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MARÍA ROSA PELLESI (1917-1972)
Nació en Prignano sulla Secchia (Italia) el 11 de noviembre de
1917. Era la última de nueve hermanos. Desde el inicio, la vida le dio
belleza, elegancia, buen humor, dulzura, alegría y mucha paz. A los 17 años
llegó también el amor. Su existencia parecía haber tomado el camino de la
plena realización y de la felicidad. El binomio amor-felicidad era el sueño
que perseguía con todo su entusiasmo. Pero Dios tenía otros planes.
Escuchó la voz del Señor, que la invitaba a dejarlo todo para seguirlo. El 27
de agosto de 1940 dejó su casa para entrar en el convento de las Religiosas
Franciscanas de San Onofrio en Rímini, fundadas en 1885 por la madre Teresa de
Jesús Crucificado —en el siglo Faustina de los condes Zavagli—, que después,
por sugerencia de ella, se llamarían Franciscanas Misioneras de Cristo. Al
profesar tomó el nombre de María Rosa.
Emitió la profesión temporal el 25 de septiembre de 1942. Se dedicó a la
enseñanza en la escuela Santa Ana, de Rímini, y luego en la escuela parroquial
Pro Patria, en Ferrara. El 22 de julio de 1945 abrió una guardería en Tamara,
en Ferrara, pero menos de tres meses después se tuvo que internar en la
sección de enfermos de tuberculosis en el hospital Santa Ana de Ferrara,
iniciando así, a los 27 años, una larguísima experiencia de dolor, que duraría
otros 27 años, hospitalizada y sufriendo numerosísimas intervenciones
quirúrgicas.
Siempre buscó hacer la voluntad de Dios y ser santa en todas las
circunstancias. En la escuela del Cristo crucificado aprendió a sufrir y sobre
todo a entregarse como ofrenda por amor. En el hospital se comportó como el
buen samaritano, ayudando a los demás enfermos con su palabra, con su sonrisa
y con su sola presencia. Describiendo su experiencia hablaba siempre
de alegría, paz, serenidad, amor e incluso de felicidad.
El 16 de julio de 1946 se consagró a la Virgen. Repitió la consagración el 8
de diciembre de 1961.
En marzo de 1947 tuvieron que operarla para eliminar las adherencias de un
neumotórax y se vio afectada por una pleuritis con exudación. Desde entonces
tuvieron que extraerle periódicamente líquido de la pleura, que se convirtió
en una "fuente inagotable". Un solo médico registró más de mil de esas
intervenciones dolorosísimas (toracentesis). Durante una de ellas, el 28 de
octubre de 1955, se rompió la aguja y, dado que no lograron extraérsela, llevó
desde entonces clavada en su pecho esa "lanza", como ella la llamaba, hasta su
muerte.
En uno de sus escritos afirma: "Me abandono totalmente en Jesús. Me fío de
él. Lo amo. Es un abandono vivido en una oración continua y silenciosa.
A lo largo de 13 años llevó insertado, día y noche, el tubo de drenaje.
Ante el agravamiento de su salud, el 31 de agosto de 1947 anticipó la
profesión perpetua. Hizo peregrinaciones a Loreto en 1948, 1950 y 1957, y
también una a Lourdes en 1951.
El 5 de agosto de 1955 hizo un voto de abandono a la voluntad de Dios.
El 15 de marzo de 1968, al agravarse el edema pulmonar que sufría, recibió la
unción de los enfermos.
Murió el 1 de diciembre de 1972, a la hora de las Vísperas.
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