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Miércoles, 17.05 - Los Santos hablan a los Sacerdotes
CONFERENCIA DE LA PROFESORA MARÍA ANTONIETTA
FALCHI-PELLEGRINI
SANTA CATALINA Y LOS SACERDOTES: UN MENSAJE PARA LA IGLESIA
DEL TERCER MILENIO
Eminencias, Excelencias, reverendos y queridos
diáconos,
Estoy especialmente honrada de prestarles mi
pequeño servicio a ustedes, a quienes S. Catalina de Siena define "Ministros
de la Sangre de Cristo", en esta Basílica patriarcal, centro del
catolicismo, donde se colocó la cátedra de quien es el "Dulce Cristo en
tierra".
"A lo largo de los siglos, siempre, los
acontecimientos visibles de la vida de la Iglesia han preparado mediante el
diálogo silenciosos de las almas consagradas con su Señor. La Virgen, que
guardó en su corazón cada palabra que Dios le dirijía, es el modelo de esas
almas atentas en las que vuelve a vivir la oración de Jesús, sumo sacerdote; y
las almas que, siguiendo su ejemplo, se dedican a la contemplación de la vida y
de la pasión de Cristo, son las que el Señor elige preferentemente para que
sean las herramientas de sus grandes obras en la Iglesia, como fueron Santa
Brígida y Santa Catalina de Siena".
Con estas palabras Edith Stein nos introduce
de forma sorprendente a la comprensión de Santa Catalina, y de su relación
privilegiada con la Iglesia y sus Ministros. En esta cita se unen las tres
Santas que Juan Pablo II ha proclamado recientemente Compatronas de Europa:
Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa Bendita de la
Cruz. Se trata de una coincidencia significativa, y aunque sea la intuición de
un camino común del que la Autora no pudo prever los resultados, lo que es
cierto es que estas tres mujeres tuvieron en común "la contemplación de
la vida y de la pasión de Cristo", el compartir la oración sacerdotal.
Mediante estas reflexiones, llegamos al
corazón de la santidad de Catalina, a su fundamento, fuerte como una roca: el
amor a Jesús Crucificado traduciéndose en amor y dedicación hacia la Iglesia,
su Vicario en la tierra, sus Ministros. Al mismo tiempo, es un amor de hija y
madre: fuerte y tierno, aprensivo y apaciguador, severo y bondadoso, que todo lo
pide y todo lo da, un amor total que no vacila en entregarse por completo. Por
eso fue elegida la Santa, y por eso ella aceptó convertirse en instrumento de
la obra de Dios en la Iglesia.
Extraordinario y admirable es el recorrido
diacrónico de esta joven de Siena: nacida en 1347, hija vigesimocuarta del
tintorero Iacopo di Benincasa y Monna Lapa, muerta en Roma en 1380, canonizada
por Pio II en 1461, proclamada Doctora de la Iglesia por Pablo VI el 4 de
octubre de 1970, finalmente es proclamada Compatrona de Europa por Juan Pablo II
el 1 de octubre de 1999. Este recorrido, que atraviesa muchos siglos de historia
de la Iglesia, destaca una actualidad cada vez mayor del mensaje de Catalina
respecto a las nuevas perspectivas socio-culturales.
La Santa de Siena, al rechazar el matrimonio
querido por su madre, a fin de ser completamente fiel a su único Esposo, elige
vivir su matrrimonio místico en el mundo, en la tercera orden dominicana de las
Mantellate, encarnando luminosamente el "genio femenino" descrito por
Juan Pablo II en Mulieris Dignitatem. En las palabras del Papa, la unión con
Cristo y la libertad arraigada en Dios explican la grande obra de Santa Catalina
de Siena en la vida de la Iglesia (M. D., n. 27).
En aquellos tiempos, cuando las mujeres no
tenían espacio alguno para actuar fuera de la casa o del convento, sólo la
unión con Cristo pudo otorgarle a Catalina la fuerza para viajar, hablar en
público, tratar Papas y soberanos, desempeñar papeles difíciles y arriesgados
para apaciguar los sangrientos conflictos políticos de la época, luchar en
favor de la reforma y la unidad de la Iglesia, desgarrada primero por el exilio
en Aviñón y luego por el Cisma de Occidente. Catalina, una mujer joven e
inculta, ¡trató con autoridad los poderosos de aquel tiempo! Por cierto, no
eran suyas la fuerza y la autoridad que manifestaba, como ella misma no se
cansaba de repetir. Cristo hablaba en ella y por ella, que se había convertido
en instrumento perfecto de la voluntad de Dios. En efecto, escribía a los
poderosos en nombre de Jesús Crucificado y en su precioso sangre, y en este
nombre glorioso podía permitirse reproches e incitaciones, siempre mirando
hacia la gloria de Dios, el bien de la Iglesia, la salvación de las almas, la
paz de todos los hombres.
