conservación de las obras se deben realizar una
adecuada climatización del ambiente; la protección del polvo, de la exposición
solar, de organismos biológicos; la manutención ordinaria de limpieza y
desinfección y el control diagnóstico periódico.
En relación con la preservación de las obras, hacen falta medidas
preventivas de seguridad en los ambientes, con una atención particular al
grosor de los muros externos y a la protección de los vanos (puertas
blindadas, rejas en las ventanas y tragaluces, etc.). Es oportuno, obviamente,
un buen sistema de alarma, eventualmente conectado con las Fuerzas de
seguridad. Es igualmente indispensable una ficha fotográfica de cada una de
las piezas para poder facilitar las investigaciones en caso de robo.
3. 2. 2. Vigilancia
La vigilancia del museo desempeña un papel fundamental. No sólo se cuida la
vigilancia del ambiente museístico en sentido general, de las obras
existentes en los recorridos del museo y en los depósitos, sino que se pone
toda la cautela posible en la circulación de las obras dentro y fuera del
museo.
La atención y la vigilancia tienen que "personalizarse" para cada
pieza concreta, por lo que es necesario contar con personal especializado. No
sólo se deben observar las reglas generales de conservación, sino que estas
se deben verificar y adaptar a las exigencias de cada una de las obras.
La vigilancia ordinaria se debe organizar tanto durante los horarios de
apertura, como durante los de cierre. Durante los horarios de apertura será
necesario disponer de un adecuado servicio de vigilancia, para que no se
provoquen daños a las obras y estructuras. Al respecto, la presencia del
voluntariado profesional puede ser muy útil. Durante el cierre, donde sea
posible, además de los sistemas de seguridad citados, sería deseable poder
contar con vigilancia nocturna.
Para la seguridad durante la circulación de las obras, sobre todo se necesita
diligencia y prudencia por parte del personal encargado, de modo que se pueda
prevenir toda clase de incidentes. En caso de préstamo, se debe procurar una
atención especial, que garantice la custodia en todas las fases operativas,
por medio de la necesaria cautela durante el transporte (con las garantías de
específicas coberturas asegurativas) y una particular atención a los
montajes expositivos.
3. 3. Gestión
Para que el museo eclesiástico pueda desarrollar adecuadamente su actividad
se hace necesaria una gestión administrativa bien estructurada.
Al respecto pueden ser útiles las siguientes sugerencias:
- el organismo propietario debe prever la creación de un fondo económico
autónomo (por ejemplo una "fundación" constituida como una fuente
de ingresos), que permita la organización a largo plazo al menos de las
actividades consideradas esenciales;
- preparar un plan económico plurianual, además de a corto y medio
plazo, con el que se puedan cubrir por medio de intervenciones organizativas
específicas todas las exigencias impuestas por las estrategias de conservación
y valorización del museo;
- contemplar, a la luz del plan global, un balance anual con un
presupuesto y un balance final articulado en partidas específicas de entradas
(taquilla, patrocinio ocasional, entidades institucionales, ventas, etc.) y de
salidas (compras, personal, consumo, actividades, restauraciones, aseguración,
propaganda, imprenta, acontecimientos, etc.) con el fin de asegurar la regular
continuidad de las actividades, detectar fácilmente las alteraciones del
gasto, hacer las previsiones de las intervenciones;
- dotar al museo de una fisonomía jurídica regular (ya sea en ámbito
eclesiástico, como en ámbito civil) y de un reglamento normativo detallado;
- dar una clara configuración jurídica a todo el personal, tanto al
contratado como al voluntario (instituir eventualmente cooperativas o servirse
de otros organismos); cumplir con diligencia el pago de los impuestos; actuar
prudentemente en la contratación del personal especializado para las diversas
necesidades; cuidar la organización de los servicios del voluntariado con
oportunos responsables; profundizar en la elección de las ocupaciones del
personal con adecuadas atribuciones y con una oportuna flexibilidad;
- promover la imagen del museo a través de los medios de comunicación
eclesial, los organismos didácticos y culturales, y los medios de comunicación
locales.
3. 4. Personal
- Es necesario un director responsable de particular competencia y
dedicación;
- sería de desear que colaborasen con el director uno o más comités (o
al menos algunos expertos) encargados de la organización científica,
cultural y administrativa del museo;
- cuando sea necesario, se puede buscar personal para la secretaría,
para las relaciones públicas, para la gestión económica, etc.;
- se debe encontrar el personal para la vigilancia siguiendo los
criterios antes expuestos;
- es oportuno contar con guías preparados para acompañar a los diversos
tipos de visitantes.
3. 5. Normas
El desarrollo ordinario de las actividades del museo en el contexto de los
bienes culturales de cada Iglesia particular exige el respeto de las normas
vigentes. Se pueden destacar los puntos siguientes:
- tener ante todo presentes las normas y las orientaciones de la Santa
Sede, de las Conferencias episcopales nacionales y regionales y de la diócesis,
que se refieren de diversa manera al sector;
- redactar, si es posible, un Estatuto y un Reglamento del
museo que se debe dar a conocer a través de los organismos diocesanos de
información(44);
- cumplir las disposiciones civiles de carácter internacional y, sobre
todo, de carácter nacional y regional (por ejemplo los ya citados ICCROM,
ICOM, ICOMOS, Consejo de Europa);
- reglamentar los préstamos de las obras haciendo referencia a las
normas generales eclesiásticas y civiles, asegurándose sobre la finalidad de
la solicitud y recomendando la contextualización eclesial de las piezas;
- hacer una norma sobre los derechos de reproducción de las obras
teniendo en cuenta las disposiciones y las costumbres eclesiásticas y
civiles;
- reglamentar el acceso a los datos, ya sea a través de papel, ya, y
sobre todo, en medio informático (in loco o en la red);
- dar orientaciones sobre el traslado de las obras abandonadas, en desuso
o en peligro de deterioro, en los museos eclesiásticos o en otros depósitos.
Para los depósitos (ya realizados, o en vías de realización) de los bienes
histórico-artísticos de propiedad eclesiástica en instituciones museísticas
(o afines) civiles, públicas o privadas, es necesario estipular una convención,
u otro pacto, destinado a tutelar la propiedad de los mismos, la salvaguarda,
el uso eclesial y el carácter temporal del propio depósito.
También tienen que reglamentarse con precisos actos formales los procesos de
restauración.
3. 6. Relaciones con otras instituciones
En la organización de la gestión del museo eclesiástico se deben prever y
solicitar relaciones con otras instituciones culturales, en particular con los
museos públicos y privados.
