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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS CAPITULARES DE LA ORDEN DE FRAILES MENORES CONVENTUALES
Sábado
17 de febrero
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Amadísimos Frailes Menores Conventuales:
1. Es para mí una gran alegría encontrarme con vosotros hoy, con ocasión
de vuestro capítulo general. Dirijo un saludo especial a fray Joachim Anthony
Giermek, nuevo ministro general, 118° sucesor de san Francisco, y le agradezco
las palabras que ha querido dirigirme en nombre de todos vosotros. Extiendo mi
saludo cordial al nuevo consejo general, así como a fray Agostino Gardin, que
ha guiado la orden en el sexenio pasado: le expreso mi aprecio y mi
gratitud por cuanto ha hecho durante estos años al servicio de la Iglesia no sólo
como ministro general de su familia religiosa, sino también como presidente de
la Unión de superiores generales.
Queridos hermanos, a través de vosotros quisiera enviar un saludo lleno de
estima y afecto a todas vuestras comunidades esparcidas por los diversos
continentes. Al nuevo ministro general y a su consejo les deseo de corazón un
generoso y fecundo servicio en la guía de toda vuestra comunidad religiosa
durante este comienzo del tercer milenio cristiano.
2. El capítulo general, celebrado pocas semanas después de la conclusión
del gran jubileo, refleja de modo significativo el actual momento histórico. En
la vida de un instituto religioso la asamblea capitular constituye una ocasión
importante de reflexión y programación, que impulsa a sus miembros a dirigir
la mirada especialmente al futuro. Al encontrarme con vosotros, deseo repetiros
la invitación que en la carta apostólica Novo millennio ineunte dirigí
a todas las comunidades eclesiales: "Es, pues, el momento de que cada
Iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al pueblo de Dios en
este año especial de gracia, más aún, en el período más amplio de tiempo
que va desde el concilio Vaticano II al gran jubileo, analice su fervor y
recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral" (n. 3).
3. "Recomenzar desde Cristo" (cf. ib., cap. III) debe ser
vuestro primer compromiso, queridos Frailes Menores Conventuales. Sólo apoyándoos
firmemente en Cristo os será posible llevar a la práctica las diversas
indicaciones operativas que habéis identificado durante los trabajos
capitulares para responder a desafíos urgentes y prioridades apostólicas. Este
amor a Cristo debe expresarse, en primer lugar, con la fidelidad a la oración
personal y comunitaria, sobre todo la litúrgica, que ha caracterizado a
vuestra orden desde los comienzos. San Francisco, dirigiéndose al capítulo
general y a todos los frailes, escribió: "Por eso insto como puedo
al ministro general, mi señor, a que haga que todos observen inviolablemente la
Regla, y que los clérigos recen el oficio con devoción ante Dios, sin
preocuparse de la melodía de la voz, sino de la aplicación de la mente, de
modo que la voz esté en sintonía con la mente y la mente, por su parte, en
sintonía con Dios, para que, mediante la pureza del corazón, agraden a
Dios" (Carta al capítulo general y a todos los frailes, 6, 51-53,
en: Fuentes Franciscanas, 227). Vuestra vida fraterna y vuestra
misión evangelizadora darán frutos abundantes si brotan de una "comunidad
orante", que en el encuentro con Dios halla el sentido y las energías
interiores para la fidelidad diaria a sus compromisos.
4. La intensa relación con el Señor os dará vigor espiritual para
cultivar la vida fraterna. A este respecto, debéis ser fieles a vuestro
carisma franciscano conventual específico, que siempre ha considerado el
compartir el camino comunitario como su característica peculiar dentro del
vasto movimiento franciscano. Que os aliente cuanto escribí, a este propósito,
en la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, subrayando la
dimensión teológica de la vida fraterna vivida con espíritu de auténtica
comunión: "La comunión fraterna, antes de ser instrumento para una
determinada misión, es espacio teologal en el que se puede experimentar la
presencia mística del Señor resucitado (cf. Mt 18, 20)" (n.
42).
El primer biógrafo del Poverello de Asís, fray Tomás de Celano,
presenta el cuadro de referencia, en cierto sentido ideal, de la orden,
describiendo al grupo de los primeros compañeros de san Francisco como
rebosantes de un amor no sólo gozoso, sino también animado por un verdadero
afecto fraterno (cf. Vida primera de san Francisco de Asís, 38, en:
Fuentes franciscanas, 387. 393). No olvidéis que "la Iglesia
tiene urgente necesidad de semejantes comunidades fraternas. Su misma existencia
representa una contribución a la nueva evangelización, puesto que muestran de
manera fehaciente y concreta los frutos del "mandamiento
nuevo"" (Vita consecrata, 45; cf. Novo millennio ineunte,
43-45).