Al leer la vida de Catalina, vuelven a la
mente las palabras dirigidas a la Santísima Virgen por el arcángel Gabriel:
"Para Dios, nada es imposible". Y el Señor le recuerda a Catalina
estas mismas palabras, al pedirle que salga de casa para empezar su apostolado
público. En su vida, todo es obra de Dios: de su doctrina, que ya Pio II, en su
bula de canonización, definió "non acquisita fuit", no apoyada en
una formación cultural adecuada, a su acción, que trascendía cualquier tipo
de fuerzas humanas. Al proclamarla Doctora de Iglesia, Pablo VI dice de esta
mujer: "Lo que más impacta en la Santa es su sabiduría infusa, es decir
su lúcida, profunda y arrobadora asimilación de las verdades divinas y los
misterios de la fe, (...), por cierto una asimilación favorecida por sus dotes
naturales muy singulares, pero también evidentemente prodigiosa, y debida a un
carisma de sabiduría del Espíritu Santo". La docilidad a la acción de
Dios, al don del Espíritu Santo es lo que hace grande Santa Catalina, en una
unión total de amor entre Aquel que es y la que no es, así como queda
expresado en el lenguaje típico de Catalina en lo que se refiere a la relación
entre Creador y criatura: "He decidido enviar hembras inconscientes,
débiles y frágiles por su naturaleza, pero ricas de mi sabiduría divina, para
confundir su soberbia y temeridad", le comunica el Señor. Una vez más
Dios ha elegido a los débiles para confundir a los fuertes, y ha revelado a los
pequeños, una pequeña y grande mujer, los misterios de Su Reino. Parecida a
María por la obediencia de la fe, Catalina también lo es en la maternidad
espiritual hacia la Iglesia. "Catalina refleja en sí misma la imagen de
María, madre de la Iglesia. Ella advierte esta tarea maternal como su misión
personal". Por eso sufre al ver la Esposa demacrada y pálida por culpa de
sus hijos, y por esto los acusa y les reprocha, aun más si son sus mismos
Misnistros quienes hieren con sus conductas a la Iglesia. Como destaca Juan
Pablo II, proclamándola Compatrona de Europa, la virgen de Siena ha entregado
toda su vida por la Iglesia. Ella misma lo atestigua en punto de muerte, delante
de sus hijos espirituales: "Estén seguros, hijitos queridos, que yo di la
vida por la Santa Iglesia" . En 1370, al despertarse después de la
experiencia de la muerte mística, Catalina confía a su Confesor haber
escuchado al Señor pronunciando estas palabras: "La celda ya no será tu
habitación habitual; al contrario, para la salud de las almas, te tocará salir
de tu misma ciudad (...); llevarás el honor de mi nombre y mi doctrina a
grandes y pequeños, ya sean laicos, clérigos o religiosos. Pondré en tu boca
una sabiduría a la que nadie podrá resistirse. Te llevaré delante de los
Pontífices, los Jefes de las Iglesias y el pueblo cristiano, para que, a
través de los débiles, como es mi manera de actuar,yo humille la soberbia de
los fuertes". Empieza así, por obediencia al amor de Dios, la vida
pública de Catalina. A la vez que deja su celda para hacerse embajadora de
Cristo, "Dulce Verdad" en Italia y en Europa, se recoge cada vez más
en la "celda interior", donde el alma se entretiene sola con su Señor:
y sólo aquí puede recibir del Crucificado la sabiduría y la fuerza para luego
actuar. Y aunque es cierto que S. Tomás y toda la tradición cristiana están
presentes en Catalina, asimilados por el ambiente religioso que le rodea, la
Santa no se fundamenta en una cultura humana, sino, como San Pablo, en el
conocimiento de Cristo Crucificado y, como hija auténtica de San Domingo, les
trasmite a los demás lo que ha conocido en la contemplación.
