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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II AL SEÑOR ALBERTO LEONCINI BARTOLI NUEVO EMBAJADOR DE ITALIA ANTE LA
SANTA SEDE*
Jueves 4 de septiembre de 1997
Señor embajador:
Al recibir las cartas que lo acreditan como
embajador extraordinario y plenipotenciario de la República italiana ante la
Santa Sede, me complace dirigirle un saludo deferente y cordial al señor
presidente de la República, el hon. Oscar Luigi Scalfaro, así como a la nación
entera.
Ya son muchos los Estados representados ante esta Sede apostólica, pero
la relación con el país que desde hace dos milenios está tan cerca de la sede
originaria del Sucesor de Pedro es especialísima. Verdaderamente el Papa nunca
fue ajeno al «hermoso país que los Apeninos parten, y el mar circunda y los
Alpes »: no lo fue y no lo es por el oficio de Obispo de Roma, que especifica y
encarna aquí su función de Pastor de la Iglesia universal.
Incluso —y sobre
todo— en las horas más difíciles, en las situaciones oscuras y complicadas,
nunca ha faltado el amor del Sumo Pontífice a este amadísimo pueblo y su
compromiso en favor de su salvaguardia y bienestar. Desde los tiempos de las
invasiones y las emigraciones de pueblos hasta los bombardeos y las
devastaciones de la última guerra mundial, los Sucesores de Pedro, en los
cambios de las condiciones temporales, se han prodigado por la gente que la
naturaleza y la historia han situado en torno a su Cátedra. También en nuestros
días, con una extraordinaria «gran oración por Italia», he querido llamar la
atención de todos hacia los problemas que las vicisitudes de esta década han
suscitado en este amadísimo país, con el fin de despertar renovadas energías y
una fidelidad creativa, a la luz de una antigua y aún fecunda tradición de
compromiso y sacrificio en favor del bien común, acogiendo la verdad cristiana.
En particular, el siglo que está a punto de terminar ha constituido un camino de
encuentro entre Italia y la Santa Sede. Las incomprensiones y las dificultades
del siglo anterior quedaron pronto superadas. Con la Conciliación, realizada el
11 de febrero de 1929, se cumplió el sueño de los mejores espíritus, que querían
«devolver Italia a Dios y Dios a Italia», demostrando asimismo que no había
sucedido nada irreparable entre el país y los Sucesores de Pedro. Resulta ya muy
claro a todos que las reservas de la Santa Sede a ciertas páginas de la
unificación no brotaban de ambiciones de posesión y, mucho menos, de poder
terreno, sino del deber de defender la independencia absoluta de la soberanía
territorial circundante.
Más tarde, cuando aún estaban abiertas las heridas del
totalitarismo y de la guerra, la sabiduría de muchos quiso que se incluyera en
la Constitución de la naciente y libre República el principio de la
independencia y de la soberanía de ambos ordenamientos, mientras que nadie ponía
ya en tela de juicio el exiguo y casi simbólico espacio que la Sede apostólica
necesitaba para el ejercicio de su misión en el mundo entero.
Con el Acuerdo de
revisión de 1984, ese mismo espíritu presidía la actualización consensuada de
los Pactos lateranenses, manifestando claramente, como ya se había expresado el
concilio ecuménico Vaticano II, que entre la Iglesia y el Estado no existe
oposición sino ayuda y colaboración para defender a la persona humana tanto en
sus manifestaciones individuales como en las sociales.
Además, las relaciones
entre la Santa Sede y la República italiana —podemos afirmarlo gracias a una
experiencia histórica ya consolidada— coronan de verdad un entramado de
relaciones, un incontrovertible modo de plantearse, rico en frutos y
potencialidades. La Iglesia, por su parte, tiene un tesoro de verdades que
propone incansablemente al hombre, en el complejo desarrollo de sus estructuras
sociales. Es ante todo en la familia donde la doctrina y la moral cristiana
descubren el ámbito primero y natural de acogida de la vida, ya desde su
concepción. La familia, nacida del amor de un hombre y una mujer, que las
tradiciones y la ley consagran como célula base de la sociedad, espera que se
cumpla plenamente el dictado de la ley fundamental de la República, donde
«reconoce los derechos de la familia como sociedad natural fundada en el
matrimonio » (art. 29). La familia, por consiguiente, tiene una función básica
en la organización social, y debe ser incentivada y protegida, incluso en el
ámbito económico y fiscal. No puede ser abandonada a la erosión del relativismo,
porque en su seno contiene la vida y el futuro mismo del país.
