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HOMILIA DE S.E.R. MONS. DARÍO CASTRILLÓN
HOYOS
EN LA SANTA MISA DEL VIERNES 11 DE JULIO
En el ENCUENTRO INTERNACIONAL DE SACERDOTES
EN YAMOUSSOUKRO (COSTA DE MARFIL)
1. Celebramos hoy la fiesta del Abad San
Benito y con él celebramos la primacía de la escucha, que debe ser nuestra
actitud constante; la primacía del silencio fecundo; la prioridad de la vida
interior, único origen del dinamismo pastoral; la prioridad de la
conversión cotidiana a nuestra identidad, a aquello que somos y que en cada
instante debemos llegar a ser.
Cómo es significativo y pedagógico para
nosotros recordar, precisamente aquí, que la Santa Madre Iglesia ha elegido
patrona de la misiones a la pequeña-gran carmelita de Lisieux: una
contemplativa! Es también sumamente significativo que hayan sido en gran parte
precisamente monjes benedictinos los evangelizadores de Europa, y que con la
evangelización hayan conservado y desarrollado lo mejor de aquella cultura
clásica que contenía en semilla los admirables elementos que se han integrado
con el cristianismo y que finalmente han determinado el florecimiento de la
civilización cristiana. Cuánta luz sobre todo el mundo, a través de
los entrecruzamientos determinados por los admirables planes de la Divina
Providencia!
Si cada Santo es --como en realidad lo es-- un
reflejo de la santidad divina, nosotros percibimos en Benito de Norcia la
primacía de lo Absoluto, el sentido de lo esencial.
La divina liturgia, en la oración colecta de
hoy, compendia todo esto de manera verdaderamente admirable y ricamente
sugestiva: nos hace pedir el poder correr "¡dilatato corde!".
Y se puede correr con la condición de "nihil praeponere" al
amor de Cristo.
Así ha sido la vida de San Benito: una
carrera a corazón abierto hacia el Señor que viene. Así debe ser nuestra vida
sacerdotal, en las propias circunstancias de tiempo, de lugar y de cargo; esta
debe ser la característica de nuestro sagrado ministerio.
Pero para correr "dilatato corde",
es necesario estar fuertemente motivados, necesitamos estar encendidos por aquel
fuego de amor que nos estalla entre las manos cada día cuando celebramos la
Santa Misa, por aquel fuego que nos inflama cuando somos silenciosos adoradores
del Santísimo Sacramento. Únicamente así podremos correr --no sólo caminar,
sino correr-- al encuentro de Él que viene, y a Él que viene también como
cualquier hermano que, sea o no consciente de ello, necesita de nuestro
ministerio, de nuestro ser sacerdotes.
Entonces corramos "dilatato corde"
al tan urgente ministerio de las confesiones y de la dirección espiritual,
corramos a la cabecera de un enfermo, corramos junto a una familia para
pacificar y animar, corramos allí donde haya un sufrimiento que aliviar, una
palabra de consuelo que decir, un problema que iluminar con la luz del Evangelio,
corramos a todas partes porque Cristo es indispensable para todos: sólo Él es
la salvación. Él no es un "optional", no es "un"
camino, "una" verdad, "una" vida, sino "el"
Camino, "la" Verdad, "la" Vida! En otros lugares puede haber
elementos de verdad, que es necesario valorar pero que en definitiva sólo en
Él se encuentran en plenitud. San Agustín, el gran africano que ilumina a la
Iglesia universal de todos los tiempos, observa: "Cristo es el puente
que une los extremos del camino interrumpido; es la única nave que puede
atravesar el mal sin fondo del pecado para unirnos con Dios. Cómo nos
podemos permitir olvidarlo si es el único nexo existente?" (en Jn
1,6-14 tr. 2).
Debemos "correr": ¡es la urgencia
misionera de cada tiempo y siempre será así hasta que Cristo sea todo en todos!
2. "Correr", pero para correr es
necesario tener certezas. Debemos estar bien fundados
en las certezas de la razón, en las certezas de la divina Revelación, en las
certezas del Magisterio de siempre. Debemos ser los hombres de la certeza y
debemos poder dar certezas a los demás. Certezas que tienen su centro en la
certeza fundamental, que es la resurrección de Cristo, sin la cual nuestra fe
sería vana y vano sería todo nuestro actuar, que se convertiría en golpear el
aire.
