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COMISIÓN
TEOLÓGICA INTERNACIONAL MEMORIA
Y RECONCILIACIÓN NOTA
PRELIMINAR El estudio del tema La
Iglesia y las culpas del pasado fue propuesto a la Comisión Teológica
Internacional de parte de su presidente, el cardenal Joseph Ratzinger,
con vistas a la celebración del Jubileo del año 2000. Para preparar
este estudio se formó una Subcomisión compuesta por el Rev. Christopher Begg,
por Mons. Bruno Forte
(presidente), por el Rev. Sebastian Karotemprel,
S.D.B., por Mons. Roland Minnerath,
por el Rev. Thomas Norris,
por el Rev. P. Rafael Salazar Cárdenas,
M.Sp.S., y por Mons. Anton Strukelj.
Las discusiones generales sobre este tema se han desarrollado en numerosos
encuentros de la Subcomisión y durante las sesiones plenarias de la misma
Comisión Teológica Internacional, tenidas en Roma en 1998 y en 1999. El
presente texto ha sido aprobado en forma específica, con el voto
escrito de la Comisión, y ha sido sometido después a su presidente, el
cardenal J. Ratzinger,
prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, el cual ha dado su
aprobación para la publicación. INTRODUCCIÓN La Bula de convocatoria
del Año Santo del 2000 Incarnationis mysterium (29 de noviembre de
1998) indica, entre los signos «que oportunamente pueden servir para vivir
con mayor intensidad la insigne gracia del jubileo», la purificación de
la memoria. Ésta consiste en el proceso orientado a liberar la
conciencia personal y común de todas las formas de resentimiento o de violencia
que la herencia de culpas del pasado puede habernos dejado, mediante una
valoración renovada, histórica y teológica, de los acontecimientos
implicados, que conduzca, si resultara justo, a un reconocimiento correspondiente
de la culpa y contribuya a un camino real de reconciliación. Un proceso
semejante puede incidir de manera significativa sobre el presente,
precisamente porque las culpas pasadas dejan sentir a menudo todavía el peso
de sus consecuencias y permanecen como otras tantas tentaciones también hoy día.
EL
PROBLEMA: AYER Y HOY 1. Antes del
Vaticano II El Jubileo se ha vivido
siempre en la Iglesia como un tiempo de alegría por la salvación otorgada en
Cristo y como una ocasión privilegiada de penitencia y de reconciliación por
los pecados presentes en la vida del Pueblo de Dios. Desde su primera
celebración bajo Bonifacio VIII en el año 1300, el peregrinaje penitencial a
la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo ha estado asociado a la concesión de
una indulgencia excepcional para procurar, con el perdón sacramental, la
remisión total o parcial de las penas temporales debidas por los pecados 4.
En este contexto, tanto el perdón sacramental como la remisión de las penas
revisten un carácter personal. A lo largo del «año de perdón y de gracia»
5, la Iglesia dispensa en modo particular el tesoro de gracias que
Cristo ha constituido en su favor 6. En ninguno de los jubileos
celebrados hasta ahora ha estado presente, sin embargo, una toma de conciencia
de eventuales culpas del pasado de la Iglesia, ni tampoco de la necesidad de
pedir perdón a Dios por los comportamientos del pasado próximo o remoto. Más aún, en la historia
entera de la Iglesia no se encuentran precedentes de peticiones de perdón
relativas a culpas del pasado, que hayan sido formuladas por el Magisterio.
Los concilios y las decretales papales sancionaban, ciertamente, los abusos de
que se hubieran hecho culpables clérigos o laicos, y no pocos pastores se
esforzaban sinceramente en corregirlos. Sin embargo, han sido muy raras las
ocasiones en las que las autoridades eclesiales (Papa, obispos o concilios)
han reconocido abiertamente las culpas o los abusos de los que ellas mismas se
habían hecho culpables. Un ejemplo célebre lo proporciona el papa reformador
Adriano VI, quien reconoció abiertamente, en un mensaje a la Dieta de
Nurenberg del 25 de noviembre de 1522, «las abominaciones, los abusos [...] y
las prevaricaciones» de las que se había hecho culpable «la corte romana»
de su tiempo, «enfermedad [...] profundamente arraigada y desarrollada»,
extendida «desde la cabeza a los miembros» 7. Adriano VI
deploraba culpas contemporáneas, precisamente las de su predecesor inmediato
León X y las de su curia, sin asociar todavía a ello, no obstante, una
petición de perdón. Será necesario esperar
hasta Pablo VI para ver cómo un Papa expresa una petición de perdón
dirigida tanto a Dios como a un grupo de contemporáneos. En el discurso de
apertura de la segunda sesión del Concilio, el Papa «pide perdón a Dios
[...] y a los hermanos separados» de Oriente que se sientan ofendidos «por
nosotros» (Iglesia católica) y se declara dispuesto, por parte suya, a
perdonar las ofensas recibidas. En la óptica de Pablo VI, la petición y la
oferta de perdón se referían únicamente al pecado de la división entre los
cristianos y presuponían la reciprocidad. 2. La enseñanza
del Concilio Desde el punto de vista
teológico, el Vaticano II distingue entre la fidelidad indefectible de la
Iglesia y las debilidades de sus miembros, clérigos o laicos, ayer como hoy 12;
por tanto, entre ella, esposa de Cristo «sin mancha ni arruga [...] santa e
inmaculada» (cf. Ef 5,27), y sus hijos, pecadores perdonados, llamados
a la metanoia permanente, a la renovación en el Espíritu Santo. «La
Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo
que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la
renovación» 13. El Concilio ha elaborado
también algunos criterios de discernimiento respecto a la culpabilidad o a la
responsabilidad de los vivos por las culpas pasadas. En efecto, en dos
contextos diferentes, ha recordado la no imputabilidad a los contemporáneos
de culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades religiosas:
— «Lo que en su pasión (de Cristo) se perpetró no puede ser
imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los
judíos de hoy» 14.
— «Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la
Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres por una y otra parte.
Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de
Cristo no pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia católica
los abraza con fraterno respeto y amor» 15. En el primer Año Santo celebrado después del Concilio, en 1975, Pablo VI había dado como tema «renovación y reconciliación» 16, precisando, en la Exhortación apostólica paterna Cum benevolentia, que la reconciliación debía sobre todo llevarse a cabo entre los fieles de la Iglesia católica 17. Como en sus orígenes, el Año Santo seguía siendo una ocasión de conversión y de reconciliación de los pecadores con Dios, a través de la economía sacramental de la Iglesia. 3. Las peticiones
de perdón de Juan Pablo II Juan Pablo II no sólo
renueva el lamento por las «dolorosas memorias» que han ido marcando la
historia de las divisiones entre los cristianos, como habían hecho Pablo VI y
el Concilio Vaticano II 18, sino que extiende la petición de perdón
también a una multitud de hechos históricos, en los cuales la Iglesia o
grupos particulares de cristianos han estado implicados por diversos motivos 19.
En la Carta apostólica Tertio millennio adveniente 20, el
Papa desea que el Jubileo del Año 2000 sea la ocasión para una purificación
de la memoria de la Iglesia de «todas las formas de contratestimonio y de escándalo»,
que se han sucedido en el curso del milenio pasado 21. La Iglesia es invitada a
«asumir con conciencia más viva el pecado de sus hijos». Ella «reconoce
como suyos a los hijos pecadores», y los anima a «purificarse, en el
arrepentimiento, de los errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes» 22.
La responsabilidad de los cristianos en los males de nuestro tiempo es
igualmente evocada 23, si bien el acento recae particularmente
sobre la solidaridad de la Iglesia de hoy con las culpas pasadas, de las que
algunas son explícitamente mencionadas, como la división entre los
cristianos 24 o los «métodos de violencia y de intolerancia»
utilizados en el pasado para evangelizar 25. El mismo Juan Pablo II
estimula a profundizar teológicamente la asunción de las culpas del pasado y
la eventual petición de perdón a los contemporáneos 26,
cuando, en la exhortación Reconciliatio et paenitentia, afirma que en
el sacramento de la penitencia «el pecador se encuentra solo ante Dios con su
culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en lugar
suyo o pedir perdón en su nombre». El pecado es, por tanto, siempre
personal, también cuando hiere a la Iglesia entera que, representada por el
sacerdote ministro de la penitencia, es mediadora sacramental de la gracia que
reconcilia con Dios 27. También las situaciones de «pecado social»,
que se verifican en el interior de las comunidades humanas cuando se lesionan
la justicia, la libertad y la paz, «son siempre el fruto, la acumulación y
la concentración de pecados personales». En el caso de que la
responsabilidad moral quedara diluida en causas anónimas, entonces no se podría
hablar de pecado social más que por analogía 28. De donde se
deduce que la imputabilidad de una culpa no puede extenderse propiamente más
allá del grupo de personas que han consentido en ella voluntariamente,
mediante acciones o por omisiones o por negligencia. 4. Las cuestiones
planteadas La Iglesia es una
sociedad viva que atraviesa los siglos. Su memoria no está sólo constituida
por la tradición que se remonta a los Apóstoles, normativa para su fe y para
su vida, sino que es también rica por la variedad de las experiencias históricas,
positivas y negativas, que ella ha vivido. El pasado de la Iglesia estructura
en amplia medida su presente. La tradición doctrinal, litúrgica, canónica y
ascética nutre la vida misma de la comunidad creyente, ofreciéndole un
muestrario incomparable de modelos a imitar. A través del peregrinaje
terreno, sin embargo, el grano bueno permanece siempre mezclado con la cizaña
de manera inextricable, la santidad se establece al lado de la infidelidad y
del pecado 29. Y así es como el recuerdo de los escándalos del
pasado puede obstaculizar el testimonio de la Iglesia de hoy y el
reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia de ayer
puede favorecer la renovación y la reconciliación en el presente. La dificultad que se
perfila es la de definir las culpas pasadas, a causa sobre todo del juicio
histórico que esto exige, ya que en lo acontecido se ha de distinguir siempre
la responsabilidad o la culpa atribuible a los miembros de la Iglesia en
cuanto creyentes, de aquella referible a la sociedad de los siglos llamados «de
cristiandad» o a las estructuras de poder en las que lo temporal y lo
espiritual se hallaban entonces estrechamente entrelazados. Una hermenéutica
histórica es, por tanto, necesaria más que nunca, para hacer una distinción
adecuada entre la acción de la Iglesia en cuanto comunidad de fe y la acción
de la sociedad en tiempos de ósmosis entre ellas. Los pasos llevados a cabo
por Juan Pablo II para pedir perdón de las culpas del pasado han sido
comprendidos en muchísimos ambientes, eclesiales y no eclesiales, como signos
de vitalidad y de autenticidad de la Iglesia, tales como para reforzar su
credibilidad. Es justo, por otra parte, que la Iglesia contribuya a modificar
imágenes de sí falsas e inaceptables, especialmente en los campos en los
que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de opinión se complacen
en identificarla con el oscurantismo y con la intolerancia. Las peticiones de
perdón formuladas por el Papa han suscitado también una emulación positiva
