JUAN PABLO II
VISITA A LOS ENFERMOS Ciudad de México, 24 de enero de 1999.
Queridos hermanos y hermanas:
1. Como en otros viajes pastorales a lo largo y ancho del mundo, también
en esta mi cuarta visita a México he deseado compartir con Ustedes,
queridos enfermos hospitalizados en este Centro que lleva el nombre de "Lic.
Adolfo López Mateos" -y por medio suyo con todos los demás
enfermos del País- unos momentos en la oración y la
esperanza. Les quiero asegurar mi afecto y, a la vez, me asocio a su oración
y a la de sus seres queridos pidiendo a Dios, por intercesión de la
Santísima Virgen de Guadalupe, la conveniente salud del cuerpo y
del alma, la plena identificación de sus sufrimientos con los de
Cristo y la búsqueda de los motivos que, basados en la fe, nos
ayudan a comprender el sentido del dolor humano.
Me siento muy cercano a cada uno de los que sufren, así como a
los médicos y demás profesionales sanitarios que prestan su
abnegado servicio a los enfermos. Quisiera que mi voz traspasara estos
muros para llevar a todos los enfermos y agentes sanitarios la voz de
Cristo, y ofrecer así una palabra de consuelo en la enfermedad y de
estímulo en la misión de la asistencia, recordando muy
especialmente el valor que tiene el dolor en el marco de la obra redentora
del Salvador.
Estar con Ustedes, servirles con amor y competencia no es sólo
una obra humanitaria y social, sino sobre todo, una actividad
eminentemente evangélica, pues Cristo mismo nos invita a imitar al
buen samaritano, que cuando encontró en su camino al hombre que
sufría "no pasó de largo", sino "que tuvo
compasión y, acercándose, vendó sus heridas [...] y
cuidó del él" (Lc 10, 32-34). Son muchas las páginas
del Evangelio que nos describen el encuentro de Jesús con personas
aquejadas de diversas enfermedades. Así, san Mateo nos dice que "Jesús
recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas,
proclamando la Buena Nueva del reino y curando toda enfermedad y dolencia
en el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los
que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos,
endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó"
(4,23-24). San Pedro, siguiendo los pasos de Cristo, junto a la Puerta
Hermosa del templo ayudó a caminar a un tullido (cf. Hch 3,
2-5) y en cuanto se corrió la voz de lo acaecido, "le sacaban
enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para que, al
pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos" (ibíd.
5, 15-16). Desde sus orígenes, la Iglesia, movida por el Espíritu
Santo, quiere seguir los ejemplos de Jesús en este sentido, y por
eso considera que es un deber y un privilegio estar al lado del que sufre
y cultivar un amor preferencial hacia los enfermos. Por eso, escribí
en la Carta Apostólica Salvifici doloris: "La Iglesia
que nace del misterio de la redención en la Cruz de Cristo, está
obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular, en el
camino de su sufrimiento. En un encuentro de tal índole el hombre
'constituye el camino de la Iglesia', y es éste uno de los más
importantes" (n. 3).
2. El hombre está llamado a la alegría y a la vida feliz,
pero experimenta diariamente muchas formas de dolor, y la enfermedad es la
expresión más frecuente y más común del sufrir
humano. Ante ello es espontáneo preguntarse: ¿Por qué
sufrimos? ¿Para qué sufrimos? ¿Tiene un significado que
las personas sufran? ¿Puede ser positiva la experiencia del dolor físico
o moral? Sin duda, cada uno de nosotros se habrá planteado más
de una vez estas cuestiones, sea desde el lecho del dolor, en los momentos
de convalecencia, antes de someterse a una intervención quirúrgica
o cuando se ha visto sufrir a un ser querido.
Para los cristianos éstos no son interrogantes sin respuesta. El
dolor es un misterio, muchas veces inescrutable para la razón.
Forma parte del misterio de la persona humana, que sólo se
esclarece en Jesucristo, que es quien revela al hombre su propia
identidad. Sólo desde Él podremos encontrar el sentido a
todo lo humano. El sufrimiento -como he escrito en la Carta Apostólica
Salvifici doloris- "no puede ser transformado y cambiado con
una gracia exterior sino interior [...] Pero este proceso interior no se
desarrolla siempre de igual manera [...] Cristo no responde directamente
ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento.
El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él
mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. La
respuesta que llega mediante esta participación es... una llamada:
'Sígueme', 'Ven', toma parte con tu sufrimiento en esta obra de
salvación del mundo, que se realiza a través de mi
sufrimiento. Por medio de mi cruz" (n. 26). Por eso, ante el enigma
del dolor, los cristianos podemos decir un decidido "hágase,
Señor, tu voluntad" y repetir con Jesús: "Padre mío,
si es posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se
haga como yo quiero sino como quieres Tú" (Mt 26,39).
