Campo de Marte
Jueves 21 de agosto de 1997
Queridos jóvenes:
1. Acabamos de escuchar el Evangelio del lavatorio de los pies.
Con este gesto de amor, la noche del Jueves Santo, el Señor nos ayuda a
comprender el sentido de la Pasión y la Resurrección. El tiempo que vamos a
vivir juntos hacen referencia a la Semana Santa y, en particular, a los tres
días que nos recuerdan el misterio de la Pasión, muerte y resurrección de
Cristo. Lo cual nos remite también al proceso de iniciación cristiana y del
catecumenado, es decir, la preparación de los adultos para el bautismo, que en
la Iglesia primitiva tenía una importancia capital. La liturgia de la Cuaresma
señala las etapas de la preparación de los catecúmenos para el bautismo,
celebrado durante la Vigilia Pascual. En los próximos días acompañaremos a
Cristo en las últimas etapas de su vida terrestre y contemplaremos los grandes
aspectos del misterio pascual, para dar firmeza a la fe de nuestro Bautismo;
manifestemos todo nuestro amor al Señor, diciéndole, como hizo Pedro tres veces
al borde del lago, después de la Resurrección: " Tu sabes bien que te amo" (cf.
Jn 21, 4-23).
El Jueves Santo, mediante la institución de la Eucaristía y del
sacerdocio, así como por el lavatorio de los pies, Jesús mostró claramente a los
Apóstoles reunidos el sentido de su Pasión y de su muerte. Él les introdujo
también en el misterio de la nueva Pascua y de la Resurrección. El día de su
condena y de su crucifixión por amor a los hombres, entregó su vida al Padre por
la salvación del mundo. La mañana de Pascua, las santas mujeres, y después Pedro
y Juan, encontraron la tumba vacía. El Señor resucitado se apareció a María
Magdalena, a los discípulos de Emaús y a los Apóstoles. La muerte no tiene la
última palabra. Jesús ha salido victorioso de la tumba. Después de haberse
retirado al Cenáculo, los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo que les dio la
fuerza de ser misioneros de la Buena Nueva.
2. El lavatorio de los pies, manifestación del amor perfecto, es
el signo de identidad de los discípulos. "Os he dado ejemplo para que lo que yo
he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 15). Jesús,
Maestro y Señor, deja su lugar en la mesa para tomar el puesto de servidor.
Invierte los papeles, manifestando la novedad radical de la vida cristiana.
Enseña humildemente que amar en palabras y obras significa ante todo servir a
los hermanos. El que no acepta esto no puede ser su discípulo. Por el contrario,
quien sirve recibe la promesa de la salvación eterna.
Con el Bautismo renacemos a la vida nueva. La existencia
cristiana nos exige avanzar en el camino del amor. La ley de Cristo es la ley
del amor. Esta ley, transformando el mundo como el fermento, desarma a los
violentos y pone en su lugar a los débiles y más pequeños, llamados a anunciar
en Evangelio. En virtud del Espíritu recibido, el discípulo de Cristo se ve
impulsado a ponerse al servicio de los hermanos, en la Iglesia, en su familia,
en su vida profesional, en las numerosas asociaciones y en la vida pública, en
el orden nacional e internacional. Este estilo de vida es en cierto modo la
continuación del bautismo y de la confirmación. Servir es el camino de la
felicidad y de la santidad: nuestra vida se transforma pues en una forma de amor
hacia Dios y hacia nuestros hermanos.
Lavando los pies de sus discípulos, Jesús anticipa la
humillación de la muerte en la Cruz, en la cual Él servirá el mundo de manera
absoluta. Enseña que su triunfo y su gloria pasan por el sacrificio y por el
servicio: éste es también el camino de cada cristiano. No hay amor más grande
que dar la vida por los amigos (cf. Jn 15,13), pues el amor salva el
mundo, construye la sociedad y prepara la eternidad. De esta manera vosotros
seréis los profetas de un mundo nuevo. ¡Que el amor y el servicio sean las
primeras reglas de vuestra vida! En la entrega de vosotros mismos descubriréis
lo mucho que ya habéis recibido y que recibiréis aún como don de Dios.
3. Queridos jóvenes, como miembros de la Iglesia os corresponde
continuar el gesto del Señor: el lavatorio de los pies prefigura todas las obras
de amor y de misericordia que los discípulos de Cristo habrían de realizar a lo
largo de la historia para hacer crecer la comunión entre los hombres. Hoy,
también vosotros estáis llamados a comprometeros en este sentido, aceptando
seguir a Cristo; anunciáis que el camino del amor perfecto pasa por la entrega
total y constante de sí mismo. Cuando los hombres sufren, cuando son humillados
por la miseria y la injusticia, y cuando son denigrados en sus derechos, poneros
a su servicio; la Iglesia invita a todos sus hijos a comprometerse en que cada
persona pueda vivir con dignidad y ser reconocido en su dignidad primordial de
hijo de Dios. Cada vez que nosotros servimos a nuestros hermanos no nos alejamos
de Dios sino más bien al contrario, le encontramos en nuestro camino y le
servimos. "Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me
lo hicisteis" (Mt 25, 40). Así damos gloria al Señor, nuestro Creador y
nuestro Salvador, hacemos crecer el Reino de Dios en el mundo y hacemos
progresar a la humanidad.
Para recordar esta misión esencial de los cristianos para con
cada hombre, particularmente para con los más pobres, he querido, ya en el
comienzo de la Jornada Mundial de la Juventud, rezar en el lugar de los derechos
del hombre en el Trocadero. Juntos pedimos hoy especialmente por los jóvenes que
no tienen la posibilidad ni los medios para vivir dignamente y recibir la
educación necesaria para su crecimiento humano y espiritual a causa de la
miseria, la guerra o la enfermedad. ¡Que todos ellos estén seguros del afecto y
del apoyo de la Iglesia!
