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VIAJE APOSTÓLICO A ARMENIA
PALABRAS DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II EN LA CATEDRAL DE ECHMIADZIN
Venerado hermano, Patriarca supremo y Catholicós de todos los
armenios; amadísimos hermanos y hermanas en Cristo, ¡descienda sobre
todos la bendición de Dios!
1. Mis pasos de peregrino me han traído a Armenia para alabar a Dios por la luz
del Evangelio que, hace diecisiete siglos, se difundió en esta tierra desde este
lugar, donde san Gregorio el Iluminador recibió la visión celestial del Hijo de
Dios en forma de luz. La santa Echmiadzin se yergue como gran símbolo de la
fe de Armenia en el unigénito Hijo de Dios, que bajó del cielo, murió para
redimirnos del pecado, y cuya resurrección inaugura los nuevos cielos y la nueva
tierra. Para todos los armenios Echmiadzin es la prenda de la perseverancia
en esa misma fe, a pesar de los sufrimientos y el derramamiento de sangre de
ayer y de hoy, que vuestra atormentada historia ha exigido como precio de
vuestra fidelidad. En este lugar deseo testimoniar que vuestra fe es nuestra fe
en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre: "Un solo Señor, una sola
fe, un solo bautismo" (Ef 4, 5).
Aquí, en la santa Echmiadzin, con el alma rebosante de alegría, devuelvo el beso
de paz que Su Santidad me dio el mes de noviembre del año pasado junto a la
tumba del apóstol Pedro en Roma. Con intensa emoción lo saludo a usted, a los
arzobispos, obispos, monjes, sacerdotes y fieles de la amada Iglesia apostólica
armenia. Como Obispo de Roma, me arrodillo con admiración ante el don celestial
del bautismo de vuestro pueblo, y rindo homenaje a este templo, símbolo de la
nación, que desde los inicios, según la visión de san Gregorio, lleva sobre sus
columnas el signo del martirio.
2. Gracias, Santidad, por haberme dado la bienvenida en su casa. Es la primera
vez que el Papa, durante toda su estancia en un país, se hospeda en la casa de
un hermano suyo que preside una gloriosa Iglesia de Oriente, y comparte con él
la vida diaria bajo el mismo techo. Gracias por este signo de amor, que me
conmueve profundamente y habla al corazón de todos los católicos de profunda
amistad y caridad fraterna.
Mi pensamiento se dirige, en este momento, a sus venerados predecesores. Me
refiero al Catholicós Vasken I, que tanto hizo para que su pueblo pudiera ver la
tierra prometida de la libertad, y volvió a Dios precisamente en el momento en
que logró la independencia. Pienso en el inolvidable Catholicós Karekin I, que
fue para mí como un hermano. Aunque lo deseaba de todo corazón, no pude realizar
mi plan de visitarle cuando sus condiciones de salud se agravaron. Ese deseo se
cumple hoy aquí con Su Santidad, hermano igualmente querido y amado. Espero
vivamente los próximos días, en los que, de la mano de usted, me encontraré con
el pueblo armenio y juntos daremos gracias a Dios todopoderoso por sus
diecisiete siglos de fidelidad a Cristo.
3. Jesucristo, Señor y Salvador, concédenos comprender la espléndida verdad que
san Gregorio escuchó en este lugar: "las puertas de tu amor a tus
criaturas están abiertas de par en par (...); la luz que llena la tierra es la
predicación de tu Evangelio".
Señor, haznos dignos de la gracia de estos días. Acoge nuestra oración común;
acepta la gratitud de la Iglesia entera por la fe del pueblo armenio. Inspíranos
palabras y gestos que demuestren el amor del hermano al hermano. Te lo pedimos
por intercesión de María, la gran Madre de Dios, Reina de Armenia, y de san
Gregorio, al que el Verbo se apareció aquí en forma de luz. Amén.
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