en el ámbito eclesial y más allá de él. Jefes de estado o de gobierno,
sociedades privadas y públicas, comunidades religiosas piden actualmente perdón
por episodios o períodos históricos marcados por injusticias. Esta praxis no
es en absoluto retórica, tanto que algunos dudan en acogerla al calcular los
costes consiguientes a un reconocimiento de solidaridad con las culpas
pasadas, entre otros en el plano judicial. También desde este punto de vista
urge, por tanto, un discernimiento riguroso. No faltan, sin embargo, fieles desconcertados, en cuanto que su lealtad
hacia la Iglesia parece quedar alterada. Algunos de ellos se preguntan cómo
transmitir el amor a la Iglesia a las jóvenes generaciones, si esta misma
Iglesia está imputada por crímenes y por culpas. Otros observan que el
reconocimiento de las culpas es al menos unilateral y se ve aprovechado
por los detractores de la Iglesia, satisfechos al verla confirmar los
prejuicios que ellos mantienen a su respecto. Otros ponen en guardia ante la
culpabilización arbitraria de generaciones actuales de creyentes por
deficiencias en las que ellos no han consentido en modo alguno, aun declarándose
dispuestos a asumir su responsabilidad en la medida en que grupos humanos se
pudieran sentir todavía hoy afectados por las consecuencias de injusticias
sufridas en otros tiempos por sus predecesores. Algunos, además, retienen que
la Iglesia podrá purificar su memoria respecto a las acciones ambiguas en las
que ha estado implicada en el pasado tomando simplemente parte en el trabajo
crítico sobre la memoria, que se está desarrollando en nuestra sociedad. Así,
ella podría afirmar condividir con sus contemporáneos el rechazo de lo que
la conciencia moral actual reprueba, sin proponerse como la única culpable y
responsable de los males del pasado, buscando al mismo tiempo el diálogo en
la comprensión recíproca con cuantos se sintieran todavía hoy heridos por
hechos pasados imputables a los hijos de la Iglesia. Finalmente, es de
esperarse que algunos grupos puedan reclamar una petición de perdón en
relación con ellos, o por analogía con otros o porque retengan haber sufrido
comportamientos ofensivos. En cualquier caso, la purificación de la memoria
no podrá significar jamás que la Iglesia renuncie a proclamar la verdad
revelada que le ha sido confiada, tanto en el campo de la fe como en el de la
moral. Se perfilan así diversos interrogantes: ¿se puede hacer pesar sobre
la conciencia actual una culpa vinculada a fenómenos históricos
irrepetibles, como las cruzadas o la inquisición? ¿No es demasiado fácil
juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual (como hacen
escribas y fariseos, según Mt 23,29-32), como si la conciencia moral no
se hallara situada en el tiempo? ¿Se puede acaso, por otra parte, negar que
el juicio ético siempre tiene vigencia, por el simple hecho de que la verdad
de Dios y sus exigencias morales siempre tienen valor? Cualquiera que sea la
actitud a adoptar, ésta debe confrontarse con estos interrogantes y buscar
respuestas que estén fundadas en la revelación y en su transmisión viva en
la fe de la Iglesia. La cuestión prioritaria es, por tanto, la de esclarecer
en qué medida las peticiones de perdón por las culpas del pasado, sobre todo
cuando se dirigen a grupos humanos actuales, entran en el horizonte bíblico y
teológico de la reconciliación con Dios y con el prójimo.
CAPÍTULO
II APROXIMACIÓN
BÍBLICA 1. El Antiguo
Testamento Confesiones de pecado y consecuentes peticiones de perdón se
encuentran en toda la Biblia, tanto en las narraciones del Antiguo Testamento,
como en los salmos, en los profetas, en los evangelios, así como, más esporádicamente,
en la literatura sapiencial y en las cartas del Nuevo Testamento. Dada la
abundancia y difusión de estos testimonios, se plantea la pregunta de cómo
seleccionar y catalogar el conjunto de los textos significativos. Puede
preguntarse acerca de los textos bíblicos relativos a la confesión de los
pecados: ¿quién está confesando qué cosa (y qué género de culpa) a quién?
Plantear así la cuestión ayuda a distinguir dos categorías principales de
«textos de confesión», cada una de las cuales comprende diversas subcategorías,
a saber: a) textos de confesión de pecados individuales; b)
textos de confesión de los pecados del pueblo entero (y de aquellos de sus
antepasados). En relación con la reciente praxis eclesial, de la que parte
nuestra investigación, conviene restringir el análisis a la segunda categoría. En ella pueden identificarse diversas posibilidades, según quién haga
la confesión de los pecados del pueblo y quién esté asociado o no a la
culpa común, prescindiendo de la presencia o no de una conciencia de la
responsabilidad personal (madurada sólo de manera progresiva; cf. Ez
14,12-23; 18,1-32; 33,10-20). Basándose en estos criterios,
pueden distinguirse los siguientes casos, por otra parte más bien flexibles:
— Una primera serie de textos representa al pueblo entero (a veces
personificado como un «Yo» singular), el cual, en un momento particular de
su historia, confiesa o alude a sus pecados contra Dios sin ninguna referencia
(explícita) a las culpas de las generaciones precedentes 31.
— Otro grupo de textos sitúa la confesión de los pecados actuales
del pueblo, dirigida a Dios, en los labios de uno o más jefes (religiosos),
que pueden o no incluirse explícitamente en el pueblo pecador por el cual
oran 32.
— Un tercer grupo de textos presenta al pueblo o a uno de sus jefes
en el acto de evocar los pecados de los antepasados, sin mencionar, no
obstante, los de la generación presente 33.
— Con más frecuencia, las confesiones que mencionan las culpas de
los antepasados las vinculan expresamente a los errores de la generación
presente 34. De los testimonios recogidos resulta que en todos los casos donde son
mencionados los «pecados de los padres» la confesión está dirigida únicamente
a Dios y los pecados confesados desde el pueblo o por el pueblo son aquellos
cometidos directamente contra Él, más bien que los cometidos (también)
contra otros seres humanos (sólo en Núm 27,7 se hace alusión a una parte
humana ofendida, Moisés) 35. Surge la cuestión de por qué los
escritores bíblicos no han sentido la necesidad de peticiones de perdón
dirigidas a interlocutores presentes a propósito de culpas cometidas por los
padres, a pesar de su fuerte sentido de la solidaridad entre las generaciones,
tanto en el bien como en el mal (se piense en la idea de la personalidad
corporativa). Varias hipótesis podrían avanzarse como respuesta a esta
cuestión. Hay, sobre todo, el difuso teocentrismo de la Biblia, que da la
precedencia al reconocimiento tanto individual como nacional de las culpas
cometidas contra Dios. Además, actos de violencia perpetrados por Israel
contra otros pueblos, que parecerían exigir una petición de perdón a
aquellos pueblos o a sus descendientes, son comprendidos como la ejecución de
directrices divinas respecto a ellos, como, por ejemplo, Jos 2-11 y Dt
7,2 (el exterminio de los cananeos) o 1 Sam 15 y Dt 25,19 (la destrucción
de los amalecitas). En tales casos, el mandato divino implicado parecería
excluir toda posible petición de perdón que habría de hacerse 36.
Las experiencias de malos tratos por parte de otros pueblos, sufridas por
Israel, y la animosidad así suscitada, podrían haber militado también
contra la idea de pedir perdón a estos pueblos por el mal causado a ellos 37. Queda, a pesar de todo, como algo relevante en el testimonio bíblico
el sentido de la solidaridad intergeneracional en el pecado (y en la gracia),
que se expresa en la confesión ante Dios de los «pecados de los antepasados»,
tanto que, citando la espléndida oración de Azarías, Juan Pablo II ha
podido afirmar: «“Bendito eres tú, Señor, Dios de nuestros padres [...]
nosotros hemos pecado, hemos actuado como inicuos, alejándonos de ti, hemos
faltado en todo modo y manera. No hemos obedecido tus mandatos” (Dan
3,26.29). Así oraban los hebreos después del exilio (cf. también Bar
2,11-13), haciéndose cargo de las culpas cometidas por sus padres. La
Iglesia imita su ejemplo y pide perdón por las culpas también históricas de
sus hijos» 38. 2. El Nuevo Testamento
Un tema fundamental, unido a la idea de la culpa y ampliamente presente
en el Nuevo Testamento, es el de la absoluta santidad de Dios. El Dios de Jesús
es el Dios de Israel (cf. Jn 4,22), invocado como «Padre santo» (Jn 17,11),
llamado «el Santo» en 1 Jn 2,20 (cf. Ap 6,10). La triple proclamación de
Dios como «santo» en Is 6,3 retorna en Ap 4,8, mientras que 1 Pe 1,16
insiste en el hecho de que los cristianos deben ser santos «porque está
escrito: vosotros seréis santos, porque yo soy santo» (cf. Lev
11,44-45; 19,2). Todo esto refleja la noción véterotestamentaria de la
absoluta santidad de Dios. Sin embargo, para la fe cristiana la santidad
divina ha entrado en la historia en la persona de Jesús de Nazaret: la noción
véterotestamentaria no se ha visto abandonada, sino desarrollada, en el
sentido de que la santidad de Dios se hace presente en la santidad del Hijo
encarnado (cf. Mc 1,24; Lc 1,35; 4,34; Jn 6,69; Hch 4,27.30;
Ap 3,7), y la
santidad del Hijo está participada por los «suyos» (cf. Jn 17,16-19),
hechos hijos en el Hijo (cf. Gál 4,4-6; Rom 8,14-17). No puede
darse, sin embargo, aspiración alguna a la filiación divina en Jesús
mientras no se dé amor al prójimo (cf. Mc 12,29-31; Mt 22,37-38;
Lc 10,27-28). Este motivo, decisivo en la enseñanza de Jesús, se convierte en el «mandamiento
nuevo» en el evangelio de Juan: los discípulos deberán amar como Él ha
amado (cf. Jn 13,34-35; 15,12.17), es decir, perfectamente, «hasta el
fin» (Jn 13,1). El cristiano, por tanto, está llamado a amar y a perdonar
según una medida que trasciende toda medida humana de justicia y produce una
reciprocidad entre los seres humanos, que refleja la existente entre Jesús y
el Padre (cf. Jn 13,34s; 15,1-11; 17,21-26). En esta óptica se da
un gran relieve al tema de la reconciliación y del perdón de las ofensas. A
sus discípulos Jesús les pide estar siempre dispuestos a perdonar a cuantos
les hayan ofendido, así como Dios mismo ofrece siempre su perdón: «Perdona
nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt
6,12.12-15). Quien se halla en grado de perdonar al prójimo demuestra
haber comprendido la necesidad que personalmente tiene del perdón de Dios. El
discípulo está invitado a perdonar «hasta setenta veces siete» a quien le
ofende, incluso aunque éste no pidiera perdón (Mt 18,21-22). Jesús insiste sobre la actitud requerida de la persona ofendida
respecto a sus ofensores: ella está llamada a dar el primer paso, cancelando
la ofensa mediante el perdón ofrecido «de corazón» (cf. Mt 18,35; Mc
11,25), consciente de ser ella misma pecadora ante Dios, quien jamás rechaza
el perdón invocado con sinceridad. En Mt 5,23-24 Jesús pide al ofensor
«ir a reconciliarse con el propio hermano, que tenga algo contra él», antes
de presentar su ofrenda sobre el altar: no es agradable a Dios un acto de
culto llevado a cabo por quien no quiera reparar primero el daño causado al
propio prójimo. Lo que cuenta es cambiar el propio corazón y mostrar de
manera adecuada que se quiere realmente la reconciliación. El pecador, no
obstante, en la conciencia de que sus pecados hieren al mismo tiempo su relación
con Dios y con el prójimo (cf. Lc 15,21), puede esperarse el perdón
solamente de Dios, ya que solamente Dios es siempre misericordioso y dispuesto
a cancelar los pecados. Éste es también el significado del sacrificio de
Cristo, que de una vez para siempre nos ha purificado de nuestros pecados (cf.