Por eso me digo a mí mismo y os repito a
vosotros: quién más que el sacerdote debe ser el hombre de la certeza?
En una cultura, ya tan generalizada, en la que
se privilegia la duda, considerada signo de una mente libre más que estímulo
para la búsqueda incansable de la verdad; en la que se privilegia la discusión,
a veces transformada en fin de sí misma; en la que se privilegia el diálogo
que no tiene como fin deseado la conversión, mientras que las certezas
expresarían "dogmatismo", intolerancia y cerrazón; en una cultura
así también nosotros sacerdotes estamos expuestos fácilmente a la tentación
de ceder ante el miedo a ser considerados integristas, a no ser populares frente
a la opinión pública, e incluso ser rechazados por ella. Pero entonces nuestro
correr se transforma en un acurrucarse y la gallardía necesaria para nuestro
anuncio se debilita, y este se reduce únicamente a los temas de común
aceptación y la misionariedad, intrínseca a nuestra identidad, corre el riesgo
de desvanecerse o de perder la necesaria integridad.
Si el Divino Maestro hubiera hecho esto, se
hubiera puesto de acuerdo con todos, hubiera terminado comiendo con Pilatos, con
Anás y Caifás. Todo pacífico, es verdad, pero la humanidad jamás hubiera
podido tener la imagen auténtica de la verdad, la claridad del camino y la
plena participación en la vida.
La certeza, aunque no sea "a la
page" en la cultura mundana corriente, es por sí misma una cualidad
positiva del conocimiento y no un defecto! Al contrario, la duda absoluta y el
probabilismo, tan lejanos de la justa perseverancia en la investigación y la
profundización, son, de por sí, como una enfermedad para el hombre, que ha
sido hecho para la verdad. Quien acuse de dogmatismo al sacerdote que predica
con humildad las certezas de la fe, en general, en la dialéctica y en los
hechos, se revela él mismo depositario de un indiscutible dogmatismo.
3. Nosotros
operarios del Evangelio tenemos necesidad de verdades indiscutibles sobre las
que apoyar nuestra existencia. Estas verdades fundamentales las poseeremos
si el Credo que recitamos se transforma verdaderamente en el punto de referencia
de nuestra vida.
La conciencia de la certeza llegará a ser
presupuesto y estímulo de nuestra inquietud misionera y de nuestro amor por los
hermanos que el Señor pone en nuestro camino, cuando asuma un carácter, no
sólo intelectual, sino también existencial. Sólo así se transforma en fuerza
propulsora de nuestro "amori tuo nihil praeponentes" y para el
cotidiano "viam mandatorum tuorum dilatato corde curramus".
Sólo si estamos dispuestos a vivir
existencialmente en nosotros mismos el efecto salvífico de las verdades que
creemos en la fe, nuestra vida será verdaderamente comunicativa. Es una
transformación que produce en nosotros y en los demás un cambio radical y
continuo.
Basta pensar en la Samaritana en el instante
en el que conmovida por el anuncio de Cristo, corrió asombrada a anunciar a los
demás habitantes de su pueblo: "Venid a ver un hombre que me ha dicho
todo lo que he hecho. No será él el Mesías?" (Jn 4,29). El encuentro
con Cristo ha sido para ella un acontecimiento que le ha llegado al corazón de
su ser. Por eso corre a comunicarlo a los otros. También la experiencia de
Pablo describe muy bien la dinámica del anuncio. Detenido en su carrera por
Cristo, que se le apareció en el camino de Damasco, se quedó tan profundamente
transformado que en todo su comportamiento se transparentará la presencia viva
de una memoria: la de haber encontrado a Cristo. Por esto él se coloca siempre,
en cualquier cosa que realice, como misionero. De hecho su anuncio es el
reverbero sobre los demás de aquello que le había ocurrido y que
continuamente, de nuevo, le ocurría.
