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REFLEXIÓN DE MONS. FRANC RODÉ, C.M.
PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS
DE VIDA CONSAGRADA Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA
La vida consagrada
en la escuela de la Eucaristía
Al inicio de este tercer milenio de la era cristiana urge reflexionar juntos con
el fin de reconocer las novedades que el Señor de la historia inspira hoy a la
vida consagrada.
Los problemas morales y sociales, tan numerosos y a menudo dramáticos, nos
interrogan como Iglesia, como institutos de vida consagrada y sociedades de vida
apostólica. Nos impulsan a mantener viva en el mundo "la forma de vida que
Jesús, supremo consagrado y misionero del Padre para su reino, abrazó y propuso
a los discípulos que lo seguían" (Vita
consecrata, 22; cf. Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5,
10-11; Jn 15, 16).
Unidos a Cristo en su consagración al Padre, no cesamos de buscar su rostro;
deseamos estar con él, beber por medio de él, como la samaritana del Evangelio,
de la fuente de agua viva, para apagar nuestra sed con su palabra y gozar de su
presencia.
Participando en su misión, sentimos compasión al oír "el clamor de los pobres"
que piden justicia y solidaridad, y, como el buen samaritano de la parábola, nos
comprometemos a dar respuestas concretas y generosas.
Sin embargo, estas dos fuerzas, es decir, el deseo de estar con Cristo y la
compasión que nos impulsa hacia la humanidad, en vez de converger, a veces
tienden a contraponerse.
Unidad de corazón y de espíritu
La presión que ejerce la cultura dominante, la cual presenta con insistencia un
estilo de vida fundado en la ley del más fuerte, en las ganancias fáciles y
atractivas, en la disgregación de los valores de la persona, de la familia y de
la comunidad social, influye inevitablemente en nuestro modo de pensar, en
nuestros proyectos y en las perspectivas de nuestro servicio, con el peligro de
vaciarlos de la motivación de la fe y la esperanza cristianas que los habían
suscitado. Las peticiones de ayuda, de apoyo y de servicio, numerosas y
apremiantes, que nos dirigen los pobres y los excluidos de la sociedad, nos
impulsan a buscar soluciones que sigan la lógica de la eficacia, del efecto
visible y de la publicidad.
De este modo la vida consagrada corre el riesgo de ser incapaz de expresar las
razones fuertes de la fe y de la esperanza que la animan. Difícilmente logra
manifestar los valores evangélicos, pues con frecuencia queda oculta su
propuesta de razones auténticas de vida y de esperanza.
Evidentemente, el problema radica sobre todo en el corazón de las personas
consagradas. A menudo no logran encontrar las palabras adecuadas para dar
testimonio de Cristo de modo claro y convincente, pues "junto al impulso vital,
capaz de testimonio y de donación hasta el martirio, la vida consagrada conoce
también la insidia de la mediocridad en la vida espiritual, del aburguesamiento
progresivo y de la mentalidad consumista. La compleja forma de gestionar las
obras, requerida por las nuevas exigencias sociales y por la normativa de los
Estados, junto a la tentación del eficientismo y el activismo, corren el riesgo
de ofuscar la originalidad evangélica y debilitar las motivaciones espirituales.
Cuando los proyectos personales prevalecen sobre los comunitarios, se puede
menoscabar profundamente la comunión de la fraternidad" (Caminar
desde Cristo, 12: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 28 de junio de 2002, p. 7).
Es preciso reconocer que, con demasiada frecuencia, no logramos hacer una
síntesis satisfactoria de la vida espiritual y de la actividad apostólica. Con
todo, esa síntesis es absolutamente necesaria si queremos afrontar los desafíos
de la "novedad" a la que Cristo y la Iglesia nos invitan y que la humanidad
espera. En un mundo totalmente fragmentado, se impone a todos una profunda y
auténtica unidad de corazón, de espíritu y de acción.
A la luz de la Eucaristía
Aunque el episodio de la samaritana en el pozo de Jacob oriente más hacia la
dimensión espiritual de la contemplación, mientras que el episodio del
samaritano hace pensar en la dimensión caritativa de la asistencia, estas dos
imágenes evangélicas propuestas a nuestra reflexión tienen, ciertamente,
vínculos profundos.
