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ACADEMIA PONTIFICIA PARA LA VIDA
COMUNICADO FINAL DE LA X ASAMBLEA
GENERAL
"LA DIGNIDAD DE LA PROCREACI ÓN
HUMANA Y LAS TECNOLOGÍAS REPRODUCTIVAS. ASPECTOS ANTROPOLÓGICOS Y ÉTICOS"
1. Este año, en el que se cumple el X aniversario de su fundación, la Academia
pontificia para la vida ha dedicado las tareas de su asamblea general a un tema
de gran actualidad y de fuerte impacto social, que queda bien expresado en el
título de la reunión: "La dignidad de la procreación humana y las tecnologías
reproductivas. Aspectos antropológicos y éticos".
2. Han transcurrido ya más de veinticinco años desde el nacimiento de la primera
niña originada por un procedimiento de fecundación in vitro. Se calcula
que, tras ella y hasta hoy, han nacido en todo el mundo más de un millón de
niños obtenidos mediante ese mismo proceder. Durante estos años, el recurso a
las técnicas de reproducción asistida ha conocido una progresiva difusión por
muchos países, impulsando a los gobiernos de muchas naciones a elaborar normas
legislativas específicas que regulen las complejas técnicas vinculadas al empleo
de estos procedimientos.
Aunque ciertamente la investigación científica en este sector ha atraído
crecientes recursos humanos y económicos con el propósito de hacer más
"eficaces" las técnicas de reproducción artificial (ARTs), no ha conseguido, sin
embargo, un incremento sustancial de la tasa de niños nacidos por ciclo de
tratamiento. Esa tasa sigue siendo tan baja que, si se diera en otros
tratamientos médicos, sería interpretada como señal clara de una eficiencia
técnica muy pobre. Por otra parte, en el caso de la reproducción artificial, una
cifra tan baja de éxitos, además de representar un dato estadístico de
ineficacia técnica, a menudo tiene como triste consecuencia mucho sufrimiento y
desilusión por parte de las parejas que ven frustradas sus esperanzas de llegar
a ser padres. Y, por desgracia, este dato estadístico negativo está trágicamente
vinculado a una enorme pérdida de embriones humanos, dado que las mayores
dificultades operativas que siguen presentándose en las ARTs se refieren
precisamente al proceso de anidación y al desarrollo ulterior del embrión.
3. Hay que señalar que la intervención de la medicina en el ámbito de la
procreación se emprendió bajo la égida de una benéfica "curación de la
esterilidad", dirigida a muchas parejas afectadas por esa condición y movidas
por un sincero deseo de ser padres. Por otra parte, los datos hoy disponibles
demuestran que aumenta el porcentaje de parejas estériles, sobre todo en la
sociedad occidental, lo que traslada a la ciencia el arduo deber de identificar
las causas de la esterilidad y de buscarle remedio. Esa finalidad original ha
ido cambiando con el paso del tiempo. Por un lado, ese cambio se manifiesta en
un planteamiento por decirlo así autocomplaciente que, ante el elevado número de
casos de esterilidad de causa indeterminada y sin preocuparse de agotar las
investigaciones diagnósticas y clínicas, establece el apresurado recurso a las
ARTs como única forma de tratamiento útil. Por otro lado, se vislumbra en el
horizonte un fenómeno todavía más inquietante: nos referimos a la instalación
progresiva de una nueva mentalidad, según la cual el recurso a las ARTs podría
representar, con respecto a la vía "natural", el proceder directo y preferencial
de traer al mundo un hijo, pues por medio de esas técnicas es posible ejercer un
"control" más eficaz de la calidad del concebido para ajustarla a los deseos de
quien lo encarga.
Todo ello contribuye a considerar al hijo obtenido mediante las ARTs como si
fuera un "producto", cuyo valor depende en realidad de su "buena calidad",
sometida a exigentes controles y cuidadosamente seleccionada. La consecuencia
dramática de esta nueva actitud es la eliminación sistemática de aquellos
embriones humanos que resultan carentes de la calidad considerada suficiente de
acuerdo con parámetros y criterios inevitablemente cuestionables.