Heb 9,22; 10,18). Así, el ofensor y el ofendido son reconciliados por Dios en
la misericordia suya, que a todos acoge y perdona. En este cuadro, que podría ampliarse mediante el análisis de las
cartas de Pablo y de las cartas católicas, no hay indicio alguno de que la
Iglesia de los orígenes haya dirigido su atención a los pecados del pasado
para pedir perdón. Lo cual puede explicarse por la fuerte conciencia de la
novedad cristiana, que proyecta a la comunidad más bien hacia el futuro que
hacia el pasado. No obstante, se encuentra una insistencia más amplia y
sutil, que atraviesa el Nuevo Testamento: en los evangelios y en las cartas la
ambivalencia propia de la experiencia cristiana se halla ampliamente
reconocida. Para Pablo, por ejemplo, la comunidad cristiana es un pueblo
escatológico, que vive ya la «nueva creación» (cf. 2 Cor 5,17; Gál 6,15),
pero esta experiencia, hecha posible por la muerte y resurrección de Jesús
(cf. Rom 3,21-26; 5,6-11; 8,1-11; 1 Cor 15,54-57), no
nos libra de la inclinación al pecado, presente en el mundo a causa de la caída
de Adán. Como resultado de la intervención divina en y a través de la
muerte y resurrección de Jesús, hay ahora dos escenarios posibles: la
historia de Adán y la de Cristo. Ambas discurren la una al lado de la otra y
el creyente deberá contar sobre la muerte y la resurrección del Señor Jesús (cf.,
p. ej., Rom 6,1-11; Gál 3,27-28; Col 3,10; 2 Cor
5,14-15) para ser parte de la historia en la que «sobreabunda la gracia»
(cf. Rom 5,12-21). Una tal relectura teológica del acontecimiento pascual de Cristo
muestra cómo la Iglesia de los orígenes tenía una conciencia aguda de las
posibles deficiencias de los bautizados. Se podría decir que el entero corpus
paulinum llama a los creyentes a un reconocimiento pleno de su dignidad,
aun contando con la conciencia viva de la fragilidad de su condición humana:
«Cristo nos ha liberado para que permanezcamos libres; manteneos, pues,
firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gál
5,19). Un motivo análogo puede hallarse en las narraciones de los evangelios.
Emerge incisivamente en Marcos, donde las carencias de los discípulos de Jesús
son uno de los temas dominantes de la narración (cf. Mc 4,40-41;
6,36-37.51-52; 8,14-21.31-33; 9,5-6.32-41;
10,32-45; 14,10-11.17-21.50; 16,8). El mismo motivo retorna
en todos los evangelistas, aunque se halle comprensiblemente difuminado. Judas
y Pedro son, respectivamente, el traidor y el que reniega de su Maestro, si
bien Judas llega a la desesperación por la acción cometida (cf. Hch 1,15-20),
mientras que Pedro se arrepiente (cf. Lc 22,61s) y llega a la triple
profesión de amor (cf. Jn 21,15-19). En Mateo, incluso durante la
aparición final del Señor resucitado, mientras los discípulos lo adoran, «algunos
todavía dudaban» (Mt 28,17). El cuarto evangelio presenta a los discípulos
como aquellos a los cuales se les ha otorgado un amor inconmensurable, a pesar
de que su respuesta esté hecha de ignorancia, deficiencias, negaciones y
traición (cf. 13,1-38). Esta constante presentación de los discípulos llamados a seguir a Jesús,
que titubean al abandonarse al pecado, no es simplemente una relectura crítica
de los orígenes. Los relatos se hallan planteados de tal modo que se dirigen
a todo discípulo sucesivo de Cristo que se halle en dificultad y contemple el
Evangelio como la propia guía e inspiración. Por otra parte, el Evangelio está
lleno de recomendaciones a portarse bien, a vivir un nivel más alto de
compromiso, a evitar el mal (cf., p. ej., Sant 1,5-8.19-21;
2,1-7; 4,1-10; 1 Pe 1,13-25; 2 Pe 2,1-22; Jud
3-13; 1 Jn 1,5-10; 2,1-11.18-27; 4,1-6; 2 Jn
7-11; 3 Jn 9-10). No hay, sin embargo, ninguna llamada explícita,
dirigida a los primeros cristianos, a confesar las culpas del pasado, si bien
es ciertamente muy significativo el reconocimiento de la realidad del pecado y
del mal en el interior del pueblo llamado a la existencia escatológica,
propia de la condición cristiana (se piense sólo en los reproches contenidos
en las cartas a las siete Iglesias del Apocalipsis). Según la petición que
se encuentra en la oración del Señor, este pueblo invoca: «Perdónanos
nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro»
(Lc 11,4; cf. Mt 6,12). Los primeros cristianos, en fin de cuentas,
manifiestan ser bien conscientes de poder comportarse en manera no
correspondiente a la vocación recibida, no viviendo el bautismo de la muerte y resurrección
de Jesús, con el cual habían sido bautizados. 3. El Jubileo bíblico Un significativo trasfondo bíblico de la reconciliación vinculada a
la superación de situaciones pasadas lo representa la celebración del
Jubileo, tal como está regulada en el libro del Levítico (cap. 25). En una
estructura social hecha de tribus, clanes y familias se creaban
inevitablemente situaciones de desorden cuando individuos o familias de
condiciones precarias debían «rescatarse» a sí mismos de las propias
dificultades, entregando la propiedad de su tierra o casa, siervos o hijos a
aquellos que se encontraban en condiciones mejores que las suyas. Un sistema
como éste producía el efecto de que algunos israelitas llegaban a sufrir
situaciones intolerables de deuda, pobreza y esclavitud, para beneficio de
otros hijos de Israel, en aquella misma tierra que les había sido dada por
Dios. Todo esto podía traer consigo que, en períodos más o menos largos de
tiempo, un territorio o un clan cayeran en las manos de pocos ricos, mientras
que el resto de las familias del clan llegaba a encontrarse en una forma tal
de endeudamiento o de esclavitud que les obligaba a vivir en total dependencia
de los más acomodados. La legislación de Lev 25 constituye un intento de subvertir todo esto
(¡hasta el punto de poder dudar que jamás se haya puesto en práctica de una
manera plena!); la legislación convocaba la celebración del Jubileo cada
cincuenta años con el fin de preservar el tejido social del pueblo de Dios y
restituir la independencia también a la familia más pequeña del país. Para
Lev 25 es decisiva la repetición regular de la confesión de fe de Israel en
el Dios que ha liberado a su pueblo a través del éxodo: «Yo soy el Señor,
vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para daros la tierra de
Canaán y ser vuestro Dios» (Lev 25,38; cf. vv.42.45). La celebración del
Jubileo era una admisión implícita de culpa y un intento de restablecer un
orden justo. Todo sistema que llevara a la alienación de cualquier israelita,
esclavo en otro tiempo, pero ahora liberado por el brazo poderoso de Dios, venía
de hecho a desmentir la acción salvífica divina en el éxodo y a través del
éxodo. La liberación de las víctimas y de los que sufren se convierte en
parte del más amplio programa de los profetas. El Déutero-Isaías, en
los poemas del Siervo sufriente (Is 42,1-9; 49,1-6;
50,13-53,12), desarrolla estas alusiones a la práctica del Jubileo
juntamente con los temas del rescate y de la libertad, del retorno y de la
redención. Isaías 58 es un ataque contra la observancia ritual que no tiene
en cuenta la justicia social, una llamada a la liberación de los oprimidos (Is 58,6), centrada específicamente en las obligaciones de parentesco (v.7).
Más claramente, Isaías 61 usa las imágenes del Jubileo para representar al
Ungido como el heraldo de Dios enviado a «evangelizar» a los pobres, a
proclamar la libertad a los prisioneros y a anunciar el año de gracia del Señor.
Significativamente es este mismo texto, con una alusión a Isaías 58,6, el
que Jesús usa para presentar la finalidad de su vida y de su ministerio en
Lucas 4,17-21. 4. Conclusión De todo lo dicho se puede concluir que la llamada dirigida por Juan
Pablo II a la Iglesia para que caracterice el año jubilar con una admisión
de culpa por todos los sufrimientos y las ofensas de que se han hecho
responsables en el pasado sus hijos 39, así como la praxis unida a
ello, no encuentran una verificación unívoca en el testimonio bíblico. Sin
embargo, se basan en todo lo que la Sagrada Escritura afirma respecto a la
santidad de Dios, a la solidaridad intergeneracional de su pueblo y al
reconocimiento de su ser pecador. La apelación del Papa asume, además,
correctamente el espíritu del Jubileo bíblico, que requiere que sean
llevados a cabo actos destinados a restablecer el orden del designio
originario de Dios sobre la creación. Esto exige que la proclamación del hoy
del Jubileo, iniciado por Jesús (cf. Lc 4,21), se continúe en la celebración
jubilar de su Iglesia. Además, esta singular experiencia de gracia empuja al
pueblo de Dios todo entero, así como a cada uno de los bautizados, a tomar
una conciencia todavía mayor del mandato recibido del Señor para estar
siempre dispuestos a perdonar las ofensas recibidas.
CAPÍTULO
III FUNDAMENTOS
TEOLÓGICOS
1. El misterio de la
Iglesia «La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende.
Solamente “con los ojos de la fe” se puede ver al mismo tiempo en esta
realidad visible una realidad espiritual, portadora de la vida divina» 43.
