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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN LA XXX CONFERENCIA MUNDIAL DE LA FAO
jueves 18 de noviembre
Señor presidente; señor director general; señoras
y señores:
1. Me complace mucho daros la bienvenida al Vaticano, con ocasión de la
XXX Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y
la alimentación. Aprecio vuestro trabajo y el de todos los que comparten los
esfuerzos de las Naciones Unidas para promover el bienestar de la familia
humana, especialmente asegurando que todos participen de forma adecuada en los
recursos alimentarios de la tierra
En un momento como éste, al examinar la situación de todo el planeta y de la
multitud de la familia humana, sentimos gran preocupación. A millones de seres
humanos se les niegan los medios para satisfacer las necesidades fundamentales
de la vida, es decir, la comida, el agua y la vivienda. Enfermedades nuevas y
antiguas siguen afectando a innumerables personas. No cesa el azote de la
violencia y la guerra. La brecha entre ricos y pobres aumenta de modo alarmante.
El progreso científico y tecnológico no siempre va acompañado por la atención
a los valores morales y éticos, los únicos que pueden asegurar su correcta
aplicación para el bien auténtico de las personas, hoy y en el futuro. Sobre
la vida misma se ciernen muchas amenazas e inevitablemente los más débiles
sufren más. Ante estos hechos, mucha gente experimenta una especie de parálisis
moral, creyendo que poco o nada se puede hacer para afrontar estos grandes
problemas en su raíz. Afirman que a lo sumo podemos proponer un paliativo que
alivie los síntomas, pero que no puede hacer nada para eliminar sus causas.
2. Lo que hace falta no es una parálisis, sino la acción; y, por
eso, la actividad de vuestra organización es tan importante. Este siglo está
lleno de ejemplos de programas y acciones que, en lugar de mitigar el
sufrimiento humano, lo han agravado. Ya debería ser evidente que la acción por
motivos ideológicos no es la solución para el hambre, para la reforma agraria
y para todas las demás cuestiones relacionadas con una mayor justicia en el uso
de los recursos del mundo. Lo que hace falta es la fuerza de la esperanza,
que es más profunda e infinitamente más creativa. Esta es la palabra que
hoy os propongo: esperanza. Es la palabra que la Iglesia no deja
nunca de pronunciar en todos sus esfuerzos por llegar a las raíces del
sufrimiento en el mundo.
Esta esperanza es algo más que el optimismo vano que sentimos cuando nos
negamos a admitir que las tinieblas nos envuelven. Más bien, es una visión
realista y confiada, característica de quienes han visto las tinieblas como son
y han descubierto la luz en su interior.
3. La esperanza de la que habla la Iglesia implica una visión de la
persona humana creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26). Aborda
la cuestión fundamental de la verdad sobre el hombre y el sentido de nuestra
existencia humana. A este respecto, un signo positivo en este último tramo
del siglo XX es el hecho de que, gracias a los esfuerzos de muchos,
incluyendo los de organizaciones como la vuestra, existe un mayor sentido del
valor y la dignidad de la persona humana, y de los derechos inviolables que
derivan de ellos. La Declaración universal de derechos humanos es un
ejemplo de esto, aunque a veces la discrepancia entre las palabras y los hechos
sigue siendo muy grande. Sin embargo, es motivo de satisfacción que se
reconozca cada vez más que existen algunos derechos innatos e inviolables,
los cuales no dependen de ninguna autoridad o consenso humanos. Como ha mostrado
el colapso de los diversos sistemas totalitarios de nuestro tiempo, el intento
del Estado de ponerse por encima de esos derechos causa la ruina de la sociedad
y, en última instancia, es autodestruirse.
4. Desde el punto de vista de los cristianos y los demás creyentes, los
derechos fundamentales están enraizados en la dignidad del ser humano, dotado
de razón y voluntad libre y, por tanto, capaz de asumir su responsabilidad
personal (cf. Dignitatis humanae, 2). Así pues, hablar de esperanza
significa reconocer el carácter trascendente de la persona y respetar
sus implicaciones prácticas. Cuando esta trascendencia se niega o desconoce, el
vacío se llena con formas de autoritarismo o con la concepción exagerada del
individuo completamente autónomo, que lleva a una esclavitud de otro tipo. Sin
la apertura al valor único e inviolable de todo ser humano, nuestra visión del
mundo resultará distorsionada o incompleta, y nuestros esfuerzos por aliviar el
sufrimiento y eliminar las injusticias estarán destinados a fracasar.
Al buscar la esperanza en el alba del tercer milenio, debemos considerar las
ideas y las estructuras positivas que han surgido gracias a los continuos
esfuerzos de la comunidad internacional por mejorar las condiciones de vida de
los pueblos del mundo. Con los medios de que se dispone hoy, la pobreza, el
hambre y la enfermedad ya no pueden considerarse algo normal o inevitable.
Se puede hacer mucho para derrotarlas, y la familia humana mira con esperanza a
las Naciones Unidas, y en particular a la Organización para la agricultura y la
alimentación, a fin de que asuman un papel de guía en la construcción de un
mundo donde ya no se niegue a nadie la posibilidad de satisfacer sus necesidades
más fundamentales.
5. Renuevo mi deseo, expresado muchas veces, de que en el nuevo milenio las
Naciones Unidas se conviertan en un instrumento más eficaz de desarrollo,
solidaridad y paz en el mundo. Una Organización de las Naciones Unidas fuerte
podría asegurar el reconocimiento de que existen derechos humanos que
trascienden la voluntad de las personas y las naciones. El reconocimiento
efectivo de esos derechos sería, de hecho, la mejor garantía de la libertad
individual y de la soberanía nacional, en el seno de la familia de los
pueblos.
Con profundo aprecio por todo lo que vuestra Organización ha hecho para ayudar
a los más pobres entre nosotros, y mirando con confianza al futuro, encomiendo
el trabajo de vuestra Conferencia a la guía de Aquel que, como dice la Biblia,
"a los hambrientos colmó de bienes" (Lc 1, 52). Sobre
vosotros, sobre vuestros seres queridos y sobre todos los que participan en la
noble labor de la Organización para la agricultura y la alimentación, invoco
las abundantes bendiciones de Dios todopoderoso.
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