VIAJE A MÉXICO Y SAN LUIS
ENCUENTRO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO*
23 de enero de 1999
Señor Presidente de la República, Excelentísimos Embajadores y Jefes de Misión, Distinguidas Señoras y Señores:
1. Estoy muy agradecido al Señor Presidente, Licenciado Ernesto
Zedillo Ponce de León, por sus amables palabras al introducirme
ante los Jefes de Misión diplomática acreditados en México.
El presentarlos al Papa en ésta su residencia oficial de Los Pinos
es un deferente gesto que aprecio muy cordialmente.
En el marco de esta visita pastoral, me es muy grato encontrarme con
Ustedes, que tienen la responsabilidad de las relaciones de sus
respectivos Estados con México, fortaleciéndolas desde el diálogo
y la cooperación, a la vez que atestiguan la importancia de esta
Nación en el mundo. Representan, además, a la comunidad
internacional con la que la Santa Sede mantiene antiguas y sólidas
relaciones, que confirman una tradición secular que cada día
adquiere nuevo vigor.
2. Vivimos en un mundo que se presenta complejo y a la vez unitario; se
hacen más cercanas entre sí las diversas comunidades que lo
conforman y son más extensos y rápidos los sistemas
financieros y económicos de los que dependen el desarrollo integral
de la humanidad. Esta creciente interdependencia conduce a nuevas etapas
de progreso, pero también tiene el peligro de limitar gravemente la
libertad personal y comunitaria, propia de toda vida democrática.
Por ello es necesario favorecer un sistema social que permita a todos los
pueblos participar activamente en la promoción de un progreso
integral, o de lo contrario no pocos de esos pueblos podrían verse
impedidos de alcanzarlo.
El progreso actual, sin parangón en el pasado, debe permitir a
todos los seres humanos asegurar su dignidad y ofrecerles mayor conciencia
de la grandeza de su propio destino. Pero, al mismo tiempo, expone al
hombre -tanto al más poderoso como al más frágil
social y políticamente- al peligro de convertirse en un número
o en un puro factor económico (cf. Centesimus annus, 49).
En esta hipótesis, el ser humano podría perder
progresivamente la conciencia de su valor transcendente. Esta conciencia
-unas veces clara y otras implícita- es la que hace al hombre
distinto de todos los demás seres de la naturaleza.
3. La Iglesia, fiel a la misión recibida de su Fundador, proclama
incansablemente que la persona humana ha de ser el centro de todo orden
civil y social, y de todo sistema de desarrollo técnico y económico.
La historia humana no puede ir contra el hombre. Ello equivaldría a
ir contra Dios, cuya imagen viviente es el hombre, incluso cuando es
deformada por el error o la prevaricación.
Esta es la convicción que la Iglesia quiere poner sobre la mesa
de las Naciones Unidas o en el diálogo amistoso que mantiene con
Ustedes, miembros del Cuerpo Diplomático, y con las autoridades que
representan en los diversos lugares del mundo. De estos principios se
deducen importantes valores morales y cívicos que pusieron de
relieve los Obispos de América reunidos Roma en el Sínodo de
1997.
4. Entre estos valores sobresalen la conversión de las mentes y
la solidaridad efectiva entre los diversos grupos humanos como elementos
esenciales para la actual vida social a nivel nacional e internacional. La
vida internacional exige unos valores morales comunes como base y unas
reglas comunes de colaboración. Es cierto que la Declaración
Universal de Derechos Humanos, cuyo 50º aniversario hemos celebrado
el año pasado, así como otros documentos de valor universal,
ofrecen elementos importantes en la búsqueda de esa base moral, común
a todos los países o, por lo menos, a un gran número de
ellos.
Si miramos el panorama mundial vemos que existen ciertas situaciones fácilmente
constatables. El poder de los Países desarrollados se hace cada día
más gravoso respecto a los menos desarrollados. En las relaciones
internacionales se da, a veces, prioridad a la economía frente a
los valores humanos y, con su debilitamiento, se resienten la libertad y
la democracia. Por otra parte, la carrera armamentista nos hace ver que,
en muchos casos las armas están destinadas a la defensa, pero en
otros son instrumentos realmente ofensivos, usados en nombre de ideologías
no siempre respetuosas de la dignidad humana. El fenómeno de la
corrupción invade lamentablemente grandes espacios del tejido
social de algunos pueblos, sin que quienes sufren sus consecuencias tengan
siempre la posibilidad de exigir justicia y responsabilidades. El
individualismo empaña también la vida internacional, de modo
que los pueblos poderosos pueden serlo cada día más y los
pueblos débiles son cada día más dependientes.
