JUAN PABLO II
Misa de la Jornada Mundial. Homilia del Santo Padre
Jornada Mundial de la Juventud: Domingo 24 de agosto 1997
1. "Maestro, ¿dónde moras?" (Jn 1, 38). Dos jóvenes
hicieron un día esta pregunta a Jesús de Nazaret. Esto ocurría
al borde del Jordán. Jesús había venido para recibir el
bautismo de Juan, pero el Bautista, al ver a Jesús que venía a su
encuentro, dice: "Este es el Cordero de Dios" (Jn 1,36). Estas
palabras proféticas señalaban al Redentor, al que iba a dar su
vida por la salvación del mundo. Así, desde el bautismo en el Jordán,
Juan indicaba al Crucificado. Fueron precisamente dos discípulos de Juan
el Bautista quienes, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. ¿No
tiene esto un rico significado? Cuando Jesús les pregunta: "¿Qué
buscáis?" (Jn 1, 38), contestaron también ellos con una
pregunta: "Rabbi (es decir Maestro), ¿dónde moras?" (Ibíd
). Jesús les respondió: "Venid y veréis". Ellos
le siguieron, fueron donde vivía y se quedaron con Él aquel día"
(Jn 1,39). Se convirtieron así en los primeros discípulos de Jesús.
Uno de ellos era Andrés, el que condujo también a su hermano Simón
Pedro a Jesús.
Queridos amigos, me complace poder meditar este Evangelio con vosotros,
juntamente con los Cardenales y los Obispos que me rodean y que me es grato
saludar. Saludo gustoso en particular al Cardenal Eduardo Pironio, que ha
trabajado tanto por las Jornadas Mundiales. Mi gratitud va al Cardenal
Jean-Marie Lustiger por su acogida, a Mons. Michel Dubost, a los Obispos de
Francia y a los de muchos Países del mundo que os acompañan y que
han enriquecido vuestras reflexiones. Saludo cordialmente asimismo a los
sacerdotes concele brantes, a los religiosos y religiosas, y a todos los
responsables de vuestros movimientos y de vuestros grupos diocesanos.
Agradezco su presencia a nuestros hermanos cristianos de otras comunidades,
así como a las personalidades civiles que han querido asociarse a esta
celebración litúrgica.
Saludándoos a todos de nuevo, me complace dirigir una palabra de ánimo
afectuoso a los minusválidos que están entre vosotros; les estamos
agradecidos por haber venido con nosotros y por ofrecernos su testimonio de fe y
de esperanza.
En nombre de todos, quisiera también expresar nuestra gratitud a los
numerosos voluntarios que aseguran con dedicación y competencia la
organización de vuestra reunión.
2. El breve fragmento del Evangelio de Juan que hemos escuchado nos dice lo
esencial del programa de la Jornada Mundial de la Juventud: un intercambio de
preguntas, y después una respuesta que es una llamada. Presentando este
encuentro con Jesús, la liturgia quiere mostrarnos hoy lo que más
cuenta en nuestra vida. Y yo, Sucesor de Pedro, he venido a pediros que pongáis
también vosotros esta cuestión a Cristo: "¿Dónde
moras? Si le hacéis sinceramente esta pregunta, podréis escuchar
su respuesta y recibir de Él el valor y la fuerza para acogerla.
La pregunta es el fruto de una búsqueda. El hombre busca a Dios. El
hombre joven comprende en el fondo de sí mismo que esta búsqueda
es la ley interior de su existencia. El ser humano busca su camino en el mundo
visible; y, a través del mundo visible, busca el invisible a lo largo de
su itinerario espiritual. Cada uno de nosotros puede repetir las palabras del
salmista "Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro"
(Sal. 27/26, 8-9). Cada uno de nosotros tiene su historia personal y lleva en sí
mismo el deseo de ver a Dios, un deseo que se experimenta al mismo tiempo que se
descubre el mundo creado. Este mundo es maravilloso y rico, despliega ante la
humanidad sus maravillosas riquezas, seduce, atrae la razón tanto como la
voluntad. Pero, a fin de cuentas, no colma el espíritu. El hombre se da
cuenta de que este mundo, en la diversidad de sus riquezas, es superficial y
precario; en un cierto sentido, esta abocado a la muerte. Hoy tomamos conciencia
cada vez más de la fragilidad de nuestra tierra, demasiado a menudo
degradada por la misma mano del hombre a quien el Creador la ha confiado.
