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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A
LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y LAICOS COMPROMETIDOS
Ancona,
30 de mayo de 1999
Amadísimos hermanos y hermanas:
1.Os saludo con gran afecto en esta bellísima
catedral de San Ciríaco, imagen y centro de vuestra archidiócesis. La
celebración de su milenario evoca la presencia misteriosa y benéfica de Dios
en la historia de esta tierra y todo el bien realizado por cuantos, convertidos
en oyentes atentos y generosos del Evangelio, han secundado el camino de la
gracia. Pienso en los sacerdotes y en los diáconos ordenados en este templo, en
las vírgenes consagradas y en los numerosos cristianos comprometidos, que han
buscado aquí la fuerza para transformarse en piedras cualificadas del edificio
espiritual de la Iglesia e instrumentos providenciales de la historia de la
salvación.
Este encuentro es continuación de la celebración
eucarística de esta mañana. En ella, en torno al Sucesor de Pedro y al
arzobispo, vuestra comunidad diocesana se ha manifestado en toda su plenitud.
Ahora presenta aquí sus estructuras fundamentales: los sacerdotes, los
diáconos, los religiosos y las religiosas, los agentes pastorales y los
representantes de las asociaciones laicales eclesiales. La protagonista del
encuentro de esta mañana ha sido la «masa fermentada», preparada para
convertirse en buen pan; ahora, los protagonistas son los que, con la
administración de los sacramentos y el servicio de la Palabra, infunden en la
historia de este pueblo el dinamismo de la vida nueva del Evangelio. ¡Gracias
por vuestra presencia! ¡Gracias por todo el bien que hacéis, respondiendo con
constante dedicación y amor fiel a la llamada del Señor, que os envía a
sembrar y regar la Iglesia, su campo místico!
Dirijo un cordial saludo a vuestro amado pastor,
monseñor Franco Festorazzi, a quien se hallan encomendados, antes que a nadie,
el compromiso y la alegría de anunciar el Evangelio en esta antigua y noble
archidiócesis de Ancona-Ósimo. También le agradezco particularmente las
cordiales palabras que ha querido dirigirme en nombre de todos vosotros.
2. Al acercarme a vuestra catedral, cuya posición
dominante y sólidas estructuras arquitectónicas la convierten en un signo
fuerte de la presencia de Dios en medio de vosotros, pensé en las palabras del
salmista que, ante el templo de Jerusalén, exclamó «¡Qué alegría cuando me
dijeron: vamos a la casa del Señor!» (Sal 122, 1). La vista de la
«hermosa catedral de san Ciríaco», como reza un canto popular vuestro, invita
a la contemplación, llena de estupor, de Dios creador, el Artista absoluto, que
creó el universo con toda su hermosura y armonía (cf. Gn 1, 31).
Él encomienda al hombre, creado a su imagen y
semejanza, la tarea de continuar su obra y, en particular, llama a los artistas
a ser profetas de la belleza, asociándolos al misterio de la creación. La
fecunda relación entre arte, Evangelio e Iglesia, ha convertido a la belleza en
un itinerario singular del encuentro con Dios, como testimonia la importante
exposición «Libros de piedra», inaugurada con ocasión de las celebraciones
del milenario.
Esas celebraciones constituyen un himno de alabanza al
Señor que, al permitir que los artistas que edificaron y adornaron este templo
se asomaran «por un momento (...) al abismo de luz» cuya fuente originaria es
él, les abrió «una vía de acceso a la realidad más profunda del hombre y
del mundo» (Carta a los artistas, 6) y
un posible itinerario de salvación.
3. Vuestra catedral narra una historia de fe
milenaria. Templo de piedra que ha desafiado los siglos es, al mismo tiempo, la
Iglesia madre que acoge a toda la comunidad compuesta por «piedras vivas para
la construcción de un edificio espiritual» (cf. 1 P 2, 5) y que está
edificada «sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra
angular Cristo mismo» (Ef 2, 20).
Las imágenes bíblicas que, a partir de la realidad
visible del templo, remiten al misterio de la Iglesia, constituyen para
vosotros, comunidad diocesana congregada en él, un compromiso de realizar
cuanto representa el edificio de piedra. Las celebraciones del milenario os
exhortan, por tanto, a ser una Iglesia cada vez más viva que, desafiando los
vientos, las tempestades y las peligrosas infiltraciones del espíritu del
mundo, manifieste diariamente el amor de Dios a los hombres, revelado en
Jesucristo. Vuestra catedral, casa de Dios puesta sobre el monte, os compromete
a ser una comunidad ejemplar, que todos puedan mirar como un punto de referencia
en el que se inspiren para el establecimiento de las relaciones humanas en la
sociedad civil.
Queridos hermanos y hermanas, ¡qué extraordinaria
misión os confía el Padre! Siguiendo las huellas de los mártires y santos que
han enriquecido vuestra historia, estáis llamados a trabajar en la edificación
espiritual de vuestra Iglesia con el amor y la pasión de los artistas que
embellecieron esta catedral. Vuestra tarea, más grande que la de ellos,
consiste en hacer que resplandezca aún más, en el umbral de un nuevo milenio
cristiano, el rostro de la Iglesia de Dios que está en Ancona-Ósimo.
4. En este momento tan denso de fe y esperanza, deseo
indicaros algunos caminos para realizar esta empresa tan exaltante, no exenta de
dificultades, pero sostenida por la fidelidad de Aquel que repite continuamente
a sus apóstoles: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo» (Mt 28, 20).