Toda la predicación de los Apóstoles tiene
como fundamento psicológico y existencial la experiencia de su encuentro
personal con Cristo Jesús. Cristo, al inicio de su predicación, reune en torno
a sí a los Apóstoles no mediante un discurso intelectual sobre la salvación y
sobre la Nueva Alianza, sino a través de una propuesta concreta: la de
condividir con Él la vida de cada día: "Jesús, volviéndose, vio a
los dos discípulos que lo seguían y les dijo: qué buscáis? Le dijeron:
Rabbí dónde moras? Les dijo: Venid y ved" (Jn 1,38-39).
El Santo que celebramos hoy nos recuerda todo
esto.
4. San Benito, con
su vida y con su sapientísima Regla, nos recuerda que si no existe un nexo
existencial entre aquello que queremos transmitir a los demás y lo que nos ha
ocurrido a nosotros, es decir, un nexo entre la verdad anunciada y la
experiencia por nosotros vivida, nuestro testimonio no es totalmente verdadero y
pierde eficacia pastoral.
Las misiones y la evangelización no son
cuestión de publicidad y de "marketing", como tampoco lo son el
incremento de las vocaciones sacerdotales y de especial consagración. No! Es
cuestión de verdad, de contenidos, de identidad, de oración, de penitencia, de
santidad. Es el ámbito de la Gracia!
El cristianismo, la "plantatio" y el
crecimiento de la Iglesia (que es Cristo mismo dilatado en el tiempo) no depende
de las mesas redondas, de las convenciones, de las técnicas --aunque rectamente
utilizadas, puedan ser incluso necesarias-- porque se trata de una vida nueva.
El cristianismo se comunica cuando esta vida nueva se transmite de persona a
persona. He aquí porqué, en medio de todas las dificultades que encontramos en
el mundo contemporáneo, quisiera gritar con todas mis fuerzas, que la
Iglesia en camino hacia el Tercer Milenio tiene una sola necesidad: Santos y,
sobre todo, sacerdotes Santos! Y nosotros debemos llegar a serlo. Utópico?
No, al contrario, realista!
Basta con que cada día nos abramos, sin
oponer resistencia, a la gracia, para llegar a ser lo que ya somos. Además
basta ser testigos de nuestra identidad para que todos seamos misioneros
sumamente dinámicos, para hacer fructificar la tarea pastoral para la que hemos
sido creados.
Qué hizo San Benito, obrero formidable de la
civilización cristiana? No ha hecho sino orar y obedecer, sin anteponer nada
jamás al amor de Cristo.
5. Corramos, por
tanto, hermanos y amigos, libres de cualquier condicionamiento, sin
anteponer nada al amor de Cristo, interiormente unificados, realizando todo
"ut in omnibus glorificetur Deus"!
Seamos nosotros mismos, es decir, sacerdotes
cien por ciento, con nosotros mismos, con los demás, en todo lugar y
circunstancia, en nuestro interior y en el modo de presentarnos; seamos signos
claros, inconfundibles y coherentes, humildemente orgullosos del carácter que
hay en nosotros, fieles a la Iglesia Madre y al Magisterio, siempre al servicio
del primado de Dios, en el que únicamente está el verdadero bien de cada
hombre. He aquí nuestro primera y fundamental tarea de cara a la nueva
evangelización. Así ella no será para nosotros un "slogan", sino
una realidad.
La coherencia cuesta, pero es lo único que
recompensa en fecundidad y en verdadera felicidad. Si perseveramos en el
seguimiento de Cristo Sacerdote, en la eternidad estaremos en el número de
aquellos que "siguen al Cordero adondequiera que va" (Ap 14,4)
para gozar su felicidad.
En el Apocalipsis Cristo, dirigiéndose al
Obispo de Pérgamo, recuerda a Antipas que murió por el Evangelio y, con
palabras conmovidas, lo llama "mi fiel testigo" (Ap 2,13). No
puede pasarnos desapercibido el hecho de que así Cristo atribuye a Antipas su
propio título de Testigo fiel. ¡Mi fiel testigo! Vale la pena dar todo,
renunciar a todo, incluso a la vida, para merecer esta alabanza de la boca de
Cristo. ¡Si, vale la pena!
Yamoussoukro, 11 de julio de 1997.
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