Esta colaboración se debe llevar a cabo garantizando la autonomía de cada
organismo y estimulando la elaboración de proyectos comunes en favor de la
animación cultural del territorio.
En las iniciativas compartidas con otras instituciones museísticas, o
culturales, es necesario tutelar la propiedad de las obras, respetar las
normas sobre los préstamos, y establecer acuerdos de gestión.
IV El uso del museo eclesiástico
4. 1. El uso público
El museo eclesiástico es un lugar de uso público, ya que los bienes
culturales están al servicio de la misión de la Iglesia. Educa en el sentido
de la historia, en la belleza y en lo sagrado mediante el patrimonio cultural
realizado por la comunidad cristiana. Este uso está íntimamente vinculado,
aunque sea diverso, al valor formativo que debe tener la institución museística.
Distinguir para unir el momento formativo y el del disfrute significa subrayar
la importancia de la complementariedad entre el aspecto cognoscitivo y el
aspecto emotivo, sobre todo por lo que se refiere a la vivencia religiosa
cuyos actos, que se catalogan como expresiones de amor a Dios y a los
hermanos, necesitan el concurso de la inteligencia, del sentimiento y de la
voluntad.
Todos los "lugares" del cristianismo están destinados a la acogida,
donde predicar por medio de todas las iniciativas "el evangelio de la
caridad". La Iglesia se ha servido de los signos sensibles para expresar
y anunciar su fe. También las obras recogidas en los museos están destinadas
a la catequesis ad intra y al anuncio del Evangelio ad extra, de
modo que se ofrecen al disfrute tanto de los creyentes como de los alejados,
para que ambos, cada uno a su modo, puedan beneficiarse de las mismas.
Por este motivo, el museo eclesiástico, prioritariamente destinado a la
comunidad cristiana, tiene que poder ser disfrutado al máximo también por un
público de diversa extracción cultural, social y religiosa. Y es la misma
comunidad cristiana la que acoge, por medio de los empleados del museo, a los
que se interesan por la memoria religiosa, ya que "Ecclesiae catholicae
nemo extraneus, nemo exclusus, nemo longinquus est"(45).
El público puede dividirse en diversas categorías: el visitante
individual, el grupo guiado, los escolares, el estudioso. Las diversas
modalidades de acercamiento sugiere metodologías diversas encaminadas a
facilitar la llegada del visitante y satisfacer las diversas exigencias
culturales.
Una inteligente organización de las reservas y de las visitas permite ofrecer
un mejor servicio no sólo a los usuarios, sino también a los empleados. Cada
museo se deberá preocupar de organizar, además de los recorridos
expositivos, las actividades culturales complementarias.
4. 2. El disfrute en sentido eclesial
4. 2. 1. El disfrute en la "mens eclesial"
Para que se pueda disfrutar adecuadamente de los museos eclesiásticos es
necesario poner de relieve la conexión íntima entre el elemento estético y
el religioso. Además, es necesario que aparezca clara la unión indisoluble
entre el patrimonio expuesto y el momento actual de la Iglesia y del mundo:
el acercamiento a las obras promovidas por el cristianismo no es similar al de
los restos de las civilizaciones desaparecidas, ya que muchas de las cosas que
se presentan a los visitantes tienen una estrecha unión con la actualidad
eclesial.
En este momento histórico de generalizada secularización, el museo eclesiástico
está llamado, en particular, a proponer de nuevo los vestigios de un sistema
existencial que encuentra en el sensus fidei su primera razón de
existencia, de experiencia, de esperanza. La recogida de las piezas materiales
no es un signo de orgullo, sino del ofrecimiento a Dios del genio de tantos
artistas para darle gracias. Incluso las cosas más bellas siempre tienen que
poner de manifiesto el límite de la creatividad humana, siguiendo las
palabras de Jesús: "Observad los lirios del campo, cómo crecen;
no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria,
se vistió como uno de ellos"(46).
El museo eclesiástico asume un papel formativo en la enseñanza de la
catequesis y de la cultura. Las instalaciones museísticas ofrecen al público
obras estimulantes para la nueva evangelización del hombre de nuestro tiempo.
A través de visitas guiadas, conferencias, publicaciones (catálogos del
museo, catálogos de las exposiciones didácticas, trípticos ilustrativos
de los itinerarios del territorio) los visitantes tienen la posibilidad de
percibir los elementos fundamentales del cristianismo al que la mayor parte de
estos se ha adherido personalmente a través de los sacramentos de la iniciación
cristiana. Con este insólito instrumento, los visitantes pueden reencontrar
los caminos para poder crecer y madurar en el camino de la fe, pudiendo así
expresar mejor su propia adhesión a Cristo. Los no creyentes, por su parte,
visitando los museos eclesiásticos, pueden intuir cuánta importancia ha dado
la comunidad cristiana al anuncio de la fe, al culto divino, a las obras de
caridad y a una cultura de inspiración cristiana.
Una atenta lectura de la historia de la Iglesia, incluso en su desarrollo en
el territorio local y en la composición del patrimonio histórico-artístico,
se refiere naturalmente al conocimiento de los grandes temas del arte
cristiano. En la herencia cultural que nos ha llegado, se lee y se comprende
el sentido del sacrificio, del amor, de la compasión, del respeto por la
vida, de la relación particular con la muerte, de la esperanza en un mundo
renovado. Estas realidades expresadas por las obras recogidas en los museos
conducen a las grandes líneas de la misión eclesial: el culto, que se
concreta en la liturgia, en la piedad popular, en las devociones personales;
la catequesis, que se manifiesta en la enseñanza y en la educación; la
cultura, que se explicita en las múltiples ciencias, resaltando en particular
las ciencias humanas; la caridad, que se expresa, sobre todo, en las obras de
misericordia espirituales y corporales.
Sobre cada una de estas coordenadas se ha ido tejiendo una trama abundante de
signos sensibles que se desarrollan a lo largo del tiempo. Su permanencia
constituye el depósito de la memoria que se puede tutelar y valorar por medio
de los museos eclesiásticos. A través de esta concepción, se supera el
aspecto meramente estético e histórico, alcanzándose el sentido y el
significado más íntimo y profundo en el ámbito de la civitas christiana.
4. 2. 2. El disfrute en el contexto eclesial
Por medio de las iniciativas didácticas más importantes de los museos se
puede reconstruir en el territorio la micro-historia de cada una de las
realidades. Jornadas de estudio, itinerarios guiados, exposiciones temporales
y otras iniciativas pueden favorecer de un modo útil el descubrimiento de los
valores esenciales del cristianismo en un territorio determinado. Los
acontecimientos vividos por los pastores y los santos de la Iglesia local se
descubren en las formas de piedad y en las devociones populares, que han
dejado un abundante repertorio histórico-artístico. Otros restos confiados a
los museos ponen de relieve el importante papel de las asociaciones y las
cofradías.
