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Celestina de la Madre de
Dios (1848-1925)
Nació en Marradi (Florencia, Italia) el 26 de octubre de 1848
y poco después fue bautizada, con el nombre de Maria Anna, en la parroquia de
San Lorenzo. Creció en un ambiente digno y austero, donde resplandecían la
rígida honradez del padre, Francesco Donati, entonces en sus primeros pasos de
la carrera jurídica, y sobre todo las notables virtudes de su madre, Costanza
Civinini, mujer de profundo espíritu cristiano.
A los trece años se acercó por primera vez a recibir el "Pan
de vida", y le pareció oír en su interior una voz que le decía: "Ven y
sígueme fuera del mundo en la paz tranquila de un claustro". Dócil a esa voz,
ya en la adolescencia, habló de su inquietud con su madre y su padre, pero
este se opuso radicalmente: no podía resignarse a vivir lejos de su querida
hija, y la idea de que se separase para siempre de su lado le angustiaba.
Maria Anna sufría mucho por ello. Reveló su angustia a un
hombre de Dios, llamado a ser el ángel de su vida, el padre Celestino Zini, de
las Escuelas Pías, que en toda Florencia tenía fama de religioso y sacerdote
santo. Desde entonces, fue él su director espiritual y, más tarde, la apoyó en
la fundación a la que Dios la había destinado.
Un hecho luctuoso pareció frustrar su esperanza: la muerte de
su madre. Sin embargo, a pesar de las circunstancias adversas, con la certeza
de que era Dios quien la llamaba, el 6 de enero de 1888 comunicó a su padre su
decisión irrevocable de consagrarse a Dios.
Su primer pensamiento fue reunir en torno a sí a algunas
mujeres que colaboraran con ella en la educación de niñas pobres y
abandonadas. A los 41 años, en 1889, por consejo e impulso del padre Celestino
Zini, fundó la congregación de las Hijas Pobres de San José de Calasanz,
llamadas calasancianas, con el fin de educar cristianamente a las niñas pobres
y, algún tiempo más tarde, también a las hijas e hijos de los detenidos en las
cárceles. Tomó entonces el nombre de madre Celestina de la Madre de Dios.
En 1892 murió el padre Zini, su guía espiritual, que mientras
tanto había llegado a ser arzobispo de Siena, y toda la responsabilidad del
nuevo instituto quedó en sus manos. Lo gobernó con sabiduría y prudencia,
extendiéndolo por todas las regiones de Italia. Supo infundir en sus hijas el
espíritu de pobreza que ella misma vivió durante toda su vida, a pesar de las
innumerables dificultades que le supuso para la gestión de la congregación.
Con profunda humildad exponía todos sus problemas a sus superiores
eclesiásticos, ateniéndose dócilmente a sus directrices.
Cuando logró establecer una casa de su instituto en Roma, tuvo
que afrontar grandes apuros económicos, pues no encontraba personas generosas
que la ayudaran. El 26 de octubre de 1923 la madre Celestina, acompañada de
otras tres hermanas, fue recibida por el Papa Pío XI, al que habló con voz
conmovida de su deseo de fundar una casa en Roma. El Santo Padre la escuchó
con atención y, levantando la mano para bendecirla, le dijo: "Bien. Habéis
comenzado con poco. Tened fe. La Providencia os ayudará". Y así fue. Aun
contrayendo notables deudas, logró el establecimiento definitivo de su casa
en Roma. La primera ayuda económica notable se la dio el mismo Papa, a través
de su limosnero, como regalo de Navidad: cinco mil liras.
Las dos primeras niñas que acogió en la casa de Roma fueron
dos hermanitas cuyo padre estaba preso en la cárcel de "Regina caeli". También
la tercera tenía su padre en prisión. Al encomendarlas a sus religiosas, la
madre Celestina les dijo: "Estas pobres niñas no tienen nada. Vosotras debéis
ver en ellas la imagen de Jesús".
En una de sus cartas exhortaba así a sus religiosas: "Orad
mucho. Educad a las niñas a ser amables. Haced que se fundamenten bien en la
doctrina cristiana, en el horror al pecado, a la mentira, a la desobediencia.
Recordadles siempre la presencia de Dios. Alegradlas con la música sacra.
Haced que amen el estudio y el trabajo".
Se preocupaba mucho de la salud tanto de sus religiosas como
de las niñas. Una de las cosas que más la atribulaba era ver la incomodidad en
que vivían, por la escasez de recursos. Le dolía que sufrieran el frío y la
humedad.
Todos los que la conocían se asombraban de su actividad
incansable, a pesar de estar aquejada por numerosos achaques. Tenía el cuerpo
consumido por las fatigas, más que por la edad.
En su última enfermedad, presintiendo que estaba para morir,
inflamada de amor a Dios, pidió los últimos sacramentos. Con voz muy débil
pidió perdón a todas las religiosas reunidas en torno a ella. Las miró una a
una, las bendijo y luego inclinó lentamente la cabeza con un suspiro más
prolongado.
La madre Celestina murió en Florencia el 18 de marzo de 1925.
Diez años después se inició su causa de beatificación.
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