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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA
LITURGIA DE LA PALABRA EN LA CATEDRAL DEL SAGRADO CORAZÓN
Nueva
Delhi, sábado 6 de noviembre
Eminencias, hermanos en el episcopado, distinguidos huéspedes, queridos
hermanos y hermanas:
1. "Gracia y paz a vosotros de parte
de Aquel que es, que era y que va a venir (...), de Jesucristo, el testigo
fiel, el primogénito de entre los muertos" (Ap 1, 4-5).
Doy gracias y alabo al Padre de infinita misericordia por estar de nuevo aquí,
en la bendita tierra de Asia. Me alegro con vosotros en la comunión que
trasciende todos los tiempos y une en el amor a los cristianos de "toda
tribu, lengua, pueblo y nación" (Ap 5, 9). Como peregrino, rindo
homenaje al continente que es la cuna de grandes tradiciones religiosas y
civilizaciones antiguas. No podemos menos de conmovernos ante el incesante
anhelo de Asia por lo Absoluto, por lo que está más allá de nuestra visión
terrena.
En la paz del Señor resucitado, nos reunimos en tierra de Asia para sellar
los frutos del Sínodo que celebramos en Roma, junto a la tumba del apóstol
san Pedro. Doy las gracias al arzobispo Alan Basil de Lastic, a los obispos de
la India y a las autoridades civiles, por todo lo que han hecho para hacer
posible esta visita. Saludo a los numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas
y fieles laicos de toda Asia, que dedican su vida a Cristo y al Evangelio.
Expreso mi gratitud a los representantes de las Iglesias cristianas y
comunidades eclesiales que enriquecen este encuentro con su presencia, y mi
pensamiento se dirige también a los seguidores de otras religiones, que acogen
con interés y respeto este encuentro. ¡La paz esté con
todos vosotros!
2. La Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos examinó
la situación de la Iglesia en Asia y de todo el continente asiático desde la
perspectiva del mandato del Señor de predicar el Evangelio a todas las
naciones. Lo hicimos, conscientes de que el mundo avanza hacia posibilidades
de desarrollo siempre nuevas y de que los cristianos tienen responsabilidades
particulares en el umbral del tercer milenio cristiano. Juntos tratamos de
leer los signos de los tiempos con ojos de fe y corazón de pastores.
Compartimos "la alegría y la esperanza, la tristeza y la angustia"
(Gaudium et spes, 1) de todos los seguidores de Cristo en este
continente. El Sínodo no fue solamente una profunda experiencia de
fraternidad en el ministerio episcopal, sino sobre todo un intenso encuentro
con Jesucristo, que hace suyas las alegrías y las tristezas
del mundo.
Los padres sinodales, escuchando con el corazón y la mente, oímos que los
pueblos de Asia, en diversas lenguas, preguntaban: "¿Cuál es la
puerta que lleva a la vida?". Y escuchamos que Jesús decía:
"Yo soy la puerta". Sí, Jesucristo es la puerta que lleva a la
vida. Los asiáticos replicaban: "¿Quién nos abrirá la
puerta?". Y Cristo respondía: "Yo abriré la puerta y os
llevaré a la vida". Los pueblos de Asia preguntaban nuevamente:
"Pero, ¿cómo abrirás la puerta y nos llevarás a la vida?". Y Jesús
respondía: "Daré mi vida por vosotros". Asia
preguntaba: "¿Cómo darás tu vida por nosotros?". Y la
respuesta de Cristo nos afecta a todos: "Ya lo hice en el Calvario
y sigo dándome a vosotros en mi Cuerpo místico, la Iglesia, y en mi
Cuerpo sacramental, la Eucaristía, entregado para la salvación del mundo".
El Sínodo fue una ferviente proclamación de fe en Jesucristo, el Salvador,
y sigue siendo una llamada a la conversión, para que la Iglesia en
Asia sea cada vez más digna de las gracias que continuamente le da Dios (cf. Ecclesia
in Asia, 4).
3. La mayoría de las Iglesias en Asia son relativamente pequeñas, si
se tiene en cuenta su número, pero se han mostrado grandes en la fidelidad a
Cristo y al Evangelio incluso en tiempos de persecución. En esas Iglesias han
sido muchos los que han derramado su sangre, y el ejército de mártires
asiáticos es indudablemente su mayor gloria. "Te martyrum candidatus
laudat exercitus". Los cristianos como san Andrés Kim Taegon, san Pablo
Miki, san Lorenzo Ruiz y san Andrés Dung Lac, al igual que otros innumerables
hombres y mujeres santos en este continente, nos demuestran cuán plenamente
puede penetrar la gracia de Cristo en el corazón de los pueblos asiáticos.