El museo eclesiástico realiza una importante función de animación de las
generaciones contemporáneas y en particular de los jóvenes, ya que,
presentando la memoria del pasado, pone de manifiesto la perspectiva histórica
de la comunidad cristiana. Desde esta óptica, es fundamental la relación
entre la escuela, el territorio y la Iglesia particular. Ciertamente, las
conexiones institucionales que se derivan incrementan el conocimiento del
contexto eclesial, que encuentra una respuesta en el patrimonio histórico-artístico
de la Iglesia. El descubrimiento de los acontecimientos a través de los
restos del pasado se convierte de tal modo en evocación de una memoria, también
familiar, y por ello mucho más sentida. Además, es un elemento de interés
común hacia los valores de la fe transmitida.
4. 2. 3. El disfrute en la vivencia eclesial
En la mentalidad común, la palabra museo trae a la mente un lugar separado de
la vida presente, inmutable, estático, frío, silencioso. El museo eclesiástico,
por el contrario, se define como auténtico "vivero", centro vivo de
elaboración cultural capaz de desarrollar y difundir el conocimiento de la
conservación y valoración de los bienes culturales de la Iglesia. La
peculiaridad del museo eclesiástico es conservar y poner de relieve la
memoria histórica de la vivencia eclesial, tal y como esta se ha desarrollado
en un territorio determinado a través de las múltiples expresiones artísticas.
Para alcanzar estos objetivos no es suficiente con la planificación
inteligente de recorridos expositivos bien estructurados, exponiendo juntas
obras útiles para delinear y comprender un contexto ambiental y una realidad
histórica. Un problema que se debe afrontar es el de la correcta coexistencia
de las dos funciones primarias de la estructura museística eclesiástica:
la conservación y la exposición. Los criterios expositivos deben contribuir
a hacer evidente el nexo entre la obra y la comunidad a la que pertenece, con
el fin de indicar la vivencia eclesial de la comunidad cristiana del pasado.
La didáctica museística debe, además, dar vida a un circuito comunicativo y
formativo con el fin de animar a los visitantes hacia la actual vivencia
eclesial.
Por otro lado, el tiempo de una visita no permite apreciar en profundidad la
riqueza histórica y documentaria de un museo. Por ello sería conveniente
organizar recorridos diversificados para ofrecer a los visitantes,
contextualmente a las lecciones-visitas, materiales de apoyo que puedan servir
de referencia fuera del museo.
El museo eclesiástico se transforma, de este modo, en un centro de animación
cultural para la comunidad. Se hace más vivo a través de la animación de
los grupos. Proyecta un calendario anual de iniciativas que se deben
introducir en el más amplio proyecto pastoral tanto de la Iglesia particular
en su conjunto, como de las instituciones eclesiásticas individuales que lo
componen. En dicho calendario pueden considerarse: exposiciones
temporales a través de las cuales poner de relieve épocas, artistas,
circunstancias históricas, espiritualidad, devociones, tradiciones, ritos;
conferencias en períodos fijos del año según ciclos temáticos;
presentaciones de libros o de obras de arte nuevas o restauradas; encuentros y
debates con artistas, restauradores, historiadores y críticos; presentaciones
de acontecimientos promovidos por instituciones o asociaciones, que de otro
modo no lograrían difundirse al menos en el ámbito diocesano; y organización
de sesiones catequéticas in loco.
Pero el mejor modo para que se comprenda el valor de las obras de arte y, por
lo tanto, el sentido del museo eclesiástico, es enseñar a los visitantes a
mirar a su alrededor para reflexionar y conectar los acontecimientos, los
objetos, la historia y las personas que en aquel territorio han sido y continúan
siendo el alma viva y presente. El museo eclesiástico es capaz de este modo
de unir el pasado y el presente en la vivencia eclesial de una determinada
comunidad cristiana.
4. 3. El disfrute en el conjunto del territorio
A través del museo eclesiástico se pueden poner en marcha iniciativas para
promover el reconocimiento de los bienes culturales que existen en el
territorio. Para ello es oportuno: suscitar momentos de encuentro entre
creyentes y no creyentes, fieles y pastores, usuarios y artistas; sensibilizar
a las familias para que se transformen en un lugar de educación para el arte
cristiano y para la comprensión de los valores que este transmite; e
interesar a los jóvenes por la cultura de la memoria y la historia del
cristianismo.
El museo eclesiástico, por su naturaleza, está en estrecha conexión con el
territorio en el que se desarrolla una particular misión pastoral, ya que
recoge lo que proviene del mismo para ofrecerlo de nuevo a los fieles a través
del doble itinerario de la memoria histórica y del disfrute estético. El
museo eclesiástico, además de ser un "lugar eclesial", es también
un "lugar territorial", porque la fe se incultura en cada uno de los
ambientes. Los materiales usados para la producción de las múltiples obras
hacen referencia a contextos naturales precisos; los edificios producen un
indudable impacto ambiental; los artistas y los que encargan las obras están
vinculados a las tradiciones que se desarrollan en un lugar determinado; los
mismos contenidos de las obras se inspiran y responden a las necesidades
conectadas con el hábitat en el que se desarrolla la comunidad
cristiana. Conjuntos monumentales, obras de arte, archivos y bibliotecas
están condicionados por el territorio y se refieren a él. Además, el museo
eclesiástico no es un lugar separado, sino en continuidad física y cultural
con el ambiente circundante.
El museo eclesiástico, como consecuencia, no es ajeno a los demás lugares
eclesiales que pertenecen a un territorio determinado. Todos tienen la misma
finalidad pastoral y, en su diversa tipología, mantienen una relación orgánica
y diferenciada. Esta continuidad viene confirmada por la mens de la
Iglesia con relación a los bienes culturales puestos al servicio de su
misión. Tales bienes entran en un discurso único, por lo que de iure están
coordinados entre sí y, de facto, deben expresar esta unidad en su
conjunto y diversidad. Por su parte, el museo recoge y ordena los bienes histórico-artísticos
haciendo visible la referencia al conjunto del territorio y a la estructura
eclesial.
