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MARÍA DE MATTIAS (1805 - 1866)
Fundadora de la congregación de las Religiosas
Adoratrices de la Sangre de Cristo
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Nació el 4 de febrero de 1805 en Vallecorsa (Italia) en una familia acomodada y
de profunda fe cristiana. Ya desde niña se familiarizó con la Sagrada
Escritura, y sintió un gran amor a Jesús, Cordero inmolado por la salvación
de la humanidad. Tuvo especial devoción por la Sangre de Cristo, derramada por
amor a los hombres.
Por las costumbres de la época, vivió su niñez y adolescencia relativamente
aislada, con pocos contactos y relaciones exteriores. En su interior, sin
embargo, buscaba el sentido de su vida, que esperaba encontrar en un amor sin
confines.
Se encomendó a la Virgen María para que la iluminara y Dios la hizo
experimentar la belleza de su amor, que se manifestó con plenitud en Cristo
crucificado, en Cristo que derramó su preciosísima sangre por nuestra salvación.
Esta experiencia fue la fuente, la fuerza y la motivación que la llevó a
difundir por doquier el amor misericordioso del Padre celestial, y el amor de
Jesús crucificado.
Estaba convencida de que la reforma de la sociedad nace del corazón de las
personas y que los hombres se transforman cuando llegan a comprender cuán
valiosos son a los ojos de Dios, cuando caen en la cuenta del inmenso amor de
que han sido objeto: Jesús dio toda su sangre para rescatarlos.
Cuando tenía 17 años, san Gaspar del Búfalo predicó en Vallecorsa una misión
popular y María vio cómo se transformaba el pueblo, con la conversión de
muchas personas. En su interior surgió el deseo de contribuir, como ese santo,
a la transformación espiritual de las personas.
Bajo la guía de un compañero de san Gaspar, el venerable don Giovanni Merlini,
el 4 de marzo de 1834 fundó la congregación de las Religiosas Adoratrices de
la Sangre de Cristo.
Además de promover la educación de las niñas, reunía a las madres y a las jóvenes
para catequizarlas, para hacer que se enamoraran de Jesús, impulsándolas a
vivir cristianamente, según su estado de vida. Muchos hombres, a los que no podía
hablar, a causa de las costumbres de la época, acudían espontáneamente a
escucharla.
A pesar de su carácter tímido e introvertido, el celo por la causa de Cristo
la convirtió en una gran predicadora, que convencía tanto a las personas
sencillas como a las cultas, tanto a los laicos como a los sacerdotes, porque
cuando hablaba de los misterios de la fe daba la impresión de que había
experimentado personalmente esas realidades. Su gran deseo era que no se
perdiera ni siquiera una gota de la Sangre de Cristo, sino que llegara a todos
los pecadores para purificarlos y para que, lavados en aquel río de
misericordia, volvieran al buen camino.
Este celo arrastró a muchas jóvenes. Así, pudo fundar cerca de setenta casas
religiosas, principalmente en Italia, pero también en Alemania e Inglaterra.
Casi todas sus casas se abrían en pequeñas aldeas abandonadas del centro de
Italia, a excepción de Roma, a donde fue llamada por el Papa Pío IX para
dirigir el Hospicio de San Luis y una escuela en Civitavecchia.
Vivió toda su vida con el único deseo de agradar a Jesús, que le había
robado el corazón desde su juventud, y con el compromiso gozoso de difundir al
máximo el conocimiento del amor de Dios por la humanidad. Para ello no escatimó
esfuerzos, ni se dejó abatir por las dificultades. Siempre actuó en profunda
comunión con la Iglesia universal y particular, y por amor a ella.
Murió en Roma el 20 de agosto de 1866. Fue beatificada por el Papa Pío XII el
1 de octubre de 1950.
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Homilía
de Juan Pablo II
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