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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Señor embajador:
1. Le recibo con
mucho gusto en este solemne acto de presentación de las cartas credenciales que
le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República
Dominicana ante la Santa Sede, y le agradezco sinceramente las amables palabras
que ha tenido a bien dirigirme.
Ante todo, deseo corresponder al deferente
saludo que el señor presidente de la República, doctor Leonel Fernández Reyna,
ha querido hacerme llegar por medio de usted. Le ruego que tenga la bondad de
transmitirle mis mejores votos por el feliz desempeño de su mandato.
2.Vuestra
excelencia viene a representar a una nación que tiene muchos vínculos con la
Iglesia católica y con esta Sede apostólica. Timbre de honor para la República
Dominicana es el hecho de que, en los inicios de la evangelización del
continente americano, en su suelo se celebró la primera misa en aquellas
tierras, y —como recordé el año pasado—, se administraron los primeros bautismos
de indígenas en el nuevo mundo. Hoy la Iglesia en ese país, fiel a las
exigencias del Evangelio y con el debido respeto por el legítimo pluralismo,
reafirma su vocación de servicio a las grandes causas del hombre como ciudadano
e hijo de Dios. En este sentido, los principios cristianos constituyen una
sólida esperanza e infunden un renovado dinamismo a la sociedad, para que
prevalezca la laboriosidad, la honestidad y el espíritu de participación a todos
los niveles. 3. Por otra parte, la Santa Sede se complace por las buenas
relaciones entre la Iglesia y el Estado, y formula fervientes votos para que
continúen incrementándose en el futuro. Ambas tienen un sujeto o destinatario
común, que es la persona humana, la cual como ciudadano es miembro del Estado y
como bautizado lo es de la Iglesia católica. En efecto, existe un amplio campo
en el que confluyen y se interrelacionan las propias competencias y acciones.
Por lo cual, no se trata en modo alguno de pretender privilegios para la
Iglesia, sino más bien de ordenar las mutuas relaciones en beneficio de los
ciudadanos.
De este modo la Iglesia puede llevar a cabo su obra de
evangelización y de promoción humana. Ella quiere sólo poder proseguir su misión
de servicio con renovado vigor, materna solicitud y continua creatividad. Por
eso se ha de considerar la acción que lleva a cabo a través de los movimientos
de apostolado y, por otro lado, en el campo sanitario y en las escuelas
católicas, lo cual merece un justo reconocimiento y apoyo por parte del Estado.
4. En muchas partes del mundo se da
una crisis de valores que afecta a instituciones, como la familia, y a amplios
sectores de la población, como la juventud y el complejo mundo del trabajo. Ante
esto es urgente que los dominicanos tomen mayor conciencia de sus propias
responsabilidades y, de cara a Dios y a los deberes ciudadanos, se esfuercen en
seguir construyendo una sociedad más justa, fraterna y acogedora. Para ello, la
concepción cristiana de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia ofrecen
unos valores que deben ser tomados en consideración por quienes trabajan al
servicio de la nación.
Ante todo se ha de recordar que el
ser humano es el primer destinatario del desarrollo. Aunque en el pasado este
concepto fue pensado exclusivamente en términos económicos, hoy es obvio que el
desarrollo de las personas y de los pueblos debe ser integral. Es decir, el
desarrollo social ha de tener en cuenta los aspectos políticos, económicos,
éticos y espirituales.
5. Un problema crucial actual, y que se manifiesta de modo muy concreto en América Latina, es
el de las grandes desigualdades sociales entre ricos y pobres. No se debe
olvidar que los desequilibrios económicos contribuyen al progresivo deterioro y
pérdida de los valores morales, que provoca tantas veces la desintegración
familiar, el permisivismo en las costumbres y el poco respeto por la vida.
Ante
ello es urgente considerar como objetivos prioritarios la recuperación de dichos
valores con medidas políticas y sociales que fomenten un empleo digno y estable
para todos, de modo que se supere la pobreza material en que viven muchos de los
habitantes, se fortalezca la institución familiar y se favorezca el acceso de
todas las capas de la población a la enseñanza. Por eso es ineludible dedicar un
cuidado especial a la educación en los verdaderos valores morales y del
espíritu, mediante programas educativos que difundan estos valores fundamentales
en una sociedad que, como la suya, está enraizada en los principios cristianos.
Por lo cual, las diversas instancias públicas tienen la responsabilidad de
intervenir en favor de la familia y, en lo relativo a la orientación demográfica
de la población, nunca deben recurrir a métodos que no respeten la dignidad de
la persona y sus derechos fundamentales.
En el mundo de hoy no basta limitarse a
la ley del mercado y su globalización; hay que fomentar la solidaridad. Por eso
es necesario promover un desarrollo con equidad. A este respecto he escrito en
la encíclica Centesimus annus
que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a
todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno» (n. 31). Por
lo cual, un modelo de desarrollo que no tuviera presente y no afrontara con
decisión esas desigualdades no podría prosperar de ningún modo.
Al mismo tiempo, se está tomando
conciencia de la necesidad de armonizar las políticas económicas con las
sociales. No tienen futuro quienes, buscando resultados exclusivamente
económicos, marginan lo social, ni quienes propugnan políticas sociales que no
son realistas ni sostenibles. Con la experiencia diaria de miles de
instituciones ligadas a la Iglesia católica, se puede afirmar que el desarrollo
equilibrado, encaminado hacia el bien común, será auténtico y contribuirá,
incluso a largo plazo, a la estabilidad social. Una sociedad, pues, que no esté
anclada en sólidos valores éticos va a la deriva, privada del fundamento
esencial sobre el cual se ha de construir, de modo duradero, el tan deseado
desarrollo social.
6. La integración social sólo es
posible si se supera la falta de confianza de la población en la administración
de la justicia, en las fuerzas de seguridad e incluso en los representantes
políticos del pueblo. Nada lleva más a la desintegración de una sociedad que la
corrupción y su impunidad. Por eso, el esfuerzo por un auténtico desarrollo
social exige fortalecer los valores democráticos, el respeto universal de los
derechos humanos —inherentes a cada ser humano por el mero hecho de ser persona—
y un correcto funcionamiento del Estado de derecho.
Es necesaria, pues, la
consolidación de la familia, procurando preservar y favorecer sus derechos, las
capacidades y las obligaciones de sus miembros. Por tanto, se debe prestar una
atención particular a los grupos más vulnerables de la sociedad, por las
peculiares necesidades que experimentan o la discriminación que sufren. Por una
parte, la mujeres —especialmente las que tienen la responsabilidad de un hogar—,
los ancianos y los niños. Por otra, los discapacitados, los enfermos de sida,
las poblaciones indígenas y otras minorías étnicas, los emigrantes y refugiados.
A este respecto, las instituciones de la Iglesia católica ofrecen una aportación
significativa en el esfuerzo común por fomentar una sociedad más justa y más
atenta a las necesidades de sus miembros más débiles.
7. Antes de concluir este
encuentro, deseo expresarle, señor embajador, mis mejores votos para que la
misión que hoy inicia sea fecunda en copiosos frutos y éxitos. Le ruego, de
nuevo, que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante las
autoridades de su país, mientras invoco la bendición de Dios sobre usted, sobre
su distinguida familia y colaboradores, y sobre los amadísimos hijos de la noble
nación dominicana. *Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XX, 1 p. 1261-1265. L'Osservatore Romano 26-27.5.1997 p.7.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.22 p.7 (p.267)
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