Excelencias,
Señoras y Señores:
1. Ante todo deseo expresar mi profunda gratitud a su Decano, el Señor
Embajador Giovanni Galassi, quien, en nombre de todos, me ha presentado
amablemente sus buenos deseos y ha evocado algunos acontecimientos
significativos de la vida de nuestros contemporáneos, sus
esperanzas, sus pruebas y sus temores. Ha querido subrayar oportunamente
la aportación específica de la Iglesia católica en
favor de la concordia entre los pueblos y de su elevación
espiritual. ¡Muchas gracias!
2. En estos momentos en que acabamos de cruzar el umbral de un nuevo año,
el Vicario de Cristo siente la necesidad de dirigir a todos los pueblos,
que Ustedes representan, sus mejores votos para este año 2000 que
muchos han acogido como "jubilar". Los cristianos han entrado
en el gran Jubileo conmemorando la venida de Cristo en el tiempo y en la
historia de los hombres: "Muchas veces y de muchos modos habló
Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos
últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo", leemos
en la Carta a los Hebreos (1,1-2).
A Dios, que ha querido establecer una alianza con el mundo que no cesa
de crear, de amar y de iluminar, confío con todo el corazón
las aspiraciones y realizaciones más nobles de cada uno, sin
olvidar las pruebas y los fracasos que muy a menudo entorpecen el camino
hacia el bien. Con nuestros contemporáneos, alabo a Dios por todas
las cosas hermosas y buenas e invoco también el perdón
divino por los atentados a la vida y a la dignidad del hombre, a la
fraternidad y a la solidaridad. Que el Altísimo nos ayude a vencer
en nosotros y a nuestro alrededor todas las resistencias para que llegue o
vuelva a venir el tiempo de los hombres de buena voluntad, que la reciente
fiesta de Navidad nos ha propuesto con la naturalidad de los primeros
tiempos. Estos son los deseos que manifiesto en mi oración por
todos los hombres y mujeres de este tiempo, de todos los países y
de todas las generaciones.
3. El siglo que se acaba habrá estado marcado por unos singulares
progresos científicos que han mejorado considerablemente la vida y
la salud de los hombres. Han contribuido también al dominio de la
naturaleza y han favorecido un acceso más fácil a la
cultura. Las tecnologías de la información han abolido las
distancias y nos han hecho más cercanos los unos de los otros.
Nunca hemos estado con tanta rapidez al corriente de los hechos que han
ido marcando la vida cotidiana de nuestros hermanos los hombres. Pero es
preciso preguntarse: ¿habrá sido este siglo el de "la
fraternidad"? No se puede dar ciertamente una respuesta sin matizar.
A la hora del balance, el recuerdo de guerras asesinas que han
exterminado a millones de personas y provocado éxodos masivos, y de
genocidios vergonzosos que asedian nuestra memoria, así como la
carrera de armamentos que ha mantenido la desconfianza y el miedo, el
terrorismo o los conflictos étnicos que han aniquilado pueblos que
vivían sobre el mismo suelo, hacen que debamos ser modestos y que
tengamos a menudo un espíritu de arrepentimiento.
Las ciencias de la vida y las biotecnologías siguen teniendo
nuevos campos de aplicación, pero al mismo tiempo suscitan el
problema de los límites que no se deben sobrepasar si se quiere
salvaguardar la dignidad, la responsabilidad y la seguridad de las
personas.
La globalización, que ha transformado profundamente los sistemas
económicos creando posibilidades de crecimiento inesperadas, ha
hecho también que muchos se hayan quedado al borde del camino: el
desempleo en los países más desarrollados y la miseria en
una gran parte de los países del hemisferio sur siguen manteniendo
a millones de mujeres y hombres al margen del progreso y del bienestar.
4. Por esto me parece que el siglo que comienza deberá ser el de
la solidaridad.
Hoy lo sabemos mejor que ayer: no estaremos nunca felices y en paz los
unos sin los otros, y aún menos, los unos contra los otros. Las
operaciones humanitarias con ocasión de conflictos o de catástrofes
naturales recientes han suscitado loables iniciativas de voluntariado que
revelan un fuerte sentido de altruismo, especialmente en las jóvenes
generaciones.