Al poner de relieve esos vínculos y concentrando la atención en Cristo, sentado
junto al pozo de Jacob, el cual "no hizo alarde de su categoría de Dios" (Flp
2, 6), sino que bajó para curarnos con el aceite de la misericordia y para
sanarnos con su sangre, encontramos una fuente única en la que podemos beber con
seguridad el agua viva, un lugar en el que la consagración y la misión se hacen
una sola cosa, una luz y una fuerza capaz de engendrar la "novedad" en la vida
consagrada. Esta fuente única, este lugar evangélico, es el sacramento de la
Eucaristía.
El Santo Padre Juan Pablo II lo indicó de modo apremiante con ocasión de la
Jornada de la vida consagrada del 2 de febrero de 2001, al decir: "Queridos
hermanos, encontradlo y contempladlo de modo muy especial en la Eucaristía,
celebrada y adorada a diario como fuente y cumbre de la existencia y de la
acción apostólica" (Homilía,
n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de febrero
de 2001, p. 7).
La exhortación apostólica postsinodal
Vita consecrata recuerda, a su vez, que "la Eucaristía, memorial del
sacrificio del Señor, centro de la vida de la Iglesia y de cada comunidad, aviva
desde dentro la oblación renovada de la propia existencia, el proyecto de vida
comunitaria y la misión apostólica. Todos tenemos necesidad del viático diario
del encuentro con el Señor, para insertar la cotidianidad en el tiempo de Dios
que la celebración del memorial de la Pascua del Señor hace presente" (Caminar
desde Cristo, 26; cf.
Vita consecrata, 95).
En la Eucaristía encuentran su modelo y su perfecta realización las exigencias
fundamentales de la vida consagrada.
Exigencia de "renovación"
A pesar del clima de desaliento y resignación que se nota en algunas
comunidades, es innegable que las personas consagradas tienen una profunda
necesidad de "novedad", esperan un viraje, un futuro para vivir y compartir.
Pienso también que incluso los que se dicen a sí mismos "Yo ya no tengo nada que
esperar", en realidad llevan en su corazón la esperanza de una posible novedad.
Esto vale tanto para las personas como para las comunidades.
En los últimos años, muchos capítulos generales se han comprometido a investigar
nuevos campos de acción y nuevos enfoques para expresar la identidad carismática
de su instituto. Han buscado modos nuevos de vivir la vida fraterna en
comunidad, se han dedicado a una escucha renovada y a un compromiso más dinámico
para responder a las numerosas peticiones de ayuda que les llegan de las
situaciones de pobreza moral y material que afligen a la humanidad.
Sin embargo, este esfuerzo por buscar la novedad no siempre se ha realizado
siguiendo criterios evangélicos de discernimiento. A veces la "renovación" se ha
confundido con la adaptación a la mentalidad y a la cultura dominantes, con el
peligro de olvidar los valores auténticamente evangélicos. Es innegable que "la
concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la
vida" (1 Jn 2, 16), propias del mundo y de su cultura, han ejercido un
influjo desorientador, originando conflictos graves dentro de las comunidades y
de las opciones apostólicas, no siempre fieles al espíritu y a las inspiraciones
originales del instituto.
Como siempre en la historia, la Iglesia se encuentra situada entre el soplo del
Espíritu, que abre nuevos caminos, y las seducciones del mundo, que hacen el
camino incierto y pueden llevar al error.
Por esta razón, debemos acudir al "pozo" de la Eucaristía. Sólo una lectura
eucarística de las necesidades de nuestro tiempo puede ayudarnos a interpretar
la calidad de los nuevos enfoques.
Jesús en la Eucaristía nos espera y nos llama: "Venid a mí todos los que estáis
fatigados y agobiados, y yo os daré descanso" (Mt 11, 28). Melitón de
Sardes comenta así: "Venid, pues, oh gentes todas, agobiadas por los pecados, y
recibid el perdón. En efecto, yo soy vuestro perdón, yo soy la Pascua de la
redención, yo soy el Cordero inmolado por vosotros, yo soy vuestro lavatorio, yo
soy vuestra vida, yo soy vuestra resurrección, yo soy vuestra luz, yo soy
vuestra salvación, yo soy vuestro rey. Yo os elevo hasta el cielo. Yo os
resucitaré y haré que veáis al Padre que está en el cielo. Yo os exaltaré con mi
diestra" (Homilía sobre la Pascua, 2-7).