A este respecto
muchas personas han alzado su voz con tristeza al ver cuán bajo ha caído Italia
en lo que se refiere al índice de natalidad. Eso manifiesta un sentimiento de
cerrazón, un acto de desconfianza en el destino de la sociedad nacional y tal
vez también un repliegue egoísta. Es común la esperanza de que, con todas las
medidas que se puedan tomar, se ayude a la vida a crecer y a florecer.
En esta
perspectiva, la escuela asume un papel esencial en la construcción de la Italia
del porvenir. Antiguas barreras, incluso de orden psicológico, están cayendo,
pero el mismo principio, que invita a todos los ciudadanos a dar su contribución
al bien común a través de una participación más amplia y efectiva, exige plena y
madura libertad de la escuela y en la escuela. La cultura exige
diálogo y confrontación; los ciudadanos y las familias esperan del Estado una
ayuda razonable que les permita hacer efectivo e indiscutible el derecho a
elegir el horizonte cultural, sin discriminaciones ni cargas, aunque sólo sean
económicamente insostenibles.
Pero todo sería inútil si faltara el trabajo.
Ya el concilio ecuménico Vaticano II había afirmado el concepto de participación
en la creación insita en el trabajo diario, y yo lo he reafirmado en algunas
encíclicas. Ahora la juventud teme sobre todo la falta de empleo, estable y
motivador. A las autoridades públicas, a las fuerzas económicas, a los
sindicatos, a todas las personas corresponde la ardua tarea de crear las
condiciones para actividades laborales no ficticias, y capaces de apartar a los
jóvenes de las tentaciones del ocio, de la ganancia fácil o incluso de
actividades delictivas.
En estas emergencias la comunidad católica tiene que
dar su contribución, y es mucho lo que ya se está haciendo, desde el
voluntariado hasta el «proyecto cultural» que la Conferencia episcopal italiana
está llevando a cabo. Todo ello confirma, una vez más, una verdad indiscutible:
los creyentes y la Iglesia no son extranjeros en este país. Forman parte de él
con pleno título. En su larguísima y tal vez única tradición, en la enseñanza
del Magisterio y en la Revelación misma encuentran argumentos para remediar los
males al igual que las necesidades del país, y motivos para buscar continuamente
la forma de prestar nuevas contribuciones. Realmente, no es casualidad que la
identidad verdadera y profunda del país se manifieste de forma inequívoca en el
cristianismo.
Con la caída de muchas fronteras y el nacimiento de una nueva
Europa, resulta cada vez más urgente el deber de enriquecer el continente con el
carisma específico que caracteriza a Italia. A las glorias de su pasado, a las
iniciativas creativas del presente, se añade la fisonomía fundante de su
identidad católica, que tantas pruebas ha dado y sigue dando en el arte, en las
actividades sociales, así como en muchos itinerarios de fe y de cultura. El alma
de Italia es un alma católica, y en este sentido son grandes las expectativas
ante lo que puede expresar entre las naciones hermanas, finalmente pacificadas.
Expectativas destinadas ulteriormente a realizarse en la exaltante perspectiva,
llena de esperanza, de la celebración del gran jubileo del año 2000, al que
usted ha aludido oportunamente. Ese evento va a representar un momento de
crecimiento humano, civil y espiritual también para la amada nación italiana.
¡Ojalá que la colaboración actual entre la Santa Sede e Italia contribuya a
favorecer su pleno éxito!
Con estos deseos, llenos de
esperanza, le formulo a usted, señor embajador, mis mejores votos por el feliz
cumplimiento de su elevada misión, y de corazón le imparto la bendición
apostólica, que deseo extender a las personas que lo acompañan, a sus familiares
y a la querida nación italiana.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 37 p. 4 (p.440).
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