JUAN PABLO II
HOMILIA EN CAMAGÜEY 23 de
enero de 1998
1. «No te dejes vencer por el mal; vence al mal a fuerza de bien»
(Rm 12, 21). Los jóvenes cubanos se reúnen hoy con el Papa
para celebrar su fe y escuchar la Palabra de Dios, que es el camino para salir
de las obras del mal y de las tinieblas y revestirse así con las armas de
la luz para obrar el bien. Con este motivo, me complace tener este encuentro con
todos Ustedes en esta gran Plaza, donde en el altar se renovará el
sacrificio de Jesucristo. Este lugar, que lleva el nombre de Ignacio
Agramonte, «El Bayardo», nos recuerda a un héroe querido
por todos, el cual, movido por su fe cristiana, encarnó los valores que
adornan a los hombres y mujeres de bien: la honradez, la veracidad, la
fidelidad, el amor a la justicia. Él fue buen esposo y padre de familia y
buen amigo, defensor de la dignidad humana frente a la esclavitud.
2. Ante todo quiero saludar con afecto a Mons. Adolfo Rodríguez
Herrera, Pastor de esta Iglesia diocesana, a su Obispo auxiliar, Mons. Juan García
Rodríguez, así como a los demás Obispos y Sacerdotes
presentes, que con su labor pastoral animan y conducen a los jóvenes
cubanos hacia Cristo, el Redentor, el amigo que nunca falla. El encuentro con Él
mueve a la conversión y a la alegría singular, que hace exclamar,
como a los discípulos después de la resurrección: «Hemos
visto al Señor» (Jn 20, 24). Saludo asimismo a las
autoridades civiles, que han querido asistir a esta Santa Misa, y les agradezco
la cooperación para este acto cuyos invitados principales son los jóvenes.
De corazón me dirijo a Ustedes, queridos jóvenes cubanos,
esperanza de la Iglesia y de la Patria, presentándoles a Cristo, para
que le reconozcan y le sigan con total decisión. Él les da la
vida, les enseña el camino, los introduce en la verdad, animándolos
a marchar juntos y solidarios, en felicidad y paz, como miembros vivos de su
Cuerpo místico, que es la Iglesia.
3. «¿Cómo podrá el joven llevar una vidalimpia? ¡Viviendode
acuerdo con tu palabra!» (Sal 119, 9). El Salmo nos da la
respuesta al interrogante que todo joven se ha de plantear si desea llevar una
existencia digna y decorosa, propia de su condición. Para ello, el único
camino es Jesús. Los talentos que han recibido del Señor y que
llevan a la entrega, al amor auténtico y a la generosidad fructifican
cuando se vive no sólo de lo material y caduco, sino «de toda
palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). Por eso,
queridos jóvenes, los animo a sentir el amor de Cristo, siendo
conscientes de lo que Él ha hecho por Ustedes, por la humanidad entera,
por los hombres y mujeres de todos los tiempos. Sintiéndose amados
por Él podrán amar de verdad. Experimentando una íntima
comunión de vida con Él, que vaya acompañada por la recepción
de su Cuerpo, la escucha de su Palabra, la alegría de su perdón y
de su misericordia, podrán imitarlo, llevando así, como enseña
el salmista, «una vida limpia».
¿Qué es llevar una vida limpia? Es vivir la propia existencia
según las normas morales del Evangelio propuestas por la Iglesia.
Actualmente, por desgracia, para muchos es fácil caer en un
relativismo moral y en una falta de identidad que sufren tantos jóvenes,
víctimas de esquemas culturales vacíos de sentido o de algún
tipo de ideología que no ofrece normas morales altas y precisas. Ese
relativismo moral genera egoísmo, división, marginación,
discriminación, miedo y desconfianza hacia los otros.
Más aún, cuando un joven vive «a su forma», idealiza lo
extranjero, se deja seducir por el materialismo desenfrenado, pierde las propias
raíces y anhela la evasión. Por eso, el vacío que producen
estos comportamientos explica muchos males que rondan a la juventud: el alcohol,
la sexualidad mal vivida, la prostitución que se esconde bajo diversas
razones cuyas causas no son siempre sólo personales, las
motivaciones fundadas en el gusto o las actitudes egoístas, el
oportunismo, la falta de un proyecto serio de vida en el que no hay lugar para
el matrimonio estable, además del rechazo a toda autoridad legítima,
el anhelo de la evasión y de la emigración, huyendo del compromiso
y de la responsabilidad para refugiarse en un mundo falso cuya base es la
alienación y el desarraigo.
Ante esa situación, el joven cristiano que anhela llevar «una
vida limpia», firme en su fe, sabe que está llamado y elegido por
Cristo para vivir en la auténtica libertad de los hijos de Dios, que
incluye no pocos desafíos. Por eso, acogiendo la gracia que recibe de los
Sacramentos, sabe que ha de dar testimonio de Cristo con su esfuerzo constante
por llevar una vida recta y fiel a Él.
La fe y el obrar moral están unidos. En efecto, el don
recibido nos conduce a una conversión permanente para imitar a Cristo y
recibir las promesas divinas. Los cristianos, por respetar los valores
fundamentales que configuran una vida limpia, llegan a veces a sufrir, incluso
de modo heroico, marginación o persecución, debido a que esa opción
moral es opuesta a los comportamientos del mundo. Este testimonio de la cruz de
Cristo en la vida cotidiana es también una semilla segura y fecunda de
nuevos cristianos. Una vida plenamente humana y comprometida con Cristo
tiene ese precio de generosidad y entrega.
