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ENCUENTRO CON LOS
POLÍTICOS, INTELECTUALES Y EMPRESARIOS DE UCRANIA
DISCURSO DE JUAN PABLO
II
Palacio Presidencial “Mariyinskyi”, Kiev
Sábado 23 de junio de 2001
Señor presidente; honorables
representantes del Gobierno y del Parlamento; distinguidas autoridades; amables
señoras; ilustres señores:
1. A todos y cada uno dirijo mi saludo deferente y cordial. He aceptado con
gran alegría su invitación, señor presidente, a visitar este noble país,
cuna de civilización cristiana y patria de convivencia pacífica entre diversas
nacionalidades y religiones. Me alegra hallarme ahora en tierra ucraniana.
Considero un gran honor poder encontrarme finalmente con los habitantes
de una nación que, en estos difíciles años de transición, ha sabido asegurar
de modo eficaz condiciones de paz y tranquilidad a sus habitantes. Le
agradezco de corazón la acogida y las cordiales palabras de bienvenida.
Saludo, asimismo, con profunda estima a los diputados y a los miembros del
Gobierno, a las autoridades de cualquier orden y grado, a los representantes del
pueblo, al Cuerpo diplomático, a los exponentes de la cultura, de la ciencia y
de todas las fuerzas vivas que contribuyen al bienestar de la nación. Abrazo
con sentimientos de sincera amistad al pueblo ucraniano, en su gran mayoría
cristiano, como lo demuestran la cultura, las costumbres populares, las
numerosas iglesias que adornan su paisaje, así como las innumerables obras de
arte distribuidas a lo largo de todo el territorio. Saludo a un pueblo que ha
experimentado el sufrimiento y la opresión, manteniendo un amor a la
libertad que nadie ha logrado doblegar jamás.
2. He venido a vosotros como peregrino de paz, impulsado únicamente
por el deseo de testimoniar que Cristo es "el camino, la verdad y la
vida" (Jn 14, 6). He venido para rendir homenaje a los sagrarios de
vuestra historia y para invocar juntamente con vosotros la protección divina
sobre vuestro futuro.
Te saludo con alegría, maravillosa ciudad de Kiev, que te extiendes por
los márgenes del río Dniéper, cuna de los antiguos eslavos y de la cultura
ucraniana, profundamente impregnada de fermentos cristianos. En el suelo de tu
tierra, encrucijada entre el Occidente y el Oriente de Europa, se han encontrado
las dos grandes tradiciones cristianas, la bizantina y la latina, hallando ambas
una acogida favorable. No han faltado entre ellas, a lo largo de los siglos,
tensiones que han llevado a enfrentamientos perjudiciales para ambas. Sin
embargo, hoy se abre camino la disponibilidad al perdón mutuo. Es
preciso superar barreras y desconfianzas para construir juntos un país
armonioso y pacífico, acudiendo, como en el pasado, a las fuentes límpidas de
la fe cristiana común.
3. Sí, amadísimos ucranios, ha sido el cristianismo el que ha inspirado a
vuestros más grandes hombres de cultura y de arte, y ha regado abundantemente
las raíces morales, espirituales y sociales de vuestro país. Me complace
recordar aquí lo que escribió un compatriota vuestro, el filósofo Hryhorij
Skovoroda: "Todo pasa, pero el amor es lo que permanece al final de
todo. Todo pasa, excepto Dios y el amor". Solamente una persona
profundamente impregnada de espíritu cristiano pudo tener esa intuición. En
sus palabras se reconoce el eco de la primera carta de san Juan:
"Dios es amor. Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él"
(1 Jn 4, 16).
En toda Europa la palabra del Evangelio ha echado profundas raíces,
produciendo, a lo largo de los siglos, frutos maravillosos de civilización,
cultura y santidad. Por desgracia, las opciones de los pueblos del continente no
siempre han sido coherentes con los valores de las respectivas tradiciones
cristianas, y así la historia ha debido registrar acontecimientos tristísimos
de atropellos, devastaciones y lutos.
Los ancianos de vuestro pueblo recuerdan con nostalgia el tiempo en que Ucrania
era independiente. A aquel período, más bien breve, siguieron los años
terribles de la dictadura soviética y la durísima carestía de los
primeros años de la década de 1930, cuando vuestro país, "granero de
Europa", ya no lograba alimentar a sus propios hijos, que morían a
millones. Y no podemos olvidar a los innumerables compatriotas vuestros que
murieron durante la guerra de 1941-1945 contra la invasión nazi.
Lamentablemente, la liberación del nazismo no constituyó también la liberación
del régimen comunista, que siguió pisoteando los derechos humanos más
elementales, deportando a ciudadanos inermes, encarcelando a los disidentes,
persiguiendo a los creyentes, e incluso tratando de borrar de la conciencia del
pueblo la idea misma de libertad e independencia. Por suerte, el gran cambio
histórico de 1989 permitió a Ucrania reconquistar finalmente su libertad y
plena soberanía.
4. Vuestro pueblo logró esa ansiada meta de modo pacífico e incruento
y ahora está comprometido con tenacidad en una obra de valiente reconstrucción
social y espiritual. La comunidad internacional no puede por menos de apreciar
los éxitos obtenidos al consolidar la paz y resolver las tensiones regionales
teniendo en cuenta las características locales.