3. La grandeza y dignidad del hombre están en ser hijo de Dios y
estar llamado a vivir en íntima unión con Cristo. Esa
participación en su vida lleva consigo el compartir su dolor. El más
inocente de los hombres -el Dios hecho hombre- fue el gran sufriente que
cargó sobre sí con el peso de nuestras faltas y de nuestros
pecados. Cuando Él anuncia a sus discípulos que el Hijo del
Hombre debía sufrir mucho, ser crucificado y resucitar al tercer día,
advierte a la vez que si alguno quiere ir en pos de Él, ha de
negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada día, y seguirle
(cf. Lc 9, 22ss). Existe, pues, una íntima relación
entre la Cruz de Jesús -símbolo del dolor supremo y precio
de nuestra verdadera libertad- y nuestros dolores, sufrimientos,
aflicciones, penas y tormentos que pueden pesar sobre nuestras almas o
echar raíces en nuestros cuerpos. El sufrimiento se transforma y
sublima cuando se es consciente de la cercanía y solidaridad de
Dios en esos momentos. Es esa la certeza que da la paz interior y la alegría
espiritual propias del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor "como
hostia viva, consagrada y agradable a Dios "(Rm 12,1). El que
sufre con esos sentimientos no es una carga para los demás, sino
que contribuye a la salvación de todos con su sufrimiento.
Vistos así, el dolor, la enfermedad y los momentos oscuros de la
existencia humana, adquieren una dimensión profunda e, incluso
esperanzada. Nunca se está solo frente al misterio del sufrimiento:
se está con Cristo, que da sentido a toda la vida: a los momentos
de alegría y paz, igual que a los momentos de aflicción y
pena. Con Cristo todo tiene sentido, incluso el sufrimiento y la muerte;
sin Él, nada se explica plenamente, ni siquiera los legítimos
placeres que Dios ha unido a los diversos momentos de la vida humana.
4. La situación de los enfermos en el mundo y en la Iglesia no
es, de ningún modo, pasiva. A este respecto, quiero recordar las
palabras que les dirigieron los Padres Sinodales al concluir la VII
Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos: "Contamos
con vosotros para enseñar al mundo entero lo que es el amor.
Haremos todo lo posible para que encontréis el lugar al que tenéis
derecho en la sociedad y en la Iglesia" (Per Concilii semitas ad
Populum Dei Nuntius, 12). Como escribí en mi Exhortación
apostólica Christifideles laici "A todos y a cada uno
se dirige el llamamiento del Señor: también los enfermos son
enviados como obreros a su viña. El peso que oprime a los miembros
del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del
trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y
cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas
modalidades, incluso más valiosas [...] muchos enfermos pueden
convertirse en portadores del 'gozo del Espíritu Santo en medio de
muchas tribulaciones' (1Ts 1,6) y ser testigos de la Resurrección
de Jesús" (n. 53). En este sentido, es oportuno tener presente
que los que viven en situación de enfermedad no sólo están
llamados a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino a tener una
parte activa en el anuncio del Evangelio, testimoniando, desde la propia
experiencia de fe, la fuerza de la vida nueva y la alegría que
vienen del encuentro con el Señor resucitado (cf. 2Co 4,
10-11; 1P 4, 13; Rm 8, 18ss).
Con estos pensamientos he querido suscitar en cada uno y cada una de
Ustedes los sentimientos que llevan a vivir las pruebas actuales con un
sentido sobrenatural, sabiendo ver en ellas una ocasión para
descubrir a Dios en medio de las tinieblas y los interrogantes, y adivinar
los amplios horizontes que se vislumbran desde lo alto de nuestras cruces
de cada día.
5. Quiero extender mi saludo a todos los enfermos de México,
muchos de los cuales están siguiendo esta visita a través de
la radio o de la televisión; a sus familiares, amigos y a cuantos
les ayudan en estos momentos de prueba; al personal médico y
sanitario, que ofrecen el contributo de su ciencia y de sus atenciones
para superarlos o, por lo menos, hacerlos más llevaderos; a las
autoridades civiles que se preocupan por el progreso de los hospitales y
los demás centros asistenciales de los diferentes Estados y del País
entero. Una mención especial quiero reservar a las personas
consagradas que viven su carisma religioso en el campo de la salud, así
como a los sacerdotes y a los demás agentes pastorales que les
ayudan a encontrar en la fe consuelo y esperanza.
No puedo dejar de agradecer las oraciones y sacrificios que ofrecen
muchos de Ustedes por mi persona y mi ministerio de Pastor de la Iglesia
universal.
Al entregar este Mensaje a Mons. José Lizares Estrada, Obispo
auxiliar de Monterrey y Presidente de la Comisión Episcopal de
Pastoral de la Salud, les renuevo mi saludo y mi afecto en el Señor
y, por intercesión de la Virgen de Guadalupe, que al Beato Juan
Diego le dijo "¿No soy yo tu salud?"-manifestándose
así como quien invocamos los cristianos con el título de "Salus
infirmorum"-, les imparto de corazón la Bendición Apostólica.
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