Amadísimos hermanos y hermanas:
1. En mi visita a esta noble tierra no podía faltar un encuentro con
el mundo del dolor, porque Cristo está muy cerca de todos los
que sufren. Les saludo con todo afecto, queridos enfermos acogidos en el
cercano Hospital Doctor Guillermo Fernández Hernández-Baquero, que
hoy llenan este Santuario de San Lázaro, el amigo del Señor. En
Ustedes quiero saludar también a los demás enfermos de Cuba, a los
ancianos que están solos, a cuantos padecen en su cuerpo o en su espíritu.
Con mi palabra y afecto quiero llegar hasta todos siguiendo la exhortación
del Señor: «Estuve enfermo y me visitaron» (Mt 25, 36).
Les acompaña también el cariño del Papa, la solidaridad de
la Iglesia, el calor fraterno de los hombres y mujeres de buena voluntad.
Saludo a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que
trabajan en este Centro, y en ellas saludo a las demás almas consagradas
que, pertenecientes a diversos Institutos religiosos, trabajan con amor en otros
lugares de esta hermosa Isla para aliviar los sufrimientos de cada persona
necesitada. La comunidad eclesial les está muy agradecida, pues
contribuyen así a esta misión concreta desde su carisma
particular, ya que «el Evangelio se hace operante mediante la caridad, que
es gloria de la Iglesia y signo de su fidelidad al Señor» (Vita
consecrata, 82).
Quiero saludar también a los médicos, enfermeros
y personal auxiliar, que con competencia y dedicación utilizan
los recursos de la ciencia para aliviar el sufrimiento y el dolor. La Iglesia
estima su labor pues, animada por el espíritu de servicio y solidaridad
con el prójimo, recuerda la obra de Jesús que «curaba a
los enfermos» (Mt 8, 16). Conozco los grandes esfuerzos que se
hacen en Cuba en el campo de la salud, a pesar de las limitaciones económicas
que sufre el País.
2. Vengo como peregrino de la verdad y la esperanza a este Santuario de San
Lázaro, como testigo, en la propia carne, del significado y el valor que
tiene el sufrimiento cuando se acoge acercándose confiadamente a Dios, «rico
en misericordia». Este lugar es sagrado para los cubanos, porque aquí
experimentan la gracia quienes se dirigen con fe a Cristo con la misma certeza
de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,
13). Aquí podemos repetir las palabras con las que Marta, hermana de Lázaro,
expresó a Jesucristo su confianza, arrancándole así el
milagro de la resurrección de su hermano: «Sé que todo lo
que pidas a Dios, Dios te lo concederá» (Jn 11, 22) y
las palabras con las que le confesó a continuación: «Sí,
Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo,
el que tenía que venir al mundo» (Jn 11, 27).
3. Queridos hermanos, todo ser humano experimenta, de una forma u otra, el
dolor y el sufrimiento en la propia vida y no puede menos que interrogarse sobre
el mismo. El dolor es un misterio, muchas veces inescrutable para la razón.
Forma parte del misterio de la persona humana, que sólo se
esclarece en Jesucristo, quien revela al hombre su propia identidad. Sólo
desde Él podremos encontrar el sentido a todo lo humano.
«El sufrimiento como he escrito en la Carta Apostólica
Salvifici doloris- no puede ser transformado y cambiado con una gracia
exterior sino interior... Pero este proceso interior no se desarrolla siempre
de igual manera... Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta
pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta
salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe
de los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación
es... una llamada: "Sígueme", "Ven", toma parte
con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se
realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz» (n. 26).
Éste es el verdadero sentido y el valor del sufrimiento, de los
dolores corporales, morales y espirituales. Ésta es la Buena Noticia que
les quiero comunicar. A la pregunta humana, el Señor responde con una
llamada, con una vocación especial que, como tal, tiene su base en el
amor. Cristo no llega hasta nosotros con explicaciones y razones para
tranquilizarnos o para alienarnos. Más bien viene a decirnos: Vengan
conmigo. Síganme en el camino de la cruz. La cruz es sufrimiento. «Todo
el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y
sígame» (Lc 9, 23). Jesucristo ha tomado la delantera en
el camino de la cruz; Él ha sufrido primero. No nos empuja al
sufrimiento, sino que lo comparte con nosotros y quiere que tengamos vida y la
tengamos en abundancia (cf. Jn 10, 10).
El sufrimiento se transforma cuando experimentamos en nosotros la cercanía
y la solidaridad del Dios vivo: «Yo sé que mi redentor vive, y
al fin... yo veré a Dios» (Jb 19, 25-26). Con esa
certeza se adquiere la paz interior, y de esa alegría espiritual,
sosegada y profunda que brota del «Evangelio del sufrimiento» se
adquiere la conciencia de la grandeza y dignidad del hombre que sufre
generosamente y ofrece su dolor «como hostia viva, consagrada y
agradable a Dios» (Rm 12, 1). Así, el que sufre ya no es
una carga para los otros, sino que contribuye a la salvación de los demás
con su sufrimiento.
