Señor Presidente de la República,
Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado
Amadísimos hermanos y hermanas de México:
1. Como hace veinte años, llego hoy a México y es para mí
causa de inmenso gozo encontrarme de nuevo en esta tierra bendita, donde
Santa María de Guadalupe es venerada como Madre querida. Igual que
entonces y en las dos visitas sucesivas, vengo cual apóstol de
Jesucristo y Sucesor de San Pedro a confirmar en la fe a mis hermanos,
anunciando el Evangelio a todos los hombres y mujeres. En esta ocasión,
además, esta Capital va a ser lugar de un encuentro privilegiado y
excepcional por una cita histórica: junto con Obispos de todo el
Continente americano presentaré mañana en la Basílica
de Guadalupe los frutos del Sínodo que hace más de un año
se celebró en Roma.
Los Obispos de América trazaron entonces los rasgos fundamentales
de la acción pastoral del futuro que, desde la fe que compartimos,
deseamos responda en plenitud al plan salvífico de Dios y a la
dignidad del ser humano en el marco de sociedades justas, reconciliadas y
abiertas a un progreso técnico que sea convergente con el necesario
progreso moral. Tal es la esperanza de los Obispos y de los fieles que
expresan su fe católica en español, inglés, portugués,
francés o en las múltiples lenguas propias de las culturas
indígenas, que representan las raíces de este continente de
la esperanza.
Esta tarde, en la sede de la Nunciatura tendré el gozo de firmar
la Exhortación apostólica en la que he recogido las ideas y
propuestas expresadas por el Episcopado de América. A través
de la nueva evangelización la Iglesia quiere revelar mejor su
identidad: estar más próxima a Cristo y a su Palabra;
manifestarse auténtica y libre de condicionamientos mundanos; ser
mejor servidora del hombre desde una perspectiva evangélica; ser
fermento de unidad y no de división de la humanidad que se abre a
nuevos, dilatados y aún no bien perfilados horizontes.
2. Me complace saludar ahora al Licenciado Ernesto Zedillo Ponce de León,
Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, agradeciéndole las
amables palabras que ha querido dirigirme para darme la bienvenida. En su
persona, Señor Presidente, saludo a todo el pueblo mexicano, este
noble y querido pueblo que trabaja, reza y camina en busca de un futuro
siempre mejor en las amplias llanuras de Sonora o de Chihuahua, en las
selvas tropicales de Veracruz o de Chiapas, en los hacendosos centros
industriales de Nuevo León o de Coahuila, a los pies de los grandes
volcanes que emergen en los serenos valles de Puebla y de México,
en los acogedores puertos del Atlántico y del Pacífico.
Saludo también a los millones de mexicanos que viven y trabajan más
allá de las fronteras patrias. Siendo éste un viaje con un
matiz continental, saludo también a todos los que de un modo u otro
están siguiendo estos actos.
Saludo entrañablemente a mis Hermanos en el Episcopado; en
particular, al Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo
Primado de México, al Presidente y miembros de la Conferencia del
Episcopado Mexicano, así como a los demás Obispos que han
venido de otros Países para participar en los actos de esta Visita
pastoral y de este modo renovar y fortalecer los estrechos vínculos
de comunión y afecto entre todas las Iglesias particulares del
Continente americano. En este saludo mi corazón se abre también
con gran afecto a los queridos sacerdotes, diáconos, religiosos,
religiosas, catequistas y fieles, a los que me debo en el Señor.
Quiera Dios que esta Visita que hoy comienza sirva de ánimo a todos
en el generoso esfuerzo por anunciar a Jesucristo con renovado ardor ante
el nuevo milenio que se acerca.
3. El pueblo mexicano, desde que me acogió hace veinte años
con los brazos abiertos y lleno de esperanza, me ha acompañado en
muchos de los caminos recorridos. He encontrado mexicanos en las
audiencias generales de los miércoles y en los grandes
acontecimientos que la Iglesia ha celebrado en Roma y en otros lugares de
América y del mundo. Aún resuenan en mis oídos los
saludos con que siempre me acogen: ¡México siempre fiel y
siempre presente!
Llego a un país donde la fe católica sirvió de
fundamento al mestizaje que transformó la antigua pluralidad étnica
y antagónica en unidad fraternal y de destino. No es posible, pues,
comprender a México sin la fe traída desde España a
estas tierras por los doce primeros franciscanos y cimentada más
tarde por dominicos, jesuitas, agustinos y otros predicadores de la
Palabra salvadora de Cristo. Además de la obra evangelizadora, que
hace del catolicismo parte integrante y fundamental del alma de la Nación,
los misioneros dejaron profundas huellas culturales y prodigiosas muestras
del arte que son hoy motivo de legítimo orgullo para todos los
mexicanos y rica expresión de su civilización.
Llego a un país cuya historia recorren, como ríos a veces
ocultos y siempre caudalosos, tres realidades que unas veces se encuentran
y otras revelan sus diferencias complementarias, sin jamás
confundirse del todo: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas
que amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos
de esos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en el
alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad, de corte europeo, que
tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad. Sé que
no son pocas las mentes clarividentes que se esfuerzan en que estas
corrientes de pensamiento y de cultura consigan conjugar mejor sus
caudales mediante el diálogo, el desarrollo sociocultural y la
voluntad de construir un futuro mejor.
Vengo a Ustedes, mexicanos de todas las clases y condiciones sociales, y
a Ustedes, hermanos del Continente americano, para saludarles en nombre de
Cristo: el Dios que se hizo hombre para que todos los hombres pudieran
tomar conciencia de su llamada a la filiación divina en Cristo.
Junto con mis hermanos Obispos de México y de toda América,
vengo a postrarme ante la tilma del Beato Juan Diego. Pediré a
Santa María de Guadalupe, al final de un milenio fecundo y
atormentado, que el próximo sea un milenio en el que en México,
en América y en el mundo entero se abran vías seguras de
fraternidad y de paz. Fraternidad y paz que en Jesucristo pueden encontrar
bases seguras y espaciosos caminos de progreso. Con la paz de Cristo,
deseo a los mexicanos éxito en la búsqueda de la concordia
entre todos, ya que constituyen una gran Nación que los hermana.
4. Sintiéndome ya postrado ante la Morenita del Tepeyac, Reina de
México y Emperatriz de América, desde este momento
encomiendo a sus maternos cuidados los destinos de esta Nación y de
todo el Continente. Que el nuevo siglo y el nuevo milenio favorezcan un
renacer general bajo la mirada de Cristo, vida y esperanza nuestra, que
nos ofrece siempre los caminos de fraternidad y de sana convivencia
humana. Que Santa María de Guadalupe ayude a México y América
a caminar unidos por esas sendas seguras y llenas de luz.