Señores cardenales;
venerables hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio;
distinguidas autoridades académicas y civiles;
hermanos y hermanas:
Nuestro Congreso eucarístico llega a su fin.
Hemos participado en él, viniendo de nuestro mundo como los dos discípulos del
evangelio que caminaban hacia Emaús, la tarde del domingo de Pascua (Lc
24, 13-35).
Como ellos, hemos llegado preocupados, quizás frustrados, turbados por la
evolución de los sucesos y de las cosas. Cuando ellos veían que el reino de Dios
parecía afianzarse y su Maestro iba de éxito en éxito entre las multitudes del
pueblo, de repente se derrumbó todo. Los enemigos de Jesús lograron que el Señor
fuera crucificado y así se acabaron las esperanzas que sus discípulos nutrían:
esperanzas de tipo mesiánico y religioso, pero mezcladas con expectativas y
certezas demasiado humanas en torno al dominio y al poder en la sociedad: era
la suya una fe cómoda, sin pruebas, sufrimientos o persecuciones y, por lo
mismo, poco misionera, poco apostólica. Pero en una semana todo cambió. Llegó el
fracaso, la bancarrota, en el momento que menos se esperaba.
Las masas que antes
parecían entusiasmadas, ahora abandonan al Maestro: una fácil victoria de los
adversarios que han logrado llevar al aspirante a Mesías a la cruz y después al
sepulcro. Con él han sido sepultadas en la tumba de piedra todas las esperanzas
y, ya en el tercer día, la situación no da señales de cambio.
¡Cómo se parece la actitud de los dos discípulos de Emaús con la que se delinea
en nosotros ante la situación que estamos viviendo en nuestro mundo europeo y
occidental! No hace falta dar muchas explicaciones, pues las cosas están bien
patentes. En nuestros ambientes se registra una crisis de fe, progresa la
descristianización y el secularismo, parece triunfar el relativismo y el
agnosticismo basado en un individualismo exasperado, se exalta hasta el extremo
la libertad absoluta del yo, se busca el placer a toda costa, se pone en tela de
juicio la milenaria civilización occidental, se ataca la religión, muchos medios
de comunicación difunden ideas malsanas que envenenan la sociedad, se destruye a
la familia, hay parlamentos y gobiernos que imponen leyes inicuas y así se
violan los más fundamentales derechos humanos, como es el derecho a la vida
desde su inicio hasta su fin natural. La situación es grave y suscita en
nosotros, los cristianos, preocupaciones, frustración; nos sentimos turbados y
angustiados como los dos caminantes hacia Emaús.
Pero para ellos, en un determinado momento, mientras van comentando con tristeza
los dramáticos acontecimientos registrados en Jerusalén con la muerte de Jesús,
acaece un hecho sorprendente. Algo al parecer insignificante, pero
importantísimo. Un peregrino se les acerca y se pone a caminar con ellos. Les
explica el sentido de los acontecimientos y de los hechos tristes que les
angustian. Así les llena de luz y de esperanza. Les acompaña y acepta la
invitación de compartir la mesa. Durante la cena repite el rito que había
realizado la tarde del jueves en el Cenáculo, la "fractio panis", la
Eucaristía. Todo cambia en ese instante. Los discípulos reconocen al Maestro. Se
llenan de ánimo, de gozo. El Señor desaparece y ellos, olvidando la fatiga y el
plan que tenían, se ponen en camino para regresar a Jerusalén, con el fin de
anunciar la buena nueva de la Resurrección del Señor. Luego, con los demás
apóstoles, comienzan decididamente la evangelización del mundo.
Nuestro Congreso eucarístico ha sido, es, ese maravilloso momento de la "fractio
divina", que debe producir en nosotros un cambio semejante al que aconteció
a los discípulos de Emaús.
Ahora vamos a regresar a nuestro mundo, a nuestra vida diaria, a nuestra
sociedad. Y hemos de regresar con un espíritu nuevo, superando nuestra angustia
por la difícil situación que nos toca vivir, llenos de esperanza, a pesar de las
dificultades, con fe en que Cristo, el Señor de la historia, puede cambiar el
rumbo de los acontecimientos y transformar a nuestros contemporáneos, hombres y
mujeres de hoy.
De la Eucaristía sacamos nuevo ardor y renovadas energías para la misión, para
una nueva evangelización de este mundo occidental, para la evangelización de la
cultura; sí, porque la humanidad presente y futura necesita una cultura
cristiana, la cultura de la vida, del amor, de la justicia y de la paz, una
cultura impregnada del Evangelio de Jesús.
La Eucaristía, ha proclamado la Asamblea del Sínodo que acaba de celebrarse en
Roma, es "la fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia", es decir,
"la fuente y cumbre de toda la evangelización", como dice el concilio Vaticano
II (Presbyterorum ordinis, 5).
