Señor Embajador:
las palabras que ha tenido a bien dirigirme, al presentar las
Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y
Plenipotenciario de Venezuela ante la Santa Sede, me han sido particularmente
gratas al hacerme llegar el afecto de los amadísimos hijos de esa noble Nación.
Le agradezco, Excelencia, sus amables expresiones, así como el deferente saludo
transmitido de parte del Señor Presidente de la República, Dr. Jaime Lusinchi, y
le doy mi más cordial bienvenida, a la vez que le aseguro mi apoyo para el
desarrollo de la importante misión que le ha sido confiada.
Vuestra Excelencia
se ha referido a los tradicionales sentimientos religiosos de los venezolanos,
entre los que sobresale de modo particular su cercanía al Sucesor de Pedro.
Tales sentimientos tienen desde hace tiempo una configuración externa en las
relaciones que Venezuela mantiene con esta Sede Apostólica, encaminadas
especialmente a la búsqueda del bien común de los ciudadanos que, a la vez, son
en su gran mayoría hijos de la Iglesia Católica.
Estamos en vísperas de esa tan
deseada fecha en que el Sucesor de Pedro visitará por primera vez el país
venezolano. Es mi gran anhelo poder encontrar y tener una palabra de amigo para
todos sus habitantes, al mismo tiempo que llevo a cabo la misión, que la Iglesia
ha recibido del mismo Cristo, de evangelizar a todas las gentes (Mt
28, 19) —confirmando
también y alentando el ministerio pastoral de los Obispos y sacerdotes de esa
Iglesia local— con la proclamación constante de la Palabra salvífica de Dios y
con el servicio de la caridad, especialmente entre los más pobres y necesitados.
En su misión en el mundo, la Iglesia quiere ayudar a cada individuo a tener
plena conciencia de su propia dignidad; a desarrollar su propia personalidad
dentro de la comunidad de la que es miembro; a ser sujeto responsable de sus
derechos y también de sus obligaciones; a ser libremente un elemento válido de
progreso económico, cívico y moral en la sociedad a la que pertenece: ésta es la
grande y primordial empresa sin cuyo cumplimiento cualquier cambio repentino de
estructuras sociales podría ser un artificio vano, efímero y arriesgado.
Al
proclamar y defender el bien común de los hombres, la Iglesia alienta la
promoción de todas las formas de participación ciudadana en el desarrollo de la
vida pública de un país, como camino para la construcción de un mundo mejor.
Para ello es necesario hacer resurgir un mundo nuevo, más sano, más en armonía
con las exigencias de la naturaleza humana. Pero esto no será posible si no se
edifica la sociedad sobre las bases sólidas de la justicia y la paz, evitando
que se llegue a soluciones que puedan contrastar con la conciencia humana y
sobre todo cristiana. Como decía en mi Mensaje para la Jornada de la Paz de
1982, “si la formación de una sociedad política tiene por objetivo la
instauración de la justicia, la promoción del bien común y la participación de
todos, la paz de esta sociedad sólo se realiza en la medida en que se respeten
estos tres imperativos”(Mensaje
para la paz 1982).
En este sentido la Santa Sede está convencida de que el
Episcopado, clero y familias religiosas de Venezuela podrán seguir desempeñando
su misión pastoral y evangelizadora, educativa y asistencial, colaborando
también en tantas iniciativas y esfuerzos que los estamentos civiles llevan a
cabo en favor del bien común. De ese modo se podrá trabajar verdaderamente por
la paz y se podrán colmar las esperanzas de cada uno de los ciudadanos, si esta
paz está hecha de justicia y está fundada en la incomparable dignidad del hombre
libre.
Al renovarle, Señor Embajador, mi benevolencia para el cumplimiento de su
misión, invoco sobre Vuestra Excelencia, sobre las Autoridades que han tenido a
bien confiársela y sobre el querido pueblo venezolano, abundantes y escogidas
gracias divinas.
*AAS 77 (1985), p. 498-500.
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol.VII, 2 1984 pp.1608-1610.
L'Attività della Santa Sede 1984 pp. 960-961.
L’Osservatore Romano 18.12.1984 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española
n. 52 p.7.
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