Yo mismo os exhorto a perseverar en el esfuerzo necesario para superar las
dificultades que quedan, asegurando el pleno respeto de los derechos de las
minorías nacionales y religiosas. Con una política de sabia tolerancia el
pueblo ucraniano se granjeará consideración y simpatía, y así se
asegurará un lugar particular en la familia de los pueblos europeos.
Como Pastor de la Iglesia católica, quiero subrayar con sincero aprecio el
hecho de que en el preámbulo de la Constitución de Ucrania se recuerda a los
ciudadanos "la responsabilidad ante Dios". En esta perspectiva se
situaba seguramente vuestro compatriota Hryhorij Skovoroda, cuando invitaba a
sus contemporáneos a proponerse siempre como compromiso prioritario
"comprender al hombre", buscando para él los caminos que pudieran
permitirle salir definitivamente de los callejones de la intransigencia y el
odio.
Los valores del Evangelio, que forman parte de vuestra identidad nacional, os
ayudarán a construir una sociedad abierta y solidaria, en la que cada
uno pueda dar su aportación específica al bien común, encontrando al mismo
tiempo un apoyo conveniente para desarrollar lo mejor posible sus propias
cualidades.
Es un llamamiento que dirijo sobre todo a los jóvenes para que,
siguiendo las huellas de quienes han dado la vida por elevados ideales humanos,
civiles y religiosos, conserven inalterado este patrimonio de civilización.
5. "No permitáis que los poderosos arruinen al hombre", escribía
Volodymyr Monomach (+ 1125) en su libro "Enseñanza a los hijos". Son
palabras que aún hoy conservan plenamente su validez.
En el siglo XX los regímenes totalitarios destruyeron enteras generaciones,
porque minaron tres pilares de toda civilización auténticamente humana: el
reconocimiento de la autoridad divina, de la que brotan las orientaciones
morales irrenunciables de la vida (cf. Ex 20, 1. 18); el respeto
a la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn
1, 26-27); y el deber de ejercer el poder al servicio de todo miembro de la
sociedad sin excepciones, comenzando por los más débiles e indefensos.
El haber negado a Dios no ha hecho al hombre más libre. Al contrario, lo ha
expuesto a diversas formas de esclavitud, rebajando la vocación del poder político
al nivel de una fuerza bruta y opresiva.
6. Políticos, no olvidéis esta dura lección de la historia.
Vuestra tarea es servir al pueblo, asegurando a todos paz e igualdad de
derechos. Resistid a la tentación de aprovecharos del poder para intereses
personales o de grupo. Tened siempre solicitud por los pobres y esforzaos con
todos los medios legítimos por garantizar a cada uno el acceso al justo
bienestar.
Hombres de cultura, contáis con una gran historia. Pienso, en
particular, en el arzobispo ortodoxo de Kiev, el metropolita Pedro Mohyla, que
en 1632 fundó la Academia de Kiev, la cual permanece en el recuerdo como faro
de cultura humanística y cristiana. A vosotros corresponde el ejercicio de una
inteligencia crítica y creativa en todos los ámbitos del saber, conjugando el
patrimonio cultural del pasado con las exigencias de la modernidad, a fin de
contribuir al auténtico progreso humano, con vistas a la civilización del
amor. En este contexto, deseo vivamente que la enseñanza de las ciencias eclesiásticas
reciba el reconocimiento debido, también por parte de la autoridad civil.
Y en particular para vosotros, hombres dedicados a la investigación científica,
valga como advertencia perenne la tremenda catástrofe social, económica y ecológica
de Chernobyl. Las potencialidades de la técnica deben conjugarse con los
valores éticos inmutables, para que se garantice el respeto debido al hombre y
a su dignidad inalienable.
Empresarios y economistas de la nueva Ucrania, el futuro de la nación
depende también de vosotros. Vuestra valiente aportación, inspirada siempre en
los valores de la competencia y la honradez, ayudará a impulsar la economía
nacional, a fin de que recuperen la confianza todos aquellos que sienten la
tentación de abandonar el país para buscar en otras partes un puesto de
trabajo. En vuestra actividad tened siempre presente el bien común y los justos
derechos de todos. Mirad a la persona y no al lucro, como fin de toda economía
que respete la dignidad humana. Actuad siempre en la legalidad, que es garantía
de justicia.
7. Distinguidas autoridades, amables señoras y señores, la humanidad ha
entrado en el tercer milenio, y se perfilan en el horizonte nuevos escenarios.
Se está produciendo un proceso global de desarrollo, marcado por cambios rápidos
y radicales. Cada uno está llamado a dar su contribución con valentía y
confianza. La Iglesia católica está al lado de toda persona de buena
voluntad para sostener sus esfuerzos al servicio del bien.
Por lo que a mí respecta, seguiré acompañándoos con la oración, para que
Dios os proteja a vosotros, a vuestras familias, vuestros proyectos y las
expectativas de todo el pueblo ucraniano, sobre el que invoco la abundancia de
las bendiciones del Todopoderoso.
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