JUAN PABLO II
Vigilia bautismal con los jóvenes. Discurso
del Santo Padre
Jornada Mundial de la Juventud: Sábado 23 de agosto 1997
Queridos jóvenes, queridos amigos:
1. Al empezar os saludo a todos vosotros que estáis aquí
reunidos repitiendo las palabras del profeta Ezequiel, pues contienen una
maravillosa promesa de Dios y expresan la alegría de vuestra presencia: "Os
recogeré de entre las naciones (...) os daré un corazón
nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de
vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de
carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis
según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos
(...). Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ez
36,24-28).
2. Saludo a los Obispos franceses que nos acogen y a los Obispos venidos de
todo el mundo. Dirijo asimismo mi saludo cordial a los distinguidos
representantes de otras confesiones cristianas con las cuales compartimos el
mismo bautismo y que han querido asociarse a esta celebración de la
juventud.
En la vigilia del 24 de agosto, no es posible olvidar la dolorosa masacre de
la noche de San Bartolomé, con sus oscuras motivaciones, y vinculada al
recuerdo de grandes faltas y duros sufrimientos en la historia de Francia. Los
cristianos han elegido medios que el Evangelio reprueba. Si evoco el pasado es
porque "reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía
que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos
para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy" (Tertio millennio
adveniente, n. 33). Me asocio gustoso, pues, a las iniciativas de los Obispos
franceses, pues, como ellos, estoy convencido que sólo el perdón
ofrecido y recibido conduce progresivamente hacia el diálogo fecundo que
sella una reconciliación plenamente cristiana. La pertenenia a diferentes
tradiciones religiosas no debe ser hoy en día una fuente de oposición
o de tensión. Al contrario, el amor a Cristo que es común en
nosotros nos impulsa a buscan sin cesar el camino de la plena unidad.
3. Los textos litúrgicos de nuestra vigilia son, por una parte, los
mismos de la Vigilia pascual. Se refieren al bautismo. El Evangelio de san Juan
narra el diálogo nocturno de Cristo con Nicodemo. Viniendo a encontrarse
con Cristo, este miembro del Sanedrín expresa su fe: "Rabbí,
sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales
que tú realizas si Dios no está con él" (Jn 3,2). Jesús
le respondió: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo
alto no puede ver el Reino de Dios" (Jn 3,3). Nicodemo le pregunta: "¿Cómo
puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de
su madre y nacer?" (Jn 3,4). Respondió Jesús: "el que no
nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo
nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu"
(Jn 3, 5-6).
Jesús hace pasar a Nicodemo de las realidades visibles a las
invisibles. Cada uno de nosotros ha nacido del hombre y de la mujer, de un padre
y una madre; este nacimiento es el punto de partida de toda nuestra existencia.
Nicodemo piensa en esta realidad natural. Por el contrario, Cristo ha venido al
mundo para revelar otro tipo de nacimiento, el nacimiento espiritual. Cuando
profesamos nuestra fe, decimos quién es Cristo: "Creo en un solo Señor
Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los
siglos: engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre,
consubstantialis Patri; por quien todo fue hecho, per quem omnia facta
sunt; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó
del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María,
la Virgen, y se hizo hombre, descendit de caelis et incarnatus est de
Spiritu Sancto ex Maria virgine et homo factus est". Sí, jóvenes,
amigos míos, ¡el Hijo de Dios se ha hecho hombre para todos
vosotros, para cada uno de vosotros!
4. "El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el
Reino de Dios" (Jn 3, 5). Así, para entrar en el Reino, el hombre
debe nacer de nuevo, no según las leyes de la carne sino según el
Espíritu. El bautismo es precisamente el sacramento de este nacimiento.
El Apóstol Pablo lo explica en profundidad en el pasaje de la carta a los
Romanos que hemos escuchado: "¿O es que ignoráis que cuantos
fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?
Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de
que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la
gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva"
(Rm 6, 3-4). El Apóstol nos revela aquí el sentido del nuevo
nacimiento; nos explica por qué el sacramento tiene lugar por medio de la
inmersión en el agua. No se trata de una inmersión simbólica
en la vida de Dios. El bautismo es el signo concreto y eficaz de la inmersión
en la muerte y la resurrección de Cristo. Comprendemos entonces por qué
la tradición ha unido el bautismo a la Vigilia pascual. En este día,
y sobre todo en esta noche, es cuando la Iglesia revive la muerte de Cristo,
cuando la Iglesia entera se siente abrumada por el cataclismo de esta muerte de
la cual surgirá una vida nueva. De este modo, la Vigilia, en el sentido
exacto de la palabra, es espera: la Iglesia espera la resurrección;
espera la vida que será la victoria sobre la muerte y que llevará
al hombre hacia esa vida.
A toda persona que recibe el bautismo se le concede participar en la
resurrección de Cristo. San Pablo vuelve a menudo sobre este tema que
resume la esencia del verdadero sentido del bautismo. Escribe así: "Porque
si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya,
también lo seremos por una resurrección semejante"( Rm 6,5).
Y también "sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él,
a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser
esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda librado del pecado. Y
si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él,
sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más,
y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue
un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios.
Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos
para Dios en Cristo Jesús" (Rm 6,6-11). Con Pablo, queridos jóvenes,
decid al mundo: nuestra esperanza es firme, por Cristo, vivimos para Dios.
5. Evocando esta noche la Vigilia pascual consideramos los problemas
esenciales: la vida y la muerte, la mortalidad y la inmortalidad. En la historia
de la humanidad Jesús ha invertido el sentido de la vida humana. Si la
experiencia cotidiana nos muestra la existencia como un pasaje hacia la muerte,
el misterio pascual nos abre la perspectiva de una vida nueva más allá
de la muerte. Por ello, la Iglesia, que profesa en su Credo la muerte y
la resurrección de Jesús, tiene todas las razones para pronunciar
también estas palabras: "Creo en la resurrección de la carne
y en la vida eterna".
6. Queridos jóvenes, ¿sabéis lo hace en vosotros el
sacramento del Bautismo? Dios os reconoce como hijos suyos y transforma vuestra
existencia en una historia de amor con Él. Os conforma con Cristo para
que podáis realizar vuestra vocación personal. Ha venido para
establecer una alianza con vosotros y os ofrece su paz. ¡Vivid desde ahora
como hijos de la luz que se saben reconciliados por la Cruz del Salvador!
"Misterio y esperanza del mundo que vendrá" (S. Cirilo de
Jerusalén, Procatequesis 10, 12), el bautismo es el más bello de
los dones de Dios, invitándonos a convertirnos en discípulos del
Señor. Nos hace entrar en la intimidad con Dios, en la vida trinitaria,
desde hoy y hasta en la eternidad. Es una gracia que se da al pecador, que nos
purifica del pecado y nos abre un futuro nuevo. Es un baño que lava y
regenera. Es una unción, que nos conforma con Cristo, Sacerdote, Profeta
y Rey. Es una iluminación, que esclarece y da pleno significado a nuestro
camino. Es un vestido de fortaleza y de perfección. Revestidos de blanco
el día de nuestro bautismo, como lo seremos en el último día,
estamos llamados a conservar cada día su esplendor y a recuperarlo por
medio del perdón, la oración y la vida cristiana. El Bautismo es
el signo de que Dios se ha unido con nosotros en nuestro caminar, que embellece
nuestra existencia y transforma nuestra historia en una historia santa.
Habéis sido llamados, elegidos por Cristo para vivir en la libertad
de los hijos de Dios y habéis sido también confirmados en vuestra
vocación bautismal y visitados por el Espíritu Santo para anunciar
el Evangelio a lo largo de toda vuestra vida. Recibiendo el sacramento de la
Confirmación os comprometéis con todas vuestras fuerzas a hacer
crecer pacientemente el don recibido por medio de la recepción de los
sacramentos, en particular de la Eucaristía y de la Penitencia, que
conservan en nosotros la vida bautismal. Bautizados, dais testimonio a Cristo
por vuestro esfuerzo de una vida recta y fiel al Señor, que se ha de
mantener con una lucha espiritual y moral. La fe y el obrar moral esta unidos.