La vida de la Santa de Siena testimonia cómo
acción y contemplación no se sustituyen la una a la otra, ni mucho menos se
yuxtaponen, sino se integran porque ninguna es completa sin la otra. Y aún más
en la sociedad actual, en la que vivimos siempre corriendo contra el tiempo esta
enseñanza aparece significativa: ningún compromiso pastoral o laboral puede
distraernos de la intimidad con Quien sin el cual nada tendría algún sentido.
Hace falta quedarse en la "celda interior", en la celda del "conocimiento
de sí": es lo que no se cansa de recomendar Catalina a los sacerdotes,
como un arma para vencer las tentaciones y las insidias del mundo.
En una época en la cual Italia estaba
desgarrada por los conflictos civiles y la Iglesia era víctima de la
corrupción y de los intereses políticos, la obra de la Santa tuvo tres
objetivos primordiales: la pacificación de las ciudades italianas, la reforma
de la Iglesia y el regreso del Papa a Roma desde su exilio en Aviñón. Se
comprometió en cada empresa con todas su energía, armada sólo de la fuerza de
su fe y de su caridad. Y Dios corona su obra con resultados. El regreso de
Gregorio XI del exilio es el mayor, aquel por el cual la historia recordará
siempre el nombre de Catalina, un resultado que hubiera sido difícil para
cualquiera y aún más para una joven desprovista de cada poder terrenal. Sin
embargo, Dios actuaba mediante ella.
La alegría por el regreso del Papa no duró
mucho. Al poco tiempo, la Iglesia vuelve a ser desgarrada por el cisma. Catalina
acude a Roma, convocada por Urbano VI, y aquí agota sus últimas fuerzas en
holocausto por la Iglesia, apoyando a toda costa el legítimo Pontífice.
Además utiliza todo medio a su alcance, desde los reproches violentos, pasando
por las exhortaciones y los rezos, en favor de esta última batalla, de la que
no iba a ver la conclusión.
Las batallas combatidas por Santa Catalina en
favor de la Iglesia dejan su testimonio en las cartas que ella escribió a
Papas, Cardenales, Monjes, Sacerdotes... En éstas, siempre está presente un
gran amor a los Ministros sagrados, un amor unido con la devoción y el respeto,
reverente delante de la dignidad del Sacramento administrado por ellos.»Padre,
por la reverencia del Sacramento»: muchas veces se dirije así a los Sacerdotes.
La profundidad de este amor, que por cierto no depende de los méritos humanos
de sus destinatarios, sólo es igual a la fuerza de los reproches de quienes han
estropeado el rostro de la Iglesia-Esposa. Y es la conciencia de este amor lo
que hace libre a Catalina, permitiéndole pronunciar acusaciones y reproches
para el bien de la Iglesia, sin miedo a ser empujada por otras, más mundanas
razones.
Sólo al Papa, y nunca a los seglares, siempre
obligados a la reverencia hacia los Sacerdotes, corresponde de hecho la
corrección de los defectos de estos últimos, porque Cristo les dejó a Pedro y
sus discípulos las llaves de su Sangre, de la que se alimentan todos los
Sacramentos. Al Papa, que con fe ardiente Catalina reconoce como "dulce
Cristo en tierra" y le llama con tierno cariño "Mi adorado papá",
le pide que actúe enérgicamente para la reforma de la Iglesia. "Haced que
se pueda quitar el mal olor de los ministros de la Santa Iglesia; desarraigad
las flores pestíferas y plantad las olorosas, hombres virtuosos que teman a
Dios". En las cartas a los Sacerdotes, Catalina propone las líneas de una
reforma que, para abarcar el entero tema eclesial, tiene que partir de la
conversión individual. Les indica el amor propio come fuente de todos los
vicios y la humildad como la primera de las virtudes, encomendando una vida
sobria, alejada de los goces terrenales, pero solícita para el bien de las
almas, inspirada en la pureza, la paz y la caridad. El Sacerdote vive en la
oración y, como lo describe Catalina con bella simbología, "con la esposa
del breviario a su lado". Dirigiéndose, con solicitud maternal, a los
Sacerdotes en sus distintas condiciones humanas, Catalina señala siempre,
también a los más frágiles, esa dignidad que Dios les ha otorgado, como
dispensadores de la Sangre del Cordero. Y, a fin de ayudarles, les recuerda
cómo el "conocimiento de sí", conseguido con la razón alumbrada por
la fe, es condición imprescindible de una vida virtuosa, en tanto que los
alienta para que se confíen a María, a la que, escribe Catalina, "siempre
sois ofrecidos y donados". Y es maternal también la fuerza de sus
reproches, siempre orientados a la conversión de quien se equivocó. Sin
embargo hay una sola recomendación de la que Catalina nunca prescinde: "Permanezcan
en la dulce y santa dilección de Dios". A este respecto, aparece
particularmente preciada la atenta consideración de los números 17718/19 del
"Directorio para el Ministerio y la Vida de los Diáconos Permanentes".