5. Ante este panorama se imponen con urgencia una adecuada conversión
de las mentalidades y una solidaridad efectiva, no sólo teórica,
entre personas y grupos humanos. Esto es cuanto, en unión con el
Papa, viene proponiendo, desde hace decenios, el Episcopado
latinoamericano. Esto es lo que han pedido los Obispos del Continente
americano en el Sínodo. A este respecto, son dignas de señalar
las numerosas iniciativas de socorro a las poblaciones de la cercana
Centroamérica afectadas por el huracán Micht, en las que México
ha participado generosamente junto con otras naciones, dando así
muestra de un común sentimiento de fraternidad y solidaridad.
América es un continente que agrupa a pueblos grandes y técnicamente
avanzados y a otros relativamente pequeños, con muy variados índices
de desarrollo. También dentro de un mismo país, como es el
caso de México, coexisten situaciones sociales y humanas muy
diversas, que es necesario afrontar siempre con gran respeto y justicia,
utilizando incansablemente los recursos del diálogo y la concertación.
América constituye una unidad humana y geográfica que va
del Polo norte al Polo sur. Aunque su pasado ahonda sus raíces en
culturas ancestrales -como la maya, la olmeca, la azteca o la inca-, al
entrar en contacto con el viejo continente y también con el
cristianismo, desde hace más de cinco siglos se ha convertido en
una unidad de destino, singular en el mundo. América es por eso
mismo un espacio particularmente apropiado para promover valores comunes
capaces de asegurar una conversión eficaz de las mentes, en
especial de quienes tienen responsabilidades nacionales e internacionales.
6. Este Continente podrá ser el "Continente de la esperanza"
si las comunidades humanas que lo integran, así como sus clases
dirigentes, asumen una base ética común. La Iglesia católica
y las demás grandes confesiones religiosas presentes en América
pueden aportar a esta ética común elementos específicos
que liberen las conciencias de verse limitadas por ideas nacidas de meros
consensos circunstanciales. América y la humanidad entera tienen
necesidad de puntos de referencia esenciales para todos los ciudadanos y
responsables políticos. "No matar", "No mentir",
"No robar ni codiciar los bienes ajenos", "respetar la
dignidad fundamental de la persona humana" en sus dimensiones físicas
y morales son principios intangibles, sancionados en el Decálogo
común a hebreos, cristianos y musulmanes, y cercanos a las normas
de otras grandes religiones. Se trata de principios que obligan tanto a
cada persona humana como a las diversas sociedades.
Estos principios y otros afines han de ser un dique contra todo atentado
a la vida, desde su principio hasta su fin natural; contra las guerras de
expansión y el uso de las armas como instrumentos de destrucción;
contra la corrupción que corroe amplios estratos de la sociedad, a
veces con dimensiones transnacionales; contra la invasión abusiva
de la esfera privada por parte de poderes que aprueban esterilizaciones
forzadas o leyes que cercenan el derecho a la vida; contra campañas
publicitarias falaces que condicionan la verdad y determinan el estilo de
vida de pueblos enteros; contra monopolios que tratan de anular sanas
iniciativas y limitar el crecimiento de sociedades enteras; contra la
expansión del uso de drogas que minan la fuerza de la juventud e
incluso la matan.
7. Mucho se ha hecho ya en este sentido. Abundan las convenciones
internacionales que tienen por finalidad poner un límite a algunos
de estos abusos. Grupos de naciones se asocian para crear espacios económicos
donde la vida política, económica y social esté
debidamente orientada y mejor protegida por principios más justos y
conformes con los derechos de cada ciudadano, de cada pueblo y de cada
cultura.
Pero aún queda mucho por hacer. Estamos al final de un siglo y de
un milenio que, a pesar de las grandes conquistas conseguidas por la
ciencia y la técnica, dejan tras de sí evidentes cicatrices
que recuerdan, de modo a veces trágico, la poca atención
prestada a los mencionados principios morales. En lugar de verlos
ulteriormente violados, es necesario que en el nuevo siglo y en el nuevo
milenio se consolide su fuerza ética, moralmente vinculante.
8. Al hacerles partícipes de estas consideraciones no me mueve
otro interés que el de defender la dignidad del hombre, ni otra
autoridad que la de la Palabra divina. Esta Palabra no es mía, sino
de Dios que se hizo hombre para que el hombre llegue a ser hijo suyo.
Ajeno a intereses de parte, les ofrezco hoy estas reflexiones con la
esperanza de que puedan ayudarles en su labor diplomática y también
en su vida personal, deseosos de contribuir a la construcción de un
mundo más humano y más justo que el que nos ofrecen el siglo
y el milenio que pronto concluirán.
Ojalá que en el próximo futuro predominen el respeto de la
vida, de la verdad, de la dignidad de cada ser humano. Este es el cometido
apremiante que nos espera. Que Dios bendiga la obra que Ustedes llevan a
cabo. Que bendiga a México y a los Países que Ustedes
representan en esta Ciudad privilegiada donde América y el mundo se
encuentran y dialogan. Muchas gracias por su atención.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo
II, vol. XXII, 1 pp.220-225.
L'Osservatore Romano (Suplemento) 30.1.1999 pp. III, IV.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.5 pp.7, 8 (pp.63, 64).
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