El fenómeno de la globalización hace que el papel de los
Estados haya cambiado un poco: el ciudadano se ha hecho cada vez más
activo y el principio de subsidiariedad ha contribuido, sin duda, a
equilibrar las fuerzas vivas de la sociedad civil; el ciudadano ha pasado
a ser en gran parte "socio" del proyecto común.
Esto quiere decir, me parece, que el hombre del siglo XXI estará
llamado a desarrollar el sentido de su responsabilidad. En primer lugar su
responsabilidad personal, cultivando el sentido del deber y del trabajo
realizado honestamente: la corrupción, el crimen organizado o la
pasividad nunca pueden conducir a una verdadera y sana democracia. Pero a
esto se debe añadir igualmente el sentido de la responsabilidad
hacia el otro: saber preocuparse por el más pobre, participar en
las estructuras de ayuda tanto en el trabajo como en el sector social, ser
respetuoso con la naturaleza y el medio ambiente, son también
imperativos necesarios con vistas a un mundo donde se pueda convivir
mejor. ¡Nunca más unos separados de los otros! ¡Nunca más
unos contra los otros! ¡Todos juntos solidarios bajo la mirada de
Dios!
Esto supone también que renunciemos a los ídolos que son
la felicidad a cualquier precio, la riqueza material como único
valor, la ciencia como la única explicación de la realidad.
Esto supone que el derecho sea aplicado y respetado por todos y en todas
partes para que las libertades individuales sean garantizadas eficazmente
y que la igualdad de oportunidades sea una realidad para todos. Y esto
también supone que Dios tenga en la vida de los hombres el lugar
que le corresponde: el primero.
En un mundo que más que nunca va en busca de sentido, los
cristianos se sienten llamados, al principio del siglo, a proclamar con
renovado fervor que Jesús es el Redentor del hombre, y la Iglesia a
manifestarse como "signo y salvaguardia de la trascendencia de la
persona humana" (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 76).
5. Tal solidaridad supone compromisos muy concretos. Algunos son
prioritarios:
- El compartir la tecnología y la prosperidad. Sin una actitud
de comprensión y disponibilidad difícilmente se podrá
eliminar la frustración de ciertos países que se ven
condenados a hundirse en una precariedad cada vez más grave y a
la vez a confrontarse con otros países. He tenido ocasión
de expresarme varias veces, por ejemplo, sobre la cuestión de la
deuda de los países pobres.
- El respeto de los derechos del hombre. Las legítimas
aspiraciones de las personas más débiles, las
reivindicaciones de las minorías étnicas, los sufrimientos
de todos cuyas creencias o culturas son despreciadas de un modo u otro,
no son sino simples opciones para favorecer al nivel de las
circunstancias intereses políticos o económicos. No
respetar estos derechos equivale claramente a burlar la dignidad de las
personas y poner en peligro la estabilidad del mundo.
- La prevención de los conflictos evitaría situaciones
difíciles de resolver y ahorraría muchos sufrimientos. No
faltan instancias internacionales adecuadas; es suficiente utilizarlas
distinguiendo evidentemente, sin oponer ni separar la política,
el derecho y la moral.
- El diálogo sereno entre las civilizaciones y las religiones,
en fin, podría favorecer un nuevo modo de pensar y de vivir. A
través de la diversidad de mentalidades y creencias, las mujeres
y los hombres de este milenio, teniendo presentes los errores del pasado
han de encontrar nuevas formas de vivir juntos y respetarse. La educación,
la ciencia y la información de calidad son los mejores medios
para desarrollar en cada uno de nosotros el respeto hacia el otro, sus
riquezas y sus creencias, así como un sentido de la
universalidad, digno de su vocación espiritual. Este diálogo
evitará que en el futuro se llegue a una situación
absurda: excluir o matar en nombre de Dios. Esto será, sin duda,
una contribución decisiva a la paz.
