JUAN PABLO II
Discurso durante el encuentro con los líderes
musulmanes, en la nunciatura
22 de marzo 1998
Alteza real, sultán de Sokoto; altezas reales emires; distinguidos líderes musulmanes:
1. A pesar de la brevedad de mi estancia en Nigeria, no he querido que
faltara en ella este importante encuentro con los máximos
representantes del islam en este país. Permitidme que os exprese mi
gratitud por haber aceptado la invitación a venir aquí esta
tarde, pues me brinda la oportunidad de saludar, por medio de vosotros, a
toda la comunidad musulmana de Nigeria. Doy las gracias a su alteza real
por sus amables palabras, y yo también le dirijo un saludo de paz,
la paz que tiene su auténtica fuente en Dios, entre cuyos «hermosos
nombres», según vuestra tradición, está el de
al-Salam, Paz.
Como sabéis, mi visita ha tenido como finalidad proclamar
solemnemente la santidad de un hijo de este país, el padre Cipriano
Miguel Iwene Tansi, que ha sido declarado un modelo de religioso que
amó a los demás y se sacrificó por ellos. El
ejemplo de los que viven una vida santa no sólo nos enseña a
practicar el respeto y la comprensión recíprocos, sino también
a convertirnos nosotros mismos en modelos de bondad, reconciliación
y colaboración, superando los confines étnicos y religiosos,
para el bien de todo el país y para mayor gloria de Dios.
2. Como cristianos y musulmanes, compartimos la fe en «el Dios único
y misericordioso que juzgará a los hombres al fin del mundo» (Lumen
gentium, 16). Aunque entendemos de modo diferente a este Dios único,
coincidimos en nuestro esfuerzo por conocer y cumplir su voluntad. Esta
aspiración religiosa constituye de por sí un vínculo
espiritual entre cristianos y musulmanes, vínculo que puede
representar una sólida y amplia base de colaboración en
muchos campos. Esto es importante en cualquier lugar donde convivan
cristianos y musulmanes, y de manera especial en Nigeria, en la que
cristianos y musulmanes están presentes en tan gran número.
Una de las importantes convicciones que compartimos es la de que tanto
el cristianismo como el islam ponen de relieve la dignidad de toda persona
humana, en cuanto creada por Dios con un fin especial. Esa convicción
nos lleva a sostener el valor de la vida humana en todas sus etapas
y a defender la familia en cuanto unidad esencial de la sociedad.
Como consecuencia, consideramos un pecado contra el Creador cualquier
abuso con respecto a los miembros más débiles de la
sociedad, y en particular con relación a las mujeres y los niños.
Además, nuestras religiones destacan la responsabilidad que tienen
las personas de hacer lo que, en conciencia, consideran que Dios desea de
ellas. Es inquietante la reflexión sobre la actual situación
de los derechos humanos, dado que en algunas partes del mundo las personas
siguen siendo perseguidas y encarceladas por motivos de conciencia y por
sus creencias religiosas. Como víctimas inocentes, son la triste
prueba de que ha prevalecido la fuerza y no los principios democráticos;
de que no se desea servir a la verdad y al bien común, sino
defender intereses particulares a toda costa. Al contrario, nuestras
tradiciones enseñan una ética que rechaza un individualismo
que busca su propia satisfacción sin prestar atención a las
necesidades de los demás. Creemos que, a los ojos de Dios, los
recursos de la tierra están destinados a todos y no sólo a
unos pocos. Estamos convencidos de que el ejercicio del poder y la
autoridad debe entenderse como un servicio a la comunidad, y que todas las
formas de corrupción y violencia representan una grave ofensa a la
voluntad de Dios para la familia humana.
Tenemos en común tantas doctrinas sobre la bondad, la verdad
y la virtud, que es posible una gran comprensión entre nosotros.
Más aún, es necesaria. En el Mensaje que dirigí
a la comunidad musulmana en Kaduna, durante mi primera visita a vuestro país,
el año 1982, afirmé: «Estoy convencido de que, si
(cristianos y musulmanes) unimos nuestros esfuerzos, podemos hacer mucho
bien. (...) Podemos colaborar en la promoción de la justicia, la
paz y el desarrollo. Espero seriamente que la solidez de vuestra
hermandad, bajo Dios, mejorará realmente el futuro de Nigeria y de
toda África» (14 de febrero de 1982, n. 4: LOsservatore
Romano, edición en lengua española, 21 de febrero de
1982, p. 9).
3. En todas las sociedades pueden surgir divergencias. A veces las
disputas y los conflictos que derivan de ellas toman un matiz religioso.
La religión misma, en ocasiones, es usada sin escrúpulos
para engendrar conflictos. Nigeria ha conocido esos conflictos, aunque es
preciso reconocer con gratitud que en muchas partes del país
personas de diferentes tradiciones religiosas conviven en una relación
positiva y pacífica. Las diferencias étnicas y culturales
nunca deberían considerarse motivos para justificar los conflictos.
Más bien, como las distintas voces de un coro, esas divergencias
pueden existir en armonía, con tal de que exista un auténtico
deseo de respeto recíproco.
Los cristianos y los musulmanes concuerdan en que, en materia religiosa,
no puede existir coacción. Debemos promover actitudes de
apertura y respeto hacia los seguidores de otras religiones. Sin
embargo, es posible abusar de la religión, y a los líderes
religiosos compete ciertamente velar para que eso no suceda. Sobre todo,
cada vez que se hace violencia en nombre de la religión, debemos
aclarar a todos que, en esos casos, no se trata de la verdadera religión,
pues Dios todopoderoso no puede tolerar la destrucción de su
imagen en sus hijos. Desde este lugar situado en el centro de África
occidental, dirijo a todos los musulmanes el mismo llamamiento que dirigí
a mis hermanos obispos y a todos los católicos: haced que lo que
nos mueva sea la amistad y la cooperación. Trabajemos juntos por
una nueva era de solidaridad y de servicio común para afrontar
el enorme desafío de construir un mundo mejor, más justo y más
humano. Cuando surgen problemas, en los ámbitos local, regional
o nacional, se deben buscar las soluciones mediante el diálogo.
¿No es ésta la costumbre de la tradición africana?
Cuando nigerianos de diverso origen se reúnen para orar por las
necesidades del país, cada grupo según su propia tradición,
saben que forman un pueblo unido. De este modo, hacen realmente honor al
altísimo Señor del cielo y de la tierra.
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