5. En vuestro capítulo a menudo se ha manifestado la llamada a una
espiritualidad sencilla e intensa; en una palabra, franciscana. Si sois
hombres de profundo diálogo con Dios, también seréis testigos y maestros de
auténtica espiritualidad. Por tanto, salvaguardad y promoved la vida
espiritual, mostrándoos dispuestos a guiar por este camino a los fieles
para quienes sois punto de referencia. Nuestro tiempo muestra signos cada vez más
evidentes de una profunda sed de valores, de itinerarios y de metas del espíritu.
En la citada carta apostólica Novo millennio ineunte escribí:
"¿No es acaso un "signo de los tiempos" el hecho de que hoy, a
pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una generalizada
exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una
renovada necesidad de oración?" (n. 33).
Este renovado anhelo del mundo del espíritu debería encontrar una respuesta válida
y fecunda en vuestras comunidades franciscanas. Mediante la escucha dócil de la
palabra de Dios, acogida personalmente y compartida en la práctica tradicional
de la lectio divina, y mediante el ejercicio de la oración personal y
comunitaria, llegaréis a ser valiosos compañeros de viaje para mucha gente
deseosa de seguir a Cristo y su Evangelio sine glossa. Así responderéis
a las peticiones que, de diversas formas, os llegan de los hombres y las mujeres
de nuestro tiempo, y podréis atraer eficazmente a las almas hacia itinerarios
de crecimiento espiritual y de nueva vitalidad interior.
6. Son múltiples las ocasiones que os brinda la Providencia. Basta
recordar el ministerio de acogida en los diversos santuarios confiados a vuestra
orden. Pienso, por ejemplo, en la basílica de San Francisco de Asís, que he
tenido la alegría de visitar muchas veces, donde se comprueba que el Poverello
sabe también hoy fascinar y llevar hacia Dios a multitud de devotos.
Pienso, asimismo, en la basílica de San Antonio de Padua, gran hijo espiritual
de san Francisco de Asís. No puedo olvidar el valioso servicio pastoral de los
beneméritos penitenciarios de la basílica vaticana, que, especialmente durante
el jubileo, se prodigaron con empeño y dedicación loables en la acogida de
innumerables penitentes procedentes de todas las partes del mundo. Sé que
muchos religiosos de la orden vinieron a Roma desde diferentes países para
colaborar con sus hermanos, que desempeñan ordinariamente este ministerio tan
oculto como necesario para el bien de las almas.
Amadísimos Frailes Menores Conventuales, continuad vuestra acción con el
estilo popular que os distingue. El pueblo, a cuyo servicio os envía Dios, os
dirige la misma petición que hicieron al apóstol Felipe los griegos que
acudieron a Jerusalén para la Pascua: "Queremos ver a Jesús" (Jn
12, 21). A vosotros corresponde hacer visible y, diría, casi palpable el amor
misericordioso de Dios: amor que acoge y reconcilia, que perdona y renueva
el corazón de los creyentes, estrechando en un abrazo consolador a cada hombre
y a cada mujer, hijos todos del único Padre celestial.
7. Las indicaciones que han surgido de las reflexiones de estos días
ayudarán ciertamente a la orden a proseguir en el camino trazado por el
fundador, secundando fielmente sus intuiciones evangélicas. Con discernimiento
profético sabréis adoptar, a la luz del Espíritu, "el modo adecuado de
mantener y actualizar el propio carisma y el propio patrimonio espiritual en las
diversas situaciones históricas y culturales" (Vita consecrata,
42), sin faltar jamás a la Regla de vida que os legó san Francisco.
Tenéis ante vosotros el ejemplo heroico de varios hermanos vuestros, que en el
siglo pasado dieron la vida por Cristo y por su Iglesia. Me refiero a los siete
hermanos polacos, algunos de los cuales fueron colaboradores de san Maximiliano
María Kolbe, víctimas de la ideología nazi. Tuve la alegría de proclamarlos
beatos durante el sexenio pasado. Al contemplar la luminosa multitud de santos y
beatos de vuestra orden, no temáis seguir al Señor con entrega total. Que os
proteja la Virgen María, "Señora santa, Reina santísima y Madre de
Dios" (Saludo a la Virgen, 1, en: Fuentes franciscanas,
259), y os ayude a cumplir los propósitos de vuestro capítulo general.
Con estos deseos, os imparto de buen grado a cada uno de vosotros, a vuestras
comunidades de proveniencia y a todos los Frailes Menores Conventuales
esparcidos por el mundo, así como a los laicos que colaboran con vosotros en
vuestras diferentes actividades, una especial bendición apostólica.
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