El museo eclesiástico, con referencia al territorio, desarrolla varias
funciones. En primer lugar se sitúa la tradicional de realizar una
"recopilación conservadora" de cuanto proviene de las zonas donde
se han desarrollado las Iglesias locales individualmente y que por varios
motivos ya no puede permanecer in loco (dificultad de vigilancia,
procedencia desconocida de las piezas, alienaciones o destrucción de los
lugares originarios, deterioro de las estructuras de procedencia, peligro sísmico
o de otras calamidades naturales). Se añaden, no obstante, otras funciones
que deben ser tomadas en atenta consideración en la realización del proyecto
del museo eclesiástico. La colocación de las piezas tiene que hacer
evidente la historia de una determinada porción de la Iglesia. La estructura
del museo debe referirse a todo el territorio eclesiástico, por lo que debe
poner todo lo que contiene en conexión con los lugares de procedencia. Para
poder hacer evidente la relación de continuidad entre el pasado y el
presente, el museo eclesiástico debe ser la memoria estable de la historia de
una comunidad cristiana y, al mismo tiempo, está llamado a acoger las
manifestaciones ocasionales de carácter contemporáneo conectadas con la acción
de la Iglesia.
Todas estas funciones sugieren, cuando sea posible, la contribución de las
nuevas tecnologías multimediales, capaces de presentar virtual, sistemática
y visualmente la íntima conexión del museo con el territorio del que
provienen los bienes que contiene. En este sentido, el concepto de museo
eclesiástico se define como un museo integrado y difundido. Estas
acepciones comportan estructuras policéntricas con referencia a las cuales el
museo diocesano desarrolla la función de coordinación. En torno a
ellas pueden así circular los tesoros de la catedral y los bienes culturales
del cabildo; las colecciones de los santuarios, monasterios, conventos, basílicas,
cofradías; las colecciones de las iglesias parroquiales y de los demás
lugares eclesiásticos; todos los conjuntos monumentales con las obras que los
componen; los eventuales lugares arqueológicos. De este modo se crea una red
que conecta dinámicamente el museo diocesano con los demás polos museísticos,
y el conjunto de los bienes culturales eclesiásticos con el conjunto del
territorio.
El museo diocesano, en particular, cumple una tarea peculiar, ya que
pone de relieve la unidad y la organización de los bienes culturales de la
Iglesia particular. En él debería estar el inventario de todo el patrimonio
histórico-artístico de la diócesis. Con paneles de fácil lectura deberían
ser contextualizados los bienes conservados y los demás bienes presentes en
la circunscripción eclesiástica. Con instrumentos científicos se debería
poder acceder al inventario y a la catalogación del patrimonio histórico-artístico
de la zona (al menos a lo que se considera de uso público). Se pone así en
marcha un sistema que ofrece las razones de la obra de la inculturación de la
fe en el territorio; que reúne toda la actividad de la Iglesia local
destinada a la producción de los bienes culturales idóneos para su misión;
que pone de relieve la importancia cultural y espiritual del depósito de la
memoria; que estimula el sentido de pertenencia de la colectividad a través
de la herencia transmitida por cada una de las generaciones; que favorece
soluciones de tutela y la investigación científica; que se abre para acoger
las creaciones contemporáneas, para poder de este modo demostrar la vitalidad
y la dimensión pastoral de los bienes culturales de la Iglesia presentes en
cada una de las realidades en las que se ha difundido el mensaje cristiano.
El museo diocesano, en este sentido, se asimila a un centro cultural de
gran importancia, ya que ha sido fundado sobre el depósito histórico-artístico
que caracteriza y reúne a toda la comunidad cristiana. Junto a él está la
catedral, que es un patrimonio vivo que alberga en su interior un
museo-tesoro, estructuras y obras funcionales para las múltiples necesidades
celebrativas y organizativas. Así, también las parroquias, los santuarios,
los monasterios, los conventos, las cofradías son lugares que poseen obras
que custodian en su interior o en un museo central (con la garantía de la
reutilización en circunstancias particulares). También el laboratorio de
restauración y las oficinas técnicas deben estar en conexión con este
centro diocesano para ser introducidas en el conjunto vital de la Iglesia
particular. La conservación se reduce, por lo tanto, a uno de los aspectos de
la obra de valoración en la que se encuentra a la cabeza el museo
diocesano. Las obras de arte, los adornos, las decoraciones, las
vestiduras, etc. que por motivos de seguridad, por cierre, por alienación de
los complejos cultuales, por precariedad o destrucción de las estructuras que
las acogen se llevan a los museos eclesiásticos, permanecen así como una
parte viva de los bienes culturales de la comunidad eclesial y de toda la
colectividad civil presente en el territorio.
La noción de sistema museístico integrado se alarga notablemente y
asume gran importancia eclesial con referencia a las demás instituciones
civiles presentes en el ámbito del territorio. Esta concepción lleva al
reconocimiento jurídico de tales organismos de modo unitario; inspira la
realización de un cuadro institucional capaz de moderar toda esta ordenación;
es la base para la búsqueda de ayudas públicas; condiciona las políticas
culturales de la región; funda un sistema de reglamentación y de protección
del personal empleado y voluntario. Como consecuencia, esta nueva configuración
tiene un valor social y político innegable, ya que ofrece un servicio
cultural de utilidad pública y abre discretas posibilidades de ocupación.
La tipología del sistema de los museos eclesiásticos difundido y descentrado
caracteriza el territorio valorando la totalidad de su patrimonio histórico-artístico
eclesiástico. Desde esta perspectiva, cada museo, o colección, ya no es un
lugar de depósito o de recogida de obras fuera de contexto, sino más bien un
elemento que define la cultura local y que se relaciona con los demás bienes
culturales. La descentralización, que lleva a tutelar tanto las obras en los
lugares de procedencia, como estos espacios eclesiásticos, pone de relieve de
modo especial el arte menor y, al mismo tiempo, enriquece cada una de las
porciones del territorio diocesano, constituida por parroquias, conventos,
santuarios, etc. Si las decoraciones y los adornos fuera de uso, conservados
en las iglesias, se concentrasen en un único museo, se empobrecerían los
lugares de procedencia de los mismos y se haría del museo un depósito
sobrecargado de material. Una opción de este tipo restaría valor a las
mismas obras que, junto a tantas otras y a obras más importantes, se
convertirían en carentes de importancia y poco utilizables. Por todo ello, es
necesario salvaguardar in loco las diversas expresiones que dan lustre
al ambiente evocando el recuerdo de los bienhechores y encargos de las obras,
de artistas insignes y simples artesanos, de las pasadas costumbres y
circunstancias. Cuando falten estructuras idóneas, es preferible un conjunto
museístico central.