En cuanto al hombre mismo, viene al mundo, nace del seno materno, crece y
muere; descubre su vocación y desarrolla su personalidad a lo largo de
los años de su actividad; después se aproxima cada vez más
al momento en que debe abandonar este mundo. Cuanto más larga es su vida,
más se resiente el hombre de su propio carácter precario, mas se
pone la cuestión de la inmortalidad; ¿qué hay más allá
de las fronteras de la muerte? Entonces, en lo profundo de ser, surge la
pregunta planteada a Aquel que ha vencido la muerte: "Maestro, ¿dónde
moras?" Maestro, tú que amas y respetas la persona humana, tú
que has compartido el sufrimiento de los hombres, tu que esclareces el misterio
de la existencia humana, ¡haznos descubrir el verdadero sentido de nuestra
vida y de nuestra vocación! "Tu rostro buscaré Señor,
no me escondas tu rostro" (Sal. 27/26, 8-9).
3. En la orilla del Jordán, y más tarde aún, los discípulos
no sabían quién era verdaderamente Jesús. Hará falta
mucho tiempo para comprender el misterio del Hijo de Dios. También
nosotros llevamos muy dentro el deseo de conocer aquel que revela el rostro de
Dios. Cristo responde a la pregunta de sus discípulos con su entera misión
mesiánica. Enseñaba y, para confirmar la verdad de lo que
proclamaba, hacía grandes prodigios, curaba a los enfermos, resucitaba a
los muertos, calmaba las tempestades del mar. Pero todo este proceso excepcional
llegó a su plenitud en el Gólgota. Es contemplando a Cristo en la
Cruz, con la mirada de la fe cuando se puede "ver" quien es Cristo
Salvador, el que cargó con nuestros sufrimientos, el justo que hizo de su
vida un sacrificio y que justificará a muchos (cf. Is 53, 4.10-11).
San Pablo resume la sabiduría suprema en la segunda lectura de este día,
por las palabras impresionantes: "La predicación de la cruz es una
necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan - para nosotros - es
fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría
de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes.(...) De
hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a
Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante
la necedad de la predicación. (...) Nosotros predicamos a un Cristo
crucificados" (1Co 1, 18-23). El Apóstol habla a las gentes de su
tiempo, a los hijos de Israel, que habían recibido la revelación
de Dios sobre el monte Sinaí, y a los Griegos, artífices de una
gran sabiduría humana y una gran filosofía. Pero al fin y al cabo
la cumbre de la sabiduría es Cristo crucificado, no sólo a causa
de su palabra sino porque Él se ofreció a sí mismo por la
salvación de la humanidad.
Con su excepcional ardor, san Pablo repite: "Nosotros predicamos a
Cristo crucificado". Aquel que a los ojos de los hombres parece no ser más
que debilidad y locura, nosotros lo proclamamos como Fuerza y Sabiduría,
plenitud de la Verdad. Es cierto que en nosotros la confianza tiene sus
altibajos. Es verdad que nuestra mirada de fe a menudo está oscurecida
por la duda y por nuestra propia debilidad. Humildes y pobres pecadores,
aceptamos el mensaje de la Cruz. Para responder a nuestra pregunta: "Maestro,
¿dónde moras?", Cristo nos hace una llamada: venid y veréis;
en la Cruz veréis la señal luminosa de la redención del
mundo, la presencia amorosa del Dios vivo. Porque han aprendido que la Cruz
domina la historia, los cristianos han colocado el crucifijo en las iglesias y
en los bordes de los caminos, o lo llevan en sus corazones. Pues la Cruz es un
signo verdadero de la presencia de los Hijos de Dios; por medio de este signo se
revela el Redentor del mundo.
