*Miércoles 3
de julio de 1963
Nos es grato daros Nuestra cordial bienvenida, Señores Capitanes
Regentes de San Marino, que en la aurora de Nuestro Pontificado venís a traerNos
el saludo reverente y afectuoso de la sincera y fuerte población de la República
de San Marino.
En efecto, Nos ha proporcionado gran placer saber que también vosotros,
Señores Capitanes Regentes, habéis formado parte de las Misiones Extraordinarias
venidas a Roma para Nuestra Coronación; y ahora, vuestra presencia claramente
Nos aseguro los sentimientos de convencida participación con que los amados
hijos de vuestra gloriosa República han vivido, en comunión con la universal
familia de los creyentes, los momentos tan colmados de promesa y de auspicio de
los recientes acontecimientos de la Iglesia. Por lo tanto, queremos ver tras
vosotros, presentes también ellos en la palpitación de su noble exultación, a
todos vuestros compatriotas, a los que la noble herencia de un pasado libre y
generoso, la índole abierta y honesta, la celebrada hospitalidad, hecha de
gracia y de distinción – y sobre todo, la fidelidad a los grandes ideales de
rectitud, de libertad y de paz – añaden méritos preclaros a la pureza de la
antigua fe católica, recibida del santo fundador de la ciudad de las torres.
Este es precisamente el significado que Nos place recalcar en este tan
deseado encuentro de hoy: un testimonio de fe y de amor a Cristo, Rey inmortal ,
e invisible de los siglos (1 Tim 1, 17), un acto de franca y convencida
devoción a la Iglesia, que continúa en el mundo su obra de santificación, de
magisterio, de solicitud pastoral.
La historia secular de la benemérita República tiene en todo esto el secreto
de su vitalidad, la fuerza de sus ordenamientos y sobre todo la frescura de esas
prerrogativas que la hacen admirada incluso ante las naciones más grandes: el
deseo sincero y tenaz de libertad y de justicia.
Esta ha sido a lo largo de los siglos la herencia gloriosa de vuestra
República; y éste, lo sabemos, es el camino por el que también hoy marcha y
marchará en lo futuro, para su creciente incremento, para sus pacíficas
afirmaciones en el ordenado concierto de los pueblos.
Nuestra oración, que prometemos constante y fervorosa, pide al Señor, por
intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de San Marino, la plenitud de
los dones celestiales sobre la amada República, por la cristiana prosperidad y
gozo de todas y cada una de las personas y de las familias; y Nos es grato
avalorar la imploración con las primicias de la Bendición Apostólica que de todo
corazón impartimos sobre vosotros y sobre toda la población de San Marino.
*L'Osservatore Romano (Buenos Aires), año XIII, n°569, p.2.