El museo diocesano se puede convertir en el lugar para la sensibilización de
la comunidad eclesial y para el diálogo entre las diversas fuerzas culturales
presentes en el territorio. Para que esto ocurra se debe llegar a la conexión
con los inventarios y los catálogos; solicitar la documentación topográfica
y fotográfica de la zona de procedencia de las obras y de todo el territorio;
promover stands ilustrativos, exposiciones de actualidad, estudios histórico-artísticos,
campañas de restauración; organizar visitas guiadas que partiendo del museo
se prolonguen hacia otros conjuntos monumentales de la zona. Este sistema
coordinado de manifestaciones hará evidente la obra realizada por la Iglesia
en una región determinada y favorecerá la tutela de los bienes culturales en
su contexto originario.
V Formación de los agentes
de los museos eclesiásticos
5. 1. Proyecto formativo
5. 1. 1. Importancia de la formación
El museo, como polo artístico-histórico, puede asumir una función cultural
significativa si desarrolla una actividad de información histórica y de
educación estética en el ámbito del proyecto pastoral. Para lograr esta
finalidad se debe proceder a una obra de formación del clero, de los
artistas, de los agentes del museo, de los guías, de los vigilantes y de los
mismos visitantes haciendo comprender la naturaleza específica de los bienes
culturales de la Iglesia, con una renovada profesionalidad, una profunda
humildad, un diálogo atento, una apertura disponible y un respeto de las
tradiciones locales.
El proyecto formativo estará orientado a la valorización de las obras del
pasado y a la promoción de nuevas producciones. Dada la crisis de lo sagrado
y el consiguiente empobrecimiento de las expresiones cultuales -en el ámbito
arquitectónico, iconográfico y de la decoración- es urgente tanto referirse
a la tradición, para poner de relieve la contribución de las diversas épocas,
como introducirse en el debate contemporáneo, para inspirar un período nuevo
del arte y de la cultura de inspiración cristiana. La Iglesia, de suyo,
siempre ha sido promotora de las artes, ya que ha visto en ellas un
instrumento ejemplar para cumplir su propia misión. La Iglesia, a lo largo de
los siglos, ha sentido tradicionalmente "como parte integrante de su
ministerio la promoción, la custodia y la valoración de las más altas
manifestaciones del espíritu humano en el campo del arte y de la
historia"(47). Una obra cultural de este tipo exige una capacidad crítica y
una notable preparación. Por ello, se necesita un proyecto adecuado de
formación del personal, además de la colaboración mutua de las instituciones
destinadas a la gestión del patrimonio histórico-artístico de la Iglesia.
La Iglesia, con la ayuda de instituciones y expertos, podrá desarrollar
posteriormente el interés actual por los bienes culturales pensando en el
trabajo desarrollado a lo largo de dos milenios de historia y elaborando
propuestas para el futuro. Como consecuencia, será oportuno volver a ofrecer
a la humanidad el sentido de la historia tejida de vida diaria y de grandes
acontecimientos; poner de relieve la influencia del cristianismo a lo largo de
los siglos en los diversos contextos socioculturales; recordar las catástrofes
naturales o los conflictos que han llevado, en algunos casos, a la destrucción
de valiosas obras maestras; enseñar, a través de un adecuado proyecto de
educación escolar y de formación permanente, que los bienes culturales de la
Iglesia son particularmente significativos para toda la colectividad; recordar
que la característica eclesial de estos bienes es el anuncio del Evangelio y
la promoción humana; superar las discriminaciones entre ricos y pobres, entre
las diversas culturas y etnias, entre las diversas confesiones religiosas y
las múltiples religiones.
5. 1. 2. Urgencias formativas
En general, es urgente superar un cierto desinterés eclesiástico por la
conservación y valoración de los bienes culturales; superar la falta de
preparación en el campo jurídico y administrativo; superar la ausencia de un
mecenazgo preparado adecuadamente.
Superación del desinterés eclesiástico hacia los bienes culturales.
En esta época de proclamado interés social hacia el patrimonio histórico-artístico,
se ha notado a veces una cierta falta de atención y de interés por el
patrimonio histórico-artístico en el ámbito eclesiástico. La prioridad de
otras urgencias pastorales, la falta de personal y, presumiblemente, la
inadecuada preparación de los responsables, ha hecho precaria la tutela de
este patrimonio. En particular la insuficiente formación de los agentes lleva
a constatar la escasa calidad de la gestión, que se manifiesta especialmente
en los momentos de emergencia (derrumbamiento de la estructura, peligros para
la inviolabilidad, arranque de los frescos, alienación de las piezas,
organización de la seguridad, conflictos jurídico-administrativos, etc.). En
tales circunstancias con frecuencia no se toman decisiones resolutivas, ya que
falta una visión orgánica y una estrategia preventiva.
Superación de la falta de preparación en el campo jurídico y
administrativo.
El enorme dispendio de recursos económicos necesarios para la realización de
algunas intervenciones se corresponde a menudo con unas graves carencias
institucionales. Por tanto, resultan necesarias una capacidad de programación,
una competencia administrativa y jurídica, una colaboración
interinstitucional (tanto en el ámbito eclesiástico, como en el civil). En
muchos casos no se consiguen las ayudas, especialmente de carácter público
(en el ámbito regional, nacional o internacional), por falta de información
sobre los procedimientos a seguir. En este contexto se debe señalar la
urgencia, que se debe soslayar en el ámbito formativo, de hacer conocer a los
agentes de los bienes culturales de la Iglesia las fuentes legislativas
generales y particulares en el ámbito civil y eclesiástico.
Superación de la ausencia de un mecenazgo adecuadamente preparado, dedicado
al incremento de los bienes culturales.
En el pasado, la Iglesia ha sido mecenas clarividente, introduciendo artistas
de todos los géneros en el corazón de la espiritualidad cristiana. El
testimonio del pasado, conservado en las instituciones eclesiásticas, debe
inspirar al mecenazgo actual, con el fin de que se puedan incrementar los
bienes culturales a través de un empeño interdisciplinar, de modo que los
artistas puedan comprender el variado background eclesial para el mayor
éxito de sus obras. Es importante contar con personas preparadas para un
trabajo en equipo y para el contacto con los artistas contemporáneos(48).
En esta misión el museo puede desarrollar la función de catalizador para la
animación de los artistas y para su preparación en temas religiosos.
5. 1. 3. Criterios formativos
El museo eclesiástico puede asumir una función formativa propia y permanente
que se desarrolla sobre tres coordenadas: la información histórica, la
educación estética y la interpretación espiritual.
