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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A ESPAÑA
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
Base Aérea de Cuatro Vientos, Madrid Sábado 3
de mayo de 2003
1. Conducidos de la mano de la
Virgen María y acompañados por el ejemplo y la intercesión de los nuevos
Santos, hemos recorrido en la oración diversos momentos de la vida de Jesús.
El Rosario, en efecto, en su sencillez y profundidad, es un verdadero
compendio
del Evangelio y conduce al corazón mismo del mensaje cristiano: “Tanto amó
Dios al mundo que dió a su Hijo único, para que todo el que crea en El no
perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
María, además
de ser la Madre cercana, discreta y comprensiva, es la mejor Maestra para llegar
al conocimiento de la verdad a través de la contemplación. El drama de la
cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación.
Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha
encontrado todavía su alma.¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad? Lamentablemente, conocemos muy
bien la respuesta. Cuando falta el espíritu contemplativo no se defiende la vida
y se degenera todo lo humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en
peligro su misma integridad.
2. Queridos jóvenes, os invito a
formar parte de la “Escuela de la Virgen María”. Ella es modelo insuperable
de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y
enriquecedora. Ella os enseñará a no separar nunca la acción de la
contemplación, así contribuiréis mejor a hacer realidad un gran sueño:
el nacimiento de la nueva Europa del espíritu. Una Europa fiel a sus raíces
cristianas, no encerrada en sí misma sino abierta al diálogo y a la
colaboración con los demás pueblos de la tierra; una Europa consciente de
estar llamada a ser faro de civilización y estímulo de progreso
para el mundo, decidida a aunar sus esfuerzos y su creatividad al servicio de la
paz y de la solidaridad entre los pueblos.
3. Amados jóvenes, sabéis bien
cuánto me preocupa la paz en el mundo. La espiral de la violencia, el
terrorismo y la guerra provoca, todavía en nuestros días, odio y muerte. La
paz - lo sabemos - es ante todo un don de lo Alto que debemos pedir con
insistencia y que, además, debemos construir entre todos mediante una
profunda conversión interior. Por eso, hoy quiero comprometeros a ser operadores
y artífices de paz. Responded a la violencia ciega y al odio inhumano con
el poder fascinante del amor. Venced la enemistad con la fuerza del perdón.
Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de
intolerancia. Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen, sino
que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por el mal! Para ello necesitáis
la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con
Cristo. Sólo así, viviendo la experiencia del amor de Dios e irradiando la
fraternidad evangélica, podréis ser los constructores de un mundo mejor, auténticos
hombres y mujeres pacíficos y pacificadores.
4. Mañana tendré la dicha de
proclamar cinco nuevos santos, hijos e hijas de esta noble Nación y de esta
Iglesia. Ellos “fueron jóvenes como vosotros, llenos de energía, ilusión y
ganas de vivir. El encuentro con Cristo transformó sus vidas (...) Por eso,
fueron capaces de arrastrar a otros jóvenes, amigos suyos, y de crear obras de
oración, evangelización y caridad que aún perduran” (Mensaje de los
Obispos españoles con ocasión del viaje del Santo Padre, 4).
Queridos jóvenes,
¡id con confianza al encuentro de Jesús! y, como los nuevos santos, ¡no
tengáis miedo de hablar de Él! pues Cristo es la respuesta verdadera a
todas las preguntas sobre el hombre y su destino. Es preciso que vosotros jóvenes
os convirtáis en apóstoles de vuestros coetáneos. Sé muy bien que esto no es fácil. Muchas veces tendréis la tentación de
decir como el profeta Jeremías: “¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho” (Jr 1,6). No os
desaniméis, porque no estáis solos: el Señor nunca dejará de acompañaros,
con su gracia y el don de su Espíritu.
5. Esta presencia fiel del Señor
os hace capaces de asumir el compromiso de la nueva evangelización, a la que
todos los hijos de la Iglesia están llamados. Es una tarea de todos. En ella los laicos tienen un papel protagonista,
especialmente los matrimonios y las familias cristianas; sin embargo, la
evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas. Ésta
es la razón por la que deseo decir a cada uno de vosotros, jóvenes: si sientes
la llamada de Dios que te dice: “¡Sígueme!” (Mc 2,14; Lc 5,27),
no la acalles. Sé generoso, responde como María ofreciendo a Dios el sí
gozoso de tu persona y de tu vida.
Os doy mi
testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han
pasado 56. Entonces,
¿cuántos años tiene el Papa? ¡Casi 83! ¡Un joven de 83 años! Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os
puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por
amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por
el Evangelio y por los hermanos!
¿Cuántas
horas tenemos hasta la medianoche? Tres horas. Apenas tres horas hasta la
medianoche y después viene la manaña
6. Al concluir mis palabras
quiero invocar a María, la estrella luminosa que anuncia el despuntar del Sol
que nace de lo Alto, Jesucristo:
¡Dios te
salve, María, llena de gracia! Esta noche te pido por los jóvenes de España, jóvenes llenos de sueños y esperanzas.
Ellos son los centinelas del mañana, el pueblo de las bienaventuranzas; son
la esperanza viva de la Iglesia y del Papa.
Santa María,
Madre de los jóvenes, intercede para que sean testigos de Cristo Resucitado, apóstoles
humildes y valientes del tercer milenio, heraldos generosos del
Evangelio.
Santa María,
Virgen Inmaculada, reza con nosotros, reza por nosotros. Amén.
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