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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS OBISPOS DE PANAMÁ EN VISITA
«AD LIMINA APOSTOLORUM»
Jueves 17 de noviembre
de 1983
Queridos Hermanos en el episcopado:
1. Llegados a Roma para cumplir el deber de la visita ad limina y
reunidos en torno al Sucesor de Pedro, vosotros, Obispos de la Iglesia de Dios
en Panamá que hacéis aquí presentes a vuestras respectivas comunidades
eclesiales, vivís ahora conmigo un momento singular de esa realidad de fe que
nos une a todos profundamente: el misterio de la Santa Iglesia, visible y
espiritual a la vez, que se construye como sacramento de salvación para cuantos
se adhieren a Cristo.
Por ello, al acogeros con fraterna cordialidad, en el espíritu de íntima
comunión que vincula entre sí al “ Pastor de todos los fieles ” y “a quienes se
ha confiado el cuidado de una Iglesia particular... bajo la autoridad del Romano
Pontífice”, acojo también con sincero afecto a todos aquellos miembros de las
circunscripciones eclesiales que guiáis “ como pastores propios, ordinarios e
inmediatos de ellas ”.
Al regresar a vuestras diócesis, os ruego llevéis a los Sacerdotes, religiosos y
religiosas, seminaristas, colaboradores laicos y fieles todos mi saludo y mi
aliento a perseverar en la fidelidad a su vocación cristiana; asegurándoles
también mi recuerdo en la plegaria por ellos, por sus necesidades y trabajos
apostólicos.
2. Al extender ahora mi mirada sobre la realidad eclesial en vuestro País,
vienen ante todo a mi mente diversos logros que abren el corazón a la esperanza.
Después del Concilio Vaticano II y de las Conferencias de Medellín y Puebla, va
insinuándose una etapa con aspectos nuevos en la vida de la Iglesia en Panamá.
Las dos Asambleas Arquidiocesanas celebradas hace algunos años y la Asamblea
Nacional Pastoral, son signos de vitalidad interior.
Así, mediante la reflexión y el diálogo, las fuerzas vivas eclesiales, a la luz
de los documentos del Magisterio, han ido reconociendo los puntos positivos y
detectando las necesidades o deficiencias de una Iglesia que se proyecta
esperanzada hacia el futuro.
En esa línea quiso moverse la celebración del IV Congreso Eucarístico
Bolivariano que se tuvo en Panamá el año pasado, con su entorno de misiones
populares predicadas en toda la Nación.
Y no puedo menos de mencionar la Carta pastoral que publicasteis en febrero del
año en curso, en la que recogíais las opciones pastorales que habían de orientar
la marcha de la Iglesia en campos de interés general.
A ese esfuerzo eclesial quise dar mi propia aportación con el viaje apostólico
que realicé, en el mes de marzo último, a las Naciones de América Central y más
concretamente a vuestra Patria. De él y de la cordial acogida que se me
dispensó, conservo gratísimos recuerdos, sobre todo de los encuentros con las
familias cristianas y con las gentes del mundo rural.
Si he querido mencionar esas varias etapas de vuestra vida eclesial, es para
alentar vuestras realizaciones y esperanzas, así como para animaros a un
espíritu de estrecha colaboración en vuestros intentos ministeriales. De esa
íntima comunión y fraterno intercambio brotarán, en efecto, muchos frutos de
coordinación pastoral a escala nacional, con beneficio para cada una de vuestras
circunscripciones eclesiales y para la tarea apostólica en su conjunto.
3. Hablando de los proyectos de formación cristiana para vuestros fieles, es
obligado hacer referencia a los agentes de la pastoral que han de llevarlos a
cabo o han de animar su ejecución.
Y en este sentido no puede dejar indiferentes el hecho de que de los 276
sacerdotes y religiosos que trabajan actualmente en Panamá, más de las dos
terceras partes sean extranjeros; o que entre las 514 religiosas, sólo 65 sean
panameñas. Ello comporta un deber de gratitud hacia las personas, diócesis y
congregaciones religiosas de otros países que generosamente os prestan su
colaboración. Así lo hacéis vosotros, ya que —como escribíais en vuestra Carta
pastoral del pasado mes de febrero— “lo que somos como Iglesia, en gran parte
lo debemos a ellos”.
Sin embargo, esa situación debe impulsar a un esfuerzo redoblado y unánime, en
el que participen todas las fuerzas de la Iglesia, para tratar de aumentar las
vocaciones nativas a la vida sacerdotal y religiosa. No poco podrá contribuir en
ese terreno la elaboración de oportunos planes diocesanos de acción. Así como
será de desear una labor paciente y bien preparada que coordine debidamente y
busque la conveniente armonía entre las diversas fuerzas de la Iglesia, para que
no se debiliten con la dispersión en la labor apostólica.
Una meta importante a perseguir es la de crear una tradición de clero diocesano
propio, para la cual habrá que buscar la sólida formación de esos sacerdotes, a
fin de que respondan a las exigencias del momento. Esto llevará consigo una
labor que continúe después de la ordenación, para ofrecerles válidas ayudas en
campo espiritual e intelectual, juntamente con los recursos necesarios para
afrontar una sana acción pastoral. Sin olvidar tampoco, en cuanto sea posible,
otras medidas con las que se atienda adecuadamente a sus necesidades de tipo
asistencial o de seguridad social.
