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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II A LOS PEREGRINOS QUE HAB ÍAN
PARTICIPADO EN LA BEATIFICACIÓN DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA
Lunes 20 de octubre
de 2003
Venerados hermanos en el episcopado; queridos Misioneros y Misioneras de la
Caridad; amadísimos hermanos y hermanas:
1. Os saludo cordialmente y me uno con alegría a vuestra acción de gracias a
Dios por la beatificación de la madre
Teresa de Calcuta. Yo estaba unido a ella
por una gran estima y un sincero afecto. Por eso, me alegra particularmente
encontrarme entre vosotros, sus hijas e hijos espirituales. Saludo de modo
especial a sor Nírmala, recordando el día en que la madre Teresa vino a Roma
para presentármela personalmente. Extiendo mi saludo a todas las personas que
componen la gran familia espiritual de esta nueva beata.
2. "Misionera de la Caridad: esto es lo que fue la madre Teresa, de
nombre y de hecho". Con emoción repito hoy estas palabras, que pronuncié al día
siguiente de su muerte (Ángelus, 7 de septiembre de 1997, n. 1:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de septiembre de 1997,
p. 1).
Ante todo, misionera. No cabe duda de que la nueva beata fue una de
las más grandes misioneras del siglo XX. De esta mujer sencilla, proveniente
de una de las zonas más pobres de Europa, el Señor hizo un instrumento elegido (cf.
Hch 9, 15) para anunciar el Evangelio a todo el mundo, no con la
predicación sino con gestos diarios de amor a los más pobres. Misionera con el
lenguaje más universal: el de la caridad sin límites ni exclusiones, sin
preferencias, salvo por los más abandonados.
Misionera de la caridad. Misionera de Dios que es caridad, que siente
predilección por los pequeños y los humildes, que se inclina sobre el hombre
herido en el cuerpo y en el espíritu y derrama sobre sus llagas "el aceite de la
consolación y el vino de la esperanza". Dios hizo esto en la persona de su Hijo
hecho hombre, Jesucristo, buen Samaritano de la humanidad. Y sigue haciéndolo en
la Iglesia, especialmente a través de los santos de la caridad. La madre Teresa
resplandece de modo especial entre ellos.
3. ¿Dónde encontró la madre Teresa la fuerza para ponerse completamente al
servicio de los demás? La encontró en la oración y en la contemplación
silenciosa de Jesucristo, de su santo Rostro y de su Sagrado Corazón. Lo
dijo ella misma: "El fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración
es la fe; el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor es el servicio; y el
fruto del servicio es la paz". La paz, incluso junto a los moribundos,
incluso en las naciones en guerra, incluso ante los ataques y las críticas
hostiles. La oración colmó su corazón de la paz de Cristo y le permitió
irradiarla a los demás.
4. Misionera de la caridad, misionera de la paz, misionera de la vida. La
madre Teresa fue todas estas cosas. Habló siempre claramente en defensa de la
vida humana, incluso cuando su mensaje no resultaba grato. Toda la existencia de
la madre Teresa fue un himno a la vida. Sus encuentros diarios con la
muerte, con la lepra, con el sida y con todo tipo de sufrimiento humano la
hicieron testigo convincente del evangelio de la vida. Su misma sonrisa era un
"sí" a la vida, un "sí" gozoso, nacido de una fe y un amor profundos, un "sí"
purificado en el crisol del sufrimiento. Renovaba ese "sí" cada mañana, en unión
con María, al pie de la cruz de Cristo. La "sed" de Jesús crucificado se
convirtió para la madre Teresa en su propia sed y en la inspiración de su
camino de santidad.
5. Teresa de Calcuta fue realmente madre. Madre de los pobres, madre de
los niños. Madre de tantas muchachas y de tantos jóvenes que la tuvieron como
guía espiritual y compartieron su misión. De una pequeña semilla el Señor ha
hecho crecer un árbol grande y rico en frutos (cf. Mt 13, 31-32). Y
precisamente vosotros, hijas e hijos de la madre Teresa, sois los signos más
elocuentes de esta fecundidad profética. Conservad inalterado su carisma
y seguid sus ejemplos, y ella, desde el cielo, no dejará de sosteneros en el
camino diario.
Pero el mensaje de la madre Teresa, hoy más que nunca, se presenta como una
invitación dirigida a todos. Toda su existencia nos recuerda que ser
cristianos significa ser testigos de la caridad. Esta es la consigna de la
nueva beata. Haciéndome eco de sus palabras, exhorto a cada uno a seguir con
generosidad y valentía los pasos de esta auténtica discípula de Cristo. Por
la senda de la caridad la madre Teresa camina a vuestro lado.
De corazón os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos la bendición
apostólica.
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