El sufrimiento no es sólo de carácter físico, como
puede ser la enfermedad. Existe también el sufrimiento del alma, como el
que padecen los segregados, los perseguidos, los encarcelados por diversos
delitos o por razones de conciencia, por ideas pacíficas aunque
discordantes. Estos últimos sufren el aislamiento y una pena por la que
su conciencia no los condena, mientras desean incorporarse a la vida activa con
espacios donde puedan expresar y proponer sus opiniones con respeto y
tolerancia. Aliento a promover esfuerzos en vista de la reinserción
social de la población penitenciaria. Esto es un gesto de alta humanidad
y es una semilla de reconciliación, que honra a la autoridad que la
promueve y fortalece también la convivencia pacífica en el País.
A todos los presos, y a sus familias que sufren la separación y anhelan
su reencuentro, les mando mi cordial saludo, animándolos a no dejarse
vencer por el pesimismo o el desaliento.
Queridos hermanos: los cubanos necesitan de la fuerza interior, de la paz
profunda y de la alegría que brota del «Evangelio del sufrimiento».
Ofrézcanlo de modo generoso para que Cuba «vea a Dios cara a cara»,
es decir, para que camine a la luz de su Rostro hacia el Reino eterno y
universal, para que cada cubano, desde lo más profundo de su ser, pueda
decir: «Yo sé que mi Redentor vive» (Jb 19,
25). Ese Redentor no es otro que Jesucristo, Nuestro Señor.
4. La dimensión cristiana del sufrimiento no se reduce sólo a
su significado profundo y a su carácter redentor. El dolor llama al amor,
es decir, ha de generar solidaridad, entrega, generosidad en los que sufren y en
los que se sienten llamados a acompañarlos y ayudarlos en sus penas. La
parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 29ss), que nos presenta
el Evangelio de la solidaridad con el prójimo que sufre, «se ha
convertido en uno de los elementos esenciales de la cultura moral y de la
civilización universalmente humana» (Salvifici doloris, 29).
En efecto, en esta parábola Jesús nos enseña que el prójimo
es todo aquel que encontramos en nuestro camino, herido y necesitado de socorro,
al que se ha de ayudar en los males que le afligen, con los medios adecuados,
haciéndose cargo de él hasta su completo restablecimiento. La
familia, la escuela, las demás instituciones educativas, aunque sólo
sea por motivos humanitarios, deben trabajar con perseverancia para despertar y
afinar esa sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, del que es un
símbolo la figura del samaritano. La elocuencia de la parábola del
Buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente ésta:
el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el
sufrimiento. «Las instituciones son muy importantes e indispensables;
sin embargo, ninguna institución puede de suyo sustituir al corazón
humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando
se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno» (Ibíd.,
29).
Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía
más si se trata de los múltiples sufrimientos morales y del alma.
Por eso cuando sufre una persona en su alma, o cuando sufre el alma de una nación,
ese dolor debe convocar a la solidaridad, a la justicia, a la construcción
de la civilización de la verdad y del amor. Un signo elocuente de esa
voluntad de amor ante el dolor y la muerte, ante la cárcel o la soledad,
ante las divisiones familiares forzadas o la emigración que separa a las
familias, debe ser que cada organismo social, cada institución pública,
así como todas las personas que tienen responsabilidades en este campo de
la salud, de la atención a los necesitados y de la reeducación de
los presos, respete y haga respetar los derechos de los enfermos, los
marginados, los detenidos y sus familiares, en definitiva, los derechos de todo
hombre que sufre. En este sentido, la Pastoral sanitaria y la penitenciaria
deben encontrar los espacios para realizar su misión al servicio de los
enfermos, de los presos y de sus familias.
La indiferencia ante el sufrimiento humano, la pasividad ante las causas que
provocan las penas de este mundo, los remedios coyunturales que no conducen a
sanar en profundidad las heridas de las personas y de los pueblos, son faltas
graves de omisión, ante las cuales todo hombre de buena voluntad debe
convertirse y escuchar el grito de los que sufren.
5. Amados hermanos y hermanas: en los momentos duros de nuestra vida
personal, familiar o social, las palabras de Jesús nos ayudan en la
prueba: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz;
sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt
26, 39). El pobre que sufre encuentra en la fe la fuerza de Cristo que le dice
por boca de Pablo: «Te basta mi gracia» (2Co 12, 9).
No se pierde ningún sufrimiento, ningún dolor cae en saco roto:
Dios los recibe todos, como acogió el sacrificio de su Hijo, Jesucristo.
Al pie de la Cruz, con los brazos abiertos y el corazón traspasado,
está nuestra Madre, la Virgen María, Nuestra Señora de los
Dolores y de la Esperanza, que nos recibe en su regazo maternal henchido de
gracia y de piedad. Ella es camino seguro hacia Cristo, nuestra paz, nuestra
vida, nuestra resurrección. María, Madre del que sufre, piedad del
que muere, cálido consuelo para el desalentado: ¡mira a tus hijos
cubanos que pasan por la dura prueba del dolor y muéstrales a Jesús,
fruto bendito de tu vientre! Amén.