En efecto, el don recibido nos conduce a una conversión permanente para
imitar a Cristo y corresponder a la promesa divina. La palabra de Dios
transforma la existencia de los que la acogen, pues ella es la regla de la fe y
de la acción. En su existencia, para respetar los valores esenciales, los
cristianos experimentan también el sufrimiento que pueden exigir las
opciones morales opuestas a los comportamientos del mundo y a veces incluso de
modo heroico. Pero la vida feliz con el Señor tiene ese precio. Queridos
jóvenes, vuestro testimonio tiene ese precio. Confío en vuestro
valor y en vuestra fidelidad.
7. En medio de vuestros hermanos tenéis que vivir como cristianos.
Por el Bautismo Dios nos da una madre, la Iglesia, con la que crecemos
espiritualmente para avanzar en el camino de la santidad. Este sacramento nos
integra en un pueblo, nos hace partícipes de la vida eclesial y os da
hermanos y hermanas que amar, "ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús"(Ga
3,28). En la Iglesia no hay ya fronteras; somos un único pueblo
solidario, compuesto por múltiples grupos con culturas, sensibilidades y
modos de acción diversos, en comunión con los Obispos, pastores
del rebaño. Esta unidad es un signo de riqueza y vitalidad. Que dentro de
la diversidad, vuestra primera preocupación sea la unidad y la cohesión
fraterna, que consientan el desarrollo personal de modo sereno y el crecimiento
del cuerpo entero.
Con todo, el Bautismo y la Confirmación no alejan del mundo, pues
compartimos los gozos y las esperanzas de los hombres de hoy en día y
aportamos nuestra contribución a la comunidad humana en la vida social y
en todos los campos técnicos y científicos. Gracias a Cristo
estamos cerca de todos nuestros hermanos y llamados a manifestar la alegría
profunda que se tiene al vivir con Él. El Señor nos llama a llevar
a cabo nuestra misión allí donde estamos, pues "el lugar que
Dios nos ha señalado es tan hermoso que no nos está permitido
desertar de él" (cf. Carta a Diogneto, VI,10). Cualquier cosa que
hagamos en nuestra vida, es para el Señor; en Él esta nuestra
esperanza y nuestro título de gloria. En la Iglesia la presencia de los jóvenes,
de los catecúmenos y de los nuevos bautizados es una riqueza y una fuente
de vitalidad para toda la comunidad cristiana, llamada a dar cuenta de su fe y a
testimoniarla hasta los confines de la tierra.
8. Un día, en Cafarnaún, cuando muchos discípulos
abandonaban a Jesús, Pedro respondió a la pregunta de Jesús:
"¿Queréis marcharos vosotros también?", diciéndole:
"Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de
vida eterna" (Jn 6, 67-68). En esta Jornada Mundial de la Juventud en París,
una de las capitales del mundo contemporáneo, el Sucesor de Pedro acaba
de deciros de nuevo que estas palabras del Apóstol deben ser el faro que
os ilumine a todos en vuestro camino. "Señor, ¿a quién
iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Más aún:
tú no sólo nos hablas de la vida eterna. Lo eres tú mismo.
Verdaderamente, tú eres "el Camino, la Verdad y la vida" (Jn
14, 6).
9. Queridos jóvenes, por la unción bautismal os habéis
convertido en miembros del pueblo santo. Por la unción de la confirmación
participáis plenamente de la misión eclesial. La Iglesia, de la
que sois parte, tiene confianza en vosotros y cuenta con vosotros. ¡Que
vuestra vida cristiana sea un "acostumbrarse" progresivo a la vida con
Dios, según la hermosa expresión de san Ireneo, para que seáis
misioneros del Evangelio!
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