Para que un museo eclesiástico cumpla esta función es necesario preparar con
cuidado al personal. En la formación del personal se deben tener presentes
algunos aspectos fundamentales e irrenunciables: educar a cada uno de
los agentes en la corresponsabilidad, pudiendo así participar adecuadamente
en los proyectos culturales promovidos por la Iglesia; educar en el espíritu
de iniciativa, poniendo en marcha nuevas actividades y teniendo en cuenta las
experiencias ya existentes; educar en el sentido territorial, para lograr una
conveniente contextualización de las iniciativas en el conjunto de los bienes
culturales existentes en cada una de las Iglesias particulares; educar en el
uso de diversos instrumentos didácticos, también de carácter multimedial,
para facilitar el acercamiento de los usuarios a los bienes culturales de la
Iglesia; y educar en la dimensión pastoral para utilizar el patrimonio histórico-artístico
según una mens eclesial y con referencia a las diversas tipologías
del público.
5. 1. 4. Contenidos de la formación
Las iniciativas de formación deben prever una enseñanza diversificada, con
una atención particular a las siguientes materias: historia de la
Iglesia en general y local; historia de las tradiciones populares; hagiografía
y espiritualidad; iconografía e iconología; historia del arte y de la
arquitectura religiosa; historia de las instituciones de vida consagrada y de
su presencia en el territorio; historia de las instituciones eclesiásticas
laicales, del asociacionismo católico, de las cofradías, de los movimientos
asistenciales y de las instituciones culturales. Al respecto se podrán
organizar cursos, seminarios de estudio, congresos, debates, series de
conferencias con el fin de permitir una primera formación, una especialización,
una actualización y una formación permanente. Estas iniciativas de formación
ayudan también a reunir personas de múltiples extracciones ideológicas, de
modo que se pueda intentar un diálogo pastoralmente provechoso.
Para los agentes y los responsables del museo eclesiástico hace falta una
formación particular. En sus iniciativas, además de las temáticas indicadas
más arriba, deberán programarse materias específicas sobre la organización
de los museos, la gestión administrativa, la formulación didáctica, la
tutela de los bienes, la conservación de las obras, la legislación vigente
(en materia de tutela, de impuestos, de relaciones institucionales). Los
eventuales boletines diocesanos u otras publicaciones podrán encargarse de la
actualización informativa periódica.
5. 1. 5. Lugares para la formación
La formación se desarrolla a través de múltiples iniciativas organizadas en
las diversas sedes institucionales competentes en la materia (locales,
diocesanas, regionales, nacionales, internacionales). En general es necesario
poner en marcha un diálogo constructivo entre los sacerdotes y los laicos,
entre los profesionales y los docentes, dirigiendo hacia los problemas de
tutela, conservación y valoración de los bienes culturales todos los
recursos intelectuales, humanos y espirituales que puedan contribuir a un
trabajo de equipo y a la colaboración interinstitucional.
Al respecto, también los departamentos territoriales para los bienes
culturales están invitados a trabajar eficazmente para que, a través de
mesas redondas, conferencias y debates se lleve siempre a cabo una útil
información y actualización.
Con una referencia específica a las instituciones museísticas presentes en
el territorio se debe incentivar la institución de comisiones o comités de
expertos a los que confiar tareas de gestión y animación, tanto en el ámbito
de estrategias generales, como en el ámbito de los conjuntos museísticos
individuales (por ejemplo, Asociaciones nacionales de los museos eclesiásticos
y Asociaciones nacionales de los inventariadores, etc.).
5. 1. 6. Colaboración interinstitucional
El planteamiento del museo eclesiástico integrado con el territorio lleva a
implicar a múltiples instituciones y a activar diversas iniciativas
formativas. Por ello es primordial abrirse a la colaboración
interinstitucional.
En el ámbito diocesano, e incluso interdiocesano, se deben implicar, siempre
que sea posible, a las autoridades civiles y a otros organismos culturales,
con el fin de coordinar programas de formación para la valoración del
patrimonio histórico-artístico de la Iglesia. Además, es oportuno preparar
personal especializado en los correspondientes centros académicos, civiles y
eclesiásticos, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.
Los programas de formación no están pensados sólo para los agentes, sino
también para los visitantes, promoviendo estrategias de formación
permanente.
5. 2. Formación de los agentes
5. 2. 1. Principios para la formación del clero
En el proyecto de formación es vital la preparación de los candidatos al
sacerdocio y del clero. Los que se encaminan al sacerdocio y a la vida
religiosa deben formarse para apreciar el valor de los bienes culturales de la
Iglesia con vistas a la promoción cultural y a la evangelización.
Habitualmente los sacerdotes con cura de almas tienen también la
responsabilidad de custodiar la fabrica ecclesiae en el aspecto
arquitectónico y en todas las piezas que la constituyen concretamente.
En la circular a los Ordinarios diocesanos sobre la formación de los
candidatos al sacerdocio (15 de octubre de 1992) (49), esta Comisión pontificia
pide que en el ciclo formativo de los candidatos al sacerdocio "se
programen cursos en los cuales se traten, de manera más profunda y sistemática,
la historia y los principios del arte sacro, la arqueología cristiana, la
archivística, la biblioteconomía. Estos cursos pueden ayudar a la selección
de determinados alumnos para comprometerlos en este sector disciplinar y
prepararlos adecuadamente, de modo que puedan desarrollar en un futuro una
función de estímulo y de ayuda incluso entre sus compañeros"(50). Además,
conviene afrontar en los diversos cursos filosóficos y teológicos temas
relativos al arte, a la estética, a las bibliotecas, a los archivos y a los
museos. Asimismo, se deben instituir centros especiales de estudio para poder
formar expertos en el sector de los bienes culturales de la Iglesia en los que
se traten también las problemáticas inherentes a los museos eclesiásticos(51).
Una adecuada formación del clero prepara a la tutela de los bienes culturales
y favorece la relación entre eclesiásticos y laicos para poder concertar un
proyecto cultural capaz de valorar la totalidad del patrimonio histórico-artístico
con una lógica eclesial y civil. En este contexto se colocan también las
estrategias inherentes a la preparación del personal para los museos eclesiásticos.
Aunque los sacerdotes no puedan ser siempre los responsables directos de tales
instituciones, deberán tener los requisitos para poder promover los museos
eclesiásticos, coordinarlos en el conjunto de los bienes culturales eclesiásticos
presentes en el territorio, introducirlos en el proyecto pastoral tanto de la
diócesis como de cada una de las instituciones locales (parroquias,
monasterios, conventos, institutos religiosos, cofradías, asociaciones).