6. Se ha hablado mucho en estos últimos años de un "nuevo
orden mundial". Numerosas y meritorias iniciativas se han de atribuir
a la acción perseverante de diplomáticos hábiles, y
en particular a la diplomacia multilateral para hacer surgir una verdadera
"comunidad de naciones". Actualmente, por ejemplo, se persigue
un proceso de paz en Oriente Medio; los chinos se hablan; las dos Coreas
dialogan; algunos países africanos intentan que se vuelvan a
relacionar facciones rivales; el Gobierno y los grupos armados en Colombia
intentan mantener el contacto. Todo esto muestra una cierta voluntad de
edificar un mundo fundado en la fraternidad, para establecer, proteger y
extender la paz a nuestro alrededor. Sin embargo, también nos vemos
obligados a decir que vemos repetirse con demasiada frecuencia los errores
del pasado: pienso en las reacciones basadas en la propia identidad, en
las persecuciones infligidas por motivos religiosos, en los recursos
frecuentes, y a veces precipitados, a la guerra, en las desigualdades
sociales, en el abismo entre países ricos y pobres, con la
confianza puesta únicamente en criterios de rendimiento económico,
por no citar más que algunos rasgos característicos del
siglo han apenas finalizado. En este comienzo del año 2000, ¿qué
vemos?
Africa, atenazada por conflictos étnicos que tienen como rehenes
a pueblos enteros, impidiendo su progreso económico y social, y
condenándolos a menudo a una mera supervivencia.
Medio Oriente, siempre entre guerra y paz, aun cuando se sabe que
solamente el derecho y la justicia permiten a los pueblos de la región,
sin distinción alguna, vivir juntos al amparo de riesgos endémicos.
Asia, continente con inmensas posibilidades humanas y materiales, agrupa
en un equilibrio precario pueblos y culturas prestigiosas, muy
desarrolladas económicamente, y otros que se vuelven cada vez más
pobres. Recientemente visité aquel continente, donde entregué
la Exhortación apostólica Ecclesia in Asia, fruto de
una reciente Asamblea sinodal, que constituye así una carta para
todos los católicos. Me asocio a los Padres sinodales para lanzar
una nueva invitación a todos los católicos de Asia y a los
hombres de buena voluntad para que unan sus esfuerzos en la construcción
de una sociedad cada vez más solidaria.
América, inmenso continente en el que tuve la alegría de
promulgar, hace un año, la Exhortación apostólica
Ecclesia in America, invitando a los pueblos de aquellas tierras a
una conversión personal y comunitaria continuamente renovada, en el
respeto de la dignidad de las personas y en el amor por lo marginados, de
cara a promover una cultura de la vida.
América del Norte, donde los criterios económicos y políticos
a menudo son considerados como norma, tiene numerosos pobres a pesar de
sus múltiples riquezas.
América Latina, que ha visto, no obstante algunas excepciones,
unos progresos democráticos prometedores, permanece peligrosamente
debilitada por escandalosas desigualdades sociales, por el comercio de la
droga, la corrupción y a veces también por movimientos de
lucha armada.
Europa, finalmente, después del derrumbamiento de las ideologías,
camina hacia su unidad, se esfuerza en alcanzar la doble meta de la
reconciliación y de la integración democrática de
antiguos enemigos. No está exenta de terribles violencias, como lo
ha demostrado le reciente crisis de los Balcanes y los enfrentamientos de
estas últimas semanas en el Cáucaso. Los Obispos del
continente se han reunido últimamente en Asamblea sinodal; han
testimoniado los signos de esperanza, la apertura entre los pueblos, la
reconciliación entre naciones, la intensificación de
colaboraciones e intercambios, invitando a todos los hombres a una mayor
conciencia europea.
Ante este mundo de contrastes, a la vez magnífico y precario,
viene a mi mente un compromiso hecho al salir de la terrible II guerra
mundial, cuando todos querían que fuera la última. Me
refiero a la Nota introductoria de la Carta de las Naciones Unidas
adoptada en San Francisco, el 26 de junio de 1945:
"Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos
- a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra
que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad
sufrimientos indecibles;
- a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la
dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de
hombres y mujeres y de las naciones, grandes y pequeñas, [...]
hemos decidido aunar nuestros esfuerzos para realizar estos designios".