El conjunto de los aspectos visibles e históricos se relaciona con el don
divino de manera análoga a como en el Verbo de Dios encarnado la humanidad
asumida es signo e instrumento del actuar de la persona divina del Hijo: las
dos dimensiones del ser eclesial forman «una sola realidad compleja,
constituida por un elemento humano y otro divino» 44, en una
comunión que participa de la vida trinitaria y hace que los bautizados se
sientan unidos entre sí, aun en la diversidad de tiempos y de lugares de la
historia. En razón de esta comunión, la Iglesia se presenta como un sujeto
absolutamente único en el acontecer humano, hasta el punto de poder hacerse
cargo de los dones, de los méritos y de las culpas de sus hijos de hoy y de
los de ayer. La no débil analogía con el misterio del Verbo encarnado implica, no
obstante, también una diferencia fundamental: «Mientras Cristo, “santo,
inocente, inmaculado” (Heb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Cor 5,21),
sino que vino a expiar sólo los pecados del pueblo (cf. Heb 2,17), la
Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo
que necesitada siempre de purificación, busca sin cesar la penitencia y la
renovación» 45. La ausencia de pecado en el Verbo encarnado no
puede atribuirse a su Cuerpo eclesial, en cuyo interior más bien cada uno,
partícipe de la gracia donada por Dios, no está menos necesitado de
vigilancia y de purificación incesante y solidaria con la debilidad de los
otros: «Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben
reconocerse pecadores (cf. 1 Jn 1,8-10). En todos, la cizaña del pecado
todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del evangelio hasta el fin
de los tiempos (cf. Mt 13,24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores
alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero todavía en vías de
santificación» 46. Ya Pablo VI había afirmado solemnemente que «la Iglesia es santa, aun
comprendiendo en su seno a los pecadores, ya que ella no posee otra vida sino
la de la gracia [...] Por ello, la Iglesia sufre y hace penitencia por tales
pecados, de los cuales tiene, por otra parte, el poder de curar a sus propios
hijos con la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo» 47. La
Iglesia es, a fin de cuentas, en su misterio, encuentro de santidad y
de debilidad, continuamente redimida y siempre necesitada nuevamente de la
fuerza de la redención. Como enseña la liturgia, verdadera lex credendi,
el fiel individual y el pueblo de los santos invocan de Dios que su mirada se
fije sobre la fe de su Iglesia y no sobre los pecados de los individuos, de
cuya fe vivida constituyen la negación: «Ne respicias peccata nostra, sed
fidem Ecclesiae Tuae!». En la unidad del misterio eclesial a través del
tiempo y del espacio es posible considerar entonces el aspecto de la santidad,
la necesidad de arrepentimiento y de reforma, y su articulación en el actuar
de la Iglesia Madre. 2. La santidad de la
Iglesia La Iglesia es santa porque, santificada por Cristo, quien la ha
adquirido entregándose a la muerte por ella, es mantenida en la santidad por
el Espíritu Santo, que la inunda sin cesar: «Nosotros creemos que la Iglesia
es indefectiblemente santa. Pues Cristo, Hijo de Dios, a quien con el Padre y
con el Espíritu llamamos “el solo Santo”, ha amado a la Iglesia como
esposa suya, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef
5,25s), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don
del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso, todos en la Iglesia son
llamados a la santidad» 48. En este sentido, desde sus orígenes
los miembros de la Iglesia son llamados los «santos» (cf. Hch 9,13; 1
Cor 6,1s; 16,1). Se puede distinguir, no obstante, entre la santidad de la
Iglesia y la santidad en la Iglesia. La primera, fundada en las
misiones del Hijo y del Espíritu, garantiza la continuidad de la misión del
pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos y estimula y ayuda a los creyentes
a perseguir la santidad subjetiva y personal. En la vocación que cada uno
recibe se halla radicada, por el contrario, la forma de santidad que le ha
sido donada y que se requiere de él, en cuanto cumplimiento pleno de la
propia vocación y misión. La santidad personal se halla, en todo caso,
proyectada hacia Dios y hacia los demás, y tiene, por ello, un carácter
esencialmente social: es santidad en la Iglesia, orientada al bien de
todos. A la santidad de la Iglesia debe, en consecuencia, corresponder
la santidad en la Iglesia: «Los seguidores de Cristo, llamados por
Dios no según sus obras, sino por designio y gracia de Él, y justificados en
el Señor Jesús, han sido hechos en el bautismo verdaderamente hijos de Dios
y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo realmente santos;
conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla
y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios» 49. El bautizado
está llamado a devenir con toda su existencia aquello que ya es en razón de
la consagración bautismal; lo cual no acontece sin el asentimiento de su
libertad y sin la ayuda de la gracia que viene de Dios. Cuando esto sucede, se
deja reconocer en la historia la humanidad nueva según Dios: ¡nadie llega a
ser él mismo con tanta plenitud como el santo que acoge el designio divino y,
con la ayuda de la gracia, conforma todo su propio ser al proyecto del Altísimo!
Los santos constituyen, en este sentido, como luces suscitadas por el Señor
en medio de su Iglesia para iluminarla, son profecía para el mundo entero. 3. La necesidad de una
renovación continua Sin ofuscar esta santidad, se debe reconocer que, a causa de la
presencia del pecado, hay necesidad de una renovación continua y de una
conversión constante en el pueblo de Dios; la Iglesia en la tierra está «adornada
de una santidad verdadera» que es, no obstante, «imperfecta» 50.
Observa San Agustín contra los pelagianos: «La Iglesia en su conjunto dice:
¡perdona nuestras deudas! Ella tiene, por tanto, manchas y arrugas. Pero, a
través de la confesión, las arrugas se estiran y las manchas quedan lavadas.
La Iglesia se halla en oración para ser purificada por la confesión y estar
así mientras los hombres vivan sobre la tierra» 51. Santo Tomás
de Aquino precisa que la plenitud de la santidad pertenece al tiempo escatológico,
mientras la Iglesia peregrinante no debe engañarse, afirmando estar libre de
pecado: «Que la Iglesia sea gloriosa, sin mancha ni arruga, es la meta final
hacia la que tendemos en virtud de la pasión de Cristo. Esto se alcanzará,
por tanto, sólo en la patria eterna y no ya durante el peregrinaje; aquí
[...] nos engañaríamos si dijésemos no tener pecado alguno» 52.
En realidad, «aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar,
de separarnos de Dios. Ahora, con la petición “perdona nuestras deudas”,
nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32) y nos
reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf. Lc 18,13). Nuestra
petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos al mismo tiempo
nuestra miseria y su misericordia» 53. Es, por tanto, la Iglesia entera la que, mediante la confesión del
pecado de sus hijos, confiesa su fe en Dios y celebra su infinita bondad y
capacidad de perdón; gracias al vínculo establecido por el Espíritu Santo,
la comunión que existe entre todos los bautizados en el tiempo y en el
espacio es tal que en ella cada uno es él mismo, pero al tiempo está
condicionado por los otros y ejerce sobre ellos un influjo en el intercambio
vital de los bienes espirituales. De este modo, la santidad de los unos
influencia el crecimiento del bien en los otros, pero también el pecado tiene
una relevancia no exclusivamente personal, ya que pesa y opone resistencia en
el camino de la salvación de todos; en tal sentido, afecta verdaderamente a
la Iglesia en su integridad, a través de la variedad de los tiempos y de los
lugares. Esta convicción empuja a los Padres a afirmaciones netas como la de
San Ambrosio: «Estemos bien atentos a que nuestra caída no se convierta en
una herida de la Iglesia» 54. Ella, por tanto, «aun siendo santa
por su incorporación a Cristo, no se cansa de hacer penitencia: ella reconoce
siempre como suyos, delante de Dios y delante de los hombres, a los hijos
pecadores» 55, los de hoy, como los de ayer. 4. La maternidad de la
Iglesia La convicción de que la Iglesia pueda hacerse cargo del pecado de sus
hijos, en razón de la solidaridad existente entre ellos en el tiempo y en el
espacio, gracias a su incorporación a Cristo y a la obra del Espíritu Santo,
está expresada de modo particularmente eficaz por la idea de la «Iglesia
Madre» (Mater Ecclesia), que «en la concepción protopatrística es
el concepto central de toda la aspiración cristiana» 56; la
Iglesia, afirma el Vaticano II, «también es hecha Madre por la Palabra de
Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación y el bautismo engendra
para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y
nacidos de Dios» 57. A la amplísima tradición, de la que estas
ideas son el eco, da voz, por ejemplo, Agustín con estas palabras: «Esta
madre santa, digna de veneración, la Iglesia, es igual a María: ella da a
luz y es virgen, de ella habéis nacido, ella engendra a Cristo, porque
vosotros sois los miembros de Cristo» 58. Cipriano de Cartago
afirma con nitidez: «No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la
Iglesia como madre» 59. Y Paulino de Nola canta así la maternidad
de la Iglesia: «En cuanto madre recibe el semen de la Palabra eterna, lleva a
los pueblos en su seno y los da a luz» 60. Según esta visión, la Iglesia se realiza continuamente en el
intercambio y en la comunicación del Espíritu del uno al otro de los
creyentes, como ambiente generador de fe y de santidad en la comunión
fraterna, en la unanimidad orante, en la participación solidaria en la Cruz,
en el testimonio común. En razón de esta comunicación vital, cada bautizado
puede ser considerado al mismo tiempo hijo de la Iglesia, en cuanto engendrado
en ella a la vida divina, e Iglesia Madre, en cuanto que coopera con su fe y
caridad a engendrar nuevos hijos para Dios; es, en efecto, tanto más Iglesia
Madre cuanto mayor es su santidad y más ardiente el esfuerzo por comunicar a
los otros el don recibido. Por otra parte, no deja de ser hijo de la Iglesia
el bautizado que, a causa del pecado, se separase de ella con el corazón; él
podrá acceder siempre de nuevo a las fuentes de la gracia y remover el peso
que su culpa hace gravar sobre la entera comunidad de la Iglesia Madre. Ésta,
a su vez, en cuanto Madre verdadera, no podrá no quedar herida por el pecado
de sus hijos de hoy y de los de ayer, continuando amándolos siempre, hasta el
punto de hacerse cargo en todo tiempo del peso producido por sus culpas; en
cuanto tal, la Iglesia aparece a los Padres como Madre de dolores, no sólo a
causa de las persecuciones externas, sino sobre todo por las traiciones, los
fallos, las lentitudes y las contaminaciones de sus hijos. La santidad y el pecado en la Iglesia se reflejan, por tanto, en
sus efectos sobre la Iglesia entera, si bien es convicción de fe que la
santidad es más fuerte que el pecado en cuanto fruto de la gracia divina: ¡son
su prueba luminosa las figuras de los santos, reconocidos como modelo y ayuda
para todos! Entre la gracia y el pecado no hay un paralelismo, ni siquiera una
especie de simetría o de relación dialéctica; ¡el influjo del mal no podrá
vencer jamás la fuerza de la gracia y la irradiación del bien, incluso el más
escondido! En este sentido, la Iglesia se reconoce existencialmente santa en
sus santos; pero, mientras se alegra de esta santidad y advierte su beneficio,
se confiesa no obstante pecadora, no en cuanto sujeto del pecado, sino en
cuanto asume con solidaridad materna el peso de las culpas de sus hijos, para
cooperar a su superación por el camino de la penitencia y de la novedad de
vida. Por ello, la Iglesia santa advierte el deber de «lamentar profundamente
las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole
reflejar plenamente la imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable
del amor paciente y de la humilde mansedumbre» 61. Esto puede hacerse de modo particular por quien, por carisma y
ministerio, expresa en la forma más densa la comunión del pueblo de Dios: en
nombre de las iglesias locales podrán dar voz a las eventuales confesiones de
culpa y peticiones de perdón los pastores respectivos; en nombre de la
Iglesia entera, una en el tiempo y en el espacio, podrá pronunciarse aquel
que ejerce el ministerio universal de unidad, el Obispo de la Iglesia «que
preside en el amor» 62, el Papa. He aquí por qué es
particularmente significativo que haya venido propiamente de él la invitación
a que «la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de
sus hijos» y reconozca la necesidad de «hacer enmienda, invocando con fuerza
el perdón de Cristo» 63. CAPÍTULO
IV JUICIO
HISTÓRICO Y JUICIO TEOLÓGICO La relación entre «juicio histórico» y «juicio teológico»
resulta, por tanto, compleja en la misma medida en que es necesaria y
determinante. Se requiere, por ello, ponerla por obra evitando los desvaríos
en un sentido y en otro: hay que evitar tanto una apologética que pretenda
justificarlo todo, como una culpabilización indebida que se base en la
atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico.
Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración histórico-teológica
de la actuación de la Inquisición: «El Magisterio eclesial no puede
evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza ética, como
es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un modo
exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco
apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública,
pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que
impide una diagnosis serena y objetiva... Ésa es la razón por la que el
primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales no
se les pide un juicio de naturaleza ética, que rebasaría el ámbito de sus
competencias, sino que ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa
posible de los acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de
entonces, a la luz del contexto histórico de la época» 64. 1. La interpretación
de la historia ¿Cuáles son las condiciones de una correcta interpretación del
pasado desde el punto de vista del conocimiento histórico? Para determinarlas
hay que tener en cuenta la complejidad de la relación que existe entre el
sujeto que interpreta y el pasado objeto de interpretación 65; en
primer lugar se debe subrayar la recíproca extrañeza entre ambos. Eventos y
palabras del pasado son ante todo «pasados»; en cuanto tales son
irreductibles totalmente a las instancias actuales, pues poseen una densidad y
una complejidad objetivas, que impiden su utilización únicamente en función
de los intereses del presente. Hay que acercarse, por tanto, a ellos mediante
una investigación histórico‑crítica, orientada a la utilización de
todas las informaciones accesibles de cara a la reconstrucción del ambiente,
de los modos de pensar, de los condicionamientos y del proceso vital en que se
sitúan aquellos eventos y palabras, para cerciorarse así de los contenidos y
los desafíos que, precisamente en su diversidad, plantean a nuestro presente. En segundo lugar, entre el sujeto que interpreta y el objeto
interpretado se debe reconocer una cierta copertenencia, sin la cual no podría
existir ninguna conexión y ninguna comunicación entre pasado y presente;
esta conexión comunicativa está fundada en el hecho de que todo ser humano,
de ayer y de hoy, se sitúa en un complejo de relaciones históricas y
necesita, para vivirlas, de una mediación lingüística, que siempre está
históricamente determinada. ¡Todos pertenecemos a la historia! Poner de
manifiesto la copertenencia entre el intérprete y el objeto de la
interpretación, que debe ser alcanzado a través de las múltiples formas en
las que el pasado ha dejado su testimonio (textos, monumentos,
tradiciones...), significa juzgar si son correctas las posibles
correspondencias y las eventuales dificultades de comunicación con el
presente, puestas de relieve por la propia comprensión de las palabras o de
los acontecimientos pasados; ello requiere tener en cuenta las cuestiones que
motivan la investigación y su incidencia sobre las respuestas obtenidas, el
contexto vital en que se actúa y la comunidad interpretadora, cuyo lenguaje
se habla y a la cual se pretenda hablar. Con tal objetivo es necesario hacer
refleja y consciente en el mayor grado posible la precomprensión, que de
hecho se encuentra siempre incluida en cualquier interpretación, para medir y
atemperar su incidencia real en el proceso interpretativo. Finalmente, entre quien interpreta y el pasado objeto de interpretación
se realiza, a través del esfuerzo cognoscitivo y valorativo, una ósmosis («fusión
de horizontes»), en la que consiste propiamente la comprensión. En ella se
expresa la que se considera inteligencia correcta de los eventos y de las
palabras del pasado; lo que equivale a captar el significado que pueden tener
para el intérprete y para su mundo. Gracias a este encuentro de mundos
vitales, la comprensión del pasado se traduce en su aplicación al presente:
el pasado es aprehendido en las potencialidades que descubre, en el estímulo
que ofrece para modificar el presente; la memoria se vuelve capaz de suscitar
nuevo futuro. A una ósmosis fecunda con el pasado se accede merced al
entrelazamiento de algunas operaciones hermenéuticas fundamentales,
correspondientes a los momentos ya indicados de la extrañeza, de la
copertenencia y de la comprensión verdadera y propia. Con relación a un «texto»
del pasado, entendido en general como testimonio escrito, oral, monumental o
figurativo, estas operaciones pueden ser expresadas del siguiente modo: «1)
comprender el texto, 2) juzgar la corrección de la propia inteligencia del
texto y 3) expresar la que se considera inteligencia correcta del texto»
66. Captar el testimonio del pasado quiere decir alcanzarlo del
mejor modo posible en su objetividad, a través de todas las fuentes de que se
pueda disponer; juzgar la corrección de la propia interpretación significa
verificar con honestidad y rigor en qué medida pueda haber sido orientada, o
en cualquier caso condicionada, por la precomprensión o por los posibles
prejuicios del intérprete; expresar la interpretación obtenida significa
hacer a los otros partícipes del diálogo establecido con el pasado, sea para
verificar su relevancia, sea para exponerse a la confrontación con otras
posibles interpretaciones. 2. Indagación histórica
y valoración teológica Si estas operaciones están presentes en todo acto hermenéutico, no
pueden faltar tampoco en la interpretación en que se integran juicio histórico
y juicio teológico; ello exige, en primer lugar, que en este tipo de
interpretación se preste la máxima atención a los elementos de diferenciación
y extrañeza entre presente y pasado. En particular, cuando se pretende juzgar
posibles culpas del pasado, hay que tener presente que son diversos los
tiempos históricos y son diversos los tiempos sociológicos y culturales de
la acción eclesial, por lo cual, paradigmas y juicios propios de una sociedad
y de una época podrían ser aplicados erróneamente en la valoración de
otras fases de la historia, dando origen a no pocos equívocos; son diversas
las personas, las instituciones y sus respectivas competencias; son diversos
los modos de pensar y los condicionamientos. Hay que precisar, por tanto, las
responsabilidades de los acontecimientos y de las palabras dichas, teniendo en
cuanta el hecho de que una petición eclesial de perdón compromete al mismo
sujeto teológico, la Iglesia, en la variedad de los modos y del grado en que
los individuos singulares representan a la comunidad eclesial y en la
diversidad de las situaciones históricas y geográficas, con frecuencia muy
diferentes entre sí. Cualquier tipo de generalización debe ser evitada.
Cualquier posible pronunciamiento en la actualidad debe quedar situado y debe
ser producido por los sujetos más directamente encausados (Iglesia universal,
Episcopados nacionales, Iglesias particulares etcétera). En segundo lugar, la correlación de juicio histórico y juicio teológico
debe tener en cuenta el hecho de que, para la interpretación de la fe, la
conexión entre pasado y presente no está motivada solamente por los
intereses actuales y por la común pertenencia de todo ser humano a la
historia y a sus mediaciones expresivas, sino que se fundamenta también en la
acción unificante del Espíritu de Dios y en la identidad permanente del
principio constitutivo de la comunión de los creyentes, que es la revelación.
La Iglesia, por razón de la comunión producida en ella por el Espíritu de
Cristo en el tiempo y en el espacio, no puede dejar de reconocerse en su
principio sobrenatural, presente y operante en todos los tiempos, como sujeto
en cierto modo único, llamado a corresponder al don de Dios en formas y
situaciones diversas por medio de las opciones de sus hijos, aun con todas las
carencias que puedan haberlas caracterizado. La comunión en el único Espíritu
Santo es el fundamento también diacrónico de una comunión de los «santos»,
en virtud de la cual los bautizados de hoy se sienten vinculados a los
bautizados de ayer y, así como se benefician de sus méritos y se nutren de
su testimonio de santidad, igualmente se sienten en el deber de asumir el
posible peso actual de sus culpas, tras haber hecho un discernimiento atento
tanto desde el punto de vista histórico como teológico. Gracias a este fundamento objetivo y trascendente de la comunión del
pueblo de Dios en sus varias situaciones históricas, la interpretación
creyente reconoce al pasado de la Iglesia un significado totalmente peculiar
para el momento presente: el encuentro con ese pasado, que se produce en el
acto de la interpretación, puede revelarse cargado de particulares valencias
para el presente, rico en una eficacia performativa que no siempre
puede calcularse de modo previo. Obviamente, el carácter fuertemente unitario
del horizonte hermenéutico y del sujeto eclesial interpretante deja más fácilmente
expuesta la consideración teológica al riesgo de ceder a lecturas apologéticas
o instrumentales; es aquí donde el ejercicio hermenéutico dirigido a
aprehender los sucesos y las palabras del pasado y a medir la corrección de
su interpretación para el presente se hace más necesario. La lectura
creyente se servirá con tal objetivo de todas las aportaciones que puedan
ofrecer las ciencias históricas y los métodos de interpretación. El
ejercicio de la hermenéutica histórica no deberá impedir a la valoración
de la fe la interpelación de los textos según su peculiaridad, haciendo, por
tanto, que puedan interactuar presente y pasado en la conciencia de la unidad
fundamental del sujeto eclesial implicado en ellos. Esto pone en guardia
frente a todo historicismo que relativice el peso de las culpas pasadas y que
considere que la historia es capaz de justificarlo todo. Como observa Juan
Pablo II, «un correcto juicio histórico no puede prescindir de un atento
estudio de los condicionamientos culturales del momento... Pero la consideración
de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de
lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos» 67.
La Iglesia, en resumen, «no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia
y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado,
sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las
comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de
absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía
la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción
científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por
lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a
los daños que ella ha padecido» 68. Los ejemplos ofrecidos en el
capítulo siguiente lo podrán demostrar de modo concreto.