El "celo por Cristo" debe llevar a las personas consagradas a poner en el centro
de su existencia y de su actividad a Jesús, presente y operante en la
Eucaristía. En torno a su mesa nuestras orientaciones apostólicas tendrán más
garantías de fidelidad a su espíritu y una capacidad más cierta de tomar
decisiones acertadas.
Jesús vino para anunciar la "buena nueva" y hoy nos repite lo que dijo al
apóstol Pedro cuando estaba desalentado por la pesca infructuosa: "Duc in
altum" (Lc 5, 4; cf.
Novo millennio ineunte, 1).
Es el desafío de la Eucaristía. La vida consagrada vuelve a encontrar su
identidad cuando refleja en sus obras la "memoria viviente del modo de existir y
de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos. Es
tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador" (Vita
consecrata, 22).
Esta perspectiva eucarística da nuevo vigor a las motivaciones espirituales y
nueva vitalidad a la actividad apostólica, y lleva a su plena realización la
consagración bautismal, fundamento de la identidad y de la misión de las
personas consagradas.
Creo que hoy Cristo, la Iglesia y la humanidad plantean a la vida consagrada, en
particular, tres grandes desafíos: afirmar el primado de la santidad;
fortalecer su sentido eclesial; y testimoniar la fuerza de la caridad de Cristo.
La exhortación apostólica
Ecclesia in Europa alude a esto, recordando que "se necesita siempre la
santidad, la profecía, la actividad evangelizadora y de servicio de las personas
consagradas" (n. 37).
Afirmar el primado de la santidad
El mensaje fundamental del Santo Padre para el tercer milenio es, sobre todo,
afirmar el primado de la santidad en la vida cristiana.
La santidad, en la rica variedad de sus formas y de sus caminos, constituye
desde siempre el objetivo primario de cuantos "dejando la vida según el mundo,
buscaron a Dios y se dedicaron a él, "sin anteponer nada al amor de Cristo"" (Vita
consecrata, 6). Sobre todo hoy, en el clima de laicismo en que vivimos,
el testimonio de una vida consagrada totalmente a Dios es un recuerdo elocuente
de que Dios basta para llenar el corazón del hombre.
En la
Novo millennio ineunte el Santo Padre Juan Pablo II afirma: "no dudo en
decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la
santidad" (n. 30). Luego añade que partir de la santidad "significa expresar
la convicción de que, si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de
Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería
un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética
minimalista y una religiosidad superficial" (ib., 31).
La vida consagrada, en sus diversas formas, en todos los tiempos y lugares, ha
sido suscitada por el Espíritu Santo precisamente para ofrecer a las comunidades
cristianas la imagen de la perfección evangélica.
Es necesario hacer más vigoroso el camino del seguimiento de Cristo, que por la
encarnación se hizo en todo semejante al hombre, excepto en el pecado. De modo
análogo, mediante una inculturación realizada con prudencia, la vida consagrada
asimila los valores de la sociedad a la que está llamada a servir, descartando
lo que está marcado por el pecado e infundiéndole la fuerza vital del Evangelio.
Por este camino, en la medida en que un instituto de vida consagrada logra
integrar los valores positivos de una cultura determinada, se convierte en
instrumento de su apertura a las dimensiones de la santidad cristiana para todo
un pueblo (cf.
Ecclesia in Africa, 87).
Las personas consagradas, que tienden constantemente a realizar el "plan de Dios
sobre el hombre", se sitúan en la línea del ideal cristiano común y no fuera o
encima de él. "En efecto, toda la Iglesia espera mucho del testimonio de
comunidades ricas "de gozo y del Espíritu Santo" (Hch 13, 52)" (Vita
consecrata, 45). "Si es verdad que todos los cristianos están llamados
"a la santidad y a la perfección en su propio estado", las personas consagradas,
gracias a una "nueva y especial consagración", tienen la misión de hacer
resplandecer la forma de vida de Cristo a través del testimonio de los consejos
evangélicos, como apoyo a la fidelidad de todo el cuerpo de Cristo" (Caminar
desde Cristo, 13).