No faltan, por desgracia, iniciativas científicas y legislativas que contemplan
la producción, mediante las ARTs, de embriones humanos para ser "utilizados"
exclusivamente con fines de experimentación -lo que equivale a su destrucción-,
transformándolos así en objetos de laboratorio, víctimas
sacrificiales predestinadas a ser inmoladas en aras de un progreso científico
que ha de perseguirse "a toda costa".
4. A la luz de todo ello, la Academia pontificia para la vida, de acuerdo con su
finalidad institucional, siente el deseo y, a la vez, la responsabilidad de
ofrecer a la comunidad eclesial y a la sociedad civil su contribución de
reflexión, a fin de presentar a la atención de todas las personas de buena
voluntad cuán alta es la dignidad de la procreación humana y de sus significados
intrínsecos.
5. La venida a la existencia de cada nuevo ser humano, considerada en sí misma,
es siempre un don y una bendición: "Pues don del Señor son los hijos, su gracia
es el fruto del seno" (Sal 126, 3).
Por consiguiente, todo hombre, desde el primer momento de su vida, es signo
tangible del amor fiel de Dios a la humanidad, es la imagen viviente del "sí"
del Creador a la historia de los hombres, una historia de salvación que se
cumplirá en la plena comunión con él, en la alegría de la vida eterna. Cada ser
humano es, desde su concepción, una unidad de cuerpo y alma, posee en sí mismo
el principio vital que lo llevará a desarrollar todas sus potencialidades, no
sólo biológicas, sino también antropológicas.
Por ello, la dignidad -que es dignidad de persona humana- de un hijo, de todo
hijo, independientemente de las circunstancias concretas en las que se inicia su
vida, sigue siendo un bien intangible e inmutable, que exige ser reconocido y
tutelado, tanto por los individuos cuanto por la sociedad en su conjunto.
Entre todos los derechos fundamentales que todo ser humano posee desde el
momento de su concepción, el derecho a la vida representa ciertamente el derecho
primario, por cuanto constituye la condición de posibilidad para la
subsistencia de todos los otros derechos. Sobre esa base, todo ser humano, sobre
todo si es débil y no autosuficiente, debe recibir una adecuada tutela social
frente a toda forma de ofensa o violación sustanciales de su integridad
físico-psíquica.
6. Precisamente esta dignidad inalienable de persona, que pertenece a todo ser
humano desde el primer momento de su existencia, exige que su origen sea
consecuencia directa de un gesto humano y personal adecuado: solamente el
recíproco don de amor esponsal de un varón y una mujer, expresado y realizado en
el acto conyugal, en el respeto de la unidad inseparable de sus significados
unitivo y procreador, representa el contexto digno para el surgir de una nueva
vida humana. Esta verdad, desde siempre enseñada por la Iglesia, encuentra su
plena correspondencia en el corazón de todo hombre, como subrayan las recientes
palabras de Juan Pablo II: "Emerge cada vez más el vínculo imprescindible
de la procreación de una nueva criatura con la unión esponsal, por la cual el
esposo se convierte en padre a través de la unión conyugal con la esposa y la
esposa se convierte en madre a través de la unión conyugal con el esposo. Este
plan del Creador está inscrito en la misma naturaleza física y espiritual
del hombre y de la mujer y, como tal, tiene valor universal" (Juan Pablo II,
Discurso a los participantes en la X asamblea general de la Academia pontificia
para la vida, 21 de febrero de 2004, n. 2: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 27 de febrero de 2004, p. 3).
7. Recalcamos, por tanto, la firme convicción de que las ARTs, lejos de ser una
terapia real para la esterilidad de la pareja, representan un modo no digno de
originarse una nueva vida humana, cuyo comienzo dependería en gran parte de la
acción técnica de terceras personas externas a la pareja y que se realizaría en
un contexto totalmente separado del amor conyugal. Al recurrir a las ARTs, los
esposos no participan, de hecho, en la concepción del nuevo hijo mediante el
acto conyugal, esto es, con el don recíproco, a la vez corporal y espiritual, de
sus personas. El Papa ha querido expresar esta verdad con las siguientes
palabras: "El acto con el que el esposo y la esposa se convierten en padre y
madre a través de la entrega recíproca total los hace cooperadores del Creador
al traer al mundo un nuevo ser humano, llamado a la vida para la eternidad. Un
gesto tan rico, que trasciende la misma vida de los padres, no puede ser
sustituido por una mera intervención tecnológica, de escaso valor humano y
sometida a los determinismos de la actividad técnica e instrumental" (ib.).