Será también empeño vuestro orientar a vuestros sacerdotes en la tarea eclesial
que a ellos incumbe, manteniéndolos fuera de comportamientos dudosos en
actividades políticas concretas que deben quedar para los laicos, debidamente
formados en su conciencia cristiana.
4. Un campo que recomiendo a vuestro particular cuidado es el de los seminarios.
Me alegra saber que el número de alumnos va en aumento, tanto en el Seminario
mayor de San José, como en el Seminario Menor de San Liborio, a los que hay que
añadir el Seminario de Cristo Sembrador para campesinos.
El hecho de que esos centros adquieran en la práctica una dimensión
superdiocesana, os impone un interés común y colaboración, para lograr la mejor
formación de los futuros sacerdotes. Esto deberá aplicarse ante todo a la
selección de equipos de buenos formadores, que sigan las directrices emanadas de
la Santa Sede a través de la Sagrada Congregación para la Educación Católica. Lo
cual implica, entre otras cosas, la pronta disponibilidad de la “ ratio fundamentalis ” que oriente en los diversos aspectos de la formación sacerdotal.
Por lo que se refiere a la actividad a desplegar en dicho campo, habrá que tener
en cuenta algunos principios fundamentales: aplicar los criterios de selección
vocacional señalados por la Santa Sede, sin concesiones indebidas a la urgencia
o necesidad que pueden crear problemas futuros; tratar de suscitar vocaciones en
todos los niveles sociales, cuidando particularmente el ambiente de la escuela y
de la familia; buscar una formación esmerada del clero local, para que esté a la
altura que reclama el momento presente de la Iglesia.
5. Otro punto que quiero proponer a vuestra particular atención es el de la
pastoral universitaria. Sé bien que sois sensibles a la gran importancia que
tiene este sector de la actividad eclesial y por ello hace ya más de dos
decenios que se inició una pastoral organizada en los medios universitarios de
Panamá.
Sin embargo, en las circunstancias actuales es necesario que vosotros, Pastores
responsables de la comunidad cristiana, toméis en forma colegiada la iniciativa
en cuanto se refiere a este trascendental sector de la pastoral, a fin de lograr
una dinámica presencia de la inspiración católica en el área de la enseñanza
superior.
Para ello habéis de estudiar las formas de revitalización de la acción pastoral,
dando el mayor impulso que sea posible a las capellanías universitarias, a
través de equipos especializados en ese tipo de apostolado.
No son pocas las dificultades que se interponen en ese camino, debido a la
complejidad de las circunstancias. Pero la vista del enorme potencial espiritual
y humano que representan para la Iglesia y para la sociedad, esos miles de
alumnos que tendrán en sus manos el futuro, debe alentar a una acción entusiasta
y esperanzada. Esta deberá atender a la enseñanza de las verdades religiosas y
éticas, al contacto con alumnos y profesores, a la promoción de los verdaderos
valores humanos que son patrimonio común de toda recta conciencia y a otras
actividades de presencia cristiana entre los estudiantes.
Es evidente que para ello hay que seleccionar cuidadosamente a los que han de
asegurar esa presencia eclesial en el mundo universitario, encomendando tal
misión a personas de reconocida competencia, de orientación doctrinal segura y
fieles a las directrices de la Jerarquía.
Paralelamente a cuanto dicho antes, habéis de seguir prestando diligente
atención a la educación católica en los niveles inferiores, en los que, gracias
a la ayuda de buenos colaboradores y de asociaciones bien coordinadas, habéis
logrado una vitalidad que ha ido dando sus frutos.
6. El tema de la familia es otro punto que frecuentemente atrae vuestra
solicitud de Pastores, justamente preocupados por los fenómenos de
desintegración que observáis en ese importantísimo campo y que hacen sentir sus
nocivos efectos en la sociedad panameña.
Por desgracia, la aplicación sistemática de planes concebidos y financiados
desde el exterior, y que van desde los anticonceptivos o la esterilización hasta
los intentos de legalizar el aborto, inciden negativamente sobre la salud del
núcleo familiar.
Por ello, quiero alentar cordialmente vuestros esfuerzos e iniciativas en favor
de la familia, a la que habéis dedicado una de las opciones preferenciales en
vuestra Carta colectiva de febrero del presente año. En esa línea se movían
también las orientaciones que di durante mi visita a vuestro propio País, en el
encuentro que tuve con las familias cristianas.
7. Queridos Hermanos: Me detendría sobre otros temas que ocupan vuestra
solicitud y amor por la Iglesia, pero hemos de concluir este encuentro.
Sin embargo, no puedo menos de renovaros mi profunda estima fraterna, a la vez
que agradezco en nombre de Cristo vuestros sacrificios y dedicación generosa a
la Iglesia.
A los pies de Santa María, la Madre común, pongo todas vuestras intenciones
personales y ministeriales. Que Ella os aliente, sostenga y consuele en vuestra
entrega a la causa de la Iglesia. Y como prueba de benevolencia, imparto a
vosotros y a cada uno de los miembros de vuestras Iglesias particulares, mi
afectuosa Bendición.
© Copyright 1983 - Libreria Editrice
Vaticana
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