La vocación común de todos los cristianos a la santidad nunca puede ser un
obstáculo; es, más bien, un estímulo a la originalidad y a la contribución
específica de los religiosos y las religiosas al esplendor de la santidad de
toda la Iglesia.
Iluminar el camino
La Eucaristía ilumina el camino y da vitalidad al itinerario de santidad de la
Iglesia y de todos los cristianos.
A través de la Eucaristía el sacrificio de Jesús se hace presente en todos los
tiempos y lugares; es su acto de abandono en manos del Padre, su entrega total a
la humanidad para indicarnos el camino de la santidad. La Eucaristía vuelve a
proponer a toda la humanidad y a cada uno de nosotros el modelo según el cual
Jesús se "entregó" a los hombres y el modo como se "abandonó" en manos del Padre
en su muerte. En la Eucaristía es él quien eternamente "se entrega", se dona a
la humanidad como gracia. En ella las personas consagradas aprenden a decir con
san Pablo: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo
quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de
Dios, que me amó hasta entregarse por mí" (Ga 2, 20).
Aquí se manifiestan, con toda su claridad, la identidad y la misión de la vida
consagrada, como continuidad de la misión de Cristo y en completa dependencia de
él. Así, el celo por Cristo se transforma en energía activa, en fervor por la
humanidad.
En la celebración eucarística, según las características propias de las personas
y de las instituciones, Jesús enseña a ofrecer en el tiempo presente su
sufrimiento y su muerte por la salvación de la humanidad. Su pasión y su muerte
se convierten en acontecimiento fundamental e inspirador del modo de vivir y de
actuar de las personas consagradas, haciendo que todo instante se transforme en
momento de gracia. Así se cumple la exhortación de san Pablo a llevar "en
toda ocasión y por todas partes, en el cuerpo, la muerte de Jesús, para que
también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Co 4, 10).
En la Eucaristía se crea una íntima relación entre nuestro cuerpo y el Cuerpo de
Jesús, Cuerpo puesto en manos de pecadores y entregado a la muerte, para que la
gloria eterna del Padre resplandezca en el rostro del Hijo. Del mismo modo,
nuestro cuerpo, configurado con el de Jesús, da su contribución al designio de
amor y salvación del Padre, sacrificándose por amor y mostrando el camino de la
salvación.
Este es el rostro auténtico de la santidad que la vida consagrada está llamada a
hacer presente hoy.
Fortalecer el sentido eclesial
El segundo gran desafío planteado a la vida consagrada es el de dar un sentido
más ampliamente eclesial a su vida y a sus obras, haciendo que las comunidades
sean "casas y escuelas de comunión" (cf.
Novo millennio ineunte, 43;
Comenzar desde Cristo, 25 y 28, y casi toda la tercera parte).
Ciertamente, es notable el camino recorrido durante los últimos años en el
ámbito del estudio de la identidad de la vida consagrada; sin embargo, no parece
que los datos contenidos en los documentos del Magisterio, particularmente en la
exhortación apostólica
Vita consecrata y en las dos Instrucciones de nuestro dicasterio "La
vida fraterna en comunidad" y "Comenzar desde Cristo", hayan penetrado en la
conciencia de las personas consagradas ni en la de las comunidades cristianas.
Hoy, en la Iglesia, la noción de "comunión" se ha convertido en la "clave de
interpretación" más importante (cf. Congregación para la doctrina de la fe,
Comunionis notio, 28 de mayo de 1992, n. 3; Juan Pablo II, Discurso a
los obispos de Estados Unidos, 16 de septiembre de 1987, n. 1). La identidad
de los miembros de la Iglesia ya no se define partiendo de ellos mismos, sino de
las relaciones eclesiales y de los modos específicos de participar en la misión
única de Cristo y de la Iglesia (cf.
Christifideles laici, 8;
Pastores dabo vobis, 12;
Vita consecrata, 16 ss;
Pastores gregis, 22; Lineamenta de la X Asamblea general
ordinaria del Sínodo de los obispos sobre el tema: "El obispo, servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo", Introducción). La
afirmación de la identidad personal siempre es fruto de la calidad de las
relaciones instauradas con los hermanos y hermanas en la fe.
