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VIAJE APOSTÓLICO A ARMENIA CEREMONIA
DE BIENVENIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto
de Ereván, 25 de septiembre de 2001
Señor presidente; Santidad; queridos amigos de
Armenia:
1. Doy gracias a Dios todopoderoso porque hoy, por primera vez, el Obispo
de Roma se encuentra en tierra de Armenia, esta antigua y amada tierra, de la
que así cantaba vuestro gran poeta Daniel Varujan: "Desde las aldeas
hasta los horizontes se extiende la maternidad de vuestra tierra" (La
llamada de las tierras). Desde hace mucho tiempo esperaba este momento de
gracia y alegría, y especialmente desde las visitas que me hicieron en el
Vaticano usted, señor presidente, y usted, Santidad, Patriarca supremo y
Catholicós de todos los armenios.
Le expreso mi más sincera gratitud, señor presidente, por las amables palabras
de bienvenida que me acaba de dirigir en nombre del Gobierno y de los habitantes
de Armenia. También doy las gracias a las autoridades civiles y militares, así
como al Cuerpo diplomático acreditado en Armenia, por haber venido hoy a darme
la bienvenida. Al dirigirme a usted, señor presidente, deseo extender la
manifestación de mi estima y mi amistad no sólo a los ciudadanos que viven en
la patria, sino también a los millones de armenios esparcidos por el mundo
entero, los cuales permanecen fieles a su herencia y a su identidad, y hoy miran
a su tierra de origen con renovado orgullo y satisfacción. También en su
corazón laten los sentimientos que expresó Varujan en una poesía:
"Mi corazón se deleita al sumergirse en la ola luminosa de azul, al
naufragar -si es necesario- en los fuegos celestiales; al conocer nuevas
estrellas, la antigua patria perdida, de donde mi alma caída llora aún la
nostalgia del cielo" (Noche en la era).
2. Santidad, Catholicós Karekin, lo abrazo con amor fraterno en el Señor
a usted y a la Iglesia que preside. Sin su apoyo yo no estaría hoy aquí, como
peregrino en viaje espiritual para honrar el extraordinario testimonio de
vida cristiana que ha dado la Iglesia apostólica armenia a lo largo de tantos
siglos, y sobre todo en el siglo XX, que para vosotros fue un tiempo de
indecible terror y sufrimiento. En el XVII centenario de la proclamación del
cristianismo como religión oficial de esta amadísima tierra, la Iglesia católica
entera comparte vuestra íntima alegría y la de todos los armenios.
Abrazo también a los hermanos obispos y a todos los fieles de la Iglesia católica
en Armenia y de las regiones vecinas, con la alegría de confirmaros en el amor
de nuestro Señor Jesucristo, así como en el servicio al prójimo y a vuestro
país.
3. Me conmueve profundamente pensar en la gloriosa historia del
cristianismo en esta tierra, que, según la tradición, se remonta a la
predicación de los apóstoles Tadeo y Bartolomé. A continuación, a través
del testimonio y la obra de san Gregorio el Iluminador, el cristianismo se
convirtió, por primera vez, en la fe de una nación entera. Los anales de
la Iglesia universal afirmarán siempre que las gentes de Armenia fueron las
primeras, como pueblo, en abrazar la gracia y la verdad del Evangelio de nuestro
Señor Jesucristo. Desde aquellos tiempos épicos, vuestra Iglesia nunca ha
dejado de cantar las alabanzas de Dios Padre, de celebrar el misterio de la
muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo, y de invocar la ayuda del Espíritu
Santo, el Consolador. Vosotros conserváis con celo la memoria de vuestros
numerosos mártires, y en verdad el martirio ha sido un signo distintivo de la
Iglesia y del pueblo armenios.
4. El pasado de Armenia es inseparable de su fe cristiana. La fidelidad al
Evangelio de Jesucristo contribuirá también al futuro que la nación está
construyendo, después de las devastaciones del siglo pasado. Señor presidente,
queridos amigos, acabáis de celebrar el décimo aniversario de vuestra
independencia. Se ha tratado de un paso significativo en el camino hacia una
sociedad justa y armoniosa, en la que todos se sientan plenamente como en su
casa y puedan ver respetados sus legítimos derechos. Todos, y especialmente los
responsables de la cosa pública, están llamados hoy a un auténtico compromiso
en favor del bien común, en la justicia y la solidaridad, anteponiendo el
progreso del pueblo a cualquier otro interés parcial. Y esto es verdad también
en la urgente búsqueda de la paz en esta región. La paz sólo se puede
construir sobre los sólidos cimientos del respeto recíproco, la justicia en
las relaciones entre comunidades diversas y la magnanimidad de los fuertes.
Armenia se ha convertido en miembro del Consejo de Europa; eso indica vuestra
determinación de trabajar con decisión y valentía para llevar a cabo las
reformas democráticas de las instituciones del Estado, necesarias para
garantizar el respeto de los derechos humanos y civiles de los ciudadanos. Son
tiempos difíciles, pero también tiempos que constituyen un desafío para la
nación y le infunden valor. Cada uno debe decidir firmemente amar su propia
tierra y sacrificarse por el desarrollo genuino así como por el bienestar
espiritual y material de su pueblo.
¡Dios bendiga al pueblo armenio con la libertad, la prosperidad y la paz!
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