Os exhorto, ante todo, a estar unidos cada vez más
profundamente a vuestro obispo. La comunión de pensamientos, sentimientos e
iniciativas es el mayor don del Señor a su Iglesia, la esencia de la vida de la
comunidad cristiana y la meta de toda su misión. Exige al cristiano una
respuesta continua de amor, de acogida, de generosidad y de alegría, que
constituye la verdadera identidad del discípulo del Señor (cf. Jn 13,
35).
En la Iglesia particular, la comunión
tiene en el obispo, «como vicario y legado de Cristo» (Lumen gentium,
27), el principio y fundamento visible (cf. ib., 23), al que todo fiel
debe adherirse como al Señor. San Ignacio de Antioquía recuerda las
motivaciones profundas de esta característica de la verdadera Iglesia de Cristo
con palabras esclarecedoras: «Debéis ser una sola cosa con el pensamiento del
obispo, como ya lo sois. En efecto, vuestro colegio presbiteral, digno de su
nombre, digno de Dios, está unido al obispo como las cuerdas a la cítara; y de
vuestra unidad, de vuestro amor concorde, se eleva un canto a Jesucristo. Pero
también vosotros, los laicos, debéis formar un solo coro, cantando en la mayor
armonía, para elevar todos un solo himno de alabanza al Padre por medio de
Jesucristo; él os escuchará y reconocerá, por vuestras obras, que sois el
canto de su Hijo» (Carta a los Efesios, 3-6).
Formulo votos cordiales para que vuestro compromiso de
comunión suscite en la comunidad de Ancona una armonía siempre nueva, capaz de
glorificar al Señor y atraer a las almas a Cristo.
5. Os invito asimismo a responder con alegría a la
vocación particular que Dios os dirige a cada uno. Con la multiplicidad de
vuestros ministerios y carismas, sois el signo del amor imprevisible de Dios,
que, «según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus
diversos dones para el bien de la Iglesia» (Lumen gentium, 7). El Señor
os llama a cada uno de vosotros, en la diversidad de los miembros y de las
funciones, a edificar el cuerpo de Cristo.
«Os exhorto (...) a que viváis de una manera digna
de la vocación que habéis recibido» (cf. Ef 4, 1.11) y de la llamada
particular que os ha dirigido el Señor Jesús. Esta exhortación del apóstol
san Pablo compromete a todos a responder con generosidad, creatividad y
responsabilidad a la vocación recibida, para convertirse en instrumentos
eficaces de comunión y dar un testimonio gozoso de fe a los no creyentes, con
celo siempre nuevo en el anuncio del Evangelio, tanto a las personas cercanas
como a las lejanas. Para ello, es imprescindible un trabajo serio de formación,
con vistas a adquirir la preparación necesaria para evangelizar la sociedad y
la cultura contemporáneas, a veces lejanas o indiferentes al anuncio del
Evangelio.
Acabáis de celebrar el 90° aniversario del seminario
regional marquesano, donde se han preparado para el sacerdocio muchos de los
pastores de vuestras Iglesias. Al dar gracias al Señor por la labor tenaz e
inteligente realizada por los formadores del pasado y del presente, os exhorto a
esmeraros para que no falte a esta benemérita institución vuestro constante
apoyo material y espiritual. Al mismo tiempo, exhorto a los seminaristas a
responder con generosidad a la llamada del Señor y a las expectativas del
pueblo de Dios, preparándose con una sólida formación espiritual, teológica,
cultural y humana para la gran misión que les espera.
6. Otro camino para el crecimiento y la construcción
de la unidad de la comunidad diocesana es la colaboración interparroquial.
La parroquia «es como una célula» de la diócesis y constituye su estructura
básica, que hay que sostener con todos los medios posibles, como sugieren los
planes pastorales elaborados durante los últimos años. «Ofrece un modelo
preclaro de apostolado comunitario al congregar en unidad todas las diversidades
humanas que en ella se encuentran, insertándolas en la universalidad de la
Iglesia» (Apostolicam actuositatem, 10), y ha de concebirse como un
instrumento valiosísimo para realizar la unidad de la Iglesia particular. La
colaboración generosa y orgánica entre las parroquias, además de favorecer la
comunión eclesial, representa un importante factor de crecimiento para la vida
de la comunidad parroquial. En efecto, abriéndose a los problemas de un
territorio más vasto, la parroquia descubre la riqueza de los dones del Señor,
cultiva la dimensión misionera y educa a los fieles en el sentido de la Iglesia
particular y universal.
Queridos agentes pastorales, esforzaos por realizar,
tanto en el ámbito parroquial como en el interparroquial, todas las formas
posibles de colaboración, para difundir y testimoniar mejor el Evangelio.
7. Amadísimos sacerdotes, religiosos, religiosas y•laicos
comprometidos, al término de mi visita a vuestra comunidad, os deseo que la
celebración del milenario de la catedral constituya para vuestra archidiócesis
y para cada uno de vosotros un momento de gracia especial, en vísperas del gran
jubileo. Que os prepare para introducir a vuestra diócesis en un nuevo milenio
de fe y esperanza.
María, Madre de la Iglesia y Reina de todos los
santos, acreciente en vosotros el amor a vuestra Iglesia y os convierta en
levadura evangélica que fermenta la masa.
Con estos deseos, invocando a los santos Ciríaco y
Leopardo, protectores de vuestra archidiócesis, imparto con viva cordialidad a
vuestro pastor, a cada uno de vosotros y a la amada Iglesia de Ancona-Ósimo,
una especial bendición apostólica.
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