4. El que ama no hace cálculos, no busca ventajas. Actúa en
secreto y gratuitamente por sus hermanos, sabiendo que cada hombre, sea quien
sea, tiene un valor infinito. En Cristo no hay personas inferiores o superiores.
No hay más que miembros de un mismo cuerpo, que quieren la felicidad unos de
otros y que desean construir un mundo acogedor para todos. Por los gestos de
atención y por nuestra participación activa en la vida social, testimoniamos a
nuestro prójimo que queremos ayudarle para que llegue a ser él mismo y a dar lo
mejor de sí para su promoción personal y para el bien de toda la comunidad
humana. La fraternidad relega a la voluntad de dominio, y el servicio la
tentación de poder.
Queridos jóvenes, lleváis en vosotros capacidades
extraordinarias de entrega, de amor y de solidaridad. El Señor quiere reavivar
esta generosidad inmensa que anima vuestro corazón. Os invito a venir a beber a
la fuente de la vida que es Cristo, para inventar cada día los medios de servir
a vuestros hermanos en el seno de la sociedad en la cual os corresponde asumir
vuestras responsabilidades de hombres y de creyentes. En los sectores sociales,
científicos y técnicos, la humanidad tiene necesidad de vosotros. Cuidad el
perfeccionamiento continuo de vuestra cualificación profesional con el fin de
ejercer vuestra profesión con competencia y, al mismo tiempo, no dejéis de
profundizar vuestra fe, que iluminará todas las decisiones que en vuestra vida
profesional y en vuestro trabajo habréis de tomar para el bien de vuestros
hermanos. Si deseáis ser reconocidos por vuestras cualidades profesionales,
¿cómo no sentir también el deseo de acrecentar vuestra vida interior, fuente de
todo dinamismo humano?
5. El amor y el servicio dan sentido a nuestra vida y la hacen
hermosa, pues sabemos para qué y para quién nos comprometemos. Es en el nombre
de Cristo, el primero que nos ha amado y servido. ¿Hay algo más grande que el
saberse amado? ¿Cómo no responder alegremente a la llamada del Señor? El amor es
el testimonio por excelencia que abre a la esperanza. El servicio a los hermanos
transfigura la existencia, pues manifiesta que la esperanza y la vida fraterna
son más fuertes que toda acechanza de desesperación. El amor puede triunfar en
cualquier circunstancia.
Desconcertado por el humilde gesto de Jesús, Pedro le dice:
"Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? jamás" (Jn 13, 6.8). Como él, tardamos
tiempo en comprender el misterio de salvación, y a veces nos resistimos a
emprender el sencillo camino del amor. Sólo el que se deja amar puede a su vez
amar. Pedro permitió que el Señor le lavara los pies. Se dejó amar y después lo
comprendió.
Queridos jóvenes, haced la experiencia del amor de Cristo: seréis conscientes de
lo que Él ha hecho por vosotros y entonces lo comprenderéis. Sólo el que vive en
intimidad con su Maestro lo puede imitar. El que se alimenta del Cuerpo de
Cristo encuentra la fuerza del gesto fraterno. Entre Cristo y su discípulo se
instaura de ese modo una relación de cercanía y de unión, que transforma el ser
en profundidad para hacer de él un servidor. Queridos jóvenes, es el momento de
preguntaros cómo servir a Cristo. En el lavatorio de los pies encontraréis el
camino real para encontrar a Cristo, imitándole y descubriéndole en vuestros
hermanos.
6. En vuestro apostolado, proponéis a vuestros hermanos el
Evangelio de la caridad. Allí donde el testimonio de la palabra es difícil o
imposible en un mundo que no lo acepta, por vuestra actitud hacéis presente a
Cristo siervo, pues vuestra acción está en armonía con la enseñanza de Aquel que
anunciáis. Esta es una forma excelente de confesión de la fe, que ha sido
practicada con humildad y perseverancia por los santos. Es una manera de
manifestar que, como Cristo, se puede sacrificar todo por la verdad del
Evangelio y por el amor a los hermanos. Conformando nuestra vida a la suya,
viviendo como Él en el amor, alcanzaremos la verdadera libertad para responder a
nuestra vocación. A veces, esto puede exigir el heroísmo moral, que consiste en
comprometernos con valentía en el seguimiento de Cristo, en la certeza de que el
Maestro nos muestra el camino de la felicidad.
Únicamente en nombre de Cristo se puede ir hasta el extremo del amor, en la
entrega y el desprendimiento.
Queridos jóvenes, la Iglesia confía en vosotros. Cuenta con
vosotros para que seáis los testigos del Resucitado a lo largo de toda vuestra
vida. Vais ahora hacia los lugares de las diferentes vigilias. De manera festiva
o en meditación, volved vuestra mirada a Cristo, para comprender el sentido del
mensaje divino y encontrar la fuerza para la misión que el Señor os confía en el
mundo, sea en un compromiso como laicos o en la vida consagrada. Realizando de
ese modo vuestra existencia cotidiana con lucidez y esperanza, sin pesadumbre o
desánimo, compartiendo vuestras experiencias, percibiréis la presencia de Dios,
que os acompaña con suavidad. A la luz de la vida de los Santos y de otros
testigos del Evangelio, ayudaos unos a otros a fortalecer vuestra fe y a ser los
apóstoles del Año 2000, haciendo presente al mundo que el Señor nos invita a su
alegría y que la verdadera felicidad consiste en el darse por amor a los
hermanos. ¡Dad vuestra aportación a la vida de la Iglesia que tiene necesidad de
vuestra juventud y de vuestro dinamismo!