4. "Maestro, ¿dónde moras?". La Iglesia nos responde
cada día: Cristo está presente en la Eucaristía, el
sacramento de su muerte y de su resurrección. En ella y por ella reconocéis
la presencia del Dios vivo en la historia del hombre. La Eucaristía es el
sacramento del amor vencedor de la muerte, es el sacramento de la Alianza, puro
don de amor para la reconciliación de los hombres; es el don de la
presencia real de Jesús, el Redentor, en el pan que es su Cuerpo
entregado, y en el vino que es su Sangre derramada por la multitud. Por la
Eucaristía, renovada sin cesar en todos los pueblos del mundo, Cristo
constituye su Iglesia: nos une en la alabanza y en la acción de gracias
para la salvación, en la comunión que sólo el amor infinito
puede sellar. Nuestra reunión mundial adquiere todo su sentido actual por
la celebración de la Misa. Jóvenes, amigos míos, ¡que
vuestra presencia sea una real adhesión en la fe! He ahí que
Cristo responde a vuestra pregunta y, al mismo tiempo, a las preguntas de todos
los hombres que buscan al Dios vivo. Él responde con su invitación:
esto es mi cuerpo, comed todos. Él confía al Padre su deseo
supremo de la unidad en la misma comunión de los que ama en la misma
comunión.
5. La respuesta a la pregunta "Maestro, ¿dónde moras?"
conlleva numerosas dimensiones. Tiene una dimensión histórica,
pascual y sacramental. La primera lectura de hoy nos sugiere aún otra
dimensión más de la respuesta a la pregunta-lema de la Jornada
Mundial de la Juventud: Cristo habita en su pueblo. Es el pueblo del cual habla
el Deuteronomio en relación con la historia de Israel: " Por el amor
que os tiene, os ha sacado el Señor con mano fuerte y os ha librado de la
casa de servidumbre, (...) Has de saber, pues que el Señor tu Dios es el
Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil
generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos" (Dt 7, 8-9).
Israel es el pueblo que Dios elegió y con el cual hizo la Alianza.
En la nueva Alianza, la elección de Dios se extiende a todos los
pueblos de la tierra. En Jesucristo Dios ha elegido a toda la humanidad. Él
ha revelado la universalidad de la elección por la redención. En
Cristo no hay judío ni griego, ni esclavo ni hombre libre, todos son una
cosa (cf. Ga 3, 28). Todos han sido llamados a participar de la vida de Dios,
gracias a la muerte y a la resurrección de Cristo. ¿Nuestro
encuentro, en esta Jornada Mundial de la Juventud, no ilustra esta verdad? Todos
vosotros, reunidos aquí, venidos desde tantos países y
continentes, ¡sois los testigos de la vocación universal del pueblo
de Dios adquirido por Cristo! La última respuesta a la pregunta "Maestro,
¿dónde moras?" debe ser entendida así: yo moro en todos
los seres humanos salvados. Sí, Cristo habita con su pueblo, que ha
extendido sus raíces en todos los pueblos de la tierra, el pueblo que le
sigue, a Él, el Señor crucificado y resucitado, el Redentor del
mundo, el Maestro que tiene las palabras de vida eterna; Él, "la
Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios" (Lumen gentium,
13). El Concilio Vaticano II ha dicho de modo admirable: es Él quien "nos
dio su Espíritu, que es el único y el mismo en la Cabeza y en los
miembros" (Ibíd. 7). Gracias a la Iglesia que nos hace participar de
la misma vida del Señor, nosotros podemos ahora retomar la palabra de Jesús:
"¿A quien iremos? ¿A quién otro iremos?" (cf. Jn 6,
68).
6. Queridos jóvenes, vuestro camino no se detiene aquí. El
tiempo no se para hoy. ¡Id por los caminos del mundo, sobre las vías
de la humanidad permaneciendo unidos en la Iglesia de Cristo!
Continuad contemplando la gloria de Dios, el amor de Dios, y seréis
iluminados para construir la civilización del amor, para ayudar al hombre
a ver el mundo transfigurado por la sabiduría y el amor eterno.
Perdonados y reconciliados, ¡sed fieles a vuestro bautismo!¡Testimoniad
el Evangelio! Como miembros de la Iglesia, activos y responsables, ¡sed
discípulos y testigos de Cristo que revela al Padre, permaneced en la
unidad del Espíritu que da la vida!
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