8. En las aplicaciones de las ARTs, tal como hoy se practican, se dan, más allá
de estas razones de principio, algunas circunstancias concretas que agravan el
juicio ético negativo que ellas merecen. Entre esas circunstancias, queremos
recordar sobre todo el enorme número de embriones humanos que se pierden o que
son destruidos a consecuencia de estos procedimientos, y que constituye una
verdadera "matanza de inocentes" de nuestro tiempo: ninguna guerra o catástrofe
ha causado nunca tantas víctimas. A su lado, están también los embriones que,
por razones diversas, terminan por ser crioconservados; cuando son abandonados
por quienes los han encargado, "quedan expuestos a una suerte absurda,
sin posibilidad de ofrecerles vías de supervivencia seguras y alcanzables
lícitamente" (Congregación para la doctrina de la fe,
Donum vitae II, 5).
Toda ulterior reflexión sobre este punto, y en particular en torno al problema
de la posibilidad (teórica o real) de una eventual adopción prenatal de estos
embriones "supernumerarios", exigiría, por lo demás, un análisis profundo de los
datos científicos y estadísticos pertinentes, no disponibles todavía en la
bibliografía. En consecuencia, la Academia pontificia para la vida ha concluido
que es prematuro afrontar directamente el problema dentro de la presente
asamblea.
Además, conviene subrayar que la realización y la mejora de las ARTs, cuya tasa
de eficacia es objetivamente muy baja, exigen la inversión de importantes
recursos sanitarios y económicos, que han de sustraerse a las necesidades de
atención de otras enfermedades mucho más graves y difundidas, de las que
frecuentemente depende la supervivencia misma de enteros grupos humanos.
Por otra parte, en el caso de la modalidad "heteróloga" de las ARTs (es decir,
en los casos en que se recurre a la donación de gametos procedentes de sujetos
ajenos a la pareja), estamos en presencia de un ulterior elemento que agrava el
juicio ético ya negativo. De hecho, la unidad conyugal de la pareja es ofendida
y violada por la presencia de una tercera persona (en ocasiones también de una
cuarta), que será en realidad el verdadero progenitor biológico del hijo
encargado. Con ello se viola el derecho del neoconcebido a tener por padres a un
varón y a una mujer, de los que ha de originarse su propia estructura biológica
y que han de tomar a su cargo de modo estable el cuidado de su desarrollo y su
educación.
Consideramos, en cambio, moralmente lícita la aplicación, siempre que sean
necesarias y eficaces, de las intervenciones técnicas que puedan facilitar, sin
reemplazarlo, el acto conyugal realizado naturalmente o que puedan ayudarlo a
alcanzar sus objetivos naturales (cf. ib., 6).
9. Para una pareja de esposos que desean encontrar "en el hijo una confirmación
y una realización plena de su donación recíproca", (ib., 2), la
esterilidad puede constituir indudablemente un motivo real de mucho sufrimiento
y fuente de ulteriores problemas. No cabe duda de que tal deseo es, en sí mismo,
totalmente legítimo y signo afirmativo de un amor conyugal que quiere crecer y
ser completo en todas sus expresiones. Sin embargo, conviene que el comprensible
y lícito "deseo de un hijo" no se transforme en un pretendido "derecho al hijo",
incluso "a toda costa". Nadie puede pretender un derecho a la existencia de otro
hombre, pues de ser así, este último quedaría situado en un plano de
inferioridad axiológica con respecto al que invoca ese derecho. En realidad, el
hijo no puede considerarse un "objeto del deseo" que ha de conseguirse a toda
costa, sino un regalo muy valioso que, llegue cuando llegue, ha de acogerse con
amor. Los esposos están llamados a crear todas las condiciones necesarias, a
través de su recíproco don de amor conyugal, para que pueda iniciarse una nueva
vida, pero no pueden lícitamente determinar ese inicio mediante el encargo
de "producirla" en el laboratorio, a manos de técnicos que nada tienen que
ver con la pareja misma.
