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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA LIGA
ITALIANA PARA LA LUCHA CONTRA EL CÁNCER
Sábado 13 de diciembre
de 1997
Gentiles señoras y señores:
1. Me alegra daros mi cordial
bienvenida a vosotros que, desde diversas regiones de Italia, habéis venido a
Roma para celebrar, con una peregrinación a las tumbas de los Apóstoles, el 70
aniversario de la fundación de vuestra asociación.
Saludo, en particular, al
presidente de la «Liga italiana para la lucha contra el cáncer» y le agradezco
los sentimientos que ha manifestado en sus nobles palabras. Saludo a los
miembros del consejo directivo central, a los presidentes de las secciones
provinciales y al comité científico. Al mismo tiempo, deseo extender mi
afectuoso saludo a todos los que se reconocen en los altos ideales y en la
actividad que vuestra asociación promueve al servicio de cuantos están afectados
por este mal que, desgraciadamente, hoy está tan difundido.
Vuestra obra de
investigación científica y de sensibilización de la opinión pública sobre el
«mal del siglo» es particularmente meritoria, porque va acompañada por una
presencia concreta junto a quienes, de diferentes modos, soportan las
dificultades, los sufrimientos y las molestias causados por esta enfermedad.
En
la experiencia de cada día constatáis cuán complejas son las situaciones que se
producen cuando la enfermedad, especialmente este tipo de enfermedad, llama a la
puerta de una persona o de una familia. Además de la consulta médica, se
necesita una ayuda psicológica y espiritual, pronta y fraterna; hace falta
una solidaridad concreta. En este ámbito, vuestra benemérita asociación ya hace
mucho, y puede hacer mucho más aún.
2. Durante los últimos años, numerosos
estudios epidemiológicos han permitido diseñar un amplio panorama sobre la
incidencia del cáncer en el mundo y sobre las mejoras que se han logrado en el
campo de la asistencia médico-sanitaria, gracias al progreso obtenido en la
investigación biomédica y en la atención sanitaria. Esto ha llevado a un
considerable alargamiento de la esperanza de vida de esos enfermos, así como a
una mejoría de su calidad de vida. Es necesario potenciar ulteriormente, con la
aportación de todas las instituciones interesadas, los diversos tipos de
curación que han resultado particularmente eficaces. Esto ofrece la posibilidad
de administrar válidamente las intervenciones médico-asistenciales, con vistas
al mayor bien del paciente. Es preciso evitar siempre las intervenciones
inadecuadas a la situación real o desproporcionadas a los resultados médicos,
así como acciones u omisiones encaminadas a procurar la muerte para eliminar el
dolor.
3. Sobre todo en el caso de los enfermos de cáncer, la medicina está
llamada a su tarea más difícil y delicada: ayudar al enfermo a vivir su
enfermedad de modo humano y, para los creyentes, a vivirla según los recursos y
las exigencias propias de la fe cristiana.
En esta importante obra, que no puede
limitarse sólo al aspecto médico, sino que necesariamente debe extenderse a la
consideración de toda la persona humana, la Iglesia, que siempre está atenta a
ella, especialmente cuando sufre, ofrece su aportación. Precisamente porque
considera al hombre como su camino privilegiado, mira de modo especial a cuantos
experimentan en su carne las penas de la enfermedad. El sufrimiento, iluminado
por la fe, puede llegar a ser participación en el misterio de la redención (cf.
Col 1, 24): en Cristo el dolor recibe una nueva luz, que lo eleva de
simple y negativa pasividad a colaboración positiva en la obra de la salvación,
realizada por el Hijo de Dios, que por ello se hizo hombre y puso su morada
entre nosotros (cf. Jn 1, 14). Así, a la luz del Evangelio, el
sufrimiento adquiere un sentido y un valor peculiar: no es energía
desperdiciada, porque el amor divino lo transforma, y como tal se ofrece en
comunión con los sufrimientos de Cristo.
4. Gentiles señoras y señores, en
esta perspectiva reviste gran importancia la dimensión ética y religiosa de
vuestra profesión, que no es aventurado calificar como una verdadera misión.
Tratáis a pacientes que, afligidos
por la angustia sobre su futuro, sienten que les falla la esperanza. Ofreciendo
vuestra contribución para restablecer la salud física del ser humano, no perdáis
nunca de vista a la persona y su deseo de recuperar la paz interior y la energía
espiritual que pueden fortalecerla en el camino diario de la vida. Así, vuestro
servicio no podrá menos de caracterizarse por un amor auténtico a toda criatura
humana, es decir, por el amor que el Verbo encarnado nos ha revelado y
comunicado extraordinariamente en el misterio de su encarnación.
Mientras os invito a perseverar
uniendo vuestras energías al servicio de quienes sufren, invoco la abundancia de
los favores celestiales sobre vosotros y sobre las personas con las que os pone
en contacto vuestra asociación, y expreso a cada uno mi felicitación por la
próxima Navidad.
Os imparto a todos de corazón la
bendición apostólica.
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