Por tanto, es oportuno que se instituyan cursos apropiados de actualización
para los sacerdotes, donde se les pueda sensibilizar sobre la organización y
gestión de los museos eclesiásticos y sobre la salvaguarda en el territorio
del patrimonio cultural.
5. 2. 2. Principios para la formación de los agentes y de
los guías
En el proyecto de formación debe haber un interés específico por los agentes
y los guías. No sólo se trata de preparar profesionalmente a los
expertos de los diversos sectores implicados en la organización de un museo
(o de comprobar su preparación), sino más bien de introducirlos en lo específicamente
eclesial. Estos tienen que ser capaces de contextualizar el patrimonio histórico-artístico
de la Iglesia en el ámbito catequético, cultual, cultural y caritativo, para
que el disfrute de tales bienes no se reduzca al mero dato estético, sino que
se convierta en un instrumento pastoral a través del lenguaje universal del
arte cristiano.
Guías internos. En particular los agentes de los museos encargados de
acompañar al público están llamados a detectar las diversas características
del visitante para poderle introducir con fruto al goce de las obras expuestas
mediante recorridos centrados, por ejemplo, en temáticas particulares,
objetos singulares o grupos homogéneos de obras.
Animadores internos. Una función de otros eventuales agentes internos
encargados de la animación de los visitantes es crear ocasiones de encuentro,
de conocimiento o de discusión.
Agentes externos. Junto a los agentes internos de la estructura museística
se puede pensar en formar agentes externos para poner en conexión las obras
expuestas en el museo con el territorio, a través de recorridos de visitas
ofrecidos, en principio, a las mismas comunidades locales, pero sin olvidar a
los que practican el turismo religioso. Así la totalidad del territorio debe
convertirse en un "laboratorio pastoral" abierto a todos, a la vez
que una ocasión de animación cultural mediante la arquitectura, la historia,
los documentos que testifican el interés de la Iglesia por los bienes
culturales.
Docentes y agentes eclesiales. Para concretar la relación entre
los bienes culturales y el proyecto pastoral se debe proceder con particular
atención a la formación de los catequistas, de los profesores de religión y
de los diversos agentes eclesiales para que sepan utilizar con provecho, en
las múltiples actividades e iniciativas, el patrimonio histórico-artístico
que tienen a su disposición.
Guías externos y agentes turísticos. A través de subsidios
particulares se deberá poder trabajar también con los guías externos y con
los agentes turísticos, siendo deseable que cuenten con los requisitos de
idoneidad para garantizar una conveniente valoración del patrimonio histórico-artístico
de la Iglesia. Se podrá exigir un certificado de asistencia a un curso eclesiástico
para agentes de turismo religioso, análogo al que se pide a los profesores de
religión. Es oportuno que un proyecto semejante sea dado a conocer a las
instituciones civiles competentes para poder concordar las orientaciones, los
procedimientos y los deseables reconocimientos pactados.
La formación adecuada de los responsables y de los agentes, tanto
en el campo eclesiástico como en el civil, conduce a una mayor colaboración
en el campo de los bienes culturales de la Iglesia e incrementa una discusión
madura entre personas e instituciones (expertos de los diversos sectores,
instituciones encargadas de la tutela de los bienes culturales, escuelas de
todos los órdenes y grados, centros culturales y turísticos).
5. 2. 3. Iniciativas para la formación de los agentes
La preparación del clero y de los agentes se realiza sobre todo en los
lugares habituales de formación, interviniendo en los programas ordinarios.
Sería de desear que se pusiesen en marcha cursos especiales de profundización
y de especialización instituidos para los diversos niveles. También son
muy útiles los cursos breves de actualización organizados periódicamente
sobre temáticas particulares. Para dar continuidad al sistema formativo,
puede ayudar la publicación de boletines o circulares en las que se cuenten
experiencias, se den informaciones administrativas, se relacionen los
documentos eclesiásticos y civiles del sector y se ofrezca una bibliografía
razonada.
Los cursos de formación se pueden distribuir de este modo:
- para los candidatos al sacerdocio es preferible organizar
encuentros en los seminarios, que servirán para poner de relieve lo que
contienen las diversas disciplinas filosófico-teológicas y que concierne al
sector de los bienes culturales, además de preparar para la gestión, para la
relación con las autoridades civiles y para la colaboración
interinstitucional;
- para la actualización de los sacerdotes es conveniente
organizar jornadas de estudio por temas, entre los que se encuentren los
inherentes a los museos eclesiásticos (organización y valoración del museo
diocesano; constitución de una colección parroquial o local; integración
del museo diocesano en el territorio; animación pastoral a través del
patrimonio histórico-artístico de la Iglesia; relación con las autoridades
civiles; aspectos de la gestión; etc.);
- para los dirigentes (sacerdotes o laicos), que deberán asumir
en el ámbito diocesano la responsabilidad de los museos diocesanos, es
oportuno programar ulteriores cursos especializados, eventualmente en el ámbito
de las Conferencias episcopales regionales o de las Conferencias episcopales
nacionales. Se pueden valer también de cursos en instituciones civiles o de
planes de estudio académicos;
- para los agentes laicos, que deberán asumir competencias específicas,
es conveniente garantizarles una preparación general en los centros de
estudios eclesiásticos (universidades, ateneos, facultades pontificias,
institutos superiores de ciencias religiosas, institutos de ciencias
religiosas), además de una preparación específica con cursos apropiados. Al
respecto existen ejemplos encomiables de cursos para agentes de los bienes
culturales y para guías turísticos organizados por los institutos de
ciencias religiosas.
5. 2. 4. Iniciativas para la formación de los usuarios
El público también debe ser formado para el disfrute de los bienes
culturales de la Iglesia con iniciativas idóneas. Esta formación se puede
desarrollar a través de la organización misma de los recorridos expositivos,
las eventuales iniciativas colaterales, el sistema escolar, los medios de
comunicación, los congresos de estudio, las políticas culturales del
territorio, etc. El público se puede dividir en dos categorías: los
que pertenecen a la comunidad eclesial y los que vienen de otros contextos.
Para llegar a un mayor número de personas es oportuno poner en marcha
iniciativas en el ámbito diocesano y local. Es necesario, además,
diversificar las intervenciones teniendo en cuenta la tipología de los
destinatarios: individuos en edad escolar, público adulto, turistas,
peregrinos, etc.
