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David Okelo (1902 ca.-1918) y Gildo Irwa (1906 ca.-1918)
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Dos jóvenes catequistas ugandeses, David Okelo, de entre 16 y
18 años, y Gildo Irwa, de entre 12 y 14, fueron martirizados a golpes de
lanza y cuchilladas en Palamuku, cerca de Paimol, aldea situada al norte de
Uganda, en la cuenca del alto Nilo. Era el año 1918.
El ejemplo dado por estos dos jóvenes, unidos por una profunda amistad y por
el entusiasmo de enseñar la religión cristiana a sus compatriotas, permanece
como signo de coherencia de vida cristiana, fidelidad a Cristo y compromiso en
el servicio misionero entre su pueblo.
La fecha de nacimiento de David y Gildo no se conoce con exactitud. Fueron
bautizados el 1 de junio de 1916 y confirmados el 15 de octubre del mismo año.
Pertenecían a la tribu Acholi, una rama del gran grupo Lwo, cuyos miembros
viven aún en su mayor parte en el norte de Uganda, aunque también están
presentes en el sur de Sudán, Kenia, Tanzania y Congo.
Los misioneros combonianos habían llegado en 1915 a la región de Kitgum,
donde comenzaron su labor evangelizadora con la ayuda de algunos catequistas.
Existían entonces muchas dificultades, algunas creadas por la primera guerra
mundial, otras por la peste, la viruela y la situación de carestía. Para los
brujos de la zona la llegada de la nueva religión era la causa de todas las
desgracias. Por ello, surgieron movimientos anticristianos y anticolonialistas
(los Adwi y los Abas) promovidos por los brujos y apoyados por los traficantes
de marfil y de esclavos, que veían en el cristianismo un obstáculo para sus
negocios. Además eran frecuentes las luchas tribales.
En este contexto de hostilidad y desconfianza se sitúa el testimonio heroico
de los dos jóvenes catequistas, que no dudaron en trasladarse a Paimol para
cubrir el vacío dejado en la obra de evangelización por la muerte de
Antonio, el hermano de David. Cuando este pidió al padre Cesare Gambaretto
sustituir a su hermano, juntamente con su amigo Gildo, el misionero intentó
disuadirles, no sólo por su juventud, sino también por el peligro que corrían
en aquella violenta zona. "¿Y si os matan?", preguntó entonces el
misionero. "¡Iremos al paraíso!", fue la respuesta inmediata.
"Ya está allí Antonio -añadió David-, no temo la muerte. ¿No murió
Jesús por nosotros?".
Llegaron a su destino en noviembre de 1917 y once meses más tarde fueron
asesinados por odio a la fe. Su martirio fue documentado por los habitantes de
Paimol y ocho testigos oculares, entre los que se encontraba uno de los que
les dieron muerte.
En Paimol, David y Gildo se dedicaban sin descanso a su misión de
evangelización y ganaban su sustento trabajando duramente en los campos. Un
catequista que enseñaba en una aldea dejó este testimonio: "Toda
la gente del pueblo sin excepción les amaba por el bien que hacían (...).
Murieron en el cumplimiento exacto de su enseñanza".
Al amanecer, David tocaba el tambor para llamar a sus catecúmenos a las
oraciones de la mañana. Juntamente con Gildo, rezaba también el rosario.
Enseñaba a los catecúmenos a memorizar las oraciones y las preguntas y
respuestas del catecismo; durante las clases, para facilitarles el aprendizaje
de las verdades fundamentales, les hacía repetir los textos también con la
ayuda de cantos. Además, visitaba las aldeas vecinas, desde donde acudían
sus catecúmenos, que durante el día ayudaban a sus padres en los campos o
con el ganado. Cuando se ponía el sol, David llamaba a la oración en común
y a rezar el rosario, concluyendo siempre con una canción a la Virgen. Los
domingos, celebraba un servicio de oración, animado a menudo por la presencia
de catecúmenos y catequistas de la zona.
Se recuerda a David como un joven de carácter pacífico y tímido, diligente
en sus tareas como catequista y querido por todos. Nunca se vio involucrado en
disputas tribales o políticas.
El padre Cesare Gambaretto, que había administrado los sacramentos a los dos
jóvenes mártires, describía a Gildo como un joven de carácter dulce y
alegre, muy inteligente. "Era de gran ayuda para David, y reunía a los
niños para recibir la instrucción con su dulzura e insistencia infantil
(...). Había recibido el bautismo recientemente, cuya gracia preservó en
su corazón y dejó traslucir con su comportamiento encantador".
Gildo estuvo siempre disponible y fue ejemplar en sus tareas como
catequista-asistente. Espontáneamente, se mostró deseoso de ir con David a
enseñar la palabra de Dios a Paimol.
Murieron atravesados por las lanzas de Okidi y Opio, dos Adwi (revolucionarios
que se habían alzado en armas contra los jefes impuestos por las autoridades
coloniales). Antes de matarles, los Adwi intentaron convencer a David y a
Gildo para que abandonaran la región y la enseñanza del catecismo. Podrían
haber salvado la vida, pero ellos rechazaron la oferta.
A Gildo se le dio la oportunidad de huir, pero él respondió:
"Hemos trabajado en la misma obra; si es necesario morir, tendremos que
morir juntos". Cuando les sacaron del pueblo para matarles, David
lloraba. Fue entonces consolado por el pequeño Gildo: "¿Por qué
lloras? Mueres sin motivo; no has hecho mal a nadie". Era poco antes del
amanecer del 19 de octubre de 1918.
Los cristianos del lugar, acabada la furia homicida, no olvidaron a sus
heroicos catequistas. El lugar del martirio, Palamuku, fue llamado desde
entonces Wi-Polo ("En el cielo") para recordar el premio concedido
por Dios a los dos adolescentes.
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