Evangelizar es la misión propia y específica de la Iglesia. "Evangelizar
—dice
Pablo VI— significa para la Iglesia llevar la buena nueva a todos los ambientes
de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma
humanidad". Y "no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el
nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios" (Evangelii nuntiandi, 18 y 22).
En el sacrificio eucarístico, "anunciamos la muerte y proclamamos la
resurrección del Señor Jesús" (cf. Plegaria eucarística de la misa).
De la celebración eucarística partimos para la evangelización del mundo. Al
final de la misa se escucha la voz del diácono que dice "Ite, missa est":
"La misa ha terminado. Podéis ir en paz". Para nosotros esas palabras son sólo
el inicio de nuestra misión en el mundo: "Ite, missio est".
Todos estamos llamados a ser evangelizadores. Debemos tomar conciencia de que la
evangelización del mundo está aún en los comienzos y de que dos tercios de la
humanidad no conocen todavía a Jesucristo. Esas gentes, situadas sobre todo en
África, Asia y Oceanía, necesitan la primera evangelización. Pero también los
pueblos de Europa y América necesitan ser evangelizados de nuevo. Es la "nueva
evangelización", de la que tanto nos hablaba el amadísimo e inolvidable Papa
Juan Pablo II.
La evangelización o misión está íntimamente vinculada a la Eucaristía. Sin ella,
sin el apoyo que de ella nace, la Iglesia no podría cumplir su vocación
misionera y apostólica. Para evangelizar el mundo necesitamos apóstoles y
misioneros, sean sacerdotes o laicos, que sepan celebrar, contemplar, adorar y
vivir a Cristo Eucaristía, para llevarlo luego a las gentes.
San Juan no recoge el relato de la institución de la Eucaristía, como hacen los
otros evangelistas, pero tiene muchas alusiones a esas horas benditas pasadas en
el Cenáculo. Comienza con una conmovedora descripción: "Antes de la fiesta de
la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo" (Jn 13, 1). Después de lavar los pies a los Apóstoles, les
dirigió un largo discurso, que termina con una sublime oración al Padre, llamada
la "oración sacerdotal de Jesús". En este contexto emocionante y conmovedor,
Cristo pronunció las palabras que leemos en el Evangelio y que son como un envío
a la misión: "Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al
mundo... No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su
palabra, creerán en mí, para que todos sean uno... para que el mundo crea que tú
me has enviado" (Jn 17, 18-21). Luego, el Señor ya resucitado dirá a los
Apóstoles: "Como el Padre me envió también yo os envío" (Jn 20, 21).
Se trata del mandato misionero que encontramos solemnemente proclamado al final
del evangelio de san Mateo: "Id y haced discípulos de todas las gentes,
bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28, 19-20).
Para este mandato de evangelizar, encontraremos luz, fuerza y entusiasmo en la
Eucaristía y en la cruz, en la cual Jesús murió por todos, dio su vida por la
humanidad entera. En la Eucaristía el Redentor sigue ofreciendo hoy su salvación
para la vida del mundo, por quien cree y por quien no cree. La Eucaristía hace
presente sacramentalmente en el decurso de la historia el don de la salvación.
Es preciso llevar esta "buena nueva" a todas las naciones, a todos los hombres y
mujeres.
Jesús nos anima a ello y nos promete su asistencia, dándonos seguridad, cuando,
a su mandato misionero añade estas consoladoras y esperanzadoras palabras:
"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,
20).
He aquí la realidad de la Eucaristía, de la presencia real de Cristo entre
nosotros, en su Iglesia.
Y ¿qué ha de hacer la Iglesia? Lo que le está pidiendo ahora el nuevo Papa
Benedicto XVI: centrar cada vez más su atención en Jesucristo, evangelizarse
cada vez más para hacerse cada vez más evangelizadora, recordando que "la fe se
fortalece dándola" (Redemptoris missio, 2) y que "no se constituye una
comunidad cristiana si esta no tiene como raíz y centro la celebración de la
sagrada Eucaristía" (Ecclesia de Eucaristía, 33).
Benedicto XVI clausuró el pasado día 23 de octubre la Asamblea sinodal sobre la
Eucaristía con estas palabras emblemáticas, que resumen lo que hemos dicho y son
para nosotros una consigna y un programa de vida eclesial y de acción
evangelizadora. "Al concluirse el Año de la Eucaristía, ¡cómo no recoger la
invitación del amado Papa Juan Pablo II "a recomenzar desde Cristo"! Como los
discípulos de Emaús que, con el corazón ardiendo por la palabra del Resucitado e
iluminados por su presencia viva, reconocida en la fracción del pan, volvieron
de inmediato a Jerusalén y se convirtieron en anunciadores de la resurrección de
Cristo, también nosotros reanudemos nuestro camino, animados por el vivo deseo
de testimoniar el misterio de este amor que da esperanza al mundo".
Así sea.