Señor Presidente:
Es para Nos gran honor recibir la visita de Vuestra Excelencia y Nos es grato
a Nuestra vez rendirle homenaje. Saludamos en Vuestra persona al Presidente de
un gran país en plena expansión, país que es de Nos muy amado y que visitamos
personalmente hace tres años.
Tenemos, por lo tanto, una feliz ocasión de formular Nuestros votos por la
joven y floreciente nación que Vuestra Excelencia gobierna y representa. Nos
parece que no podemos augurar nada mejor al Brasil sino que continúe progresando
a lo largo de la línea del admirable impulso que ya vigorosamente lo anima,
manteniéndose al mismo tiempo fiel a sus orígenes y a sus tradiciones. Estas se
derivan indudablemente de la civilización europea y, por lo tanto, de una fuente
fundamentalmente cristiana: son religiosas y católicas. Nos hemos considerado y
admirado siempre al Brasil como una joven nación católica; queremos esperar que
sabrá encontrar siempre en esta calificación las razones y las energías
necesarias para ocupar el lugar que le corresponde en el mundo y para cumplir en
la historia la misión a que la Providencia parece haberla destinado.
Y confiamos además en que esa fidelidad facilitará otras dos realizaciones
que Nos auguramos de todo corazón a este inmenso y espléndido País.
Ante todo, la consolidación de su equilibrio interno, con el armonioso
progreso de los ciudadanos e dentro del respeto de las leyes, de la concordia y
de la paz; y además, su evolución social a través de la gradual elevación de las
clases menos privilegiadas, del acceso de toda la población trabajadora a un
nivel de vida suficiente, honesto y moderno.
Estos son, señor Presidente, los votos que brotan espontáneos de Nuestro
corazón hacia vuestro País, en el momento en que tenemos el placer de acoger en
el Vaticano a su primer magistrado. Pedimos a Dios que sean una realidad y de
todo corazón invocamos sobre la persona de Vuestra Excelencia y sobre Brasil
toda la abundancia de las Bendiciones Divinas.
*ORe (Buenos Aires), año XIII, n°568, p.4.