Este texto y este compromiso solemnes no han perdido su fuerza y
actualidad. En un mundo organizado por Estados soberanos, pero de hecho
desiguales, es indispensable -si se desea la estabilidad, el acuerdo y la
cooperación entre los pueblos-, que las relaciones internacionales
estén cada vez más inspiradas por el derecho y modeladas por
él. Lo que hace falta no son ciertamente nuevos textos o
instrumentos jurídicos, sino simplemente la voluntad política
de aplicar sin discriminación los que ya existen.
7. Quien les habla, Excelencias, Señoras y Señores, ha
sido compañero de camino de muchas generaciones de este último
siglo. Ha compartido las duras pruebas de su pueblo de origen como las
horas más sombrías vividas por Europa. Después de más
de veintiún años, siendo Sucesor del apóstol Pedro,
se siente como revestido de una paternidad universal que abarca a todos
los hombres y mujeres de este tiempo, sin ninguna distinción. Hoy,
por medio de Ustedes, que representan aquí a casi todos los pueblos
de la tierra, quisiera hacer llegar al corazón de cada uno una
confidencia: al abrirse las puertas del nuevo milenio, el Papa piensa que
los hombres podrían finalmente aprender a sacar las lecciones del
pasado. Sí, pido a todos, en nombre de Dios, preservar a la
humanidad de nuevas guerras, respetar la vida humana y la familia, colmar
el abismo entre ricos y pobres, comprender que todos somos responsables de
todos. Es Dios quien lo pide y jamás nos pide nada por encima de
nuestras fuerzas. Él mismo nos da la fuerza para cumplir lo que
espera de nosotros.
Me vienen a la mente las palabras que el Deuteronomio pone en boca de
Dios mismo: "Mira, yo pongo ante ti vida y felicidad, muerte y
desgracia. [...] Escoge la vida, para que vivas, tú y tu
descendencia" (Dt 30, 15.19).
La vida toma cuerpo en nuestras opciones cotidianas. Y los responsables
políticos, ya que tienen el deber de administrar "la cosa pública",
pueden por medio de sus opciones personales y de sus programas de actuación
orientar a sociedades enteras hacia la vida o hacia la muerte. Por esto
los creyentes, y los fieles de la Iglesia católica en particular,
consideran un deber propio participar activamente en la vida pública
de las sociedades a las que pertenecen. Su fe, su esperanza y su caridad
son unas energías complementarias e irremplazables para que no sólo
no falten jamás la preocupación por el otro, el sentido de
responsabilidad y la defensa de las libertades fundamentales, sino también
para hacer percibir que en el mundo y en nuestra historia personal y
colectiva hay una Presencia. Reivindico, pues, para los creyentes un lugar
en la vida pública, porque estoy convencido de que su fe y su
testimonio pueden tranquilizar a nuestros contemporáneos
preocupados a menudo y sin puntos de referencia, y que, a pesar de los
fracasos, la violencia o el miedo, ni el mal ni la muerte tendrán
la última palabra.
8. Ha llegado el momento de intercambiar personalmente nuestras
felicitaciones. Les saludo cordialmente y les ruego que tengan la bondad
de transmitir mis mejores votos a los responsables de los Países
que representan. Las puertas del gran Jubileo están abiertas para
los cristianos y las de un nuevo milenio para toda la humanidad. Ahora lo
que importa es cruzar el umbral para ponernos en camino. Un camino en el
que Dios va por delante y en el que nos indica el modo para llegar a Él.
Nada, ningún prejuicio ni ninguna ambición, nos debe tener
encadenados. Un nueva historia comienza para nosotros. Los pueblos que
Ustedes representan quieren escribirla en su vida personal y colectiva.
Hay una historia en la que, hoy como ayer y como mañana, la
humanidad tiene una cita con Dios. Por eso les digo a todos: "¡buen
camino"!
Vaticano, 10 de enero de 2000