Iniciativas a nivel diocesano. Presentamos a modo de ejemplo algunas
posibles iniciativas: organizar periódicamente en el ámbito diocesano
jornadas de estudio y congresos sobre temas que saquen a luz la riqueza
cultural de un determinado territorio; programar visitas guiadas a los museos
eclesiásticos, a los santuarios, a las iglesias, a los eventuales lugares
arqueológicos cristianos y a otros lugares de la diócesis particularmente
significativos, intentando situar cada monumento en el conjunto del territorio
y de la historia eclesial; realizar exposiciones temporales, en los museos o
en otros ámbitos eclesiásticos, de los materiales antiguos y contemporáneos
haciendo referencia al territorio de la diócesis o a la actividad específica
de una familia religiosa.
Las diversas manifestaciones se deben realizar de modo que no tengan un
aspecto puramente cultural, sino que se organicen sobre coordenadas eclesiales
con el fin de sensibilizar a los visitantes en valores no sólo histórico-artísticos,
sino religioso-pastorales de los bienes culturales de la Iglesia.
Iniciativas en el ámbito local. Son también útiles las iniciativas
formativas para cada una de las comunidades o lugares, a fin de resaltar la íntima
unión entre los bienes que están en uso y los que se encuentran diseminados,
poner en conexión las obras, ofreciendo la perspectiva histórica debida, y
hacer surgir la relación entre el pasado y el presente. Presentamos como
ejemplo algunas de las iniciativas posibles: hacer visitar periódicamente,
sobre todo a los fieles y a los demás miembros de la colectividad, sus bienes
de interés histórico-artístico, para destacar el testimonio de fe y de
cultura de las precedentes generaciones, de modo particular las propias
iglesias; redactar un programa anual compuesto por congresos, jornadas, espectáculos
y visitas para redescubrir el propio territorio y crecer en el sentido de
pertenencia; implicar en este trabajo de animación especialmente a los jóvenes,
de modo que puedan nutrirse de intereses religiosa, social y culturalmente
provechosos; hacer comprender a toda la colectividad que los bienes histórico-artísticos
de la Iglesia son de todos, en particular de los más pobres, ya que expresan
el anuncio del evangelio de la caridad y representan la dignidad de la comunión
eclesial; abrirse a los visitantes externos organizando manifestaciones turísticamente
atrayentes; integrar las finalidades de antiguas cofradías haciéndolas también
operativas en el campo de los bienes culturales de la Iglesia.
Iniciativas para los turistas y peregrinos. Presentamos a modo de
ejemplo algunas posibles iniciativas: por lo que se refiere a los
turistas, es necesario considerar el turismo de los lugares eclesiales como
turismo religioso, por lo que el disfrute de los museos se debe conectar con
la función eclesial de los lugares de procedencia de las obras que en ellos
se conservan; para los peregrinos es necesario valorar las colecciones del
museo en un contexto religioso, haciendo emerger el camino de fe de la
comunidad cristiana, de los mecenas, de los artistas, además de las formas de
piedad popular y las tradiciones locales.
Iniciativas extraescolares. Por lo que se refiere a las escuelas de
todo tipo y grado, la tarea principal es hacer que los chicos no sólo se
interesen por las obras expuestas en los museos eclesiásticos o por su
historia, sino además por el descubrimiento progresivo del territorio. Además
de las instituciones docentes para jóvenes, pueden tener un interés
particular para los bienes culturales de la Iglesia las "universidades de
la tercera edad", o actividades similares, ya que estimulan el
conocimiento y la creatividad. En el contexto docente o extra-académico se
pueden desarrollar las siguientes iniciativas: organizar visitas guiadas
que pongan a los museos en relación con la totalidad del patrimonio eclesial;
poner en marcha investigaciones y campañas de estudio; promover concursos
(composición de escritos, recogida de testimonios, proyectos de recalificación,
dibujos, fotografías, etc.); implicar activamente a los estudiantes, para que
se interesen por el patrimonio histórico-artístico de la Iglesia.
5. 3. Función del voluntariado
En el contexto de la distribución de los compromisos eclesiales surge la
importancia y la utilidad de corresponsabilizar a voluntarios laicos
oportunamente preparados en los diversos aspectos organizativos de un museo.
En muchos casos, los museos eclesiásticos, especialmente si son pequeños,
están dirigidos por personas que desarrollan de modo gratuito y voluntario
este servicio, con un espíritu de fe y de testimonio.
En la organización del voluntariado es indispensable, por parte de los
responsables del organismo, una particular atención a los aspectos jurídico-fiscales
que la legislación civil prevé en cada Estado. Es necesario, por lo tanto,
empeñarse para que tales servicios -más allá de la generosa disponibilidad-
se puedan realizar de modo debido y con la profesionalidad necesaria. También
los agentes voluntarios deberán seguir cursos adecuados de formación y deberán
prepararse para actuar conjuntamente, donde sea necesario, con el personal
eventualmente contratado.
Se pueden identificar algunas categorías de los agentes voluntarios:
los que ya están jubilados, los que buscan el primer empleo, los que están
empeñados profesionalmente en sectores adecuados a las actividades del museo
y pretenden dedicarle parte de su tiempo libre.
Jubilados. Esta categoría de personas puede asumir una función
significativa ofreciendo una ayuda preciosa a título gratuito. Estas
personas, teniendo tiempo a disposición, pueden prestar su servicio en los
diversos ámbitos de la organización del museo. Es oportuno considerar que,
para una conveniente integración de su servicio, deben observar los criterios
generales de la organización, normas y horarios. Sus energías y su
disponibilidad pueden invertirse teniendo en cuenta sus anteriores
competencias profesionales y las exigencias concretas del museo.
Estudiantes. También los jóvenes estudiantes, o los que están
esperando el primer empleo, pueden ser empleados útilmente en la organización
del museo en una forma de voluntariado que puede, en algunos casos, ser
remunerado (teniendo siempre presentes las disposiciones legales). Este tipo
de voluntariado puede constituir un aprendizaje para futuras salidas
profesionales.
Cooperativas. Para hacer frente a los gastos que se originan, están
surgiendo, en algunos museos, formas de trabajo cooperativo sostenido por
fundaciones, por los ingresos del museo o por financiación eclesiástica.
Este tipo de presencia puede constituir una oportunidad ocupacional para los jóvenes
y una conveniente forma de gestión del patrimonio histórico-artístico de
las Iglesias particulares.
Profesionales. Hay también personas profesionalmente comprometidas que
desean poner a disposición parte de su tiempo libre. A estas personas se les
pueden pedir colaboraciones más esporádicas, ya que es oportuno utilizar su
profesionalidad en la medida en que sea conveniente a la organización del
museo. Sobre todo en algunos sectores de la gestión, y en otros
especializados, la colaboración de los profesionales volunt
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