Es obvio que, en la actualidad, no sería forzoso afirmar que un alma apasionada
de los "cristos" de Dios, cual fue Catalina, consideraría herramienta
providencial la generosa y motivada aplicación del susodicho Directorio para la
santificación de los Sacerdotes y el consiguiente bien del entero cuerpo
eclesial, y también de los documentos sucesivos de la Congregación para el
Clero: la Instrucción interdicasterial " De Ecclesiae mysterio" y la
carta circular "El Presbítero, Maestro de la Palabra, Ministro de los
Sacramentos y Guía de la Comunidad ante el Tercer Milenio Cristiano".
Para terminar, escuchemos del carisma
sapiencial de Catalina quiénes son los Sacerdotes. La Santa le dedica al tema
muchas páginas del Libro, que luego se llamará Dialogo della Divina
Provvidenza, dictado por ella a sus discípulos durante los éxtasis, y
donde describe la dignidad ministerial, don de Dios, como dignidad superior a la
de los Ángeles.
"Querida hijita, te dije todo esto para
que conozcas mejor la dignidad en la que coloqué a mis ministros y sufras más
por sus miserias (...). Ellos son mis ungidos y yo los llamé mis cristos,
porque les entregué a mí mismo a fin de que me administraran a vosotros. Esta
dignidad no la tienen los ángeles, y la di a los hombres, a quienes elegí como
mis ministros". Los Sacerdotes son para Catalina "ministros del
Sol", ya que son ministros del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, que es una
cosa sola con Dios, auténtico sol. De este altísimo Ministerio proceden las
tareas y los deberes de los Sacerdotes: la administración de los Sacramentos,
la dedicación a la gloria de Dios y la salud de las almas, el alumbramiento de
los fieles por la palabra y el ejemplo, la corrección de los pecadores, la
oración para los creyentes, la caridad hacia los pobres.
Los ministros santos y virtuosos, sigue Dios diciéndole a
Catalina, se parecen ellos mismos al sol. En efecto, tienen su luz y su calor,
"porque en ellos no hay tinieblas de pecado ni ignorancia, ya que siguen la
doctrina de mi Verdad; son tibios de ella, porque arden en el horno de mi
caridad". Por lo tanto difunden luz y calor en el cuerpo místico de la
Iglesia, alumbrando y recalentando las almas con la ciencia sobrenatural y la
caridad ardiente. Para los Sacerdotes, sus "cristos", Dios pide
siempre reverencia y respeto, a pesar de cualquier debilidad humana, porque toda
ofensa contra ellos es una ofensa contra Él mismo, y les pide, a Catalina y a
todos los cristianos, que recen asiduamente por la santa Iglesia y sus ministros.
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1 La preghiera della Chiesa, 1936
2 Tommaso da Siena, llamado el Caffarini, Vita di S. Caterina", P. II, c. I
3 AAS, LXII, 31 de octubre de 1970
4 Tommaso da Siena, llamado el Caffarini, ob. cit., P. II, c. I
5 C. Riccardi, Il messaggio filosofico e mistico di S. Caterina da Siena, Ed.
Cantagalli, 1994, p. 152.
6 Raimondo de Capua, Vita di S. Caterina da Siena, I. III, c. IV, n. 363
7 ibid. N. 216
8 Cfr. S. Caterina da Siena, Dialogo della Divina Provvidenza, c. 115
9 A Gregorio XI, Carta 270
10 A prete Andrea de Vitroni, Carta n. 2
11 A don Roberto da Napoli, Carta n. 342
12 S. Catalina de Siena, Dialogo della Divina Provvidenza, c. 113
13 Ibid. c. 119.
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