DISCERNIMIENTO
ÉTICO
1. Algunos criterios
éticos En el plano moral, la petición de perdón presupone siempre una admisión
de responsabilidad, y precisamente de la responsabilidad relativa a una
culpa cometida contra otros. La responsabilidad moral normalmente se
refiere a la relación entre la acción y la persona que la realiza; establece
la pertenencia de un acto, su atribución, a una persona concreta o a más
personas. La responsabilidad puede ser objetiva o subjetiva: la
primera se refiere al valor moral del acto en sí mismo en cuanto bueno o
malo, y por tanto a la imputabilidad de la acción; la segunda se refiere a la
percepción efectiva por parte de la conciencia individual, de la bondad o
malicia del acto realizado. La responsabilidad subjetiva cesa con la muerte de
quien ha realizado el acto: no se transmite por generación, por lo que los
descendientes no heredan la responsabilidad (subjetiva) de los actos de sus
antepasados. En tal sentido, pedir perdón presupone una
contemporaneidad entre aquellos que son ofendidos por una acción y aquellos
que la han realizado. La única responsabilidad capaz de continuar en la
historia puede ser la de tipo objetivo, a la cual se puede prestar o no una
adhesión subjetiva en cualquier momento de modo libre. Así, el mal cometido
sobrevive muchas veces a quien lo ha realizado a través de las consecuencias
de los comportamientos, que pueden convertirse en un pesado fardo sobre la
conciencia y la memoria de los descendientes. En tal contexto se puede hablar de una solidaridad que une el
pasado y el presente en una relación de reciprocidad. En ciertas situaciones,
el peso que cae sobre la conciencia puede ser tan pesado que constituye una
especie de memoria moral y religiosa del mal cometido, que es por su
naturaleza una memoria común: ésta testimonia de modo elocuente la
solidaridad objetivamente existente entre quienes han hecho el mal en el
pasado y sus herederos en el presente. Es entonces cuando resulta posible
hablar de una responsabilidad común objetiva. Del peso de tal
responsabilidad se nos libera, ante todo, implorando el perdón de Dios por
las culpas del pasado, y por tanto, cuando se da el caso, a través de la purificación
de la memoria, que culmina en el perdón recíproco de los pecados y de
las ofensas en el presente. Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y común
todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del pasado
haya dejado, sobre la base de un juicio histórico-teológico nuevo y
riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado. Esto sucede
cada vez que se llega a atribuir a los hechos históricos pasados una cualidad
diversa, que comporta una incidencia nueva y diversa sobre el presente con
vistas al crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en
la caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las
diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en
relación. Modelos emblemáticos de esta incidencia que puede tener un
posterior juicio interpretativo autorizado sobre la vida entera de la Iglesia
son la recepción de los concilios, o actos como la abolición de los anatemas
recíprocos, que expresan una nueva cualificación de la historia pasada en
condiciones de producir una caracterización distinta de las relaciones
vividas en el presente. La memoria de la división y de la contraposición
queda purificada y es sustituida por una memoria reconciliada, a la cual son
invitados a abrirse y a educarse todos en la Iglesia. La combinación de juicio histórico y juicio teológico en el proceso
interpretativo del pasado queda unida aquí a las repercusiones éticas que
puede tener en el presente, y que implican algunos principios,
correspondientes en el plano moral a la fundación hermenéutica de la relación
entre juicio histórico y juicio teológico. Estos principios son: a) El principio de
conciencia La conciencia, tanto como juicio moral cuanto como
imperativo moral, constituye la valoración última de un acto
en relación con su bondad o maldad ante Dios. En efecto, tan sólo Dios
conoce el valor moral de cada acto humano, aun cuando la Iglesia, como Jesús,
pueda y deba clasificar, juzgar y en ocasiones condenar algunos tipos de
comportamiento (cf. Mt 18,15-18). b) El principio de
historicidad Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada
conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un
determinado horizonte de tiempo y espacio. Para comprender de verdad los actos
humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el
mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a
conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin
perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica
comunidad en el discurrir del tiempo. c) El principio de
cambio de «paradigma» Mientras que antes de la llegada del Iluminismo existía una especie de
ósmosis entre Iglesia y Estado, entre fe y cultura, moralidad y ley, a
partir del siglo XVIII esta relación ha quedado notablemente modificada. El
resultado es una transición de una sociedad sacral a una sociedad pluralista
o, como ha sucedido en algunos casos, a una sociedad secular; los modelos de
pensamiento y de acción, los llamados paradigmas de acción y de
valoración, van cambiando. Semejante transición tiene un impacto directo
sobre los juicios morales, aun cuando este influjo no justifica en modo alguno
una idea relativista de los principios morales o de la naturaleza de la misma
moralidad. El proceso entero de la purificación de la memoria, en cuanto exige la
correcta combinación de valoración histórica y de mirada teológica, ha de
ser vivido por parte de los hijos de la Iglesia no sólo con el rigor que
tiene en cuenta de modo preciso los criterios y los principios indicados, sino
también con una continua invocación de la asistencia del Espíritu Santo,
para no caer en el resentimiento o en la autoflagelación y llegar más bien a
la confesión del Dios cuya «misericordia va de generación en generación»
(Lc 1,50), que quiere la vida y no la muerte, el perdón y no la condena, el
amor y no el temor. En este punto se debe poner igualmente en evidencia el carácter
de ejemplaridad que la honesta admisión de las culpas pasadas puede ejercer
sobre las mentalidades en la Iglesia y en la sociedad civil, reclamando un
compromiso renovado de obediencia a la Verdad y de respeto consiguiente hacia
la dignidad y los derechos de los otros, especialmente de los más débiles.
En tal sentido, las numerosas peticiones de perdón formuladas por Juan Pablo
II constituyen un ejemplo que pone en evidencia un bien y estimula a su
imitación, reclamando de los individuos y de los pueblos un examen de
conciencia honesto y fructuoso, que abra caminos de reconciliación. A la luz de estas clarificaciones en el plano ético se pueden ahora
profundizar algunos ejemplos, entre los cuales se encuentran los mencionados
en la Tertio millennio adveniente 69, en los que el
comportamiento de los hijos de la Iglesia parece haber estado en contradicción
con el Evangelio de Jesucristo de un modo significativo. 2. La división de los
cristianos La unidad es la ley de la vida del Dios trinitario revelado al mundo
por el Hijo (cf. Jn 17,21), el cual, en la fuerza del Espíritu Santo, amando
hasta el extremo (Jn 13,1), hace participar de esta vida a los suyos. Esta
unidad deberá ser la fuente y la forma de la comunión de vida de la
humanidad con el Dios trino. Si los cristianos viven esta ley de amor mutuo,
de modo que sean uno «como el Padre y el Hijo son uno», se conseguirá que
«el mundo crea que el Hijo ha sido enviado por el Padre» (Jn 17,21) y que «todos
sepan que ellos son mis discípulos» (Jn 13,35). Desgraciadamente no ha
sucedido así, particularmente en este milenio que llega a su fin, en el cual
han aparecido entre los cristianos grandes divisiones, en abierta contradicción
con la voluntad expresa de Cristo, como si Él mismo hubiese sido dividido
(cf. 1 Cor 1,13). El Concilio Vaticano II juzga este hecho con las siguientes
palabras: «Tal división contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un
escándalo para el mundo y daña a la santísima causa de la predicación del
Evangelio a toda criatura» 70.
Las principales escisiones que durante el pasado milenio «han afectado
a la túnica inconsútil de Cristo» 71 son el cisma entre las
Iglesias de Oriente y de Occidente al comienzo de este milenio y, en
Occidente, cuatro siglos más tarde, la laceración causada por aquellos
acontecimientos «que reciben comúnmente el nombre de Reforma» 72.
Es verdad que «estas diversas divisiones difieren mucho entre sí, no sólo
por razón de su origen, lugar y tiempo, sino, sobre todo, por la naturaleza y
gravedad de las cuestiones relativas a la fe y a la estructura eclesiástica»
73. En el cisma del siglo XI
jugaron un papel importante factores de carácter social e histórico,
mientras que el aspecto doctrinal se refería a la autoridad de la Iglesia y
al Obispo de Roma, una materia que en aquel momento no había alcanzado la
claridad con la que se presenta hoy gracias al desarrollo doctrinal de este
milenio. Con la Reforma, por el contrario, fueron objeto de controversia otros
campos de la revelación y de la doctrina. La vía que se ha abierto para superar estas diferencias es la del diálogo
doctrinal animado por el amor mutuo. Común a ambas laceraciones parece haber
sido la falta de amor sobrenatural, de agape. Desde el momento en que
esta caridad es el mandamiento supremo del Evangelio, sin el cual todo lo demás
es solamente «bronce que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1), una
carencia semejante ha de ser considerada con toda seriedad delante del
Resucitado, Señor de la Iglesia y de la historia. Basándose en el
reconocimiento de esta carencia, el papa Pablo VI ha pedido perdón a Dios y a
los «hermanos separados» que se sintiesen ofendidos «por nosotros» (la
Iglesia católica) 74. En 1965, en el clima producido por el Concilio Vaticano II, el
patriarca Atenágoras en su diálogo con Pablo VI puso de relieve el tema de
la restauración (apokatastasis) del amor mutuo, esencial después de
una historia tan cargada de contraposiciones, de desconfianza recíproca y de
antagonismos 75. Lo que estaba en juego era un pasado que aún
ejercía su influencia a través de la memoria: los acontecimientos de 1965
(culminados el 7 de diciembre de 1965 con la supresión de los anatemas de
1054 entre Oriente y Occidente) representan una confesión de la culpa
contenida en la precedente exclusión recíproca, capaz de purificar la
memoria y de generar una nueva. El fundamento de esta nueva memoria no puede
ser más que el amor recíproco o, mejor, el compromiso renovado para vivirlo.
Éste es el mandamiento ante omnia (1 Pe 4,8) para la Iglesia, en
Oriente como en Occidente. De este modo la memoria libera de la prisión del
pasado e invita a católicos y a ortodoxos, como también a católicos y
protestantes, a ser los arquitectos de un futuro más conforme al mandamiento
nuevo. En este sentido resulta ejemplar el testimonio que han prestado a esta
nueva memoria el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras. Particularmente relevante en relación con el camino hacia la unidad
puede resultar la tentación a dejarse guiar, o hasta determinar, por factores
culturales, por condicionamientos históricos o por prejuicios que alimentan
la separación y la desconfianza recíproca entre cristianos, aunque nada
tengan que ver con las cuestiones de fe. Los hijos de la Iglesia deben
examinar su conciencia con seriedad para ver si están activamente
comprometidos en la obediencia al imperativo de la unidad y viven la «conversión
interior», «porque los deseos de unidad brotan y maduran como fruto de la
renovación de la mente, de la abnegación de sí mismo y de una efusión libérrima
de la caridad» 76. En el período transcurrido desde la conclusión
del Concilio hasta hoy la resistencia a su mensaje ciertamente ha entristecido
al Espíritu de Dios (Ef 4,30). En la medida en que algunos católicos se
complacen en permanecer ligados a las separaciones del pasado, sin hacer nada
por remover los obstáculos que impiden la unidad, se podría hablar
justamente de solidaridad en el pecado de la división (1 Cor 1,10-16).