Así pues, resulta indispensable cuidar la calidad de las relaciones eclesiales
con todos los que, guiados por el Espíritu de Dios y "obedientes a la voz del
Padre, (...) siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para merecer
tener parte en su gloria" (Lumen
gentium, 41).
Eso llevará a los consagrados a una fuerte experiencia de "éxodo". Liberados de
las estrecheces del yo, están llamados a salir de sí mismos y a buscar juntos el
sentido de su existencia en la comunidad y de su actividad apostólica. Sólo en
una dinámica de relaciones eclesiales y sociales se revela y se refuerza la
identidad de los dones carismáticos propios de los institutos.
Hay una imagen que utilizan a menudo las familias religiosas para representar su
historia: la del árbol, en el que el fundador constituye el tronco y los
superiores generales o los santos, las ramas. En una obra publicada en Venecia,
en el año 1586 (Pietro Rodolfi de Tossignano, Historiarum seraphicae
religionis...; v. DIP 4, 518) se recogía la imagen del árbol, pero unida a
la de la barca. En esta imagen, la barca representaba a la Iglesia, en la que
se había plantado un mástil inmenso, cubierto de ramas como un árbol. Navegando
en un mar agitado, esta barca recibía la ayuda de los santos religiosos para
llegar al puerto. La imagen ilustra muy bien cómo la vida consagrada se
desarrolla cuando está unida de modo vital a su tronco y cuando hunde sus raíces
en la tierra fértil de la Iglesia.
Esas dos imágenes, es decir, el árbol y la barca, indican dos modos de concebir
la vida consagrada. El árbol sugiere la idea de estabilidad, pero da la
impresión de que la familia religiosa podría buscar su auto-celebración. Por el
contrario, la barca introduce la idea de una vida consagrada entendida como un
dinamismo y un servicio que se ha de prestar a la Iglesia para llegar al
"puerto".
Para una vitalidad renovada
Una relación más dinámica con Cristo y con su cuerpo, que es la Iglesia, sitúa
el proceso de renovación de los institutos de vida consagrada y de las
sociedades de vida apostólica en el camino correcto. En efecto, no se trata de "refundar"
con la lógica de las "urgencias humanas", sino de permitir que Cristo los
acompañe, como hicieron los discípulos de Emaús el día de Pascua, dejando que su
palabra haga arder el corazón, que el "pan partido" abra nuestros ojos a la
contemplación de su rostro. Sólo así el fuego de su caridad tendrá bastante
fuerza como para impulsar a cada persona consagrada a difundir la luz y la vida
en la Iglesia y entre los hombres.
Además, desde esta perspectiva, el camino de renovación nunca será una mera
vuelta a los orígenes, sino una recuperación del fervor de los orígenes, de la
alegría del inicio de la experiencia, para vivir de una forma creativa el propio
carisma. Una relación más abierta y libre con los orígenes se traduce, por medio
de un crecimiento y un progreso auténticos, en la comprensión y en la aplicación
del don del Espíritu, que ha dado vida a una familia de vida consagrada.
Toda renovación se ha de traducir en un don hecho a la Iglesia para ayudarla a
llegar al "puerto". Las personas consagradas están llamadas a afrontar,
juntamente con sus hermanos y hermanas, los riesgos de la navegación, a trabajar
en la barca y a no quedarse en la ribera de sus certezas. Las personas
consagradas no son "faros", sino marineros en la barca de la Iglesia. El faro no
conoce peligros, mientras que el marinero los afronta a diario, son su pan de
cada día, y también su motivo de orgullo.
La vida consagrada, arraigada sólidamente en la tierra fértil de la Iglesia e
injertada de modo vital en la teología y en la espiritualidad de los consejos
evangélicos, según las enseñanzas de la exhortación apostólica postsinodal
Vita consecrata (cf. nn. 20-21), encontrará luz y vigor a fin de hacer
las opciones valientes que resultan necesarias para responder de modo eficaz a
las demandas de la humanidad. Confrontándose con las fuentes de los carismas y
con sus Constituciones, tomará nuevo impulso para hacer interpretaciones nuevas,
aunque no menos exigentes. El dinamismo renovado de una vida espiritual más
eclesial y comunitaria, más generosa e iluminada en sus opciones apostólicas (cf.
Comenzar desde Cristo, 20), ofrecerá a las personas consagradas la
ocasión para dar nueva vida a sus raíces en el tejido de las comunidades
cristianas en las que actúan.