Ese testimonio inolvidable enseña a las Iglesias que están en Asia el
camino del amor y el servicio amoroso, y les muestra que la justicia es
fruto eminente del amor. Ciertamente, el hecho de que los cristianos asiáticos
se estén dedicando cada vez más a la defensa de la dignidad humana y a la
promoción de la justicia es obra del Espíritu Santo. Este servicio a la
persona humana no se funda en los espejismos de las ideologías sino en el
respeto del acto creador de Dios, que hizo al hombre y a la mujer a su imagen
(cf. Gn 1, 26). Los cristianos están profundamente comprometidos en la
práctica de la caridad y en la promoción y liberación del hombre, por
obediencia al mandamiento del Señor de amarnos los unos a los otros como él
nos ha amado (cf. Jn 13, 34).
4. En algunos casos los cristianos de Asia viven en tierras azotadas
por conflictos que a veces se presentan como efecto de la religión. ¡Qué
tergiversación de la fe auténtica! ¡Cuán infiel, no sólo al Evangelio,
sino también a las grandes intuiciones de las religiones de Asia, que de
diversas maneras enseñan la tolerancia y la bondad! Los miembros de todas las
religiones deben demostrar con vigor que la religión y la paz van juntas.
Pero, es preciso que haya también paz para la religión; que la
libertad de fe y de culto sean respetadas en todos los lugares de este
continente, pues, si se niega este derecho, el más fundamental, se cuartea el
edificio de la dignidad y de la libertad humana. La exhortación apostólica
postsinodal Ecclesia in Asia afirma claramente que en algunas partes de
Asia se prohíbe la proclamación explícita y que la libertad religiosa es
negada o sistemáticamente limitada (cf. n. 23). En esas situaciones, la
Iglesia da testimonio "tomando su cruz" y, al mismo tiempo, instando
a los Gobiernos a reconocer la libertad religiosa como derecho humano
fundamental.
5. Dado que Asia sufre mucho por la herida de la división entre
los cristianos, el Sínodo exhorta a todos los seguidores de Cristo a
esforzarse más intensamente por tener "un mismo amor, un mismo espíritu
y unos mismos sentimientos" (Flp 2, 2). Del mismo modo, pide a
toda la Iglesia en Asia que se dedique al colloquium salutis, al diálogo
salvífico dirigido a los seguidores de las demás religiones y a todos los
hombres y mujeres de buena voluntad. En este diálogo, la palabra que debemos
pronunciar es la palabra de la cruz de Jesucristo, pues en él, que se
entregó completamente en la cruz, se encuentra la plenitud de vida (cf. Flp
2, 6-11). La exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia
invita a los pueblos asiáticos a contemplar a Jesús crucificado, que
nos lleva a través de las tinieblas hacia la puerta que nos introduce en la plenitud
de vida que anhela la humanidad. Asia siempre ha buscado esta plenitud con
gran ahínco.
La vida a la que nos referimos llega a nosotros, no cuando evitamos o eludimos
el dolor del mundo, sino cuando lo impregnamos y transfiguramos con la
fuerza del amor generoso, un amor que está muy bien simbolizado por el
corazón traspasado del Salvador en la cruz. Es este amor lo que hace posible
la santidad cristiana. Suscita la proclamación, la solidaridad amorosa con
los necesitados, el respeto y la apertura hacia todo ser humano y hacia todos
los pueblos.
Que nadie tema a la Iglesia. Su único objetivo consiste en proseguir la misión
de servicio y amor de Cristo, para que la luz de Cristo resplandezca mucho más,
y para que la vida que él da sea más accesible a los que escuchan su
llamada.
6. Vosotros, los obispos, al presentar en la exhortación apostólica
postsinodal Ecclesia in Asia el fruto de los trabajos sinodales, estáis
llamados a realizar cada vez mayores esfuerzos por difundir el Evangelio de la
salvación en toda Asia. La cuestión no es si la Iglesia tiene algo
fundamental que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sino más
bien cómo lo puede decir de modo claro y convincente (cf. n. 29). El buen
Pastor dio su vida por sus ovejas y los que llevamos su nombre debemos seguir
el mismo camino. Con san Gregorio Niseno, debemos orar a fin de obtener la
fuerza para desempeñar el ministerio que se nos ha encomendado:
"Muéstrame, buen Pastor, dónde se hallan las verdes praderas y las
aguas tranquilas; llámame por mi nombre, para que escuche tu voz" (Comentario
al Cantar de los cantares, 2).
Sois sucesores de los Apóstoles, responsables del Cuerpo de Cristo, pastores
de la Iglesia en Asia con solicitud amorosa, y debéis llevar a los fieles
por valles oscuros hasta las verdes praderas y las aguas tranquilas.
Que María, "alba del día místico" (Akáthistos, estrofa
5), os reúna en torno a sí, para que os fortalezcáis con vistas a las
tareas que debéis desempeñar. Que por su intercesión la santa Iglesia
obtenga la fuerza necesaria para cumplir hasta el fin la misión que le ha
confiado el Señor. "Al que nos ama (...) la gloria y el poder por los
siglos de los siglos" (Ap 1, 5-6).
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