En tal contexto pueden recordarse las palabras del Decreto sobre el
Ecumenismo: «Humildemente pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados,
así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido» 77. 3. El uso de la
violencia al servicio Al antitestimonio de la división entre los cristianos hay que añadir
el de las ocasiones en que durante el pasado milenio se han utilizado medios
dudosos para conseguir fines buenos, como la predicación del Evangelio y la
defensa de la unidad de la fe: «Otro capítulo doloroso sobre el que los
hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está
constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos,
con métodos de intolerancia y hasta de violencia en el servicio a la
verdad» 78. Se refiere con ello a las formas de evangelización
que han empleado instrumentos impropios para anunciar la verdad revelada o no
han realizado un discernimiento evangélico adecuado a los valores culturales
de los pueblos o no han respetado las conciencias de las personas a las que se
presentaba la fe, e igualmente a las formas de violencia ejercidas en la
represión y corrección de los errores. Una atención análoga hay que prestar a las posibles omisiones de que
se hayan hecho responsables los hijos de la Iglesia, en las más diversas
situaciones de la historia, respecto a la denuncia de injusticias y de
violencias: «Está también la falta de discernimiento de no pocos cristianos
respecto a situaciones de violación de los derechos humanos fundamentales. La
petición de perdón vale por todo aquello que se ha omitido o callado a causa
de la debilidad o de una valoración equivocada, por lo que se ha hecho o
dicho de modo indeciso o poco idóneo» 79. Como siempre, resulta decisivo establecer la verdad histórica mediante
la investigación histórico-crítica. Una vez establecidos los hechos,
será necesario evaluar su valor espiritual y moral e igualmente su
significado objetivo. Solamente así será posible evitar cualquier tipo de
memoria mítica y acceder a una adecuada memoria crítica, capaz, a la luz de
la fe, de producir frutos de conversión y de renovación: «De aquellos
rasgos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe
empujar a todo cristiano a afianzarse en el principio áureo fijado por el
Concilio: “La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma,
que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con vigor”» 80. 4. Cristianos y
hebreos Uno de los campos que requiere un examen de conciencia particular es la
relación entre cristianos y hebreos 81. La relación de la Iglesia
con el pueblo hebreo es diversa de la que condivide con cualquier otra religión
82. Y, sin embargo, «la historia de las relaciones entre hebreos y
cristianos es una historia atormentada [...] En efecto, el balance de estas
relaciones durante dos milenios ha sido más bien negativo» 83.
La hostilidad o la desconfianza de numerosos cristianos hacia los hebreos a lo
largo del tiempo es un hecho histórico doloroso y es causa de profunda
amargura para los cristianos conscientes del hecho de que «Jesús era
descendiente de David; de que del pueblo hebreo nacieron la Virgen María y
los Apóstoles; de que la Iglesia recibe su sustento de las raíces de aquel
buen olivo al que están unidas las ramas del olivo selvático de los gentiles
(cf. Rom 11,17-24); de que los hebreos son nuestros hermanos queridos y
amados, y de que, en cierto sentido, son verdaderamente “nuestros hermanos
mayores”» 84. La Shoah fue ciertamente el resultado de una ideología pagana,
como era el nazismo, animada por un antisemitismo despiadado, que no sólo
despreciaba la fe, sino que negaba hasta la misma dignidad humana del pueblo
hebreo. No obstante, «hay que preguntarse si la persecución del nazismo
respecto a los hebreos no haya sido facilitada por los prejuicios antijudíos
presentes en las mentes y en los corazones de algunos cristianos [...] ¿Ofrecieron
los cristianos toda la asistencia posible a los perseguidos, en particular a
los hebreos?» 85. Hubo, sin duda, muchos cristianos que
arriesgaron su vida para salvar y ayudar a sus conocidos hebreos. Pero parece
igualmente verdad que, «junto a tales hombres y mujeres valerosos, la
resistencia espiritual y la acción cristiana de otros cristianos no fue la
que se hubiera debido esperar de discípulos de Cristo» 86.
Este hecho constituye una apelación a la conciencia de todos los cristianos
de hoy, capaz de exigir «un acto de arrepentimiento (teshuva)» 87
y de convertirse en acicate para redoblar los esfuerzos por ser «transformados
mediante la renovación de la mente» (Rom 12,2) y por mantener una «memoria
moral y religiosa» de la herida infligida a los hebreos. En este campo, lo
mucho que ya se ha hecho podrá ser confirmado y profundizado. 5. Nuestra
responsabilidad por los males «La época actual, junto a muchas luces, presenta también no pocas
sombras» 88. En primer plano puede señalarse entre éstas el fenómeno
de la negación de Dios en sus múltiples formas. Lo que llama especialmente
la atención es que esta negación, especialmente en sus aspectos más teóricos,
es un proceso que ha emergido en el mundo occidental. Unida al eclipse de Dios
se encuentra, además, una serie de fenómenos negativos como la indiferencia
religiosa, la difusa falta del sentido trascendente de la vida humana, un
clima de secularismo y de relativismo ético, la negación del derecho a la
vida del niño no nacido, incluso sancionada en las legislaciones abortistas,
y una amplia indiferencia respecto al grito de los pobres en amplios sectores
de la familia humana. La cuestión inquietante que hay que plantear es en qué medida los
creyentes mismos han sido responsables de estas formas de ateísmo, teórico y
práctico. La Gaudium et spes responde con palabras cuidadosamente
elegidas: «En este campo también los mismos creyentes tienen muchas veces
alguna responsabilidad. Pues el ateísmo, considerado en su integridad, no es
un fenómeno originario, sino más bien un fenómeno surgido de diferentes
causas, entre las que se encuentra también una reacción crítica contra las
religiones y, ciertamente, en no pocos países contra la religión cristiana.
Por ello, en esta génesis del ateísmo puede corresponder a los creyentes una
parte no pequeña» 89. Desde el momento en que el rostro auténtico de Dios ha sido revelado
en Jesucristo, a los cristianos se les ofrece la gracia inconmensurable de
conocer este rostro; los cristianos, sin embargo, tienen también la
responsabilidad de vivir de tal modo que manifiesten a los otros el verdadero
rostro del Dios vivo. Ellos están llamados a irradiar al mundo la verdad de
que «Dios es amor (agape)» (1 Jn 4,8.16). Porque Dios es amor, es
también Trinidad de Personas, cuya vida consiste en su infinita y recíproca
comunicación en el amor. De ello se deduce que el mejor camino para que los
cristianos irradien la verdad del Dios amor es el amor mutuo: «En esto
conocerán todos que sois discípulos míos: si tenéis amor unos para con
otros» (Jn 13,35). Y esto hasta el punto de poder afirmar que frecuentemente
los cristianos «por descuido en la educación para la fe, por una exposición
falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa,
moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de
la religión, más que revelarlo» 90. Hay que destacar, finalmente, que mencionar estas culpas de los
cristianos no es tan sólo confesarlas a Cristo Salvador, sino también alabar
al Señor de la historia por el amor misericordioso. Efectivamente, los
cristianos no creen sólo en la existencia del pecado, sino también y sobre
todo en el «perdón de los pecados». Además recordar estas culpas quiere
decir también aceptar nuestra solidaridad con quienes en el bien y en el mal
nos han precedido en el camino de la verdad, ofrecer al presente un fuerte
motivo de conversión a las exigencias del Evangelio y poner un necesario
preludio a la petición de perdón a Dios, que abre el camino a la
reconciliación mutua. CAPÍTULO
VI PERSPECTIVAS
PASTORALES A la luz de las consideraciones hechas, es posible preguntarse ahora:
¿cuáles son los objetivos pastorales, en vista de los cuales la Iglesia se
hace cargo de las culpas cometidas en el pasado por sus hijos en su nombre y
hace propósito de la enmienda? ¿Cuáles las implicaciones en la vida del
pueblo de Dios? ¿Y cuáles las resonancias respecto a la misión de la
Iglesia y a su diálogo con las diversas culturas y religiones? 1. Las finalidades
pastorales Entre las múltiples finalidades pastorales del reconocimiento de las
culpas del pasado se pueden poner de manifiesto las siguientes:
a) En primer lugar, estos actos tienden a la purificación de
la memoria, que, como se ha dicho, es el proceso de una valoración
renovada del pasado, capaz de incidir en no pequeña medida en el presente, ya
que los pecados pasados hacen sentir todavía su peso y permanecen como
posibles tentaciones también en la actualidad. Sobre todo si ha madurado en
el diálogo y en la búsqueda paciente de reciprocidad con quien pudiera
sentirse ofendido por sucesos o palabras del pasado, la remoción de la
memoria personal y común de cualquier causa de posible resentimiento por el
mal padecido, y de todo influjo negativo de aquel hecho del pasado, puede
contribuir a hacer crecer la comunidad eclesial en la santidad, por medio de
la reconciliación y de la paz en la obediencia a la Verdad. «Reconocer los
fracasos de ayer, subraya el Papa, es acto de lealtad y de valentía que nos
ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar
las tentaciones y las dificultades de hoy» 91. Es bueno para tal
fin que la memoria de la culpa incluya todas las posibles faltas cometidas,
aunque solamente algunas de ellas sean hoy mencionadas de modo frecuente. En
cualquier caso, nunca se puede olvidar el precio que tantos cristianos han
pagado por su fidelidad al Evangelio y al servicio del prójimo en la caridad 92.
b) Una segunda finalidad pastoral, estrictamente unida a la
anterior, puede ser reconocida en la promoción de la perenne reforma del
pueblo de Dios, «de modo que si algunas cosas, sea en las costumbres o en
la disciplina eclesiástica, y asimismo en el modo de exponer la doctrina, lo
cual debe ser cuidadosamente distinguido del depósito mismo de la fe, han
sido observadas de modo menos cuidadoso, según las circunstancias de hecho o
de tiempo, sean oportunamente colocadas en el orden justo y debido» 93.