En esta búsqueda de una vitalidad renovada, la Eucaristía es la fuente y la
escuela de una formación acorde con las características de la fe y del servicio
propias de cada uno. El misterio eucarístico educa admirablemente para encontrar
el espacio y el modo de reafirmar el respeto de las sanas tradiciones y
predispone a escuchar las nuevas peticiones de ayuda de la humanidad herida y
oprimida de nuestro tiempo.
Durante la celebración de la Eucaristía, Jesús repite una vez más: "Haced esto
en memoria mía" (Lc 22, 19). En efecto, toda la sagrada Escritura está
construida sobre el "hacer memoria". "Recuerda" es una de las expresiones
fundamentales de la Alianza. Dios pide a su pueblo que tenga esta disposición
fundamental y total de "corazón", por la que se fía y se entrega completamente a
él, en la escucha obediente de su palabra. Sin el recuerdo del Éxodo y de la
Pascua, Israel, el pueblo de Dios, no habría existido y no habría tenido
consistencia. La memoria del pasado, de los hechos y de las palabras, interpreta
los acontecimientos, convirtiéndose en fuente de discernimiento en el presente y
orientando "proféticamente" hacia el futuro.
"Hacer memoria" no significa recordar con nostalgia algo que ya no existe y que
ciertamente ya no puede repetirse. "Hacer memoria", en sentido bíblico, se
expresa con la palabra "memorial", es decir, memoria eficaz que renueva, realiza
y pone en acto lo que recuerda, haciéndose contemporánea del acontecimiento.
Aprender a "hacer memoria" significa, ante todo, renovar el sentido del "don",
de la "escucha". Para nosotros, la Eucaristía, Pascua de Jesús, su presencia, su
muerte en sacrificio, su resurrección, es alimento, fuente de vida, comunión con
ese don, cumbre y centro de nuestra vida de bautizados y consagrados.
La Eucaristía nos vincula a los acontecimientos y al dinamismo de los orígenes
de la Iglesia y de nuestros institutos; los hace activos en el corazón y en la
vida de las mujeres y de los hombres de hoy. Es la realización del deseo de
Jesús. "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer" (Lc
22, 15).
Cada instituto de vida consagrada es una realización, en la historia, de este
deseo de Jesús. Sólo aprendiendo a "hacer memoria" los institutos encontrarán el
camino para afrontar el desafío de recobrar las dimensiones reales de su
identidad en la Iglesia y para reavivar su celo misionero, a fin de contribuir
con humildad y ardor a la obra de la nueva evangelización, que el mundo espera
de la Iglesia.
Testimoniar la fuerza de la caridad de Cristo
El tercer desafío que afronta hoy la vida consagrada es el de ser "signo de la
Pascua del Señor entre los hombres" a través de la caridad.
El compromiso de transformar la realidad social con la fuerza del Evangelio
siempre ha sido un desafío y sigue siéndolo también ahora, al inicio del tercer
milenio de la era cristiana.
Anunciar a Jesucristo, "Buena Nueva" de la salvación, del amor, de la justicia y
de la paz, no es siempre fácil de aceptar en el mundo actual. Sin embargo, el
hombre tiene hoy más necesidad que nunca del Evangelio, de la fe que salva, de
la esperanza que ilumina, de la caridad que dona (cf. Consejo pontificio
Justicia y paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, Vaticano
2004, Presentación).
La historia nos sitúa hoy ante muchos fenómenos nuevos que alimentan tanto la
esperanza de una vida más plena como el miedo al sufrimiento y a la muerte; esos
fenómenos hablan de progreso y de libertad, tratando de esconder los signos
profundos de las nuevas esclavitudes y las luchas entre los hombres, los pueblos
y las naciones. En este "hábitat" los consagrados corren el riesgo de que la
justa toma de posición en favor de los pobres y los oprimidos degenere a causa
de la lógica de los contrastes y de la lucha despiadada, e impulse hacia un
"horizontalismo" limitado, lleno de amargura y vaciado de una esperanza
auténtica, que aleje de Cristo, único Salvador del hombre, en vez de acercar a
él.
