MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEGUNDO
CONGRESO ORGANIZADO
POR EL INSTITUTO INTERNACIONAL DE INVESTIGACIÓN
SOBRE EL
ROSTRO DE CRISTO
.
Venerado hermano
señor cardenal FIORENZO ANGELINI
Me alegra
dirigirle, señor cardenal, mi cordial saludo, y pedirle que lo transmita a los
ilustres relatores y a cuantos intervienen en el II Congreso organizado por el
Instituto internacional de investigación sobre el rostro de Cristo.
Este importante encuentro de estudio brinda una valiosa
contribución a la profundización de un tema central en la piedad cristiana y que
tiene fundamentos sólidos en la sagrada Escritura, en la tradición patrística,
en el magisterio constante de la Iglesia, en la liturgia oriental y occidental,
en la reflexión teológica, y en las más elevadas expresiones de la iconografía,
la literatura y el arte.
El Instituto internacional de investigación sobre el rostro de
Cristo, creado en la primavera del año pasado por iniciativa suya, señor
cardenal, y de la congregación benedictina de las religiosas Reparadoras de la
Santa Faz de Nuestro Señor Jesucristo, se propone, según su estatuto, afirmar de
modo científico y testimoniar en la práctica la estrecha relación existente
entre la cristología y la investigación sobre el santo rostro del Redentor,
mediante la triple iniciativa de promover su conocimiento, profundizar su
doctrina y difundir su espiritualidad.
Conocer y contemplar el rostro de Dios es la aspiración del hombre de todos los
tiempos. La dificultad, la desconfianza o la prohibición de representar a la
divinidad surgen de la convicción de que toda tentativa de atribuir una imagen
a Dios es inadecuada. Sin embargo, la antigua invocación del Salmo: «Brille
sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro» (Sal 4, 7), introducía proféticamente en la revelación de Cristo, puesto que el Dios de la alianza revelaba
su naturaleza de Ser personal, más aún, de Padre, que en la encarnación asumiría, en Cristo, un rostro humano y a la vez divino. Jesús mismo lo declara al
apóstol Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9).
La revelación cristiana libera la representación de Dios de todo
antropomorfismo. En Cristo la divinidad se une a la humanidad y se hace visible
en el rostro misericordioso y compasivo del Salvador, en el misterio de su
encarnación, pasión, muerte y resurrección.
Vuestro Congreso, en el que también
ha participado activamente el Centro de estudios e investigaciones «Ezio Aletti»
de Roma, que promueve contactos ecuménicos individuales y encuentros y
publicaciones adecuados, cuenta con la colaboración de profesores de teología
de diferentes universidades romanas y de varias naciones del mundo, de
estudiosos, científicos, investigadores y expertos en arte y otras disciplinas.
Con sensibilidad ecuménica, los participantes en el Congreso también pueden
escuchar la voz de ilustres hermanos de las Iglesias ortodoxas, sin renunciar a
la aportación que el judaísmo puede dar al estudio de este tema.
En una sociedad
como la nuestra, una reflexión atenta y orante sobre el santo rostro de Cristo
no puede menos de contribuir a hacer más eficaz la evangelización, como, por
otra parte, han confirmado la extraordinaria emoción y la sincera piedad
suscitadas por la reciente ostensión de la Sábana santa de Turín.
Que la
veneración y el estudio del santo rostro predispongan los corazones a una
especial reflexión sobre la persona del Padre, que la Iglesia va a guiar durante
el próximo año, en preparación para el gran jubileo del año 2000. Con este
deseo, a la vez que animo a cuantos se dedican a promover la devoción al santo
rostro de Jesús, imparto de corazón, por intercesión de María santísima,
íntimamente unida a la misión de Cristo, una especial bendición apostólica a
usted, señor cardenal, a las religiosas Reparadoras de la Santa Faz de Nuestro
Señor Jesucristo y a los participantes en ese Congreso internacional.
Vaticano, 23 de octubre de 1998