Todos los bautizados están llamados a «examinar su fidelidad a la voluntad
de Cristo acerca de la Iglesia y, como es su obligación, a emprender con
vigor la obra de renovación y de reforma» 94. El criterio de la
verdadera reforma y de la auténtica renovación no puede ser más que la
fidelidad a la voluntad de Dios respecto a su pueblo 95, lo que
implica un esfuerzo sincero para liberarse de todo lo que aleja de ella, ya se
trate de culpas presentes o se refiera a la herencia del pasado.
c) Una finalidad ulterior puede verse en el testimonio
que de este modo rinde la Iglesia al Dios de la misericordia y a su voluntad
que libera y salva, a partir de la experiencia que ella ha hecho y hace de Él
en la historia, y en el servicio que de este modo desarrolla en relación
con la humanidad, para contribuir a superar los males del presente. Juan Pablo
II afirma que «un serio examen de conciencia ha sido auspiciado por numerosos
cardenales y obispos sobre todo para la Iglesia del presente. A las
puertas del nuevo milenio, los cristianos deben ponerse humildemente ante el
Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que también ellos
tienen en relación con los males de nuestro tiempo» 96 y para
contribuir, en consecuencia, a su superación en la obediencia al esplendor de
la Verdad salvífica. 2. Las implicaciones
eclesiales
a) Ante todo hay que tener en cuenta los procesos diversificados
de recepción de los gestos de arrepentimiento eclesial, ya que varían
en función de los contextos religiosos, culturales, políticos, sociales,
personales, etc. A esta luz se debe considerar el hecho de que acontecimientos
o palabras ligadas a una historia contextualizada no tienen necesariamente un
alcance universal y, viceversa, que hechos condicionados por una determinada
perspectiva teológica y pastoral han implicado consecuencias de gran peso
para la difusión del Evangelio (piénsese, por ejemplo, en los diversos
modelos históricos de la teología de la misión). Además, hay que evaluar
la relación entre los beneficios espirituales y los posibles costes de tales
actos, también teniendo en cuenta los acentos indebidos que los «medios»
pueden dar a algunos aspectos de los pronunciamientos eclesiales; siempre se
ha de tener en cuenta la advertencia del apóstol Pablo para acoger,
considerar y sostener con prudencia y amor a los «débiles en la fe» (cf.
Rom 14,1). En particular, hay que prestar atención a la historia, a la
identidad y a los contextos de las Iglesias orientales y de las Iglesias que
actúan en continentes o países donde la presencia cristiana es ampliamente
minoritaria.
b) Se debe precisar el sujeto adecuado que debe
pronunciarse respecto a culpas pasadas, sea que se trate de Pastores locales,
considerados personal o colegialmente, sea que se trate del Pastor universal,
el Obispo de Roma. En esta perspectiva es oportuno tener en cuenta, al
reconocer las culpas pasadas e indicar los referentes actuales que mejor podrían
hacerse cargo de ellas, la distinción entre magisterio y autoridad en la
Iglesia: no todo acto de autoridad tiene valor de magisterio, por lo que un
comportamiento contrario al Evangelio, de una o más personas revestidas de
autoridad, no lleva de por sí una implicación del carisma magisterial,
asegurado por el Señor a los pastores de la Iglesia, y no requiere, por
tanto, ningún acto magisterial de reparación.
c) Hay que subrayar que el destinatario de toda posible
petición de perdón es Dios, y que eventuales destinatarios humanos, sobre
todo si son colectivos, en el interior o fuera de la comunidad eclesial, deben
ser identificados con adecuado discernimiento histórico y teológico, sea
para realizar actos de reparación convenientes, sea para testimoniar ante
ellos la buena voluntad y el amor a la verdad por parte de los hijos de la
Iglesia. Ello se podrá lograr tanto mejor cuanto mayor sea el diálogo y la
reciprocidad entre las partes en causa en un hipotético camino de
reconciliación, vinculado al reconocimiento de las culpas y al
arrepentimiento por ellas, sin ignorar que la reciprocidad, a veces imposible
a causa de las convicciones religiosas del interlocutor, no puede ser
considerada condición indispensable y que la gratuidad del amor se expresa a
menudo en una iniciativa unilateral.
d) Los posibles gestos de reparación están ligados al
reconocimiento de una responsabilidad que se prolonga en el tiempo y que podrán
tener tanto un carácter simbólico-profético como un valor de
reconciliación efectiva (por ejemplo, entre los cristianos divididos). También
en la definición de estos actos es de desear una búsqueda común con los
posibles destinatarios, escuchando las legítimas reclamaciones que puedan
presentar.
e) En el plano pedagógico se debe evitar la perpetuación
de imágenes negativas del otro, e igualmente la puesta en marcha de procesos
de autoculpabilización indebida, subrayando cómo el hacerse cargo de culpas
pasadas es para el que cree una especie de participación en el misterio de
Cristo crucificado y resucitado, que ha cargado con las culpas de todos. Esta
perspectiva pascual se revela particularmente adecuada para producir frutos de
liberación, de reconciliación y de alegría para todos aquellos que con fe
viva están implicados en la petición de perdón, sea como sujetos o como
destinatarios. 3. Las implicaciones
en el plano del diálogo Las implicaciones previsibles en el plano del diálogo y de la misión,
como consecuencia de un reconocimiento eclesial de las culpas del pasado, son
diversas:
a) En el plano misionero hay que evitar, ante todo, que
tales actos contribuyan a disminuir el impulso de la evangelización mediante
la exasperación de los aspectos negativos. No obstante, se debe tener en
cuenta el hecho de que estos mismos actos podrán hacer crecer la credibilidad
del mensaje, en cuanto nacen de la obediencia a la verdad y tienden a frutos
efectivos de reconciliación. En particular, los misioneros ad gentes
tendrán cuidado en contextualizar la propuesta de estos temas de modo
conforme a la efectiva capacidad de recepción en los ambientes en que actúan
(por ejemplo, determinados aspectos de la historia de la Iglesia en Europa
podrán resultar poco significativos para muchos pueblos no europeos).
b) En el plano ecuménico, la finalidad de posibles actos
eclesiales de arrepentimiento no puede ser otra que la unidad querida por el
Señor. En esta perspectiva es aún más de desear que sean realizados en
reciprocidad, aun cuando a veces gestos proféticos podrán exigir una
iniciativa unilateral y absolutamente gratuita.
c) En el plano interreligioso es oportuno poner de
relieve cómo para los creyentes en Cristo el reconocimiento de las culpas
pasadas por parte de la Iglesia es conforme a las exigencias de la fidelidad
al Evangelio y, por tanto, constituye un luminoso testimonio de su fe en la
verdad y en la misericordia del Dios revelado por Jesús. Lo que hay que
evitar es que actos semejantes sean interpretados equivocadamente como
confirmaciones de posibles prejuicios respecto al cristianismo. Sería
deseable, por otra parte, que estos actos de arrepentimiento estimulasen también
a los fieles de otras religiones a reconocer las culpas de su propio pasado.
Como la historia de la humanidad está llena de violencias, genocidios,
violaciones de los derechos humanos y de los derechos de los pueblos,
explotación de los débiles y divinización de los poderosos, del mismo modo
la historia de las religiones está revestida de intolerancia, superstición,
connivencia con poderes injustos y negación de la dignidad y libertad de las
conciencias. ¡Los cristianos no han sido una excepción y son conscientes de
cuán pecadores son todos ante Dios!
d) En el diálogo con las culturas se debe tener
presente, ante todo, la complejidad y la pluralidad de las mentalidades con
que se dialoga, respecto a la idea de arrepentimiento y de perdón. En todos
los casos, el hecho de cargar por parte de la Iglesia con las culpas pasadas
debe ser iluminado a la luz del mensaje evangélico y, en particular, de la
presentación del Señor crucificado, revelación de la misericordia y fuente
de perdón, además de la peculiar naturaleza de la comunión eclesial, una en
el tiempo y en el espacio. Allí donde una cultura fuese totalmente ajena a la
idea de una petición de perdón, deben ser presentadas de modo oportuno las
razones teológicas y espirituales que motivan este acto a partir del mensaje
cristiano y debe ser tenido en cuenta su carácter crítico-profético.
Donde haya que confrontarse con el prejuicio de una actitud de indiferencia
hacia la palabra de la fe, se debe tener en cuenta un doble posible efecto de
estos actos de arrepentimiento eclesial: si, por una parte, pueden confirmar
prejuicios negativos o actitudes de desprecio y de hostilidad, de otra parte
participan de la misteriosa atracción característica del «Dios crucificado»
97. Además hay que tener en cuenta el hecho de que, en el actual
contexto cultural, sobre todo en Occidente, la invitación a la purificación
de la memoria implica un compromiso común a creyentes y no creyentes. Ya este
trabajo común constituye un testimonio positivo de docilidad a la verdad.
e) Con relación a la sociedad civil se debe considerar
la diferencia que existe entre la Iglesia, misterio de gracia, y cualquier
sociedad temporal, pero tampoco se debe olvidar el carácter de ejemplaridad
que la petición eclesial de perdón puede presentar y el estímulo
consiguiente que puede ofrecer de cara a realizar pasos análogos de
purificación de la memoria y de reconciliación en las más diversas
situaciones en las que se podría reconocer su urgencia. Afirma Juan Pablo II:
«La petición de perdón [...] se refiere, en primer lugar, a la vida de la
Iglesia, su misión de anunciar la salvación, su testimonio de Cristo, su
compromiso por la unidad, en una palabra, la coherencia que debe caracterizar
la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, de que vive la
Iglesia, tienen la capacidad de iluminar y sostener, como por sobreabundancia,
las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto de su
autonomía [...] En los umbrales del tercer milenio es legítimo esperar que
los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se encuentran
inmersos en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y por el recuerdo
de heridas muchas veces antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y
de reconciliación testimoniado por la Iglesia y se esfuercen por resolver los
contrastes mediante un diálogo leal y abierto» 98. CONCLUSIÓN Como conclusión de las reflexiones desarrolladas conviene poner una
vez más de relieve que en todas las formas de arrepentimiento por las culpas
del pasado, y en cada uno de los gestos conectados con ellas, la Iglesia se
dirige, ante todo, a Dios y tiende a glorificarlo a Él y su misericordia.
Precisamente así sabe que celebra también la dignidad de la persona humana
llamada a la plenitud de la vida en la alianza fiel con el Dios vivo: «La
gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
99. Actuando de este modo, la Iglesia da testimonio también de su
confianza en la fuerza de la Verdad que hace libres (cf. Jn 8,32): «su petición
de perdón no debe ser entendida como ostentación de humildad ficticia, ni
como retractación de su historia bimilenaria, ciertamente rica en méritos en
el terreno de la caridad, de la cultura y de la santidad. Responde más bien a
una exigencia de verdad irrenunciable, que, junto a los aspectos positivos,
reconoce los límites y las debilidades humanas de las sucesivas generaciones
de discípulos de Cristo» 100. La Verdad reconocida es fuente de
reconciliación y de paz porque, como afirma el mismo Papa, «el amor de la
verdad, buscada con humildad, es uno de los grandes valores capaces de reunir
a los hombres de hoy a través de las diversas culturas» 101.
También por su responsabilidad hacia la verdad la Iglesia «no puede
atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en
el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes.
Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía» 102.
Ello abre para todos un mañana nuevo. SIGLAS AAS
Acta Apostolicae Sedis (1909ss). CCL
Corpus Christianorum. Series latina (Turnhout-París
1953ss). CEC
Catecismo de la Iglesia Católica. CSEL
Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (Viena 1866ss). DH
CONCILIO VATICANO
II, Declaración Dignitatis humanae (1965). GS CONCILI |