Hoy, la inmensa mayoría de las personas, cada vez menos abiertas a un futuro
escatológico, viven sin esperanza. La vida presente se les presenta como una
ocasión única de sacar el mayor provecho posible: cada vez más provecho y cada
vez más rápidamente. Esta actitud entraña cierta desesperación, sobre todo
cuando la realización de los deseos resulta imposible, como sucede casi siempre.
Esta situación interpela de modo especial a las personas consagradas, que han
hecho del futuro su profesión de fe, y de la esperanza escatológica el motor de
su existencia.
Aquí la misión profética de la vida consagrada asume una importancia particular.
En este ámbito, desempeña un ministerio específico que, en cierto sentido, por
analogía, podríamos definir "sacerdotal". En efecto, en la Instrucción
Comenzar desde Cristo leemos: "A imitación de Jesús, aquellos a quienes
Dios llama para que le sigan son consagrados y enviados al mundo para continuar
su misión. Más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo,
se hace misión. Los consagrados, cuanto más se dejan configurar con Cristo,
tanto más lo hacen presente y operante en la historia para la salvación de los
hombres. Abiertos a las necesidades del mundo desde la perspectiva de Dios,
miran a un futuro con dimensión de resurrección, dispuestos a seguir el ejemplo
de Cristo, que vino a nosotros a dar su vida y a darla en abundancia (cf. Jn
10, 10)" (n. 9).
También para la caridad la Eucaristía es el lugar en donde las personas
consagradas pueden encontrar nuevo vigor profético con vistas a la vida común y
al servicio a los hombres. La Eucaristía hace contemporánea la cruz en la que
Cristo muere, "desciende al lugar de los muertos", se hace solidario con todos
los que fueron, son o serán prisioneros del pecado y de la muerte, para que en
él cuantos se encuentran alejados puedan llegar a ser hermanos y acercarse al
Padre. En esta escuela, las personas consagradas aprenden el celo auténtico por
la humanidad y escuchan la invitación a vivir su misión como participación en la
muerte que caracteriza el cuerpo y el alma de los hombres y las mujeres, para
abrirlos a una esperanza más allá de la muerte.
La vida consagrada, iluminada por la celebración eucarística, aprenderá a
convertirse en "buen samaritano", como hizo Cristo y, con el Espíritu de Cristo,
sabrá proponer caminos de esperanza a todos los hombres que encuentre en su
camino. En la celebración eucarística "hacer memoria" de la muerte violenta de
Jesús se transforma en "no violencia", en don espontáneo de sí. Jesús no es
sacrificado; él se sacrifica. El principio de la oposición cede su lugar al
principio de la solidaridad.
La Eucaristía es a la vez, e inseparablemente, sacrificio, memoria y alimento.
El Verbo hecho carne se ofrece en sacrificio. Quien se adhiere con fe a este
misterio entra en comunión con este don de Cristo y se transforma a su vez en
"don", pues en la celebración eucarística la comunión va unida al sacrificio de
Cristo (cf. Jn 6, 49-58). Cuando no se acepta este don, esta entrega de
sí mismo al Señor en la Eucaristía, se hace revivir el drama y la laceración de
la traición de Judas; se actúa como las personas que, en la sinagoga de
Cafarnaúm, ante el anuncio del don de la carne y de la sangre para la vida del
mundo, renuncian a seguir a Jesús (cf. Jn 6, 64-70).
Al contrario, toda actividad pastoral, todo servicio a los pequeños, a los
pobres, a los enfermos, a los abandonados al borde del camino, cuando parten de
una participación profunda en el misterio eucarístico, se convierten en el
cumplimiento del mandamiento de Jesús: "Haced esto en memoria mía". El fuego de
la caridad de Cristo lo envuelve todo y se convierte en compromiso y en don de
sí mismos. La vida consagrada toma fuerza para salir de los "bloques", para
superar las barreras, para vencer la cerrazón en sí mismos, para iluminar las
lecturas unilaterales de la realidad.
Así, el "sacrificium laudis" de las personas consagradas se expresará con nuevo
celo por la humanidad y las impulsará a completar en su carne "lo que falta a
los sufrimientos de Cristo". El servir, el ser pequeños, el estar alegres,
tendrán siempre como raíz y fundamento la Pascua del Señor, acogida, amada y
sostenida para la salvación de todos.
