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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN
LA X ASAMBLEA GENERAL DE LA ACADEMIA PONTIFICIA PARA LA VIDA
Sábado 21 de febrero de 2004
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra mucho poder encontrarme personalmente con todos vosotros, miembros
de la Academia pontificia para la vida, en esta circunstancia especial en la que
habéis celebrado el X aniversario de fundación de la Academia, recordando a
cuantos han contribuido a su nacimiento y, en especial, al ilustre y benemérito
profesor Jérôme Lejeune, vuestro primer presidente, de quien conservo un grato y
entrañable recuerdo.
Agradezco al presidente, profesor Juan de Dios Vial Correa, las amables palabras
que me ha dirigido y saludo también al vicepresidente, monseñor Elio Sgreccia, y
a los miembros del consejo directivo, expresando a todos mi profundo aprecio por
la intensa dedicación con que sostienen la actividad de la Academia.
2. Estáis realizando dos "jornadas de estudio" dedicadas al tema de la
procreación artificial. Ese tema encierra graves problemas e implicaciones, que
merecen un atento examen. Están en juego valores esenciales no sólo para el fiel
cristiano, sino también para el ser humano en cuanto tal. Emerge cada vez más
el vínculo imprescindible de la procreación de una nueva criatura con la
unión esponsal, por la cual el esposo se convierte en padre a través de la unión
conyugal con la esposa y la esposa se convierte en madre a través de la unión
conyugal con el esposo. Este plan del Creador está inscrito en la misma
naturaleza física y espiritual del hombre y de la mujer y, como tal, tiene
valor universal.
El acto con el que el esposo y la esposa se convierten en padre y en madre a
través de la entrega recíproca total los hace cooperadores del Creador al traer
al mundo un nuevo ser humano, llamado a la vida para la eternidad. Un gesto tan
rico, que trasciende la misma vida de los padres, no puede ser sustituido por
una mera intervención tecnológica, de escaso valor humano y sometida a los
determinismos de la actividad técnica e instrumental.
3. La tarea del científico consiste más bien en investigar las causas de la
infertilidad masculina y femenina, para poder prevenir esta situación de
sufrimiento de los esposos deseosos de encontrar "en el hijo la confirmación y
el completamiento de su donación recíproca" (Donum vitae II, 2).
Precisamente por esto, deseo estimular las investigaciones científicas
destinadas a la superación natural de la esterilidad de los cónyuges, y
quiero exhortar a los especialistas a poner a punto las intervenciones que
puedan resultar útiles para este fin. Lo que se desea es que, en el camino de la
verdadera prevención y de la auténtica terapia, la comunidad científica -la
llamada se dirige en particular a los científicos creyentes- obtenga progresos
esperanzadores.
4. La Academia pontificia para la vida ha de hacer todo lo que esté a su alcance
para promover cualquier iniciativa válida encaminada a evitar las peligrosas
manipulaciones que acompañan los procesos de procreación artificial.
Ojalá que toda la comunidad de los fieles se comprometa a sostener los
itinerarios auténticos de la investigación, resistiendo en los momentos de
decisión a las sugestiones de una tecnología sustitutiva de la paternidad y la
maternidad verdaderas, que por eso mismo ofende la dignidad tanto de los padres
como de los hijos.
Para confirmar estos deseos, os imparto de corazón a todos vosotros mi
bendición, que de buen grado extiendo a vuestros seres queridos.
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