Nos parece, más bien, que deben acogerse con gran interés y apoyarse todos los
esfuerzos que la medicina moderna pueda poner en marcha para intentar la
curación de las diversas formas de esterilidad conyugal, como el mismo Pontífice
ha recordado: "Deseo estimular las investigaciones científicas destinadas a la
superación natural de la esterilidad de los cónyuges, y quiero exhortar a los
especialistas a poner a punto las intervenciones que puedan resultar útiles para
este fin. Lo que se desea es que, en el camino de la verdadera prevención y de
la auténtica terapia, la comunidad científica -esta llamada se dirige en
particular a los científicos creyentes- obtenga progresos esperanzadores" (Discurso a los participantes en la X asamblea general de la Academia pontificia
para la vida, 21 de febrero de 2004, n. 3). Como confirmación de la sinceridad de
estos deseos, queremos recordar que, durante esta asamblea general de la
Academia pontificia para la vida, se han presentado algunos programas concretos,
de notable interés científico, para el tratamiento de algunas formas de
esterilidad de la pareja.
De todas formas, el don de la fecundidad conyugal debe concebirse de modo mucho
más amplio que su mera dimensión de fertilidad biológica. El amor esponsal, como
manifestación concreta del amor de Dios a la humanidad, está llamado siempre a
amar, servir, defender y promover la vida humana (cf.
Evangelium vitae,
29) en todas sus dimensiones, también cuando de hecho no pueda generarla
biológicamente. Por ello, sintiéndonos profundamente cercanos a las parejas de
esposos que todavía no han conseguido encontrar en la medicina una solución a su
esterilidad, los animamos fraternalmente a expresar y realizar su fecundidad
conyugal, poniéndose con generosidad al servicio de las numerosas situaciones
humanas necesitadas de amor y de coparticipación. Entre ellas merecen una
mención particular los institutos sociales para la adopción y el apoyo familiar,
para los cuales deseamos normativas jurídicas cada vez más adecuadas para
asegurar las debidas garantías y, al mismo tiempo, la conveniente celeridad de
las gestiones burocráticas.
10. Queremos reservar este último punto para referirnos a la cuestión del papel
de los parlamentarios católicos ante las leyes injustas promulgadas en el campo
de las ARTs.
Nos declaramos en plena sintonía con la norma moral general, afirmada por la
doctrina católica, según la cual una ley intrínsecamente injusta, que viola
abiertamente la dignidad de la vida humana -como es el caso, por ejemplo, de la
legalización del aborto o de la eutanasia-, debe encontrar en los creyentes una
oposición firme mediante el recurso a la objeción de conciencia. Para un
católico nunca es lícito "ni participar en una campaña de opinión a favor de una
ley así, ni darle el sufragio del propio voto" (ib., 73).
Sin embargo, la misma ratio de la norma obliga a preguntarse qué
modalidades de acción pueden considerarse moralmente lícitas, en el caso en el
que el voto parlamentario de uno o más católicos resultase determinante para
derogar (total o parcialmente) una ley injusta ya en vigor, o para apoyar una
nueva formulación de ella que limite sus aspectos perversos. En ese contexto,
dar el propio voto -después de haber manifestado públicamente la personal y
firme desaprobación de los elementos inicuos de esa misma ley- resulta
éticamente justificable, con vistas a obtener en aquel momento el mayor bien
posible o la máxima reducción del daño. De hecho, el parlamentario católico, en
tales circunstancias, sería moralmente responsable sólo de los efectos que se
derivan de la derogación (total o parcial) de dicha ley, mientras que el
mantenimiento en vigor de los elementos perversos sería imputable únicamente a
los que los han querido y apoyado.
Por lo demás, conviene recordar que toda persona tiene, hic et nunc, el
deber moral de hacer todo el bien concretamente posible; y es innegable que
eliminar o disminuir un mal constituye, de por sí, un bien.
11. En conclusión, la Academia pontificia para la vida desea invitar una vez más
a todos los hombres de buena voluntad a considerar la altísima y singular
dignidad de la procreación humana, en la que se expresa a su nivel más alto el
amor creador de Dios y se realiza del modo más pleno la comunión interpersonal
de los esposos. Que el ingenio humano y la capacidad técnico-científica se
pongan a su servicio, para el bien de los esposos y de sus hijos, sin pretender
jamás sustituir o suplantar esa dignidad.
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