Hacia una Pascua universal
No sólo los religiosos están impulsados por esta energía eucarística, que todo
lo renueva, sino también el universo entero. La vida que Cristo transmite, esta
entrega de sí mismos, por medio de la Eucaristía va mucho más allá. Su influjo
llega a todas las dimensiones materiales, a todo el cosmos. Toda la creación, en
cierto modo, está presente en el pan y en el vino de la Eucaristía, elementos de
la naturaleza cultivados por el hombre. En la Eucaristía, la creación y el
trabajo del hombre están profundamente unidos en la historia de la salvación.
Toda la creación espera con ansia la revelación del Hijo de Dios (cf. Rm
8, 19) y el hombre, transformado por la Eucaristía, se esforzará por renovar el
universo entero, llevándolo consigo hacia la plenitud de la vida. Así, la vida
consagrada encuentra en la Eucaristía la luz para acompañar en la verdad el
camino de los que buscan una relación más fecunda con la naturaleza, sin
idealizaciones ni instrumentalizaciones, dando a cada cosa su justo valor en la
lógica del "don" y del "servicio".
Comenzar por la formación
Hay un último punto sumamente importante. En todos los sectores de la vida
eclesial la formación constituye un elemento decisivo. Eso vale en particular
para las personas consagradas. Desde la formación inicial, será importante
enseñar a las personas a emplear todas sus energías, sus potencialidades y sus
fuerzas afectivas en el seguimiento radical de Cristo, descubierto
progresivamente como el "único", el "único necesario", el que es la fuente de
vida y que puede colmar, más allá de cualquier palabra, el corazón de un hombre
o de una mujer.
Del encuentro con Aquel que, "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de
su categoría de Dios" (Flp 2, 6), sino que se abajó hasta la muerte, y
una muerte de cruz para comunicar su divinidad y hacer al hombre más semejante a
sí, brotará el "propósito", es decir, el proyecto de una vida impregnada de la
presencia de Cristo, de una existencia polarizada en él, aprendiendo a cultivar
"los sentimientos de Cristo Jesús" (Flp 2, 5).
La experiencia del amor del Señor, fuerte e intenso, llevará a los jóvenes
consagrados a devolver ese amor, de modo exclusivo y esponsal; así los demás
amores y valores desaparecerán progresivamente del horizonte de su vida. "Todo
lo que para mí era ganancia -explica san Pablo con palabras que podrían
considerarse la síntesis de un proyecto de vida consagrada- lo consideré pérdida
comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la
excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y
todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él" (Flp 3,
7-9).
La profundidad y la totalidad de este amor apasionado a Cristo se transformará,
casi de modo espontáneo, en una participación total e incondicional en su amor
a la humanidad. Los jóvenes consagrados sentirán la necesidad irresistible de
anunciar el evangelio de las bienaventuranzas a todas las personas pobres,
desanimadas, oprimidas; se sentirán impulsados a ser sus compañeros en el
difícil camino de la vida según el estilo discreto y fuerte de Jesús; abrirán su
corazón a la esperanza, siguiendo el itinerario exigente del amor que se
entrega.
Es necesario revisar la formación de las personas consagradas, que ya no podrá
limitarse sólo a un período de la vida. En una realidad que cambia con un ritmo
desenfrenado, será fundamental desarrollar la disponibilidad a aprender durante
toda la vida, en cualquier edad, en cualquier contexto humano, a aprender de
cualquier persona y de cualquier cultura, con el fin de poder instruirse
partiendo de todo fragmento de verdad y de belleza que nos rodea. Sin embargo,
será preciso aprender a dejarse formar por la realidad diaria, por la propia
comunidad, por los propios hermanos y hermanas, por las cosas de cada día,
ordinarias y extraordinarias, por la oración y por el trabajo apostólico, en
medio de la alegría y del sufrimiento, hasta el momento de la muerte (cf.
Comenzar desde Cristo, 15).
Conclusión
Ojalá que la experiencia de la Virgen María, Madre de Jesús y Madre de la
Iglesia, que se dejó modelar por todos los acontecimientos de la vida de su Hijo
divino -"conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (Lc 2,
19)-, guíe también a la vida consagrada, para que persevere en la entrega a su
Señor y recorra los caminos de la nueva evangelización con caridad generosa y
libre.
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