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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II Jueves 27 de marzo de 2003
Señores Cardenales, 1. Me es grato recibiros, Consejeros y Miembros de la Pontificia Comisión para América Latina que habéis celebrado vuestra Asamblea Plenaria con el fin de examinar una vez más la situación eclesial en las tierras de América latina, identificar sus problemas pastorales y ofrecer algunas pautas que ayuden a trazar una estrategia evangeliadora, capaz de afrontar los grandes desafíos que se presentan en esta hora crucial del comienzo del nuevo milenio. Agradezco cordialmente las expresivas palabras de saludo que, en nombre de todos, me ha dirigido el Señor Cardenal Giovanni Battista Re, Presidente de esta Pontificia Comisión, presentándome las líneas maestras que han guiado vuestros trabajos en estos días de encuentro, reflexión y diálogo. Así mismo os agradezco a todos vosotros el empeño y labor llevada a cabo en estas jornadas que se concretan en las indicaciones y ayuda que ofrecéis, participando de ese modo en mi solicitud de Pastor universal de toda la Iglesia. Vuestras consideraciones y propuestas serán de provecho en la renovada Evangelización de América latina, cuya situación religiosa y social he seguido siempre con interés y afecto, de modo muy concreto en mis 18 viajes apostólicos al querido Continente de la esperanza. 2. Desde el año 2001 hasta el pasado mes de febrero del 2003, los Obispos latinoamericanos han realizado sus visitas ad Limina a excepción de Colombia y México, que lo harán más adelante. A cada uno de los 28 grupos que me han visitado he dirigido un discurso con indicaciones pastorales sobre diversos temas. En realidad, se trata de orientaciones no sólo para el grupo concreto al que me dirigía en cada ocasión, sino para todo el Episcopado. La Pontificia Comisión para América Latina ha querido editarlos en un volumen, que el Presidente me ha entregado y que puede ser útil instrumento para recordar cuando dije movido por mi solicitud pastoral y mi amor hacia Latinoamérica. En esta ocasión habéis iniciado vuestras sesiones precisamente estudiando esas orientaciones. 3. Para llevar adelante su cometido de anunciar mejor a Cristo a los hombres y mujeres de hoy, iluminando para ello con la sabiduría del Evangelio los desafíos y problemas con los que la Iglesia y la sociedad se encuentran en América latina al inicio del nuevo milenio, la Iglesia necesita muchos y cualificados evangelizadores que, con nuevo ardor, renovado entusiasmo, fino espíritu eclesial, desbordantes de fe y esperanza, hablen "cada vez más de Jesucristo" (Ecclesia in America, 67). Estos evangelizadores -Obispos, sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, fieles laicos- son, bajo la guía del Espíritu Santo, los protagonistas indispensables en la tarea evangelizadora, en la cual cuentan más las personas que las estructuras, aunque éstas sean en cierto modo, necesarias. Tales estructuras han de ser sencillas, ágiles, sólo las indispensables, de forma que no agobien, sino que ayuden y faciliten el trabajo pastoral; por otra parte, han de ser eficaces, según las exigencias de los tiempos actuales. Es importante aprovechar todas las técnicas modernas para la evangelización, pero evitando una burocratización excesiva, la multiplicación de viajes y reuniones, así como el empleo innecesario de personas, tiempo y recursos económicos que podrían destinarse más bien a la acción directa del anuncio evangélico y a la atención a los necesitados. Las estructuras y organizaciones, así como el estilo de vida eclesial, han de reflejar siempre el rostro sencillo de América Latina para facilitar un mayor acercamiento a las masas desheredadas, a los indígenas, a los emigrantes y desplazados, a los obreros, a los marginados, a los enfermos, y, en general, a los que sufren, es decir, a todos aquellos que son o han de constituir el objetivo de vuestra opción preferencial (cf. Ecclesia in America, 58). 4. La originalidad y fecundidad del Evangelio, fuente continua de creatividad, inspira siempre nuevas expresiones e iniciativas en la vida eclesial y ayuda a identificar nuevos métodos de evangelización que, en plena fidelidad al Magisterio y Tradición de la Iglesia, resulten necesarios para llevar el anuncio del Evangelio a los lugares más apartados, a todos los hombres y mujeres, a todas las etnias y a todas las clases sociales, incluso a los sectores más difíciles o refractarios. La aceleración de los acontecimientos y transformaciones sociales obliga a la Iglesia, y consiguientemente a los Pastores, a dar, bajo el impulso de la gracia, nuevos y significativos pasos orientados a una entrega cada vez más radical a su Señor, con quien se han de identificar plenamente en sentimientos, doctrina y modo de actuar. Jesucristo es el único Señor de la Iglesia y del mundo, y hacia Él ha de orientarse todo, ya que "La Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo crucificado y resucitado. Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de su Evangelio" (Ecclesia in America, 67). 5. Entre las realidades, o problemas pastorales, sometidos a vuestra
consideración, hay uno que merece especial atención y que ha sido objeto de
vuestros estudios y de algunas resoluciones en esta reunión plenaria y en la
otra, reducida, que la Comisión organizó en el mes de enero con la colaboración
del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, del
Consejo pontificio para el diálogo interreligioso y del Celam. 7. El año pasado tuve la dicha de postrarme otra vez ante la venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe con ocasión de mi visita a México para canonizar el 31 de julio al Beato Juan Diego, su mensajero, y beatificar después allí mismo a los dos catequistas mártires de Oaxaca Guadalupe, después de haber canonizado en Guatemala al Hermano Pedro de San José de Betancurt. Desde que peregriné por primera vez al espléndido Santuario Guadalupano el 29 de enero de 1979, Ella ha guiado mis pasos en estos casi 25 años de servicio como Obispo de Roma y Pastor Universal de la Iglesia. A Ella, camino seguro para encontrar a Cristo (Ecclesia in America, n. 11) y que fue la Primera Evangelizadora de América, quiero invocar como "Estrella de la Evangelización" -Stella evangelizationis- confiándole la labor eclesial de todos sus hijos e hijas de América: los Pastores y los fieles, las comunidades eclesiales y las familias, los pobres, los ancianos, los indígenas. Como expresión de estos deseos, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.
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