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Martes 16 de mayo - VÍA CRUCIS
PRESIDE S.E. REV. EL SR. CARD. JÁN CHRYZOSTOM KOREC
Nuestro Señor construyó su Iglesia también
a través del camino del Vía Crucis. Mientras subía la cuesta del Calvario,
era como si estuviera diciendo: " Tomen vuestra cruz y síganme... Yo soy
el Camino". Nosotros sacerdotes estamos invitados a caminar por este camino,
a través del Vía Crucis. Cada día estamos encerrados en su misterio, en el
misterio del sacrificio. Pero sabemos que este misterio no se cumple con la
muerte, se cumple con la vida nueva de la resurrección.
La Iglesia caminó casi siempre por el vía
crucis del sacrificio. Lo hizo también en el último siglo en todo el mundo, en
todos los continentes: en América, Asia, África pero sobre todo en Europa. En
muchas naciones, sus creyentes, sus sacerdotes, sus misioneros, durante años y
años, han caminado hacia el Gólgota, han llevado la cruz del sacrificio y de
la persecución. Muchos de nuestros sacerdotes han caminado por el escarpado
vía crucis y han llevado la cruz de la persecución en el duro trabajo de los
obreros y de los esclavos, en los terribles interrogatorios de la policía con
los ojos vendados y las cadenas en los pies y en las manos, como también en los
procesos de los tribunales. La Iglesia llevó la cruz por largos años en las
cárceles de todo el mundo, también en la civil Europa y en sus civiles
naciones, que en los siglos precedentes había instruido y educado.
La vía crucis de la Iglesia y de sus fieles
dura siempre. Cambiaron sus emperadores, cambiaron los enemigos, cambiaron los
jueces. Pero la cruz nos la ponemos sobre nuestras espaldas. Algunas veces
nosotros nos doblamos bajo el peso de la cruz. Si antes fue Simón de Cirene
quien ayudó a Jesús a llevar la cruz, en nuestro siglo es el mismo Jesús
Crucificado quien nos ayuda a llevar nuestra cruz. Nuestro sufrimiento es
también su sufrimiento, nuestro sacrificio es también su sacrificio.
El Vía Crucis de Jesús fue el primero pero
no el último. Aún la vida de cada uno de nosotros, si es una vida a la secuela
de Cristo, es también a la secuela de su Vía Crucis. La Iglesia no se olvidó
del Vía Crucis tampoco en la liturgia. Los creyentes vuelven constantemente a
ella con fe desde hace siglos hasta ahora, desde el Coliseo romano hasta la
iglesita más pobre de nuestras parroquias.
La Vía Crucis para nosotros es escuela de la
vida cristiana. Jesús cae y de levanta. Soporta su soledad. Y perdona.... El
Vía Crucis es una santa escuela de vida.
Durante el Vía Crucis la Madre se une a su
Hijo. Caminó en silencio. ¿Qué nos tenían que decir la Madre y el Hijo?
Estaban solos en el mundo. Se encontraron con la mirada y se vieron uno en el
corazón del otro. Que se dijeron con los ojos lo saben sólo ellos dos. Y el
Padre que está en los cielos. Los unía su fuerte, profundo y puro amor que
luego cambió el mundo. ¡Señor, concédenos que tu amor y el de tu Madre nos
penetre también a nosotros.! Al terminar el Vía Crucis en este encuentro
jubilar de los sacerdotes de todo el mundo, renovemos nuestras promesas
sacerdotales. No es por casualidad.
Esto tiene un profundo significado. Renovemos
las promesas como si estuviéramos en la cima del Gólgota bajo la cruz, donde
estaba y permanece la más grande fuerza del mundo: el amor de Dios en el Hijo
de Dios Jesucristo.
Este amor de Dios no se extinguió, no se
apagó, no dejó de ser la fuerza salvadora de nuestro mundo ni por un momento.
Con las palabras "Padre en tus manos entrego mi Espíritu" Jesús
ofreció su vida al Padre como sacrificio. Y fue aceptado. También nosotros,
sacerdotes, entregamos nuestras vidas junto a Jesús en las manos de Dios y
vivimos con El. Su sacrificio es una enorme fuerza en el mundo, conservada en la
Iglesia como la Eucaristía, como fuego de amor en este mundo. Mañana, junto al
sucesor de Pedro, celebraremos la Eucaristía, como inextinguible fuerza de amor.
Con Él subimos por el Vía Crucis a la cima del Gólgota bajo la cruz, hacia
Cristo. Su muerte como sacrificio se convirtió en su gloria a la cual
participamos en el misterio vivo de la Eucaristía. La tarea de nosotros,
sacerdotes, es la de guiar a cada uno y a las naciones en el mundo de modo tal
que no se den vuelta las espaldas, sino que se miren cara a cara en la
comprensión recíproca.
Nuestra ordenación sacerdotal cambió mucho: nuestra edad,
nuestra salud, nuestras experiencias. Pero la sustancia no cambió: soy
sacerdote de Cristo eternamente. Nosotros, sacerdotes, tenemos que ser siempre
guiados por la misma fe y por el mismo amor, tenemos que tener la misma misión,
la misma confianza. Nos mantiene vivos el mismo Jesús en la oración, en la
gente, en la Iglesia. Nos mantiene vivos el mismo Espíritu Santo. Nos protege
la misma Madre del Señor. ¡Ahora nos renovamos en este inmenso patrimonio de
fe como sacerdotes de Cristo de todos los continentes!
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