Queridos jóvenes, el testimonio cristiano, la «vida digna»
a los ojos de Dios tiene ese precio. Si no están dispuestos a pagarlo,
vendrá el vacío existencial y la falta de un proyecto de vida
digno y responsablemente asumido con todas sus consecuencias. La Iglesia
tiene el deber de dar una formación moral, cívica y religiosa, que
ayude a los jóvenes cubanos a crecer en los valores humanos y cristianos,
sin miedo y con la perseverancia de una obra educativa que necesita el tiempo,
los medios y las instituciones que son propios de esa siembra de virtud y
espiritualidad para bien de la Iglesia y de la Nación.
4. «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la
vida eterna?» (Mc 10, 18). En el evangelio que hemos escuchado
un joven pregunta a Jesús qué debe «hacer», y el
Maestro, lleno de amor, le responde cómo tiene que «ser».
Este joven presume de haber cumplido las normas y Jesús le responde que
lo necesario es dejarlo todo y seguirlo. Esto da radicalidad y autenticidad a
los valores y permite al joven realizarse como persona y como cristiano. La
clave de esa realización está en la fidelidad, expuesta
por San Pablo, en la primera lectura, como una característica de nuestra
identidad cristiana.
He ahí el camino de la fidelidad trazado por San Pablo: «En
la actividad, no sean descuidados... sean cariñosos unos con otros...
Que la esperanza los tenga alegres... Practiquen la hospitalidad...
Bendigan... Tengan igualdad de trato unos con otros... Pónganse al
nivel de la gente humilde... No muestren suficiencia... No devuelvan a nadie
mal por mal... No se dejen vencer por el mal, venzan al mal a fuerza de bien»
(Rm 12, 9-21). Queridos jóvenes, sean creyentes o no, acojan
el llamado a ser virtuosos. Ello quiere decir que sean fuertes por dentro,
grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, valientes en la verdad,
audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor,
invencibles en la esperanza. La felicidad se alcanza desde el sacrificio.
No busquen fuera lo que pueden encontrar dentro. No esperen de los otros lo que
Ustedes son capaces y están llamados a ser y a hacer. No dejen para mañana
el construir una sociedad nueva, donde los sueños más nobles no se
frustren y donde Ustedes puedan ser los protagonistas de su historia.
Recuerden que la persona humana y el respeto por la misma son el camino de
un mundo nuevo. El mundo y el hombre se asfixian si no se abren a Jesucristo. Ábranle
el corazón y emprendan así una vida nueva, que sea conforme a Dios
y responda a las legítimas aspiraciones que Ustedes tienen de
verdad, de bondad y de belleza. ¡Que Cuba eduque a
sus jóvenes en la virtud y la libertad para que pueda tener un futuro de
auténtico desarrollo humano integral en un ambiente de paz duradera!
Queridos jóvenes católicos: éste es todo un programa
de vida personal y social fundado en la caridad, la humildad y el sacrificio,
teniendo como razón última «servir al Señor». Les
deseo la alegría de poderlo realizar. Los esfuerzos que ya se hacen en la
Pastoral Juvenil deben encaminarse hacia la realización de este
programa de vida. Para ayudarlos les dejo también un Mensaje escrito, con
la esperanza de que llegue a todos los jóvenes cubanos, que son el futuro
de la Iglesia y de la Patria. Un futuro que comienza ya en el presente y que será
gozoso si está basado en el desarrollo integral de cada uno, lo cual no
puede alcanzarse sin Cristo, al margen de Cristo o, mucho menos en contra de
Cristo. Por eso, y como dije al inicio de mi Pontificado y he querido repetir a
mi llegada a Cuba: «No tengan miedo de abrir sus corazones a Cristo».
Les dejo con gran afecto este lema y exhortación, pidiéndoles que,
con valentía y coraje apostólico, lo transmitan a los demás
jóvenes cubanos. Que Dios todopoderoso y la Santísima Virgen de la
Caridad del Cobre les ayuden a responder generosamente a este llamado.
Ahora vamos a celebrar el sacrificio de Cristo. Cristo se hará
presente, el mismo Cristo que una vez miró a un joven y lo amó. Lo
deben ustedes vivir, cada uno, cada una; hoy Cristo presente que los mira y los
ama. Cristo mira, Cristo sabe lo que hay en cada uno de nosotros. Sabe bien que
nos ama. ¡Sea alabado Jesucristo!
Muchas gracias por haber abierto las puertas de sus casas. Yo los llevo a
todos en mi corazón y cada día rezo por ustedes. Muchas gracias
por haber venido tan numerosos a pesar del fuerte sol. ¡Se ve, se siente,
que el sol está presente! Es el sol de la vida y por esto nos recuerda a
Jesucristo, que da la vida verdadera y la da en abundancia. La celebración
de hoy ha sido muy festiva y alegre. Los jóvenes han traído su
alegría, su dinamismo, acercándose al altar del Señor, a
Dios que alegra la juventud. Al marcharme para ir a encontrar a otros hermanos,
agradecido con la invitación a quedarme en Camagüey, les quiero
repetir que Cristo los mira, a cada uno, los mira y ama. Por eso no tengan miedo
de abrirle las puertas de su corazón. ¡Que este sea el programa de
la juventud cubana!
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